Omisión
La falta de acción para prevenir un riesgo puede tener consecuencias fatales.
Código de conducta del FDNY
Aaron
—Pero ¿por qué corremos? —se queja ella, mientras caminamos rápido para salir de Central Park.
—Cierran en media hora y quiero que pruebes una cosa.
—¿Adónde vamos?
—A por Coca-Cola.
—¿A por Coca-Cola? ¿Qué?
Vamos de camino a un local en el que todavía la sirven como hace cien años. Llevo días pensando qué puedo enseñarle a esta chica propio de aquí. Odio las bebidas con azúcar, pero supongo que tengo que reconocer que es parte de nuestra cultura, así que esto me pareció un buen comienzo.
Llegamos corriendo al local, un antiguo luncheonette de los años veinte que parece un viaje atrás en el tiempo. Está plagado de fotografías antiguas en las paredes, y los taburetes y butacas, de otra época, han vivido tiempos mejores, pero Anna parece encantada con el sitio.
Una camarera, que nos ha visto entrar corriendo, nos recibe y nos planta dos cartas en la mano.
—Llegáis por los pelos. Decidme qué queréis en dos minutos o cierro la cocina —anuncia a regañadientes, pero con un tono de madre que la delata. No nos va a dejar sin cenar, así que le dedico mi mejor sonrisa.
—Dos Coca-Colas y cualquier sándwich que sea vegetariano —me apresuro a pedir—. ¿Te parece bien?
Anna asiente y nos sentamos a la barra, para ver cómo preparan las bebidas a la antigua usanza, mezclando sirope con agua carbonatada y batiendo con energía.
—Ay, qué divertido —dice Anna, dando palmaditas—. Me encanta.
La verdad es que tengo que reconocer que está mejor de lo que me esperaba. Sabe menos dulce que la que se vende embotellada, así que me la acabo rápido. La camarera se acerca con nuestros sándwiches de queso fundido y nos pregunta si nos pone algo más.
—Una taza de café, por favor.
—¿Qué? Pero si no te gusta el café.
—Le estoy cogiendo el gusto —respondo. El hecho de que Caleb tenga la cocina ocupada con una cafetera gigante ayuda. Además, sé que lo voy a necesitar. Cuando llegue a casa voy a tener que estudiar todo lo que no he avanzado esta tarde, así que me será útil.
Me gustan las cosas útiles y prácticas, como este acuerdo con Anna. Venir aquí es totalmente útil. En un principio pensaba enseñarle el local y ya está, pero, en realidad, hemos hecho bien en pedir, porque ya que estamos aquí, algo tendremos que comer.
La camarera me pone una taza y me sirve café de una cafetera americana.
—¿Así, cielo? —me pregunta y asiento. Después se gira hacia Anna—. ¿Tú también quieres, cariño? —Ella niega—. Si necesitáis cualquier cosa, me decís. Tenéis veinte minutos. —Y se aleja para seguir recogiendo el local.
—¿Quieres que le preguntemos algo de su vida para probar mi teoría? Veinte minutos dan para mucho.
Antes de que Anna pueda responder, levanto la mano para atraer la atención de la señora, que está de espaldas a nosotros, pero Anna se abalanza sobre mí y me planta la mano en la boca.
—Chssss —me chista—. Ya has probado tu teoría, te creo.
Cuando aparta sus dedos de mis labios tengo que resistir el impulso de atrapar su mano con la mía. Pero ella no parece darse cuenta de nada. No es consciente del efecto que genera en mí. O lo ignora deliberadamente.
—¿Qué otras cosas creías de Estados Unidos? —me intereso en preguntar—. Aunque tengo que aclarar que Nueva York es un mundo aparte.
—Cuando estabas en la universidad, ¿eras de una fraternidad?
Me río.
—No, iba y volvía desde Staten Island todos los días.
—Pero sí que fuiste a alguna fiesta, ¿no?
Asiento.
—¿Y en las fiestas había vasos de plástico rojos?
Me vuelvo a reír.
—Sí.
—Vale, a ver, qué más…
Se nota que se está divirtiendo con este juego improvisado de mito o verdad de Estados Unidos.
—Y en el instituto, ¿salías con una animadora?
—No, salía con una theater kid . En nuestro baile de graduación, ella y sus compañeros cantaron un número de Hamilton que les quedó bastante chulo.
Ella sonríe.
—¿Ves? Sois un cliché andante.
—¿Y tú qué, señorita? ¿No te encantan los clichés en los libros?
Pone los ojos en blanco, pero sé que se ha reído.
Su móvil, apoyado sobre la mesa, vibra varias veces. Lo coge, lee los mensajes, y veo cómo, poco a poco, se le hunden los hombros y la sonrisa se le borra de la cara.
—¿Pasa algo?
Ella me enseña la conversación del móvil.
Nora: Ey, Anna, qué chulo. Recuerdo ir ahí de excursión con el cole.
Qué tal por Nueva York?
Ya te has comido la gran manzana?
Seguro que lo estás haciendo genial.
Y nos veremos en cuanto ganes esa beca, bss.
—No entiendo español —le recuerdo.
Ella resopla.
—Perdón, es mi hermana.
—¿Qué dice?
—Da por supuesto que me va bien y que ganaré la beca para ir a Londres.
—Hablando de clichés, ¿eras de las que decían que iban a suspender y luego sacaban sobresalientes? —me aventuro a preguntar.
Ella abre la boca para replicar, pero se detiene. Pillada.
—Bueno, pero esto es diferente.
—¿No es bonito que tengan fe en ti aun cuando ni tú misma la tienes?
Ella reflexiona durante un instante.
—Sí, pero también es una presión añadida.
Asiento. Estoy de acuerdo, pero creo que Anna se subestima.
—Tortolitos, sintiéndolo mucho, os tengo que echar —dice nuestra amiga.
Somos los últimos clientes del local, así que apuramos lo que queda de nuestros sándwiches de queso fundido y salimos a la calle.
Ya se ha hecho completamente de noche fuera, y, antes de caminar hacia el metro, Anna se abriga bien.
Hace bastante frío. Se saca de la bolsa de tela unos guantes y una bufanda.
—Si ahora te abrigas así, ¿qué piensas hacer cuando nieve?
Ella me ignora a propósito mientras continúa abrigándose.
—Qué ganas tengo de ver nevar en Nueva York.
—La verdad es que yo también —reconozco—. Hay una cosa que me gusta mucho de Nueva York, que es ver como una estación da paso a la siguiente. Un día sales de casa y de repente te das cuenta de que los árboles de tu calle han cambiado de color. Ya lo irás viendo.
Ella sonríe, con chispas en los ojos. Reconozco esa sensación, aunque hace tiempo que yo no la sentía con tanta intensidad.
La observo en silencio. Esta chica es un misterio.
Es amable, se ríe conmigo y estoy seguro de que conectamos.
Pero siempre hay una distancia entre nosotros que no consigo romper.
Cuando nuestras miradas se cruzan y trato de sondear su interior, ella aparta la mirada y vuelvo a quedarme a oscuras.
Cuando salgo del metro en la calle 116, de camino a casa, me descubro canturreando una canción de Elvis. La letra dice: « Wise men say only fools rush in », solo los necios tienen prisa.