Burning Love Inflamable #2
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Inflamable #2

Me quedo parada durante un momento. Ya sé que todo esto que estamos haciendo va justamente de eso.

Yo leo sus manuales y él los escucha, supongo.

Pero, de repente, me siento… vista. Soy por primera vez consciente de que esos audios que yo grabo en algún momento los tiene que escuchar.

Intento no darle más importancia al asunto y sonrío.

—¿Vamos? —pregunto.

Echamos a andar hacia Central Park. He estado aquí dos o tres veces, pero me maravilla la cantidad de caminos que se entrecruzan.

Cada vez que paseo por el parque me da la sensación de estar en un sitio diferente.

Aaron parece saber hacia dónde vamos, así que yo me dejo llevar.

Rodeamos el lago por un camino de asfalto, nos cruzamos con gente corriendo y paseando con sus perros.

Veo que uno intenta perseguir una ardilla.

Es tan mono que me lo quiero comer y Aaron se ríe.

Cruzamos un puente y, al llegar al otro lado, me detengo para hacer una foto.

Hay unos edificios, al otro extremo del parque, que me llaman mucho la atención.

Son dos torres idénticas con el tejado en punta.

El sol de la tarde reluce por detrás de ellas, y esa luz se refleja en el lago.

Todo es dorado, no cabe duda de por qué esta hora se llama así.

—Ese edificio es el San Remo —me explica Aaron—. ¿Quieres que te haga una foto?

Asiento, le paso mi móvil, pero él me indica que ya tiene el suyo en la mano, así que me alejo y me coloco de espaldas al agua. Me recoloco bien el flequillo y miro hacia donde está Aaron.

—Se te ve un poco oscura, pero es una foto bonita.

Me impaciento, porque se está tomando su tiempo. Se ha acercado un poco más y me da vergüenza mirarlo así, de frente.

—Al menos disimula, como si te lo estuvieras pasando bien, ¿no?

Idiota. Me río y en ese momento es cuando toma la foto.

—Perfecta —asegura, guardándose el móvil—. Luego te la paso.

Atravesamos la terraza Bethesda, que he visto en miles de películas, y no paro de hacer fotos desde todos los ángulos.

Poso para algunas, que toma Aaron, esta vez con mi móvil.

Me siento, por primera vez, protagonista de algo.

Como si la historia me estuviera sucediendo a mí, en vez de ver cómo la vida les pasa a otros.

Los colores otoñales lo inundan todo a nuestro alrededor, y el agua de la fuente brilla con la luz dorada de la tarde.

—Espera, vamos por aquí —propone Aaron.

No sé qué puede haber más bonito que esto, pero, cuando llegamos, lo veo. Ante nosotros se extiende un largo paseo flanqueado por unos árboles inmensos cuyas copas prácticamente se tocan. Da la sensación de estar dentro de un túnel de hojas de colores amarillos, verdes, rojos y naranjas.

—Este es el Literary Walk.

Lo miro sorprendida.

—Pensé que te gustaría.

Asiento. Me gusta mucho.

—No lo conocía —reconozco.

—Estamos en el corazón del parque. Se supone que esta parte ilustra cómo Central Park fue concebido en el siglo xix —me explica—, un espacio social para todos los neoyorquinos, independientemente de su clase o su procedencia. Un lugar para pasear, disfrutar de la naturaleza…

—¿Cómo sabes todo eso? —pregunto, intrigada.

—Lo he leído en la página web antes de venir.

—¿En serio?

Él se ríe con esa risa clara y grave que me retumba por dentro.

—Al final todos buscamos lo mismo, ¿no? Me puedo imaginar a cualquier neoyorquino de la época sentado en un banco de estos, dando conversación a cualquiera que se le cruce.

—¿Conversación? Pero si todo el mundo va siempre a lo suyo.

Él me mira, sorprendido.

—Bueno, es verdad que la gente suele ir a su bola, pero a la gente de aquí nos encanta hablar. En cuanto le das el mínimo pie a alguien, ya tienes charla para rato.

Hago repaso mental de la gente local que conozco. Lauren es neoyorquina de adopción, así que, por muy dicharachera que sea, supongo que no cuenta. ¿Molly? Ella sí que no calla ni debajo del agua. Y sus amigas, igual.

—¿Tú vas por ahí hablando con desconocidos? —pregunto, horrorizada.

—Pues claro, tenemos una asignatura de retórica urbana. —¿De verdad?

—Claro que no.

Le pego un puñetazo en el hombro, por listo.

—Pues el día que nos conocimos en el ferri no dijiste ni una palabra.

—Lo sé —dice, y cambia el tono—, lo siento. No había tenido un buen día. ¿Sabes quién no se hubiera callado ni un minuto de la media hora que dura el viaje en el ferri?

Niego con la cabeza.

—Mi madre —responde, y sonríe—. Recuerdo que, cada vez que cogíamos el ferri los dos solos, acababa contando su vida a cualquiera que se sentase a nuestro lado. Si te hubieras cruzado con ella en vez de conmigo, habríais acabado intercambiando los teléfonos y os hubierais hecho amigas.

Sonrío, pero no estoy convencida de lo que dice. Me siento todo el rato entre dos mundos. Quiero disfrutar de la vida que estoy construyendo en Nueva York, pero no puedo dejar de pensar que algo no acaba de encajar. Y ese algo soy yo.

Aaron me saca de mis pensamientos:

—Ven, vamos a hacer una prueba.

Me agarra del brazo y me arrastra tras un jardinero que está rastrillando unas hojas frente a un árbol.

—Uy, esto es un olmo americano, ¿verdad? A mi amiga le interesan mucho los árboles de Central Park.

El jardinero nos mira de arriba abajo y no tarda ni medio segundo en contestar.

—Eso es, joven. Estos árboles son una rareza.

—Ah, ¿sí? ¿Y eso? —empieza a darle cuerda Aaron.

—Esta bóveda no es casual —dice, señalando las copas de los árboles que se erigen sobre nuestras cabezas—, es casi como el techo de una catedral…

No me hace falta mirar el reloj para saber que ha pasado más de media hora desde que Aaron se puso a hablar con el jardinero.

No paran de sacar nuevos temas. Han acabado hablando de ardillas y especies invasoras.

Ahora este señor nos ha invitado a darnos un tour por el parque cualquier día que queramos y me ha felicitado por lo bien que hablo inglés, aparte de decirme que le encanta España, porque Aaron me ha obligado a intervenir en la conversación todo lo que ha podido y más.

«¿A que sí, Anna?», «Oh, eso a ti te encanta», «Justo de eso hablábamos el otro día, ¿verdad?

». Sonriendo y guiñándome un ojo. Pero ¿qué se ha creído?

Ya verá, como algún día conozca a mi abuela y a mi madre, va a saber lo que es una buena maruja.

Al final, se apiada de mí y, sin perder ni un ápice de jovialidad, le dice amablemente al señor:

—Ay, he olvidado que tenemos una reserva para cenar, pero muchísimas gracias. ¡Un placer!

Es magnético. Cómo puede despachar así a la gente sin perder la sonrisa.

Yo, que suelo ser un manojo de ansiedad y nervios, no puedo evitar sentirme atraída por esa energía que desprende, por la seguridad y tranquilidad que transmite.

Supongo que parte de ser bombero implica que te guste la gente.

Y hay que reconocer que se le da muy bien.

—Venga, Anna, que llegamos tarde —dice con un nuevo guiño y una sonrisa.

Tira de mí, medio corriendo. No sé si tenemos prisa de verdad o no, pero me dejo llevar.

Quizás es el frío, ahora que el sol se marcha, el que me nubla las ideas.

Quizás se me ha congelado el cerebro y puedo vivir para siempre en este estado de realidad suspendida.

Quizás puedo quedarme a vivir en este limbo, en esta sensación nueva de formar parte de un engranaje perfecto en el que yo solamente tengo que seguir el ritmo que me marca esta ciudad.

Todavía agarrados de la mano, nos alejamos de nuestro nuevo amigo a pasos agigantados.

Yo tengo que dar dos pasos por cada zancada que él da, pero el calor que desprende su mano es lo único que noto ahora mismo.

Cuando salimos del túnel de hojas, el cielo está completamente rosa, como si estuviera ardiendo.

O quizás soy yo la que está a punto de quemarse.