Burning Love Inflamable
37%

Inflamable

Que tiene la capacidad de arder con facilidad y desprende llamas.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Anna

—Y una cosa más antes de acabar la clase —anuncia el profesor Schuster—. Esta semana haremos una sesión de control para evaluar los temas que habéis escogido para el trabajo final. Así nos aseguramos de que estamos todos en la misma onda.

—No he avanzado nada —le confieso a Lauren en bajito en medio de la clase—. No se me ocurre ninguna idea.

—Tranquila, ahora comentamos.

Hace unos días, mi amiga se ofreció a echarme un cable con la búsqueda de temas, pero ahora mismo en su oficina están a tope preparando el evento del año para el lanzamiento de la novela de una autora que nos encanta.

Me alegro muchísimo por ella, pero no puedo evitar compararme.

¿Algún día me llegará a mí la oportunidad?

¿O debería dejar de intentarlo y ahorrarme más disgustos?

Cuando salimos de clase, nos sentamos en unos sofás pegados a un ventanal con unas vistas increíbles a Washington Square.

El cielo está gris y llueve de manera intermitente, pero los edificios siguen captando mi atención mire donde mire.

Me fijo en los detalles de las ventanas, en las terrazas secretas que se esconden en lo alto de los bloques de pisos, en el juego de diferentes alturas que corona la ciudad.

En ningún otro sitio puedes estar tan cerca del cielo como en Nueva York.

—Vale, Anna, enséñame qué tienes —propone Lauren.

Le muestro el documento donde he apuntado las ideas sueltas que he ido recopilando.

Notas que he sacado de clase, algunas ideas sobre ser de fuera que se me han ido ocurriendo estas semanas, algún dato que he captado por aquí y por allá.

Ella escanea el documento con la mirada y asiente para sí misma.

—Hmm —masculla—, no son malos puntos de partida. Quizá, hasta que des con una idea más creativa, puedes seguir recopilando datos y analizando qué otros libros sobre inmigración se han publicado. Porque tu idea irá por aquí, ¿no?

—Eso es lo que me propuso el señor Schuster —respondo—. Que buscase ideas pensando en mi situación, así que supongo que sí, que ese es el tema: ser inmigrante en Estados Unidos en un momento en el que sería mejor estar en otro sitio.

—Maravilloso —responde Lauren—, perfecto para una ficción literaria deprimente. Eso es lo que te gusta, ¿no? —me pica, con sorna. No soporta a los esnobs literarios. Eso nos une mucho.

Arrugo la nariz. En menudo berenjenal me estoy metiendo.

—Bueno, ya sabes que no es lo que más me gusta, pero supongo que es lo que más sentido tiene, viniendo de estudiar Literatura —apunto, sin estar muy convencida.

—Pues eso, Anna —continúa Lauren—, sigue recopilando información, buscando artículos, intenta encontrar a algún autor interesante que tenga una newsletter sobre este tema…

y también creo que puedo pedir a alguna de las editoras con las que trabajo que me saque datos de venta de los títulos comparativos que has escogido.

—¿En serio? —pregunto, algo más animada.

—No prometo nada, pero lo puedo intentar —responde ella—, a ver si eso te ayuda a desbloquear un poco el camino.

—¿Tú cómo lo has hecho? —Lauren tiene el tema claro desde el primer momento.

—Mi propuesta es una novela que refleja la precariedad de envejecer en Estados Unidos. Me inspiré, obviamente, en algunas cosas de las que siempre se queja mi abuela, y en un artículo que leí el otro día en el New York Times . Y si no les gusta… pues mala suerte.

Lauren y su seguridad. Un ejemplo de entereza y de que te resbale casi todo. Pero ve en mi cara la preocupación y se suaviza. Sabe que para mí es importante que este trabajo salga bien.

—Anna, acabarás dando con una idea chula.

Y todo esto que llevas hecho te servirá para la documentación que también tenemos que entregar: los títulos similares, el plan de marketing y comunicación…

—me asegura, intentando infundirme ánimos—.

Tarde o temprano te llegará la idea maestra y tendrás avanzado todo lo demás. Estoy convencida.

Sé que lo dice con buena intención, pero el comentario no me acaba de sentar bien.

—Ya, es fácil decirlo —le reprocho, un poco dolida—, tú ya tienes unas prácticas y es posible que después puedas quedarte en la editorial.

«En cambio, yo no tengo nada», pienso para mis adentros. Lo más probable es que prefieran a otro tipo de perfil que dé menos problemas burocráticos que yo. Alguien que no necesite un visado y un montón de papeleo simplemente para poder trabajar en la empresa.

—Yo ni siquiera he conseguido una oportunidad.

—Alguien te la dará. Da igual cuántos «noes» lleves. Solo necesitas un «sí». Y cuando vean cómo trabajas, se querrán quedar contigo a toda costa. ¡No dejarían que te deportasen nunca!

Pongo los ojos en blanco por lo bruta que puede llegar a ser Lauren.

Pero ella extiende los brazos para darme un abrazo, y yo me levanto de mi sofá y me dejo abrazar.

La verdad es que hay veces que me desespera, pero no sé qué haría sin ella.

Es mi mejor amiga aquí. Y seguramente una de las pocas amigas de verdad que he tenido en mucho tiempo.

—Venga —me anima cuando nos separamos—, vamos a ver qué más hay por Nueva York que hable de inmigrantes y te pueda inspirar.

Desbloquea su ordenador y empieza a buscar en internet. Yo me siento en el brazo del sillón, mirando su pantalla.

—Seguro que hay alguna exposición interesante y… ¡Ah!, claro, también está el museo de antiguas casas de inmigrantes en el Lower East Side…

Niego con la cabeza.

—Ya lo visité al poco de llegar.

—Vale, pues nada… —Sigue mirando en el ordenador—. También podríamos ver West Side Story .

—¿El musical?

—La peli. El musical hace tiempo que no se estrena en Broadway.

—Bueno, no sé hasta qué punto me va a ayudar eso…

—¡Pues claro que te va a ayudar, Anna! A desbloquear tu parte creativa. Y mi hermana y yo siempre estamos listas para ver un buen drama romántico.

Antes de que pueda decir nada más, está sacando el móvil para escribir a su hermana.

—Ya se lo he comentado a Tricia —me informa, y al minuto una burbuja aparece en su pantalla—. ¿Tienes planes para el viernes? Pizza para cinco y peli en nuestra casa.

Lauren es así. Tiene un poder de convocatoria impresionante.

Supongo que por eso se le da tan bien trabajar en un departamento de comunicación.

Están preparando un evento muy importante para el mes de enero y lo está gestionando todo prácticamente ella, a pesar de ser la becaria.

La verdad es que no me sorprende, porque es una crac, pero también me da pena no tener más tiempo para estar juntas.

Echo un poco de menos nuestros planes a solas.

—Argh —se queja Lauren—. Voy a tener que saltarme la última clase de hoy para ir a la editorial.

La miro sorprendida.

—¿En serio?

—Sí, mi jefa me necesita para hacer envíos a varios influencers de una novedad que sale esta semana.

—¿Y no puede esperar dos horas?

—Parece ser que no.

En fin. Ya nos han advertido todos los profesores del máster que el mundo editorial es muy intenso, pero me da la sensación de que Lauren no tiene ni un respiro.

—¿Tú qué harás hoy? —me pregunta ella, sin dejar de teclear en su móvil.

—Nada —miento.

No me gusta hacerlo, pero intento convencerme de que es una mentira totalmente inofensiva. Y el secreto no es solo mío. Ella asiente, sin levantar la vista del móvil. Sigue contestando un chat del trabajo. Casi que lo agradezco.

El otro día, cuando iba con Aaron en el ferri de vuelta, hablamos de turistadas y cosas típicas para pensar cuál sería la siguiente visita.

Yo le dije que todavía no había tenido ocasión de pasear por Central Park desde que empezó el otoño.

Como hoy él podía salir antes de la academia, aprovecharemos el último ratito de luz después de las clases para pasear.

Me cuesta no contárselo a Lauren porque lo estoy deseando.

Me bajo del metro en la parada de la 81, la del Museo de Ciencias Naturales, y un leopardo me da la bienvenida en cuanto pongo los pies en el andén.

Las paredes de esta estación están llenas de mosaicos de animales.

Hago una foto a la cola de una ballena que parece sumergirse en el suelo y se la envío a mi hermana.

A Nora le encanta el mar, y siempre dice que estar lejos del Mediterráneo es lo que peor lleva de vivir en Londres.

Los mosaicos y azulejos de esta estación también me recuerdan un poco a casa, a los trencadissos modernistas que se esconden por toda Barcelona.

Al enviar la foto repaso el chat con ella.

Hace semanas que prometimos que haríamos una videollamada, pero está muy ocupada con sus clases y su vida en la capital británica, y entre eso y mis clases nos ha sido imposible cuadrar horarios.

Se alegró mucho cuando le conté cuál era el premio por el trabajo de clase.

Sin quererlo, abrir este chat ha sido un recordatorio de lo lejos que está mi objetivo de cumplirse.

Cuando salgo a la calle, reconozco de inmediato a la figura apoyada en la pared con unos auriculares inalámbricos puestos.

Aaron viste unos vaqueros, lleva una cazadora bomber negra abierta y debajo de esta se entrevé una sudadera gris con capucha del FDNY.

Le hago un gesto para saludarlo mientras me acerco, pero me doy cuenta de que tiene los ojos cerrados.

Aún no los ha abierto cuando me planto delante de él, así que me quedo observándolo unos segundos.

Al poco, abre los ojos y se lleva una mano al pecho.

—Hostia, Anna, qué susto.

Yo me río.

—¿Qué hacías con los ojos cerrados? ¿Y si te roban?

Él levanta una ceja ante mi pregunta.

—Estaba concentrado.

—¿Estabas escuchando un audio mío? —pregunto, de broma.

—Sí.