Burning Love Humo
35%

Humo

Señal de incendio.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Aaron

La visita a la Estatua de la Libertad no parece muy exitosa para Anna.

El día se ha nublado y ha empezado a llover cuando estábamos a los pies del monumento.

Subir escaleras hasta el podio tampoco ha sido lo más inteligente.

Tiene la boca apretada en un gesto del que parece no darse cuenta, y la mirada perdida dividida entre la escultura y el cielo, como si pudiera alejar con su mirada asesina otro chaparrón que le despeine el flequillo.

—Venga, anda —le digo, mientras le señalo hacia la cafetería que hay dentro del recinto de Ellis Island, la isla sobre la que se erige el monumento—. Te invito a un chocolate caliente, o lo que tú quieras, para que cambies esa cara de pena.

—Tú no lo entiendes —empieza a decir ella—. Por eso siempre llevo gorra cuando voy en barco, aunque parezca una turista. Entre el agua y el viento tengo el flequillo que da pena. Pero hoy no la he cogido —se lamenta.

—¿Quieres que te compre una diadema de la Estatua de la Libertad? Son bastante monas —le propongo, intentando pincharla, a ver si se anima un poco.

—Sí, si tuviera veinte años menos me la pondría cada día para ir al cole.

—¿Veinte? Yo creo que eso es mucho exagerar…

—Vale, tienes razón, con diez menos también me la pondría.

La miro muy fijamente, con una ceja levantada y una sonrisa apretando los labios, porque empiezo a entender cómo funciona su cabeza, y ella acaba por ceder con un suspiro.

—Vale, ahora también me la pondría —reconoce, dejando caer los hombros—, es casi igual de icónica que la camiseta de I Love New York .

—Tendríamos que haber subido a la corona de la estatua, quizás te ha faltado ver las cosas a través de sus ojos. —No sé por qué intento que se ría conmigo.

—Uy, sí, el próximo best seller del The New York Times se encuentra en su cabeza. Ah, no, que tiene el cerebro hueco —dice ella, siguiéndome el rollo.

—Quizás si te hubieras puesto en sus zapatos…

Hemos recorrido el museo de la Estatua de la Libertad en busca de pistas que ayuden a Anna con su trabajo, y, a pesar de haber leído un montón de datos interesantes, como que nadie murió durante su construcción, no ha habido nada que haya llamado su atención.

Me siento un poco mal, porque realmente yo no sé si voy a ser de mucha ayuda para ella, mientras que para mí la diferencia entre leer las lecciones y escucharlas es un mundo.

Aparte de lo que repasamos el otro día en Bryant Park, Anna me ha ido pasando varios capítulos grabados esta semana.

Avanzo mucho más rápido, me entero de lo que dicen y, después, cuando los repasamos en la academia, por lo menos me suenan de algo.

Eso me está haciendo ganar confianza con los instructores, que ya me estaban apretando con la teoría.

La parte física la llevo bien. El entrenamiento es jodido, pero llevo años preparándome.

Solo hay un pequeño impedimento con los audios de Anna y es que, de vez en cuando, mientras los escucho, me da por cerrar los ojos.

Me gusta el sonido de su voz. Me relaja, y a la vez me despierta.

He tenido que tirar para atrás el audio más veces de las que me gustaría reconocer porque no me estaba concentrando.

Cuando lee, transmite una energía que atrapa.

Seguro que se le daría bien contar cuentos a niños.

Hay algo en su manera de entonar que hace que no puedas dejar de esperar qué será lo siguiente que diga, incluso en las partes más aburridas.

También, de vez en cuando, me pierdo en su acento, que suena diferente, prometedor, y me quedo pensando qué otras cosas me gustaría oírle decir.

—¿Me estás escuchando? —pregunta ella, interrumpiendo mis pensamientos.

—Perdona, ¿qué?

—Decía que yo voy a querer el café con vainilla.

—Vale, pero te lo tienes que beber antes de subir al barco de vuelta.

—¿Por qué?

—Se te ha prohibido la entrada a cualquier barco con una bebida. Ha llegado una circular al cuerpo de bomberos. Es parte del nuevo reglamento de seguridad marítima.

Ella pone los ojos en blanco, pero se acaba por reír.

—Lo que usted diga, cadete.

¿«Cadete»? Siento un ligero cosquilleo en la nuca. Me gusta cómo suena eso.

Ahora estamos sentados en un banco cerca de donde nos ha dejado el ferri de vuelta, con los restos del sándwich que nos hemos comprado en la cafetería del Museo de la Inmigración. Si Anna ya estaba chafada al ir a ver la estatua, después de visitar el museo está hundida en la miseria.

—Estás muy callada, ¿va todo bien? —tanteo, mientras recojo los cartones de nuestros sándwiches y los lanzo a la papelera.

—Realmente es fácil sentirse desgraciado en este país.

—¿Por qué dices eso? ¿Por este último museo?

—Bueno, no solo por eso. Es verdad que hay relatos que te dejan… con el corazón encogido —comenta Anna, negando con la cabeza—. Todas esas personas vinieron para encontrar una vida mejor.

—Y muchos la tuvieron, ¿no?

—Sí, supongo.

—¿Te has agobiado pensando en el trabajo? —deduzco, y ella asiente—. Anna, tranquila. Date tiempo. Tenéis más entregas, ¿verdad? Y supongo que lo más importa son las prácticas, ¿no?

Ella se gira como un resorte.

—Exacto. —Mierda. He tocado una tecla sensible—.

Adivina quién no va a conseguir unas prácticas si no tiene algo reseñable en su currículum.

A Lauren la ficharon en el primer mes. Yo ni me atrevo a presentarme a las ofertas que me interesan porque sé que me van a rechazar.

Esta es mi oportunidad de hacer algo que me dé puntos, y lo voy a echar todo a perder porque no se me ocurre ninguna idea suficientemente buena. ¡Y además ni siquiera sé inglés!

—¿Y en qué idioma estás hablando?

—¡No seas tan literal! —ladra.

Tengo que admitir que me hace mucha gracia cuando se enfurruña y hace un mohín. Por no hablar del flequillo completamente despeinado y la mirada de mala leche con la que me fulmina en estos momentos. Tiene algo que nunca he visto en nadie más.

—Perdona —se disculpa, resignada—. Tú no tienes la culpa.

Quizás lo mejor es volver a casa y consultarlo esta noche con la almohada.

No te quiero robar más tiempo, ya es más de mediodía —continúa, poniéndose de pie—.

Si quieres, mañana podemos ir a algún sitio a repasar tu manual.

Siento haberte hecho malgastar un sábado.

Yo también me pongo de pie y nos quedamos el uno frente al otro. Abro la boca para decir algo, pero no sé muy bien qué. Solo sé que no quiero que se vaya a casa así.

—En realidad… —empiezo—, ¿estarías dispuesta a coger otro barco?

Me mira ladeando la cabeza.

—Ya sé que estás un poco decepcionada, pero no me gustaría que te quedases con este sabor de boca… y sé la manera exacta de solucionarlo. —Se me escapa una sonrisa al proponérselo.

—De verdad, no hace falta.

Pero quiero. No deseo que se marche todavía.

—Déjame enseñarte un sitio —insisto—. Prometo que merecerá la pena. Al otro lado del río, si cogemos el ferri a Staten Island, muy cerca del terminal, están los mejores helados que has comido nunca. Y, créeme, por experiencia sé que levantan el ánimo.

—¿Helados? ¿Con el frío que hace? —pregunta, confundida.

—Anna —digo, y me gusta cómo sabe su nombre en mi boca—. ¿Qué mejor época para comer helados que cuando no se te derriten?

Cuando subimos de vuelta al ferri hacia Manhattan, con dos tarrinas de helado en la mano, el mío de stracciatella y el suyo de matcha —no sabía que tenían de eso en mi heladería de confianza—, atravesamos la cubierta y salimos a uno de los laterales del barco, desde donde, aún muy a lo lejos, se dibuja la silueta de Manhattan.

Ya está cayendo el sol y empieza a notarse la luz del atardecer.

—Tenías razón. Vale la pena el viaje en ferri hasta aquí —reconoce ella, sentándose en uno de los bancos de la cubierta a disfrutar de su helado.

—De nada, gruñona —le pincho.

—¡Eh! No soy una gruñona. —Se le escapa un gemido cuando se mete la cucharilla en la boca—. Esto está buenísimo.

La miro con desconfianza, porque no me creo que ese helado verde radiactivo pueda estar bueno, pero pagaría por volver a escuchar ese sonido de disfrute. Como me he quedado callado mirándola, ella tiende su tarrina hacia mí.

—¿Quieres probarlo?

Niego con la cabeza y trago saliva. «Tío, Aaron, un poco más y se te cae la baba».

—Me sorprende que hayas tenido la clemencia de levantarme el castigo y dejarme subir al barco con un helado —se mofa ella, deteniéndose para lamer la cucharilla de nuevo. Tengo que apartar la vista si no quiero parecer un baboso—. Hubiera sido un fastidio esperar hasta el siguiente.

—¿Por qué? ¿Tienes planes?

Lanzo esa pregunta antes siquiera de pensar en lo que estoy diciendo. Y me doy cuenta de que espero que la respuesta sea que no quiere marcharse todavía. Que está a gusto conmigo.

—Bueno, tengo una cita —responde, como si nada.

¿Qué? ¿Con quién? ¿Y por qué tengo esta sensación tan molesta en el pecho?

—Ah, ¿sí? —respondo, intentando marcar una distancia que no estoy seguro de sentir—. ¿Y vas a llegar tarde?

—Puedo llegar cuando quiera —asegura ella, rebañando los últimos restos de su helado—. Me estará esperando.

Joder. Pues vaya mierda, ¿no? ¿Será con alguien de su clase? Pensé que eran todo chicas. A lo mejor le gustan las chicas, como a Tricia. Aunque no creo. O, no sé, no debería juzgarlo por su aspecto.

—Ah.

Antes de que pueda hacer más el ridículo, oigo una voz que grita mi nombre.

—¡Aaron!

Me giro y veo a mi tía caminado en nuestra dirección, arreglada para salir, con una gabardina entreabierta que deja al descubierto un vestido elegante.

—Tía, ¿qué tal?

—Aaron, ¿has ido a Staten Island y no nos has dicho nada? —pregunta ella, indignada, pero enseguida se detiene al ver a Anna. Se acerca más a nosotros y le tiende la mano—. Oh, ¡hola! Soy Linda, la tía de Aaron. ¿Y tú eres…?

—Anna —responde ella, estrechándole la mano mientras se coloca con la otra un mechón de pelo detrás de la oreja—. Encantada.

—¿Y de qué os conocéis? —empieza a preguntar mi tía, y ya veo en su cara por dónde van los tiros. Esa sonrisilla, que parece ser educada, en realidad grita «COTILLA» a los cuatro vientos.

—De nada. —Le corto el rollo. Veo que Anna se sorprende de que haya sido tan tajante—. Es amiga de la hermana de Tricia y estamos estudiando juntos.

—Ah, ya veo —sigue Linda con su dichosa sonrisilla, deteniendo la vista en las tarrinas de nuestros helados y volviendo a mirarnos—. En el ferri, claro.

—Sí, y ya estamos volviendo, que Anna tiene una cita luego —respondo, intentando ver si así zanjamos el tema.

A mi tía no se le pueden dar alas. Cuando estaba en el instituto, salía con una chica.

Mis tíos tuvieron un tiempo la foto de nuestro baile de graduación sobre la chimenea.

Pero desde que empecé mi odisea para ser bombero tuve claro que no podía permitirme ninguna distracción.

No he vuelto a tener nada serio con nadie, ni mucho menos he llevado a ninguna chica a casa de mis tíos.

Ahora puedo leer en la mirada de mi tía que está sedienta de noticias amorosas.

Si no lo corto de raíz, no voy a salir airoso de esta.

Me sostiene la mirada unos instantes, en los que sé que está intentando descifrar cualquier cosa que le sirva para alimentar sus fantasías, pero creo que consigo convencerla para que, al menos por ahora, se retire.

—Pues encantada, Anna. —Se despide con la mano, sin que su sonrisa perfecta se desvanezca lo más mínimo. Es un hueso duro de roer—. Ya nos veremos. Me vuelvo con mis amigas, que están sentadas por ahí. Pásalo bien, cielo —dice mientras se aleja—. Y ven pronto a vernos. ¡Y que venga Anna, si quiere!

—Adiós, tía, pásalo bien tú también —le digo, haciendo un gesto con la mano, a ver si así se marcha más rápido, pero no tengo esa suerte.

—¿Por qué creo que tu tía piensa que hay algo entre nosotros? —pregunta Anna, divertida, cuando mi tía vuelve a la cubierta interior.

—Porque le puede el salseo. Y porque no está acostumbrada a verme con chicas.

—¿No conoce a Tricia? —pregunta ella.

—Sí, pero no es lo mismo, claro.

—Claro —repite ella, distraída.

Tricia y yo somos colegas desde que coincidimos en nuestra primera rotación como becarios en el cuerpo de bomberos.

No es que hablemos mucho de chicas; ni que ella comparta mucho de esos temas.

Creo que todavía tiene partes que procesar consigo misma.

No se siente cómoda hablando con nosotros.

Ni con nadie. Espero que no sea porque nos considere inútiles como amigos. Es bastante reservada, en general.

El resto de trayecto lo pasamos en silencio, viendo cómo el cielo de Nueva York se tiñe con vetas rosadas que se reflejan en el agua del río y las ventanas de los edificios se iluminan.

Cuando llegamos al embarcadero, el cielo a nuestra espalda está completamente naranja, como si estuviera en llamas.

Yo voy a coger el autobús para volver a casa y ella irá hacia el metro en dirección a Brooklyn.

Nos damos un abrazo rápido y, cuando estamos a punto de tomar caminos separados, ella se despide diciendo:

—Bueno, me voy, que mi libro me espera.

Sonrío y suelto un bufido. ¿En serio?

—¿Esa era tu cita?

—¿Qué te pensabas? —se burla ella—. Tengo una cita con un policía, que está en un libro.

No tengo ningún interés en salir con ningún chico que no haya sido escrito por una mujer.

—Dicho eso, se da la vuelta mientras se despide con la mano y se aleja del terminal—.

¡No se me ocurre un plan mejor! —grita, ya cinco o seis pasos alejada de mí, mientras yo me he quedado plantado en el sitio.

A mí sí. Igual que un montón de razones por las que no sería una buena idea.