Situación de riesgo
Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas
Anna
«Anna, céntrate. Esta es una salida de campo. Una investigación para conocer de primera mano los entresijos de la cultura estadounidense, con la esperanza de que algo despierte una idea en tu cabeza que sirva para el trabajo de clase. Nada más».
Pfff, ¿es una tontería? Puede ser, pero no tengo ningún plan mejor.
Cuando Aaron me propuso esta especie de pacto no sabía qué decirle.
Es verdad que me viene muy bien tener algo de ayuda.
Últimamente Lauren va hasta arriba con las prácticas —está totalmente explotada—, y Molly pronto se irá de viaje.
Lo único que no me gusta del plan es que tenga que ser secreto…
no quiero que después haya ningún malentendido con Tricia, pero Aaron me aseguró que se lo contará en algún momento, así que yo no debería meterme más.
Lo que tengo que hacer es dejar de centrarme en lo bien que huele y espabilarme con el trabajo.
Si consigo hacer eso, no debería pasar nada malo.
Aunque hoy es sábado, me he levantado muy temprano.
Desayuno un porridge de manzana y canela junto a la ventana de nuestro apartamento disfrutando de un rayo de sol tímido que se cuela por los cristales.
Normalmente no tengo tiempo de saborear un desayuno con calma, así que aprovecho que es fin de semana.
Después de leer el otro día unas cuantas páginas de la lección de Aaron hasta que se fue la luz en el parque, decidimos que lo más estadounidense que podíamos hacer en Nueva York era visitar la Estatua de la Libertad.
Así que hoy tenemos nuestra primera… ¿quedada de inmersión cultural a cambio de lectura en voz alta? No sé cómo llamarlo, la verdad.
Clotilde viene a hacerme compañía junto a la ventana.
Primero se estira, después se tumba y guarda las patitas debajo de su pecho, mientras entrecierra los ojos aprovechando el calorcito que entra por la ventana.
Está monísima. Parece un bizcochito de zanahoria y chocolate.
Pero no se me ocurriría tocarla en este momento.
Si me acerco sin ser llamada lo más probable es que me suelte un zarpazo. Prefiero no arriesgarme.
Molly aún está durmiendo en su habitación.
Ayer tuvo partida de cartas con sus amigas, así que estoy segura de que no se levantará pronto.
Todavía no me ha quedado claro a qué juegan, algún día reuniré el valor para preguntárselo.
La cosa es que una vez al mes se juntan media docena de señoras divertidísimas a cotorrear y beberse unas cuantas copas.
Todas son muy majas, pero, después de un rato de hablar con ellas, Molly se inventa alguna excusa para que me pueda escabullir a mi cuarto, algo del tipo: «Oh, Anna debe de estar muy cansada, que hoy ha corrido diez kilómetros por Central Park a primera hora», y yo asiento, sorprendida de haber hecho eso, aunque sea en su imaginación, y aprovecho para irme a leer a la cama con Clotilde al lado, a la que también se le acaba rápido la batería social.
Cuando miro la hora en el reloj de pared que tenemos en el salón, apuro el desayuno y me preparo. No quiero llegar tarde el primer día de lo que quiera que sea que estamos haciendo Aaron y yo.
Cuando llego a Battery Park, desde donde cogeremos el ferri para ir a la Estatua de la Libertad, lo primero que me encuentro es una escultura horrible llamada «Los inmigrantes».
Empezamos bien. En este país, parece que ser de fuera es igual a penuria.
No sé si esta excursión me ayudará en algo o solo hará que me recree aún más en mis miserias.
Me siento en un banco con mi chai de calabaza y me ajusto la bufanda. Hace un día bastante nublado, y ya se nota el frío de finales de octubre. Saco mi libro electrónico, porque al final he llegado bastante pronto, y así aprovecho para leer un ratito.
Por si alguien dudaba de mis gustos, la funda está decorada con pegatinas literarias que dejan bastante claro que soy un ratón de biblioteca.
En una pone: I like my books extra spicy y tiene un montón de guindillas, Cozy book girlie , varias pegatinas de mis sagas favoritas y una de un gatito que se parece a Clotilde.
Quizás debería estar releyendo algunas de las novelas que mencionó el profesor Schuster en clase, pero ya me he leído unas cuantas y necesito una lectura reconfortante.
Abro una novela antigua de Rosalind Wright, una de mis autoras favoritas, que aún tenía pendiente.
No sé cuánto rato pasa, porque pierdo completamente la noción del tiempo, cuando una voz me saca de mi libro:
—Ahí estás. Te estaba buscando.
Me pego un susto de muerte y se me escurre el libro electrónico de entre las manos, que cae al suelo. Menos mal que lleva funda. Por suerte, el té que había dejado apoyado en el banco no se ha derramado también con el bote que he pegado.
—¿Qué lees? —me pregunta Aaron, recogiendo el libro electrónico del suelo, antes de girarlo para echar un vistazo a la pantalla.
Lo miro y veo cómo abre mucho los ojos mientras vocaliza una palabra de manera inteligible.
Después cierra la boca y sonríe, con una de esas sonrisas de medio lado a las que ya estoy empezando a acostumbrarme.
Pero no es momento de embobarse con sonrisas; le arrebato el libro electrónico y lo abrazo con fuerza contra el pecho.
—Pero ¿a ti no te costaba leer? —le acuso, con un poco de mala leche.
Él se ríe y alza las manos en alto, en señal de rendición.
—Es que la única palabra que he cogido al vuelo era… interesante.
En efecto, estaba en la escena más interesante del libro, cuando los protagonistas, una periodista de sucesos y un policía de Chicago, están a punto de pasárselo muy bien en la parte de atrás de un coche de policía.
Leería cualquier cosa que escriba Rosalind Wright, hasta su lista de la compra.
Quizás esta no sea su mejor novela, pero no me avergüenzo de lo que leo.
Bastante tuve que aguantar con los comentarios de mi ex.
Y estoy segura de que Aaron, como todos los chicos con los que me he topado, no entienden la fijación de las chicas con las novelas románticas.
Ya podrían aprender un par de cositas si leyesen alguna.
Me levanto del banco soltando un bufido, guardo el libro electrónico en mi bolsa y echo a andar, pisando fuerte.
Mis botas resuenan en el asfalto del parque.
Aaron llega hasta mí con un par de zancadas y lo miro de reojo.
Lleva unos pantalones beige, una camiseta blanca básica metida por dentro de la cintura y viste por encima una sobrecamisa marrón.
Una pesada chupa del mismo color cuelga de su brazo.
La verdad es que el rollo vintage le queda demasiado bien.
Después de pasar el control de seguridad, nos unimos a la cola para subir al ferri.
Tengo los brazos cruzados y supongo que se nota que estoy tensa.
Pol siempre se reía de mí cuando me dejaba libros abiertos en su casa.
Leía las frases en alto con esa vocecilla odiosa.
«Oh, Alto Lord Elfo, mira este bordado que he hecho con mis manos, ¿no es delicioso?
». Imbécil. Qué sabrá él de nada. No sé por qué me sigue afectando lo que pensara de mis gustos una persona tan mediocre.
—¿Has cogido este ferri alguna vez? —pregunta Aaron, intentando romper el hielo que ha formado entre nosotros mi mirada glacial de antes.
—No —respondo, un poco seca, pero después me arrepiento de ser borde, así que añado—: No he ido a la isla de la Estatua de la Libertad todavía.
—Genial —se alegra—. En realidad, yo solo he ido una vez, con el colegio de excursión.
Recuerdo que un niño de mi clase iba con muletas, así que le iban a dejar subir en ascensor mientras los demás subíamos andando.
Un niño bastante demoniaco, Billy White, se coló en el ascensor, dio a todos los botones a la vez y se quedaron encerrados, él, el niño de las muletas, una de las profesoras y otros visitantes.
Lo miro para ver si es en serio lo que me está contando y parece que sí, porque continúa:
—Tuvimos que esperar a que llegaran los bomberos y los sacaran de allí. No sé cuánto tardaron, pero se me hizo eterno. La otra profesora con la que íbamos estaba desquiciada. Cuando consiguieron sacarlos del ascensor, se canceló la excursión. Nos mandaron de vuelta a casa.
—Supongo que Billy White se quedó a gusto —comento. Siempre tiene que haber algún tocapelotas por el mundo.
—Seguro que sí —afirma, riendo—. Pero lo mejor de aquel día fue que los bomberos nos dejaron probarnos sus cascos.
La imagen de un mini Aaron con un casco de bombero que le va grande derrite un poco el hielo entre nosotros.
—Oye, siento haber sido borde antes. Me he puesto a la defensiva —me sincero mientras avanzamos en la cola y estamos a punto de subir al barco—. Pensé que tendrías algo que comentar sobre lo que estaba leyendo, y no me apetecía sentirme juzgada por ello.
—¿Juzgarte, yo? ¿Cuando mi principal motivo para venir aquí hoy es ver la estatua que sale en Cazafantasmas 2 ?
Me río y le doy un puñetazo en el hombro. Él se defiende con las manos, en un gesto exagerado.
—Eh, eh —dice, fingiendo defenderse—. ¡Policía! Ah, no, que son tu tipo. A ver si encima se pondrán de tu lado.
—Pero ¿no has dicho que solo has leído una palabra? —exijo saber, indignada—. ¿Qué más has leído?
—¡Nada! Pero tu cara lo decía todo. —Me mira y noto cómo me arden las mejillas. Echa un vistazo a la bolsa, donde tengo guardado mi libro, y añade, con una sonrisa de medio lado—: Y supongo que esas pegatinas de guindillas solo lo confirman.
Lo ignoro con indiferencia fingida, mientras sigo avanzando en la cola para subir al barco. Me da igual lo que tenga que opinar sobre mis libros.
—Cuando tengas algún libro de bomberos, me lo podrías leer también. Para que coja ideas —dice.
Lo miro, incrédula, y él me guiña un ojo, para después dedicarme un gesto caballeroso para que suba yo primera al ferri. Siento un escalofrío, y un hormigueo me recorre por dentro con tanta intensidad que creo que lo que siento podría ser lava.