Incendio controlado #3
—Y preferiría que siguiera siendo así —digo con cuidado, y espero a que me confirme con la mirada que le parece bien.
Ella asiente en silencio—. Cuando estaba en sexto grado, me diagnosticaron un trastorno de lectura.
Tengo algún tipo de dislexia. Me cuesta mucho leer.
Cuando estábamos de prácticas, me fui apañando con las tareas de cadetes.
Tengo buena memoria. Siempre procuraba enterarme bien de las instrucciones e interiorizarlas.
Con la práctica se me iba quedando todo lo que me enseñaban.
Pero ahora en la academia… lo estoy pasando mal con los manuales.
—Ella me mira, muy atenta, y me reconforta ver que no parece juzgarme—. Son imposibles.
—Ya, la verdad es que esos tochos asustan bastante —corrobora ella—. ¿Y hay algo que te ayude? ¿Alguna técnica que te hayan enseñado para… sobrellevarlo?
—Sí —respondo—. Cuando descubrieron que tenía problemas para leer, mis tíos me llevaron a una psicóloga que me ayudó mucho.
Me suele funcionar leer en voz alta, o que alguien me ayude a leerlo.
Cuando estaba en el colegio me ayudaban mis tíos.
Después, en el Community College, estudié dos años de Ciencias del Deporte, un grado bastante práctico, por lo que fui salvando los muebles.
Ella me mira, atenta, pero no veo en su mirada lo que más me preocupa: pena. Es un alivio. Así que continúo:
—Otra cosa que también me funciona es grabarme leyendo y escucharlo después.
El problema es que lo que yo tardo en leer un capítulo del manual, a cualquier otra persona le llevaría la mitad de tiempo.
Además, cuando compartes un piso con las paredes de papel con otros tres tíos, es difícil tener intimidad para grabar lecciones en voz alta sin parecer idiota.
—¿Tus amigos no lo saben?
Niego con la cabeza.
—¿Ni siquiera Tricia y Caleb? —Vuelvo a negar.
—No quiero cargarles con esa responsabilidad.
—¿Responsabilidad? No es culpa tuya que tengas un problema para leer. Estoy segura de que no te juzgarían por ello.
Niego otra vez.
—Quizás ellos no —concedo—, pero no te haces a la idea de lo exigente que es la academia…
el más mínimo fallo y estás fuera. Caleb se operó la vista, y aunque ahora ve perfectamente, no le ha contado a nadie que antes llevaba gafas.
De hecho, alguna vez en casa se pone gafas de esas de filtro azul para las pantallas, por la costumbre.
Y Tricia… es una máquina, se esfuerza como nadie, entrena el doble que muchos de los tíos de la academia, se obliga a levantar más peso, aguantar más repeticiones… la competencia no es nada fácil.
»No puedo permitirme mostrar esa debilidad. Ni cargarles a ellos con la responsabilidad de ayudarme. Ya hacen suficiente por mí.
No sé si Anna comparte mi visión, pero no insiste en el tema. Al final, dice:
—¿Y cómo podría ayudarte yo? Necesitas que… ¿te lea los manuales en voz alta?
Asiento.
—Sé que es un tostón, y tienes un millón de cosas más interesantes que hacer —lanzo, a la desesperada—, pero, a cambio, yo te ayudaré con todo lo que necesites saber sobre Estados Unidos.
Veo cómo sopesa mi propuesta. Algo en su interior se debate. Niega con la cabeza.
—Si hacemos eso, te haré perder el tiempo. ¿Qué harás? ¿Acompañarme a la Estatua de la Libertad? ¿A beber Coca-Cola?
—Bueno, sí, no sé. Podemos visitar algunos sitios. O te acompaño a donde sea para lo que necesites experimentar para tu trabajo.
Si tiene que ser beber Coca-Cola, qué remedio.
—¿Y a Tricia no le molestará? —pregunta.
No quiero cargar ni a Tricia ni a Caleb con mis marrones. El valor de uno es el valor de todos. No quiero ser un lastre.
—Se lo explicaré todo cuando pueda. —Es decir, si es que esta locura funciona y consigo aprobar, porque eso significará que las mierdas en mi cabeza no me han superado. Ella me mira, con un gesto desconfiado—. Lo prometo.
Observa a nuestro alrededor y no sé si pasan segundos o minutos, porque se me hace eterno, hasta que finalmente responde:
—Bueno, vale, está bien. Trato hecho.
Uff. Respiro aliviado. Quizás así tenga una oportunidad de aprobar la academia, después de todo.
—Pero, por favor —le repito—, ni una palabra de mi problema a Lauren, ni a Tricia, ni a Caleb.
—De verdad no creo que pasara nada…
—Anna —la corto. Se detiene—. Por favor.
Veo en su mirada que, aunque no acabe de entenderlo, está dispuesta a respetarlo.
—¿Y por qué me lo has contado a mí?
«Porque siento que puedo confiar en ti», pienso, aunque no se lo digo.
—Porque tú necesitas ayuda y yo también. ¿Acaso no es ayudar la vocación de todo bombero? —respondo, con una sonrisa infalible.
Ella parece quedarse descolocada, pero enseguida sacude la cabeza y responde:
—¿Empezamos ahora?
Uau, ¿en serio?
—¿Aquí mismo? —pregunto, y ella asiente.
—Vamos a aprovechar el día, como tú decías. Empezamos leyendo tu manual y luego ya vemos.
Ella extiende la mano y yo se la estrecho, cerrando el trato. Asentimos con un gesto de cabeza. Nos reímos. Es muy probable que este plan no tenga ningún sentido, pero no perdemos nada por intentarlo, supongo.
¿Esto significa que voy a pasar más tiempo a solas con Anna?
Seguramente. Pero no debería suponer ninguna distracción si nos centramos en estudiar y hacer lo que necesite para su trabajo.
Estoy reconduciendo una situación potencialmente peligrosa.
Esta es una quema prescrita, como lo llamamos nosotros.
Un fuego controlado. Usado de manera segura, planificada y supervisada. Está todo bajo control.