Incendio controlado #2
Mientras hablo, Anna da un bocado a su cruasán. No puedo evitar fijarme en unas migas que se le quedan en la comisura de la boca. ¿Sería muy raro si acerco los dedos y se las quito? «Sí, tío, que te está contando algo serio».
—Bueno… —Veo cómo ordena las ideas para intentar poner en palabras todo lo que piensa—.
No es que tenga que ser trascendental, pero tiene que ser importante.
Una idea que aporte algo a la gente, que reconforte, que ilumine, que acompañe…
No sé qué podría ofrecer yo al lector estadounidense cuando mi círculo cercano aquí es de dos personas y media.
—¿Quién es la media?
—Clotilde.
—¿Quién es Clotilde?
—La gata de mi casera.
Se me escapa una carcajada y después puntualizo:
—Cinco.
—¿Qué? —pregunta.
—Tu círculo cercano es de cinco personas si nos cuentas a nosotros también —insisto—. Cinco personas y media —le ofrezco, con una sonrisa.
Ella me la devuelve y asiente, aunque no tengo claro que se crea del todo mis palabras. Desvía la mirada hacia el parque.
—Quizás tengo que aceptar que mi sueño no es para mí —declara con tristeza.
Entiendo el sentimiento. Yo también estoy donde siempre había querido estar. Pero mi plan se acababa al llegar a la academia. Pensé que lo más difícil sería llegar hasta aquí y que, después, las piezas encajarían. Es posible que me pasara de listo y en realidad no tenga madera para esto.
—¿Recuerdas que el otro día te hablé de la estación de bomberos de Cazafantasmas ?
Ella asiente.
—Mi padre era bombero, ¿te lo dije?
Me mira, ahora con curiosidad renovada, mientras niega con la cabeza.
—Él no servía allí, pero tenía buenos amigos. Aún lo recuerdan. —No puedo evitar hacer una pausa antes de seguir—. Mis padres murieron cuando tenía once años.
—No lo sabía —se apresura a señalar ella—. Lo siento mucho. Cuando me contaste que tu padre te llevaba a la estación, no pensé que fuera como bombero.
—Sí —respondo, y no puedo evitar sonreír, a pesar del dolor. La muerte de mis padres es lo peor que me ha pasado, pero recordar algunos momentos felices, como ese, fue lo único que me mantuvo a flote durante mucho tiempo—. Tenía acceso privilegiado.
—Vaya enchufado —se burla ella, y se lo agradezco.
Yo me defiendo tirándole un trocito de pan de mi sándwich. Ella hace lo mismo y me lanza un trocito minúsculo de su cruasán, que se cae por su propio peso. Nos reímos.
—La mayoría de la gente se queda en la puerta, ese día no se puede acceder a la estación —prosigo—. Pero los compañeros de mi padre nos colaban y, si venía alguno de los actores de las pelis, nos podíamos hacer fotos con ellos.
—Qué pasada —reconoce ella. Después, guarda silencio un momento—. Debió de ser muy duro perderlos.
—Sí, lo fue. Mis tíos son geniales y, durante mucho tiempo, fui casi un hijo único para ellos, hasta que llegó mi primo Luke. Para mí es prácticamente mi hermano. Lo vi nacer. Le estoy viendo crecer.
—Por eso era tan especial estar con él en su cumpleaños —deduce, y yo lo corroboro con un gesto de cabeza.
—He querido ser bombero desde que tengo memoria. Por mi padre. Ya quería serlo cuando era un enano que coleccionaba camiones de bombero de juguete. —Veo que sonríe, así que me aventuro a preguntarle—. ¿Y tú qué? ¿Siempre supiste que querías ser editora?
—Claro que no —se apresura a responder—.
Primero quise ser veterinaria, como el noventa por ciento de los niños cuando son pequeños.
Después quería ser profesora, también por mis padres.
—Y me mira asintiendo, en señal de entendimiento mutuo—.
Pero cuando descubrí que había un trabajo en el que te pagan por leer, supe que había encontrado mi verdadero propósito en la vida —declara, risueña.
Observa a los transeúntes del parque. La brisa le despeina ligeramente el flequillo y se pasa los dedos para recolocarlo con gesto ausente.
Sonrío. Ojalá se pudiera leer por mí mis manuales, pero eso es imposible.
Suelto el aire por la nariz con fuerza. Esta chica se lee hasta las etíquetas de los champús y yo soy incapaz de leer al ritmo que necesito.
Un momento. ¿Y si…?
La mente me va a toda máquina. Tengo ganas de darme por vencido, pero necesito intentarlo, poner toda la carne en el asador.
Tengo que aprovechar esta oportunidad. Leer los manuales de la academia se ha convertido en mi infierno particular, pero aquí estoy, invirtiendo cada rato libre en hincar los codos, usando uno de los pocos días festivos que tenemos para ir a la biblioteca.
Es posible que, después de todo, no lo consiga, pero tengo que intentarlo. Y Anna también.
Analizo la situación racionalmente: A mí no se me da bien leer, pero a Anna sí. ¿Y qué necesita Anna?
—Oye —digo, sacando a Anna de sus pensamientos, que pega un respingo en su silla.
Me mira—. Creo que puedo ayudarte. ¿Qué quieres saber de este país?
Pregúntame lo que quieras. ¿Por qué todo lleva azúcar?
¿El nombre de los cuarenta y siete presidentes hasta la fecha?
Yo te ayudo, y, si yo no lo sé, pensaré a quién podemos preguntarle.
Ella se queda bastante sorprendida. Parpadea varias veces y frunce el ceño. Casi puedo ver los pensamientos que le cruzan la mente antes de contestar:
—Es muy amable por tu parte, de verdad. —Niega con la cabeza—. Pero ¿no se supone que tú tienes que prepararte a fondo para las pruebas de la academia?
—Sí… y, en realidad, por eso creo que podemos ayudarnos mutuamente.
Miro a nuestro alrededor. Hay familias paseando, aprovechando el buen día que hace, hay chavales no tan pequeños jugando a Pokémon Go, hay gente haciendo deporte…
Intento escoger bien las palabras. Esto es importante para mí.
Quiero ser parte de esta ciudad. Servir en esta ciudad.
Hacer de ella un sitio un poco mejor, por poco que yo pueda aportar.
Y quiero hacerlo por mis padres. Ellos deseaban lo mismo.
No sé si Anna estará dispuesta a perder su tiempo para ayudarme a conseguirlo.
O, al menos, a intentarlo. No hay mucha gente que sepa de mi....
problema. Me lo diagnosticaron al poco de que mis padres murieran y siempre he creído que, si mi padre lo hubiera sabido, le habría decepcionado.
Siempre me decía que los bomberos de Nueva York son los mejores.
Los más fuertes, los más valientes. Y yo estoy intentando ser uno de ellos con una tara de serie.
Quizás debería pensar que es una señal para que me dedique a otra cosa.
Pero quiero creer que no. Que lo único que me separa de mi objetivo es el manual que me cuesta tanto leer.
Y que la distancia no es insalvable si cuento con la pieza adecuada: Anna.
Cojo aire y por fin digo:
—Verás, hay algo de mí que no sabe mucha gente.
Ella me mira, esperando a que siga hablando. Con una mezcla entre curiosidad y expectación.