Burning Love Incendio controlado
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Incendio controlado

Fuego planificado y manipulado dentro de unas líneas de control. En ocasiones, un medio para evitar males mayores.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Aaron

Hoy es festivo, así que nos han dado el día libre en la academia.

En parte para compensar la paliza que nos dieron la semana pasada con un simulacro especialmente jodido.

Pero ya nos han avisado de que no nos relajemos, que el nivel no va a hacer más que subir de aquí a que acabemos el entrenamiento. Y lo realmente chungo viene después.

Debería aprovechar el día para estudiar, pero no me veía capaz de hacerlo en casa; necesito un poco de ambiente de estudio o me va a costar concentrarme, así que voy de camino a la Biblioteca Pública de Nueva York.

Voy solo: Tricia hoy está con sus primas de Wisconsin, que han venido de visita, aprovechando el fin de semana largo, y Caleb ha preferido quedarse en casa.

Según él, se estudia mejor en el sofá. Mira que lo dudo.

Si me sentara con este manual en el sofá, no tardaría más de veinte segundos en caerme redondo.

Y más hoy, que estoy bastante cansado. Este fin de semana no he dormido mucho.

Reconozco que he procurado cansarme lo máximo posible para evitar pensar demasiado.

El sábado, echando unas canastas con algunos compañeros del equipo de básquet.

El domingo, en el gimnasio. Llevo días sintiendo cómo la ansiedad crece en mi pecho.

El nivel de la academia se está volviendo cada vez más exigente y no noto ningún progreso con el estudio.

La parte práctica compensa, pero hasta cierto punto.

Necesito aprobar como sea las pruebas escritas.

Voy por la Quinta Avenida, esquivando a los viandantes, al ritmo con el que se mueve Nueva York.

Deprisa, sin que se note que no sabemos dónde vamos.

Me detengo en un semáforo, junto a un carrito de Nathan’s que vende perritos calientes y hamburguesas.

Mis padres me llevaban a almorzar al restaurante que tienen en Coney Island, después de dejar que me subiese dos o tres veces a los camiones de bomberos del carrusel del parque de atracciones.

Sonrío, pero alejo el pensamiento, porque últimamente duele demasiado pensar en ellos.

Con el sol que hace y el ritmo que llevo, me entra calor.

Me desabrocho la chaqueta mientras espero a que el semáforo se ponga en verde para cruzar.

No había vuelto a sacar esta chaqueta desde el viernes.

Y hace un rato, al ponérmela, me ha venido el recuerdo de las notas de aroma que se quedaron grabadas el otro día al despedirme de Anna.

El día que nos conocimos —bueno, técnicamente ya nos habíamos conocido— me fijé en el olor a flores de su pelo.

Sin embargo, el viernes se debía de haber puesto algún perfume, porque se me quedó impregnado en la ropa un olor dulce, con un punto ácido, como a cítricos.

Hoy prácticamente ya no queda rastro. Pero no me ha hecho falta oler su colonia para pensar en ella.

Este fin de semana me he acordado de bastantes momentos de la noche del partido.

Es divertida. Es guapa. Es tímida. Casi se muere de vergüenza cuando nos enfocó la cámara.

Su cara era un poema. Me hacen gracia las muecas que pone.

Y me gusta cómo sonríe. Está obsesionada con su flequillo.

Quizás yo un poco también. ¿Tendrá novio?

«Eeep. Aaron, ya estás otra vez. Para el carro».

¿En qué estoy pensando? Tengo veintiséis años.

Esta es la primera vez en cuatro años que convoca exámenes para la academia de bomberos.

Desde que acabé el Community College, he pasado los dos últimos años como cadete del cuerpo, pidiendo que me dieran horas extra, sin saltarme ni un entrenamiento dos sábados al mes, y ahora que estoy tan cerca de conseguirlo, estoy en mi peor momento.

No debería buscarme más distracciones. Solo puedo presentarme a las pruebas de La Roca antes de cumplir los treinta.

Si no apruebo en esta convocatoria, se acabó para mí.

Quizás debería tatuármelo a ver si así no se me olvida.

Subo las escaleras de la Biblioteca Pública, pasando entre los leones de piedra que custodian la puerta principal, y me doy cuenta de que hay bastante gente sentada en las escaleras, pero no se ve apenas movimiento en la entrada.

Cuando llego a las puertas de bronce, veo que están cerradas a cal y canto.

—¿Qué? —digo en voz alta, sin darme cuenta—. ¿Está cerrada?

Una de las chicas que están sentadas en los escalones se dirige a mí:

—Es Columbus Day, hoy no abren.

«Aaron, ¿puedes ser más tonto, tío?». No se me ha ocurrido pensar que la biblioteca no iba a abrir hoy siendo festivo.

Le doy las gracias por explicarme lo idiota que soy y me siento unos cuantos escalones más abajo a mirar el mapa en el móvil.

¿Y ahora qué hago? ¿Vuelvo a casa? ¿Busco alguna cafetería?

No me gusta el café. Eso es cosa de Caleb. No conozco cafeterías por aquí.

Estoy pasándome los dedos por la cara, en un gesto de exasperación por el precioso tiempo de estudio que estoy perdiendo, cuando oigo una voz familiar delante de mí:

—¿No entras?

Por supuesto que me iba a encontrar a Anna en las escaleras de la Biblioteca.

—Ey, Anna, no te había visto —digo, alzando la vista del móvil.

Tres escalones por debajo de donde estoy sentado, Anna está delante de mí, mirando hacia la puerta. Lleva la misma gabardina que el viernes, pero esta vez abierta. Hoy hace bastante buen tiempo para ser octubre.

—Está cerrada —le informo.

—¡¿Qué?! ¿Por qué?

—Colombus Day. Yo tampoco lo sabía.

—¿Qué dices? ¿He venido desde Brooklyn para nada? —se lamenta ella, en el mismo tono de desesperación que he usado yo hace solo unos minutos—. Soy idiota.

—Tranquila, me ha pasado lo mismo.

Se descuelga la mochila del hombro y veo cómo duda de si sentarse o no a mi lado. Finalmente lo hace, poniendo la mochila entre los dos, claro. ¿Huelo mal? Tomo nota mental de comprobarlo cuando no me esté mirando.

Ella saca el móvil y abre la aplicación de Maps. Exactamente lo mismo que he hecho yo hace un momento.

—Ya que estamos aquí deberíamos aprovechar el día, ¿no crees? —pregunto—. Me viene bien que alguien me obligue a estudiar. Por el bien de mi productividad.

—Podría haberme quedado en casa estudiando… o en cualquier sitio más cercano… —se queja ella mientras observa el móvil—. Estoy buscando alguna cafetería guardada en el mapa por esta zona.

—¿Y si nos quedamos en una de las mesas del Bryant Park? —propongo—. No hace mal día.

Nos sentamos a una de las mesas de metal que rodean el jardín de Bryant Park.

Aún puede verse el césped central. En un par de semanas, empezarán a montar la pista de hielo.

No entiendo por qué la Navidad tiene que empezar tan pronto, con lo mucho que se disfruta este parque así.

Pero, claro, como está ahora no genera tanto dinero.

Anna se ha rendido ante nuestra mala suerte y ha comentado que, ya que se había dado el viaje para nada, se merecía un café, así que he insistido en invitarle a desayunar un café y un cruasán de uno de los quiosquillos que hay en el parque. Y para mí un agua y un sándwich de huevo.

—¿Estás bien? —le pregunto al cabo de un rato. Se la ve preocupada. Ha estado muy callada todo el tiempo que llevamos aquí.

Ella duda antes de contestar. Repaso mentalmente si he hecho algo para que guarde tanto las distancias conmigo. El viernes en el partido lo pasamos bien, ¿no?

Resopla y al fin contesta:

—Estoy bastante agobiada con un trabajo del máster.

—¿De qué es? —quiero saber.

—Es un poco difícil de explicar… —empieza ella—. En resumen, tengo que proponer una idea para la nueva Gran Novela Americana.

¿La Gran Novela Americana? ¿Tipo El gran Gatsby ?

—O sea, ¿proponer una idea para un libro?

—Exacto. Una idea que sea novedosa, rompedora… que encaje con nuestro tiempo pero que a la vez defina la esencia de Estados Unidos. Y ya me dirás tú qué sé yo de Estados Unidos. El otro día Molly me explicó lo que era el historial de crédito y todavía estoy horrorizada.

—Vale, por partes —le pido despacio, levantando las manos en un gesto que intenta ser tranquilizador—. ¿Quién es Molly?

Se ríe.

—Mi compañera de piso. Bueno, y mi casera.

—Ah, la señora con la que vives. No sabía que se llamaba así. —Recuerdo que Lauren lo mencionó cuando nos habló de ella—. ¿Y cómo de complicado es pensar un tema?

—Pues teniendo en cuenta que me falta mucho contexto sobre este país, no sé ni por dónde empezar a plantear este trabajo. ¡Ni siquiera sabía que este festivo existía!

Sonrío y trato de quitarle hierro al asunto:

—Yo sí, y he acabado igual que tú.

Intenta sonreír, pero está visiblemente agobiada, así que continúa:

—Me he leído unas seis grandes novelas americanas en este mes —y enumera con los dedos a la vez que lo explica—, he recuperado mis apuntes de la uni, he intentado pensar qué podría aportar yo, qué enfoque podría dar y solo se me ocurren cosas que no son para nada novedosas ni rompedoras.

—¿Como por ejemplo?

—Pues la inmigración, la salud, el desamparo…

Vaya. No creo que yo pueda ayudar mucho con eso, la cabeza de esta chica está a otro nivel.

—¿Y Lauren ya tiene tema?

—Lauren está convencida de que la próxima Gran Novela Americana tiene que hablar de la gente mayor y de su papel en la sociedad actual.

—Inspirada por su abuela, supongo. —Anna asiente—. Está claro que esa señora ha dejado una huella imborrable en sus nietas.

—Desde luego, lo tuvo claro en cuanto pensó en su abuela. Así que ya está en la fase de buscar artículos que hablen del tema para apoyar su tesis, pensar qué autores o personajes públicos podrían escribir un libro así… Yo, de momento, no tengo nada. Todo me parece… ridículo.

—Es que es bastante trascendental, por lo que dices. ¿Todo el mundo tiene que escoger un tema tan… serio?