Alarma #2
Él asiente y abre la boca, como si fuera a decir algo, pero se para y me mira los labios un instante antes de volver a centrarse en el partido, que ya ha comenzado.
Me ofrece la bandeja de los nachos y yo le hago un gesto negativo con la cabeza.
Se me ha cerrado el estómago y ya no me entra nada más.
El partido sigue su curso y, un rato después, Aaron me explica algunas cosas más. Esta vez me esfuerzo por prestar atención a lo que dice. Ya vamos ganando 44-60 y está a punto de acabar el segundo cuarto.
En el descanso, vemos un espectáculo de bailarines y lanzan camisetas a las gradas.
El ritmo es frenético, no paran de suceder cosas: es imposible aburrirse.
Cuando las pantallas empiezan a retransmitir anuncios, Lauren y Tricia se levantan de su asiento y se acercan más a nosotros.
Comentan algunas jugadas, me preguntan qué me está pareciendo mi primer partido de la NBA y nos hacemos unas cuantas fotos.
Cuando está a punto de arrancar el tercer cuarto, nos volvemos a sentar.
Para conseguir captar la atención del público, empiezan a enfocar a los espectadores de las gradas, y me entran unos nervios absurdos por si acaso salgo en la pantalla.
Antes lo pienso, antes pasa. Miro a la pantalla que tengo enfrente y veo en ella mi cara sorprendida, pero Aaron enseguida pasa su brazo por detrás de mi hombro y me arrejunta más a él, mientras saluda a la cámara con la mano que tiene libre.
Solo acierto a mirar a mi derecha para ver a Lauren grabándonos con su móvil.
A nosotros, y a la pantalla gigante que retransmite todos nuestros movimientos en el estadio.
¿Es esto una kiss cam ? ¿Se supone que nos tenemos que dar un beso?
Miro a Aaron, sin saber muy bien qué hacer, totalmente descolocada por el momento.
Antes de que me dé tiempo a pensar ninguna tontería más, Aaron se aparta con suavidad, todavía riendo de la emoción. Y algo en mi interior se queda… ¿vacío? ¿Estoy decepcionada?
Lauren alarga su móvil para enseñarnos el vídeo que nos ha hecho, lo cojo y Aaron se asoma por encima de mi hombro a mirar.
Claramente no era una kiss cam , solo decía: «Sonríe a la cámara», con un marco divertido y un efecto brillante capaz de provocar epilepsia a cualquiera.
Aaron esboza una de sus sonrisas de medio lado mientras se aparta del móvil y vuelve a prestar atención al partido, y yo me muero de vergüenza.
Vuelvo a reproducir el vídeo intentando entender qué ha pasado, porque todo ha ido muy deprisa, y solamente me puedo fijar en cómo miro de embobada a Aaron.
Todavía noto el peso de su brazo sobre mis hombros. Sin saber muy bien de dónde sale, un pensamiento fugaz me pasa por la cabeza: «La verdad es que quedamos muy bien juntos».
Lauren reclama su móvil desde el otro lado de la fila de asientos, se lo devuelvo con una mueca.
—¿Qué pasa? —me pregunta Aaron.
—Nos han grabado y salgo fatal —me quejo, recolocándome el flequillo, como si eso fuera a devolverme un poco la dignidad.
—¿Qué dices? Sales genial —replica frunciendo el ceño, como si lo que acabo de soltar fuese la tontería más grande del mundo.
Yo no digo nada y vuelvo a centrarme en el partido. Fin del tercer cuarto.
Cuando da comienzo el último, ya he perdido un poco el hilo de lo que está pasando. Mantener la atención con tantos estímulos me ha dejado agotada. Ya no puedo concentrarme totalmente en el juego.
De repente, otro pensamiento me asola. ¿Puede mi cerebro dejar de hacerme esto?
¿Y si a Tricia le ha molestado lo de la cámara?
A lo mejor ella quería que la enfocasen con Aaron.
Miro de reojo hacia su asiento y la veo completamente absorbida por el juego, aplaudiendo con mucho entusiasmo.
Parece estar bastante satisfecha de que su equipo vaya ganando. Vale, miedo neutralizado.
Con la última neurona que me queda disponible, me reengancho al partido para no perderme el final y soy testigo de cómo los seguidores del equipo local acaban bastante decepcionados por haber perdido en casa.
Tricia y Lauren celebran la victoria de los Milwaukee Bucks abrazándose y se llevan alguna que otra mirada asesina de nuestros vecinos de fila.
Menos de media hora después, ya estamos desalojando el estadio. Hay muchísima gente, así que tardamos un buen rato en alcanzar la salida, y casi no podemos hablar entre nosotros, nos cuesta mantenernos juntos en lo que llegamos a las puertas.
—¡Anna! —grita Lauren, al pasar por una de las tiendas del estadio—. ¡Mira! Te tendrías que haber comprado una mano gigante de gomaespuma para saludar a la cámara.
Todos se ríen.
—Ay, no, qué vergüenza —gimoteo, tapándome la cara con una mano—. Tía, salgo fatal en el vídeo —le lloriqueo en el hombro, enganchándome a su brazo.
—Qué va, sales con cara de estar flipando en colores, pero no sales mal, pesada. —Y añade, más bajito, aunque Tricia y Aaron se han quedado más atrás—: Estás muy bien acompañada por tu bombero de brillante armadura.
—Tía, para de decir eso. —Me ruborizo.
Intento esconderme con las manos mientras ella se sigue riendo. Entonces reaparecen Tricia y Aaron, este último con la mano gigante verde que tiene el dedo índice alzado y en la que pone «Fan #1» y el logo de los Milwaukee Bucks.
—Toma —me ofrece tendiéndome la mano gigante—, para que la tengas de recuerdo de tu primer partido.
—He ido a asegurarme de que compraba la de los Bucks, que no me fiaba. —Sonríe Tricia, satisfecha de sí misma.
Acierto a dar las gracias, no sé cómo, y me voy de allí abrazando mi mano gigante.
Cuando llegamos al metro, la entrada está llenísima de gente. Yo he venido dando un paseo y pensaba hacer lo mismo de vuelta, pero Tricia y Lauren piden un Lyft y me insisten en que no les cuesta nada añadir una parada en mi casa.
—En cinco minutos llega nuestro coche —anuncia Tricia, comprobando la pantalla de su móvil—. Aaron, tú vete yendo o con tanta gente no llegarás nunca.
No deja de entrar gente por la boca del metro, así que Aaron hace una mueca, pero se resigna y comienza a despedirse de Tricia chocando las palmas y dándose un abrazo amistoso.
Después Lauren y Aaron se dicen adiós con un abrazo rápido, y, por último, Aaron se acerca a mí para hacer lo mismo.
Dura solo un instante, pero siento con mucha más intensidad que antes el olor de su colonia.
Vainilla, especias… y otro olor más potente que por fin identifico. Estoy casi segura de que es cedro.
Subimos al taxi y las tres nos sentamos en la parte de atrás.
Vamos un poco apretadas, pero yo me bajo enseguida, así que no nos importa demasiado.
Me dejan el asiento de la ventanilla y miro las calles distraída, mientras Tricia y Lauren siguen comentando sus jugadas favoritas del partido.
Están pletóricas. Me relaja oír su murmullo de fondo.
Me recuesto en la puerta, sin dejar de mirar por la ventanilla. Con este movimiento, ya que no tengo mucho espacio, me llegan unas notas de perfume. Disimuladamente, apoyo la barbilla en la mano, para apreciar más de cerca el olor que se me ha quedado enredado entre los dedos.
Me encanta la colonia de Aaron.