Burning Love Alarma
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Alarma

Señal, por ejemplo, luminosa o sonora, que avisa de un accidente o de la posibilidad de que ocurra.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Anna

—¡Anna, estamos aquí!

Levanto la vista del móvil y veo a Lauren y Tricia subir las escaleras de la boca de metro que está justo en frente del Barclay’s Center, el estadio de los Nets de Brooklyn.

Cómo no, llevan camisetas de los Milwaukee Bucks debajo de sus chaquetas abiertas.

Y ahí no acaba la cosa. Cuando las tengo delante, veo que Lauren se ha hecho un delineado verde sobre los párpados para ir bien conjuntada, y lleva dos horquillas verdes a cada lado de la cabeza, sobre sus rizos negros sueltos.

Me fijo en Tricia y creo que es la primera vez que la veo con el pelo suelto, liso, mucho más claro que el de su hermana, sobre el que se ha puesto una gorra del equipo.

Vale, eso de que íbamos con los visitantes no era una broma.

Me da un poco de reparo porque estamos en el estadio de los rivales, y todo el mundo a nuestro alrededor va claramente con los Nets.

Además, en las pantallas que hay fuera del estadio van apareciendo imágenes de los jugadores del equipo de Brooklyn y se oyen vítores de los asistentes que están haciendo cola para entrar cuando salen sus favoritos.

El espectáculo ya ha empezado y ni siquiera hemos entrado.

Al poco se nos une Aaron, que acaba de salir del metro y lleva la chaqueta en la mano. Se acerca a nosotras y se pasa la mano por el pelo.

—Vaya con las de Wisconsin. Sí que vais en serio —dice riéndose. Y le da un golpe a Tricia en su gorra, bajándole la visera. Ella le pega un puñetazo en el brazo y se enzarzan en una mini pelea hasta que Lauren hace aspavientos con las manos para separarlos, como si fueran moscas molestas.

—Bueno, ya estamos todos, ¿no? —interviene Lauren, para que dejen de hacer el tonto.

—¿Y Caleb? —pregunto yo.

—El otro día tuvimos una salida de campo bastante accidentada y se ha puesto malo —contesta Aaron, y es la primera vez que nuestras miradas se cruzan esta noche. Estaba nerviosa por si le había molestado que no respondiera a su mensaje, pero no noto nada raro en su expresión cuando me mira.

—¿Accidentada? —pregunto, preocupada—. ¿Cómo de accidentada?

Aaron se ríe. Está especialmente guapo, con vaqueros rectos al estilo de los noventa, un cinturón negro y una camiseta blanca ajustada, sencilla. El look vintage le queda como un guante. No hay nada como que te hayan esculpido con un cincel para que todo te siente bien, supongo.

—Accidentada nivel está lloviendo a mares, hay un gato que no sabe bajar de un árbol y es tarea del bombero ayudarlo.

—¿Seguro que el gato no sabía bajar? ¿O no le apetecía? —«Eso mismo dije yo», comenta Lauren por detrás—. Espero que se mejore pronto.

—Se lo diré de tu parte —responde Aaron, con una sonrisa y un guiño.

Algo por dentro se me remueve y siento una punzada en el vientre, así que miro para otro lado y me alegro de que empecemos a caminar hacia la entrada.

Se han formado varias filas de acceso y, aunque está lleno de gente, la cola avanza rápido.

Pasamos el control y pronto nos encontramos en el interior del estadio.

Me quedo alucinada con la cantidad de gente que hay por todas partes, pero Tricia y Lauren parecen saber dónde van y nos guían por las escaleras mecánicas hasta llegar a nuestra planta.

Tricia nos manda a Lauren y a mí a coger sitio mientras ella y Aaron van a buscar bebidas y algo de picar.

Tomamos posesión de nuestros asientos y nos ponemos a cotorrear.

Yo sigo flipando con lo grande que es este estadio.

Tampoco es que pueda compararlo con ningún otro, pero cabe muchísima gente.

—Se nota que acaba de arrancar la temporada —comenta Lauren—. ¡Está bastante lleno!

—¿Has venido aquí muchas veces? —pregunto.

—No demasiadas —admite ella—. Con mi padre solemos ir al otro estadio que hay en Nueva York, el Madison Square Garden, que es donde juegan los Knicks.

Madre mía, como si me hablara en chino. Knicks, Nets, nuts .

Me suena todo igual. No sé nada de deportes.

De hecho, no lo reconoceré en público, pero tardé varias semanas en descubrir que mi gorra roja con las iniciales «NY» era de los New York Yankees, el equipo de béisbol, y no de, simplemente, «Nueva York».

El único deporte que se me da bien son los maratones de lectura y de ver pelis de Harry Potter .

Lauren sigue hablando y señalando cosas a nuestro alrededor, como las pantallas gigantes que se alzan sobre nuestras cabezas. Es flipante. Al cabo de unos minutos, llegan Tricia y Aaron. Antes de que se sienten, Lauren se levanta.

—Ahora que ya estáis aquí, ¡voy corriendo al baño! ¡Id pasando!

Y sale escopetada escaleras arriba. Así que Aaron pasa primero y se sienta a mi lado. Espera, ¿qué? Abro mucho los ojos. Pero ahí va Lauren, ¿no?

Tricia se sienta al otro lado, dejando libre el asiento más alejado para Lauren. Se acomodan, reparten las bebidas y veo que Tricia se coloca una caja de alitas de pollo en el regazo, y aprovecha para ponerse a escuchar un audio en el móvil. Aaron, a mi lado, me tiende una bandeja de nachos.

—Tricia y Lauren van a compartir unas alitas —me informa—, y he pensado que tú y yo podríamos compartir unos nachos. Son vegetarianos —aclara—. ¿Te parece bien?

—Sí… claro —acierto a responder—. Ya me diréis cuánto os debo.

—Nada, te lo debía yo. —Lo miro sin entender a qué se refiere, y añade—: Te lo debía por el café que no te pudiste tomar por mi culpa, aquel día en el ferri a Staten Island. ¿Recuerdas?

Me quedo congelada. El momento ha llegado. Cierro los ojos, segura de que aquí se acaba mi intento de hacer nuevos amigos. Sin embargo, la risa de Aaron me devuelve al presente. Abro los ojos y le veo sonreír.

—El mundo es un pañuelo —dice, con la sonrisa todavía en los labios, mientras se mete un nacho en la boca.

—¿No estás enfadado?

—¿Estás enfadada tú? —me responde él—. Fui muy desagradable, perdona. Me marché sin más. Sin preguntarte siquiera si estabas bien, o si te habías hecho daño.

—No, no, qué va —me apresuro a decir yo—, menos mal que no dijiste nada, ya me moría de la vergüenza yo solita.

—Lo siento por tu café —continúa él—. ¿Con esto estamos en paz?

Asiento.

—¿Cómo me has reconocido? —me aventuro a preguntar, alargando la mano para coger un nacho lleno de salsa.

—Al principio no lo hice —se sincera—, pero cuando te empecé a seguir en Instagram, vi una foto tuya en la que llevabas la misma camiseta horrible que llevan todos los turistas.

—¿La de I love New York ? ¿¡Cómo que horrible!?

Le doy un codazo. No tiene ni idea, es icónica.

Él continúa, negando entre risas:

—Y aparte de ese atentado contra el buen gusto, allí estaba, en tu mano, la inconfundible prueba del delito.

—Oye, que ese café me había costado seis dólares más propina —le digo, acusándole con el dedo índice.

Por un momento, se pone serio.

—Siento haber sido un cretino, no había tenido un buen día.

Yo también me pongo seria y asiento, esperando para ver si quiere compartir algo más, pero, en ese momento, Lauren vuelve del baño y su hermana para el audio que estaba escuchando para empezar a comer las dos juntas.

Lauren se coloca en su sitio y se asoma por detrás de la fila de asientos, saludándome.

—¿Estás bien ahí? —pregunta.

—Sí, sí, perfecto. —Me hace un gesto con el pulgar levantado y se centra en dar buena cuenta de sus alitas.

Enseguida noto cómo mi cuerpo se relaja un poco. Me había agobiado mucho pensar que Aaron podía haberse enfadado conmigo cuando me reconoció. Quizás sí que podamos ser amigos, después de todo.

Me reclino en mi asiento y recorro las gradas con la mirada.

La verdad es que el ambiente es increíble, todo el mundo está animado y cada detalle del evento está pensado como un espectáculo, desde la publicidad que se proyecta en las pantallas, la rivalidad entre los dos equipos y los invitados que aparecen antes de que empiece el partido.

Por la cancha desfila un grupo de música infantil y hacen una exhibición de kárate.

La sucesión de cosas que van pasando me mantiene completamente enganchada.

No entiendo nada, pero quiero enterarme de todo.

—¿Te gusta el baloncesto? —me pregunta Aaron, que ahora ya tiene que acercarse bastante más a mí para hacerse escuchar, con el barullo que se ha montado.

No tiene sentido mentir, así que digo la verdad.

—Pues no lo sé —reconozco—. Nunca he visto ningún partido, no me sé ni las reglas.

Él se ríe.

—Vamos a ver a los Nets de Brooklyn contra los Bucks de Milwaukee.

Le doy un golpe en el hombro y él aparta el brazo, poniendo los nachos que quedan a salvo.

—¡Hasta ahí llego!

—Vale, vale. —Se ríe—. Los partidos se dividen en cuatro cuartos. Cada cuarto dura doce minutos, o sea que cada partido son cuarenta y ocho minutos de juego. Pero, como verás, hay muchas pausas, así que la cosa se alarga bastante.

Mientras me explica todo esto, voy asintiendo como si estuviera concentrada en lo que dice y no en el olor de su colonia, que combina un olor más fuerte y masculino con otro más dulce…

¿vainilla, quizás? Y especias, estoy segura de que lleva alguna especia, como las del chai latte .

Es un olor suave y potente a la vez, que me recuerda a mi vela de «Las mil y una noches» o a la de «Cabaña en el bosque».

Bajo la vista y ladeo la cabeza hacia él para intentar descifrar algunos aromas más y pierdo completamente el hilo de lo que estaba diciendo.

—¿Me oyes bien? —dice acercándose, entornando la cabeza para que nuestras frentes queden más cerca la una de la otra.

De repente me doy cuenta de que me he inclinado muchísimo hacia su asiento. Demasiado.

—Sí…, perdón —digo, notando cómo me pongo roja como un tomate. Me señalo el oído—: Es que, si no oigo bien, me cuesta más entender.