Burning Love Cortafuegos
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Cortafuegos

Vereda ancha que intenta que el fuego no se propague entre sembrados y montes. Muro de fábrica que impide que el fuego pase al otro lado.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Anna

Octubre en Nueva York ha llegado con una fuerza arrolladora.

Antes de que acabara septiembre, el verano perezoso ya se había esfumado por completo.

Pero como si la ciudad se preparase para el frío, el paisaje ha cambiado completamente de color, mostrando una belleza nueva a todo aquel que esté dispuesto a detenerse a mirar entre las prisas del día a día.

Nueva York ya me parecía precioso, pero ahora puedo decir que estoy completamente enamorada.

Siempre había pensado que el verano es mi estación favorita, pero creo que esta ciudad me va a hacer cambiar de idea.

Algunas tardes como las de hoy me gusta pasear cerca de nuestro piso, por los alrededores del Brooklyn Bridge Park, y disfrutar de las últimas horas de luz sentada en uno de los bancos que recorren el paseo con un libro y un té matcha .

El color de los árboles ha cambiado desde que llegué aquí.

El verde frondoso que conocí a finales de primavera, y que se mantuvo durante el verano, ha dado por fin paso a una estación más calmada y serena, con tonos ocres, salpicados de algún verde oscuro rezagado.

La que no está tan serena, sin embargo, soy yo.

Siento un torbellino de emociones. Cada vez que paseo por esta zona, me invade una alegría espontánea.

Siento que a Nueva York le sienta genial el otoño, pero el runrún de mi cabeza no me deja disfrutarlo.

El proyecto del máster me tiene preocupada.

Desde que el señor Schuster nos habló del tema de la Gran Novela Americana, he estado leyendo todo lo que he podido de autores norteamericanos del siglo xx : Faulkner, McCarthy, Harper Lee…

He recuperado mis apuntes de la carrera y he estado ojeando artículos por internet.

Pero soy incapaz de pensar en una sola idea, temática o en cómo enfocar el proyecto de una manera en la que yo pueda aportar algo.

Una vuelta de tuerca que transmita alguna cosa, no solo del proyecto, sino de mí misma.

Siento que todo lo que proponga me obligará a ocupar un espacio que no me pertenece.

Y que, además, no dejará de ser un planteamiento que ya se haya visto y oído en mil sitios antes.

Estoy segura de que nada de lo que añada será relevante, porque yo no pertenezco a este país.

Me siento una impostora. Y todo eso me tiene completamente bloqueada.

Una notificación me saca de mis pensamientos y pongo el dedo en la página que estaba leyendo para no perderla, mientras busco con la otra mano el móvil en mi tote bag de la librería Strand.

Es el grupo de mi familia, dándome las buenas noches.

Hay seis horas de diferencia con casa, allí se están yendo a dormir y aquí ya empieza a caer el sol.

De repente, siento un escalofrío. Aún hay bastante gente haciendo deporte por la zona, aprovechando el rato que queda de luz.

Algunos pasean, otros están sentados en el césped con una chaqueta gruesa y termos enormes de café.

Hace un par de meses, esto estaba salpicado de gente tomándose un helado mientras contemplaba el río, parejas tumbadas en la hierba y niños correteando sin parar.

Pero a mí ya no me apetece estar fuera de casa.

Coloco un marcapáginas, recojo mis cosas, me levanto del banco y me pongo en marcha de vuelta a nuestro piso. Se me ha hecho un nudo en la garganta.

Mientras echo a andar, con una nueva angustia en el pecho, vuelve a vibrar el móvil. Es Lauren.

Lauren: Anna, mañana quedamos directamente en la puerta del estadio para el partido, ¿vale? Nos pilla mejor para llegar en metro.

Respondo con un emoticono de pulgar hacia arriba y vuelvo a guardar el móvil.

No sé cómo voy a sacar adelante el proyecto y, además, me ha dado un ataque repentino de nostalgia.

De todos los compañeros del máster, solo he conseguido hacer una amiga.

Está claro que hay algo que no está bien en mí.

Si yo pudiera no elegirme, también lo haría.

Y ahora está el tema del dichoso partido de baloncesto.

La verdad es que no sé por qué dije que sí.

Bueno, sí lo sé. Porque a esa parte de mí a la que le gustaría conectar con otras personas le pareció buena idea en ese momento.

Ahora ya no estoy tan segura. Los cadetes fueron muy simpáticos el día que quedamos, pero desde entonces no hemos vuelto a coincidir, y la verdad es que pensar en ver a Aaron me pone bastante nerviosa.

Aún me viene a la cabeza el día que volvimos juntos en metro.

El calor de sus dedos en mi brazo tardó horas en abandonarme.

Llegué a casa y todavía podía sentir perfectamente dónde me había rozado.

Y cuando me escribió por Instagram, en vez de actuar normal, no le respondí.

Supongo que, además de patosa, pensará que soy una borde.

Quizás es mejor así. No quiero que haya ningún malentendido con Tricia.

«Aaaargh». Estoy hasta arriba, no debería estar pensando en chicos.

Me frustro conmigo misma porque ni siquiera sé por qué le doy tantas vueltas a este tema.

¿Qué soy, una quinceañera con las hormonas revolucionadas?

«Anna, por favor, que tienes veintitrés años.

Que un chico te agarre en el metro para que no te caigas no debería hacerte sentir corrientes eléctricas».

Y aparte no me gusta que Lauren vaya tirando pullitas.

¿Para qué me dice el otro día que Aaron es mi «bombero andante»?

Ella debe de saber lo que hay entre su hermana y él.

A no ser que sea algo reciente y todavía no se lo hayan contado.

Porque está claro que algo especial tienen, y yo jamás querría hacerle a otra chica lo que me hicieron a mí.

Que la culpa más grande es del chico que juega a dos bandas, ojo, pero yo no quiero ser cómplice de ello. Solo quiero estar tranquilita.

En resumen, estoy de mal humor y sin saber qué demonios me voy a poner mañana para mi primer partido de la NBA.

¿Debería prepararme de alguna manera para intentar entender, como mínimo, las reglas del juego?

¿O mejor que sea lo que Dios quiera? Quizás pueda mirar luego un vídeo de YouTube.

O preguntar a mi padre, que normalmente sabe de esas cosas. Nota mental: escribirle un mensaje.

Cuando llego a casa, me encuentro a Molly en la cocina. Clotilde observa sus movimientos desde una de las estanterías, moviendo sinuosamente la cola.

Molly está de pie frente a la encimera, con las gafas de ver de cerca y sus rizos grises plata despeinados.

Lleva una bata a la que me gusta referirme, para mis adentros, como la bata «ecléctica».

No sabría decir qué forma tiene exactamente el estampado.

Simplemente es un batiburrillo de muchos colores.

Es… original, por decir algo. Tampoco es que a una persona como Molly le importe lo que piensen los demás de sus atuendos.

Ni de su vida, en general. Ella va a su aire.

—¿Ya has vuelto? —me pregunta, sin levantar la vista de la receta que tiene abierta en su tablet, tan ampliada para leerla bien que se ve casi pixelada.

—Sí, empezaba a hacer frío —respondo yo—. ¿Qué estás preparando?

—Un bizcocho de manzana que he visto por ahí, ¿te apuntas? —dice mientras me guiña un ojo mirándome por encima de sus gafas de medialuna.

Claro que sí. Tengo que supervisar las cantidades de azúcar que pone en la receta. Y, por supuesto, intentar convencer a esta señora americana de que el mundo no explotará si usamos aceite de oliva en vez de mantequilla.

Al final salen bastante más raciones de las necesarias. Sabía que no había que fiarse de las recetas yankis. Pero mi ánimo ha mejorado notablemente. Y, si muero ahora mismo de diabetes, moriré un poco más feliz.

Un rato después, ya hemos dado buena cuenta del bizcocho y estamos mirando reposiciones de Shark Tank .

A estos concursantes los conozco de memoria.

Está el que ha inventado una piscina portátil que puedes instalar en el maletero de tu pickup , la que quiere producir un altavoz para que las mascotas hablen o el que inventó un taburete para poner los pies en el retrete.

La capacidad de los estadounidenses para las chorradas no conoce límites.

Molly me ve coger el móvil y empezar a pasar vídeos sin prestar atención a ninguno. Ella está igual de aburrida, por lo que empieza a decir:

—Cielo, ¿te pasa algo? Estos días te veo un poco apagada…

—Bueno, sí —respondo. Para qué mentir—. La verdad es que estoy un poco agobiada con la universidad.

—¿Es muy duro el máster? ¿Te cuesta seguir las clases? —se preocupa.

—No, no es eso. Las clases las sigo bien. Además, si me pierdo con algo tengo a Lauren, que me echa una mano. Estoy agobiada por un proyecto. Me he bloqueado. —Y le explico en qué consiste.

—Vaya. —Se sorprende ella—. Una tarea ambiciosa, sin duda. Y tu profesor te dijo que podías hablar de algún tema relacionado con la inmigración, ¿no?

Asiento.

—Se supone que sería lo más fácil, pero no sé qué puedo aportar yo, concretamente.

Tampoco es que tenga una solución mejor.

Se trata de vender la idea de un libro que aún no existe, a un mercado que todavía no entiendo, en un país que no es el mío.

Creo que no tengo posibilidades, siendo extranjera —me sincero—.

Y me da rabia, porque el premio es genial.

Las tres mejores propuestas irán a la feria de Londres.

—Donde vive tu hermana —continúa ella.

—Exacto —concluyo—. En cuanto lo dijo el profesor, ya me emocioné pensando que nos podríamos reunir toda la familia allí…

—Bueno, hasta donde yo sé, tú eres inmigrante…

en un país de inmigrantes —empieza a decir Molly—.

Mis abuelos eran de Irlanda. Y casi todos los que vivimos aquí venimos de otro sitio.

Si no nosotros, nuestros antepasados no tan lejanos.

Estados Unidos es un país de colonos, creo que puedes encontrar similitudes entre la esencia del país y tu propia experiencia.

Quizás ya se ha escrito sobre inmigración, pero estoy segura de que hay algún giro que solo tú puedes darle que lo haga especial.

Sigue pensando y en algún momento algo hará clic.

¿Por qué las personas seguras de sí mismas tienen que ser tan positivas?

Niego con la cabeza. Yo no soy especial.

Quizás alguna vez lo fui. O eso creía. Cuando era pequeña, y leía más rápido que ningún otro niño de mi clase.

Cuando iba a la biblioteca y dejaba impresionada a la bibliotecaria con todos los libros que había devorado en tan solo una semana.

Mi abuela me decía que era como Matilda, y entender esa referencia me hacía sentir especial.

Cuando respondía en las clases del instituto haciendo callar a los chulitos, sin pensármelo dos veces, rebatiendo cualquier tontería que hubiesen dicho.

Pero, si alguna vez fui especial, está claro que ya no lo soy. Esa chispa se apagó hace tiempo.

No quiero compartir ahora mismo todo esto con Molly, porque estoy segura de que no lo entendería.

A ella no le afectan las críticas. Nunca ha rendido cuentas a nadie.

Es una mujer valiente, no como yo, que solo sé huir.

Así que me limito a asentir, me recuesto junto a ella en el sofá, y simplemente dejo que me envuelva con sus brazos.

Encontrar a esta señora en la jungla de asfalto que puede llegar a ser Nueva York ha sido un golpe de suerte que no sé si me merezco.

—Tienes razón, Molly. Ya se me ocurrirá algo —miento, para no tener que afrontar una verdad que me duele demasiado: que quizás no estoy a la altura de mis sueños.

—Ya verás como das con una idea. Aquí nos tienes a Clotilde y a mí para lo que necesites. Esta casa es vieja pero no está tan mal, ¿no? —dice con una sonrisa socarrona.

Todo lo contrario, esta casa es genial, y Molly está enamorada de su piso. De hecho, es un honor que me haya considerado digna de cuidarlo en su ausencia. Espero estar por lo menos a la altura de eso.

—Y tienes a tu amiga Lauren. ¿Habéis vuelto a quedar con el grupillo aquel?

Asiento con la cabeza.

—Mañana.

—A ver, cuéntame —me pide Molly para que me distraiga—. ¿Quiénes son esos bomberos con los que te juntas? ¿Hay alguno guapo? —me pincha, burlona.

Me río. Una cara en concreto se me dibuja en la mente. Pero no quiero decirlo en alto. Reconocerlo sería dar alas a algo que no puede ser, así que alejo ese pensamiento y respondo:

—A Lauren ya la conoces. Después está su hermana Tricia y dos amigos suyos, Caleb y Aaron. Los tres son cadetes de bomberos y estudian en la academia que está en Randall’s Island.

—Ah, sí, lo que llaman «La Roca».

—Exacto, ¿cómo lo sabes? —pregunto, sorprendida.

Ella se ríe.

—Aquí los bomberos son bastante famosos. Se supone que los de Nueva York pasan por el entrenamiento más difícil de todo el país, y por eso entrenan en La Roca. Tienen que ser los mejores.

—Sí, tienen un entrenamiento bastante duro, por lo que se ve.

—Cuando digo eso, mi mente me traiciona de nuevo y conjura la imagen de Aaron, las llamas que decoran su piel y los músculos que se le marcaban bajo la camisa del uniforme cuando estábamos en la biblioteca.

Sacudo la cabeza para intentar que esa visión se esfume—.

Aparte, estudian unos manuales gordísimos.

La última vez quedamos para ir a la biblioteca, pero mañana veremos un partido de la NBA.

—Ahí sí que no puedo ayudarte, cielo. A mí háblame de lo que quieras, pero el deporte me da urticaria.

Chasqueo la lengua y me acurruco más en el sofá.

Los concursantes siguen pasando por el programa y nosotras nos reenganchamos y comentamos las ocurrencias y las salidas de tono de los inversores.

Poco a poco me vence el sueño, ahora que me siento mucho más ligera que hace un rato.

Pero, antes de dejarme ir por completo, la voz de mi conciencia no duda en recordarme algo: «Mañana siéntate lo más lejos posible de Aaron».