Burning Love Área de seguridad #2
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Área de seguridad #2

—No… —Sí, que esto es imposible—. Creo… creo que me falta contexto para poder hacer esta tarea. Apenas llevo unos meses aquí y, por lo que ha explicado en clase, la idea es conectar con la esencia de un país… del que todavía no sé casi nada —confieso.

Una cosa es estar frente a los edificios y las calles que has visto mil veces en las películas. Todo resulta familiar, como si ya hubieras estado aquí antes. Pero después descubres que el choque con la realidad es mucho mayor de lo que esperabas y que la vida no es una película de Hollywood.

—Anna, no te hace falta ser de aquí para escuchar las noticias, para ver de qué habla la gente en el metro, para saber qué hay ahí fuera que merezca la pena contar.

Además, dicen que cerca del 40 por ciento de personas que viven en este país son inmigrantes o hijos de inmigrantes.

Habla de eso, si así te sientes más cómoda.

La nueva Gran Novela Americana que puedes presentar quizás habla de alguien como tú. Piénsalo.

Y, sin darme mucho tiempo a que replique, da paso al siguiente alumno en la fila para contestar su pregunta. No me quedo nada convencida.

—Estos pretzels están buenísimos —consigo decir, llevándome la mano a la boca llena—. ¿Qué les pone, señor Reid?

—Anna, no paro de repetirte que me llames Ben, aquí estás en tu casa. Y esta receta es el secreto mejor guardado de la familia. Era de la madre de Lauren y Tricia, heredada de su abuela, y si esta la se entera de que la he compartido, dejaré de ser su yerno favorito.

—Es básicamente queso, ajo y salsa ranchera —comenta Lauren bajito, en cuanto su padre se da la vuelta.

Le guiño un ojo, pero no pienso intentar siquiera imitar la receta del aliño. Algún día me encantaría poder probar los pretzels originales de la abuela de Lauren. Supongo que para ella son como las croquetas de mi abuela para mi hermana y para mí. Salvando las distancias, claro.

—Oye, ¿y cuándo veréis a vuestra abuela?

—Vendrá seguramente en Acción de Gracias —contesta Lauren—. ¡Sería genial que la conocieras! Y por lo que me has contado, creo que se llevaría genial con Molly; también le encantan los realities .

—Pero los realities interesantes —puntualizo alzando el dedo índice—, no cualquier basura.

—Sí, sí, lo que tú digas —responde Lauren haciendo un gesto con la mano y volviendo a sus apuntes.

Las tres estamos sentadas a la mesa del salón. La cocina es abierta y su padre está trasteando con varias cosas y preparando una segunda hornada de pretzels , visto que la primera está agotándose bastante rápido.

—¿Cómo se llamaba la ciudad donde vive? Siempre se me olvida. ¿Estaba en Minnesota?

—Cedarburg, en Wisconsin, cerca de Milwaukee —señala Tricia sin levantar la vista de su tocho. Espero que no lo tengan que cargar cada día a la academia. O quizás es parte del entrenamiento para ir ganando músculo.

Lo mismo me da Wisconsin que Minnesota que Idaho que Ohio. Una buena parte de los estados todavía se me cruzan.

—Tenemos que ir alguna vez. —Suspira Lauren, risueña—. A mi padre le encanta ir a casa de mi abuela, donde se crio mi madre, y salir a pescar con mi tío en Green Bay, a las orillas del lago Michigan.

Lauren me sorprende en muchos aspectos. La manera que tiene de hablar de su madre, que murió hace unos años, siempre me fascina.

No habla de ella con tristeza, sino con admiración.

Con cariño. Habla de sus cosas con un anhelo cargado de ganas de seguir conectando con ella, con la vida que dejó en este mundo.

No se enfoca en el dolor de que ya no esté con ellos, sino que intenta celebrar que Lyla Reid pasó alguna vez por sus vidas y tuvo la suerte de que fuera su madre. Por cosas como esta la quiero tanto.

—Ay, pues sí, me encantaría. Bueno, lo de pescar no, claro. —Va en contra de mis principios—. Pero quiero ver la casa en la que se crio tu madre. Y me encanta eso de la ciudad pequeña, es muy típico de las novelas románticas. Small Town Romance. Quizás en Cedarburg encuentre a mi media naranja.

Tricia se levanta de la mesa para ir a coger un vaso de agua con un resoplido.

—Sois tal para cual, creo que habéis leído demasiados libros.

—Sí —responde su hermana—, y a ti no te haría daño leer alguno más. —Se tapa la boca con una mano, para que no pueda leerle los labios, y me dice, bajito—: Después es la primera que quiere ver pelis románticas, pero los libros le dan alergia.

El resto de la tarde pasa rápido. Cuando acabamos de estudiar, nos sentamos en el sofá con unas pizzas caseras que ha preparado Ben.

—No hay nada decente en la tele —resopla Tricia. Discrepo, porque a estas horas ya deben de estar poniendo Shark Tank , pero prefiero no decirlo en alto para que no me juzgue. A veces da un poco de miedo—. Qué ganas de que empiece ya la temporada de baloncesto.

—¡Ah, sí! —comenta Lauren—. Lo que te decía esta mañana, Anna. De aquí a un par de semanas arranca la temporada de la NBA, y Caleb y Tricia y yo comentamos ayer que tenemos que ir. El primer partido en Nueva York será entre los Milwaukee Bucks y los Nets de Brooklyn.

Tricia se reincorpora en el sofá y me mira muy seria.

—Aunque vivas en Brooklyn, vamos con los Bucks, ¿entendido? Son de Wisconsin y Wisconsin a muerte —dice, dándose un golpe en el pecho con el puño.

Madre mía, qué efusividad. Lauren y su padre se ríen. Yo asiento. Voy con quien ellas quieran. No he visto un partido en mi vida.

—Vale, vale, me queda claro. Sí que os gusta el baloncesto, ¿no?

—A mí no me mires —dice Lauren—. O sea, sí, porque siempre lo hemos visto en casa, y mi abuela es muy fan del deporte en general, pero no al nivel de Tricia, que está en el equipo de baloncesto de cadetes.

—El baloncesto no es un deporte, es un modo de vida. Suerte que Caleb y Aaron me entienden —dice, con aire dramático. Lauren y Tricia no siempre coinciden en gustos, pero desde luego sí en intensidad.

—Ah, mira, y como el partido es en Brooklyn, así tu bombero de reluciente armadura puede volver a acompañarte a casa —suelta Lauren como si nada.

—No me acompañó a casa. Fuimos juntos en el trayecto en metro hasta que se bajó en su parada —aclaro rápidamente.

Tricia nos mira con cara escéptica y creo adivinar por qué es.

Ayer comprobé la complicidad que hay entre ella y Aaron.

Si hay algo entre ellos, aunque no sea serio o sea incipiente, Lauren no debería decir tonterías.

No quiero crear malos rollos. Esta lección la tengo bien aprendida: no se juega con los novios de tus amigas.

O aspirantes a novios. O lo que quiera que sea que hagan los bomberos.

—Bueno, chicas, yo creo que ya es hora de que me vaya yendo, que me queda un rato hasta llegar a casa.

De repente, no me apetece seguir hablando. Ha pasado ya un tiempo, pero cualquier cosa que me recuerde este tema me da ganas de hacerme una bolita y tumbarme en el suelo. No quiero saber nada de chicos, no traen más que problemas.

—¿Quieres que te acompañe, milady? —pregunta Lauren, todavía con aire socarrón.

A veces es tontísima, pero hay que quererla así.