Burning Love Calor específico
14%

Calor específico

Cantidad de calor que necesita una unidad de masa de una sustancia para que su temperatura aumente en una unidad.

Manual del bombero en pruebas, desglose y abreviaturas

Aaron

—¿Dónde te bajas? —pregunto a Anna al pasar los tornos de entrada del metro. Por lo que ha dicho, los dos vamos hacia la misma dirección.

—En Clark Street.

—¿Eso es Brooklyn? —tanteo, haciendo memoria del callejero que llevo días estudiándome.

—Sí.

Se hace el silencio entre nosotros. Ella está parada en el andén, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Se toca con ellas el pelo, se las guarda en el bolsillo de la gabardina, después las vuelve a sacar.

Yo la voy mirando de reojo, mudo. No sé por qué estoy nervioso.

¿Quizás es que hace tiempo que no estoy a solas con una chica?

Aparte de Tricia, claro, pero ella no cuenta.

Quiero pensar en algo para romper el hielo, pero no se me ocurre nada.

Estoy en blanco. Noto cómo me empiezan a sudar ligeramente las palmas de las manos, así que me las paso rápido por los pantalones.

—¿Y tú? ¿Para dónde vas? —pregunta por fin ella, rompiendo el silencio. Según la pantalla que anuncia el siguiente metro, apenas ha pasado un minuto, pero, joder, se me está haciendo eterno.

—Hoy voy a casa. —No puedo evitar que se me escape una sonrisa al decirlo—: A Staten Island.

Ella arruga la frente y noto cómo hace cálculos mentales antes de responder:

—Eso está lejísimos, ¿no? ¿Haces ese camino todos los días?

—Qué va. Caleb y yo estamos compartiendo piso en Harlem con un par de chicos más que conocimos al poco de entrar en la academia, aunque ellos estudian para ser paramédicos. Pero mañana es el cumpleaños de mi primo Luke y quiero darle una sorpresa antes de empezar las clases.

Mientras hablo, ella mira al infinito, hacia el otro lado del andén. ¿Está evitando establecer contacto visual? Pero en cuanto aparto yo también la vista, veo por el rabillo del ojo que vuelve a observarme.

Anna asiente y no dice nada. ¿Quizás no quiere que le dé conversación? ¿La estaré agobiando?

El metro llega por fin y nos subimos. Hay bastante gente y ningún sitio a la vista, así que nos hacemos un hueco como podemos cerca de una de las salidas contrarias, y alzo la mano para sujetarme a uno de los pasamanos que cuelgan del vagón.

Ella no se agarra a ningún sitio. Preferiría que lo hiciera, pero no tengo la confianza suficiente como para decírselo.

Desde que estoy en la academia, soy consciente de la gran cantidad de accidentes que podrían evitarse fácilmente.

El tren se queda parado unos instantes y nuestras miradas se cruzan. Entreabre y cierra la boca un par de veces antes de preguntar:

—¿Cuántos años cumple tu primo?

—Diez —respondo.

—¿Y le llevas un regalo?

—Mi regalo es acompañarle al cole mañana por la mañana —le explico—. Lleva semanas pidiéndoselo a mi tía, porque desde que me mudé a Manhattan ya no pasamos tanto tiempo juntos.

Antes de que se cierren las puertas, sube un grupo grande de amigos y Anna, que está frente a mí, no tiene más remedio que arrinconarme aún más contra la puerta de salida contraria.

Hacen bastante ruido, y entre su conversación a gritos y la música de sus móviles, Anna tiene que acercarse bastante a mí para poder escuchar lo que estoy diciendo.

Tanto que soy capaz de oler su champú. Huele dulce, como a flores.

Me fijo en que cada vez que parpadea, sus pestañas rozan su flequillo desfilado y hacen temblar algunos mechones.

—Vaya, qué detalle —responde ella, y tardo unos segundos en registrar lo que ha dicho; el griterío del vagón me está desconcentrando.

Me fijo en sus labios, para intentar leerlos y no perderme nada—.

Creo que cuando cumplí diez años, el mayor regalo que me hizo mi hermana fue darme alguna de sus Barbies despeinadas.

—¿No os lleváis bien? —pregunto.

La miro a los ojos y ahora que los veo de tan cerca, con la luz del metro en su cara, descubro que son color avellana; en la biblioteca me habían parecido más oscuros.

Ella primero resopla y después sonríe.

—Ahora ya sí. —Vuelvo a fijar la vista en sus labios para seguir lo que dice, y esta vez me detengo en su forma.

Son carnosos, gruesos, en especial el inferior, y parece llevar algún tipo de brillo puesto—.

Lo peor fue cuando éramos pequeñas. Nos llevamos cinco años.

Yo la admiraba muchísimo, como toda hermana pequeña a su hermana mayor, pero ella me veía más como una molestia que otra cosa.

Nos llevamos muy bien, aunque nos vemos demasiado poco. En realidad, es mi persona favorita.

Esto último lo dice con cierta nostalgia, como si le pesara saber que está tan lejos.

—¿Está en España?

—No, vive en Londres. Da clases de Español en la universidad.

Mientras habla, se quita la gabardina intentando esquivar al resto de pasajeros como puede.

Hace bastante calor con tanta gente en el metro.

Logra deshacerse de la mochila para sacarse las mangas sin chocar con nadie ni caerse en el intento.

Yo, por suerte, me desprendí de la chaqueta en cuanto bajamos al andén. Odio pasar calor dentro del metro.

—¿Y tus padres qué opinan de tener a dos hijas por el mundo? —me intereso, porque me parece bastante sorprendente. Mis tíos no lo llevarían nada bien. Ya se quejan de lo poco que nos vemos últimamente, y solo vivo a una hora de ellos—. ¿Tienes más hermanos?

—No, Nora y yo somos las únicas. Supongo que la culpa es de mis padres, por apuntarnos a campamentos de inglés cuando éramos pequeñas. Ninguna de las dos quería ir entonces y míranos ahora, una en Inglaterra y la otra en Estados Unidos.

Me parece fascinante pensar que me esté explicando todo esto…

en una lengua que no es la suya. Aunque di Español en el instituto, creo que todo lo que puedo decir es: «Me llamo Aaron Smith», «Solo hablo uno poco de español» y «Yo estudio en la escuelita».

Parte de la familia de mi abuelo venía de Puerto Rico, pero él se crio en Estados Unidos, y sus hijas, es decir, mi madre y mi tía, no han llegado nunca a hablar español.

Eso sí, mi tía en Navidad siempre pone, en algún momento de la noche, el «Feliz Navidad» de José Feliciano.

Es su momento para conectar con sus raíces durante el karaoke navideño, nadie puede juzgarla por ello.

Cada uno tenemos nuestros hits que no fallan, año tras año.

Mis mejores actuaciones siempre son con canciones de Elvis Presley, el cantante favorito de mi abuelo.

Justo en este momento, el tren gira y me agarro con más fuerza al pasamanos.

Anna, sin embargo, pega un traspiés, así que, instintivamente, alargo la otra mano hacia su brazo y la sujeto con firmeza, sin apretar.

No la aparto cuando se estabiliza. Estoy seguro de que le va a volver a pasar.

El metro de Nueva York da asco, pero no agarrarse a ningún sitio es una mala idea.

—Mira —digo, fijándome en que acabamos de dejar atrás los andenes de Canal Street—. Ahora deberíamos estar pasando cerca de la Estación de Bomberos Hook and Ladder 8, ¿te suena? Es la que sale en la peli Cazafantasmas .

—¿En serio? ¿Está justo aquí?

Asiento.

—En esa estación tengo mis primeros recuerdos de Manhattan, y los mejores —explico.

Ella me mira con curiosidad, así que continúo—: Mi padre me traía desde Staten Island cada año, por el aniversario de la película, en junio.

En la puerta de la estación se reúnen un montón de fans disfrazados de Cazafantasmas. Aún lo siguen haciendo, creo.

No le explico que no he vuelto desde que mi padre murió. No es un tema del que hable muy a la ligera.

—¿Por eso quisiste ser bombero? —pregunta ella, de broma—. ¿Era lo más parecido que encontraste a ser un cazafantasmas?

Sonrío, pero sé que la sonrisa no alcanza mi mirada.

Cuando mi padre y yo íbamos a los encuentros de los fans de Cazafantasmas, yo armado con mi equipo de protones y él vestido con su uniforme del cuerpo, nos hacíamos fotos haciendo como que conducíamos el Ecto, y mi padre me solía decir: «Quizá, cuando seas bombero, te toque servir en esta estación, ¿no sería divertido?

». Yo lo imaginaba y me parecía el mejor escenario del mundo.

Estaba seguro de que, si lo deseaba lo suficiente, sucedería.

No podía haber nadie con tantas ganas como yo de trabajar en esa estación.

Ahora rezo para que no me toque allí, si es que consigo aprobar la academia.

Me moriría de pena al saber que mi padre no podrá verlo.

Solo me doy cuenta de que me he quedado callado cuando Anna pregunta, con suavidad:

—¿Aaron?

—En parte sí —respondo, volviendo a alzar la vista del suelo. Me fijo en la estación a la que estamos llegando—. Esta es la mía.

Anna parece tan sorprendida como yo cuando suelto su brazo. No era consciente de que llevaba todo este rato sujetándola. En cambio, cuando separo la mano y esta vuelve a su posición natural, a uno de mis costados, flexiono los dedos por inercia, como si me hubiera llevado algo conmigo.

—Nos vemos, Anna —digo mientras me acerco a la puerta y me preparo para salir del vagón—. Avisa cuando llegues a casa.

Mis yemas todavía guardan la memoria del contacto con su blusa rato después de habernos separado.

Aún siento calor en las zonas de mi piel que la han rozado, y eso que había entre nosotros un trozo de tela.

Me sorprende esta sensación porque nunca había sentido nada parecido.

¿Cómo puede un cuerpo irradiar tanto calor?

Cuando llego al terminal del que sale el ferri a Staten Island, lo pillo por los pelos. Si no, me hubiera tocado esperar al menos media hora hasta el siguiente. Atravieso la rampa que conecta el barco con el muelle y cruzo el interior del navío para dirigirme a una de las cubiertas laterales.

Cuando estoy fuera, mirando cómo nos alejamos de Manhattan y sus edificios, que a estas horas no son más que siluetas oscuras salpicadas de luces, cierro los ojos por un momento y dejo que la brisa me refresque el calor que siento en la cara.

El frío no es exagerado todavía, aún está arrancando el otoño, pero la mayoría de pasajeros prefiere quedarse dentro de la cabina, a resguardo del viento.

A estas horas, en un día laboral como hoy, quienes viajan en este barco son sobre todo trabajadores volviendo a casa. No hay turistas para admirar la vista.

En ese momento, mi móvil vibra en el bolsillo. Y como si la hubiese conjurado con mis pensamientos, una notificación de Instagram aparece en la pantalla.

@annandbooks quiere enviarte un mensaje.

Abro el perfil y miro las fotos de Anna, las más recientes en Nueva York.

Me detengo en una de ellas, en la que aparece con una camiseta de I love New York y una gorra de los Yankees en el puente de Brooklyn.

Se me escapa una sonrisa. Está muy mona.

En el mismo carrusel de imágenes, entre fotos de libros, perros y ardillas de Nueva York, hay una foto en la que aparece apoyada en la barandilla de un ferri como este, con Manhattan de fondo y un café helado en la mano.

El recuerdo viene de golpe. Rememoro el momento exacto en el que, al contrario que hoy, esta cubierta estaba abarrotada de gente.

Inconscientemente, me llevo la mano al pecho, al lugar exacto en el que mi camisa acabó llena de un café que estaba frío de narices por culpa de una chica con flequillo y ojos marrones. Iguales a los de Anna.

Me río mientras sacudo la cabeza, apoyado contra la barandilla del ferri.

¿Me estás diciendo en serio que hay millones de personas en esta ciudad y fue Anna con quien me choqué?

Una bonita manera de conocer a alguien, supongo.

Estoy bastante seguro de que pensó que era un cretino, porque pasé de largo sin decirle nada.

Bastante día de mierda había tenido ya, y esa fue la gota que colmó el vaso. O, más que una gota, un café entero.

Le doy a seguir y voy a los mensajes directos. Leo su mensaje:

Anna: Ya estoy en casa.

Reacciono a su mensaje con un corazón.

Yo: Yo todavía en el ferri .

Sigo con una sonrisa en la boca. ¿Se acordará de aquel día?

Tengo ganas de picarla. Vuelvo a su perfil y repaso las fotos que tiene colgadas.

Doy «me gusta» a una en la que sale con Lauren, con una sonrisa deslumbrante que le ilumina la cara; y paso por otra de este verano, en la que me obligo a no detenerme demasiado, donde aparece en bikini, sentada en la playa de Rockaway Beach, con unas gafas de sol en forma de ojo de gato, mirando a la cámara y sosteniendo en brazos un libro.

Vuelvo a la foto en la que sale en el ferri y se la reenvío:

Yo: ¿Estaba bueno el café?

Bloqueo el móvil y lo guardo en el bolsillo. Noto el aire frío en la cara, pero no se me va la sonrisa de los labios. Sacudo la cabeza y me preparo para buscar un sitio en el interior del barco.

Vaya con Anna. Qué pequeño desastre.