Burning Love Unidad
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Unidad

Código de conducta del FDNY

Anna

A media tarde, Aaron y Caleb salen a la cafetería de la biblioteca y nos preguntan si queremos algo.

Negamos con la cabeza. Veo cómo se alejan, dos figuras altas recortadas sobre el fondo de la biblioteca.

La sala es señorial, pero la imagen de dos cadetes de uniforme caminando por el pasillo central impone bastante.

Y la vista se me va sin quererlo a la figura de la izquierda, un poco más baja que la otra, con el pelo rubio ceniza.

Sacudo la cabeza para obligarme a centrarme y compruebo que Tricia, a nuestra izquierda, sigue concentrada en sus cosas. Lleva unos cascos puestos iguales a los de Lauren. Ella en blanco, Lauren en rosa. Agarro a mi amiga del brazo y tiro de ella para acercarla a mí sin que su hermana se dé cuenta.

—¡Lauren! —la llamo en susurros.

Ella me mira preocupada y se retira los auriculares.

—¿Qué pasa?

—¿Te acuerdas de que hace unas semanas te conté que en el ferri a Staten Island le tiré el café encima a un chico?

Ella lo sopesa durante un momento y veo cómo mueve los ojos, buscando en sus archivos mentales. Al cabo de unos segundos, asiente.

—Ese chico creo que era Aaron.

—¡¿Qué?! ¿Por qué lo piensas?

—No lo sé seguro, porque pasó todo muy rápido, pero me suena mucho ese tatuaje de las llamas…

A Lauren se le escapa una carcajada, y su hermana levanta un momento la vista del manual. El de seguridad nos regaña desde la entrada de la sala y yo doy un codazo a mi amiga.

—¿De qué te ríes?

—¿El chico con el que te cruzaste llevaba esa horterada?

—Creo que sí…

Ella niega con la cabeza y toma aire por la nariz.

—¿En el antebrazo? Los tres del cuerpo de élite lo tienen ahí tatuado, pero mi hermana lo lleva más arriba, a modo de brazalete cerca del hombro, y Caleb creo que en el tobillo.

Sacudo la cabeza.

—¿Qué hago? —pregunto—. ¿Me voy, ahora que no están? Me da mucha vergüenza que me reconozca.

—Pero qué dices, anda. —Lauren me mira como si fuera idiota—. No pasa nada. No fue para tanto. Si te reconoce, ya tenéis algo de qué hablar.

Agita la mano en mi dirección y vuelve a colocarse los auriculares.

Quiero matarla. Necesito alguien que se recree en mis miserias, no que me dé una explicación racional. ¿Es que no lo entiende? A ella no le da vergüenza nada, pero como realmente sea el chico del ferri, me da algo.

Vuelvo a pegarle otro codazo. Sin querer, le doy más fuerte de lo que debería.

—¡Au! —se queja, retirándose de nuevo los cascos.

—¿Y qué les has contado de mí?

—Nada malo —se defiende Lauren, haciéndose la sorprendida y dándome un golpecito en el hombro—.

Que eres mi compañera del máster, que nos hicimos amigas en el curso de verano, que eres de España…

Poco más. Y tranquila, Anna, que hemos venido a socializar y a hacer una buena labor comunitaria: que mi hermana esté cerca de un libro sin que le dé urticaria.

—La mira de reojo, y sigue concentrada en su manual—.

Si te da vergüenza ser patosa, imagínate la que deben sentir estos pobres cadetes.

No se atrevían a venir solos a la biblioteca sin sus editoras de confianza.

Me suelta y me guiña un ojo, antes de volver a centrarse en su ordenador.

—Ay, no puedo contigo.

Me rindo. «Lauren, me llevas por el camino de la amargura», como diría mi padre. A saber cómo carajo traduzco eso al inglés.

Al final vuelven los amigos de Tricia y yo hago de tripas corazón. Quizás no me ha reconocido y Lauren tiene razón: puedo parecer normal e intentar hacer amigos como una persona corriente.

Seguimos estudiando un rato más, avanzo con las lecturas del máster, acabo un ejercicio de copyediting para la clase de Medios Digitales y, justo cuando lo estoy subiendo a la plataforma de la universidad, reparo en que Tricia y Aaron están repasando algo de su manual.

Ella sujeta una hoja de papel y hace un esquema de algo que no alcanzo a ver.

Él la mira con muchísima intensidad. Sus ojos pasan alternativamente del papel a Tricia.

La complicidad que hay entre ellos es innegable.

Casi me da apuro estar mirando. Aparto la vista, pero la curiosidad me impulsa a volver a observarlos de reojo.

Él le dedica una sonrisa con la que yo me moriría en el acto y le susurra algo al oído que no logro descifrar.

Casi parece que comparten un lenguaje propio que nos deja fuera a todos los demás.

Ella sonríe y le da una palmada en el hombro, volviendo a sus cosas.

Observo a los tres bomberos. Caleb está concentrado en la lectura, Aaron vuelve a fijar la vista en su manual y Tricia echa mano de unos rotuladores de colores.

Me pregunto qué relación hay entre ellos, que hasta se han tatuado unas llamas a juego.

Y en concreto, entre Tricia y Aaron, cuyos brazos prácticamente se rozan sobre la mesa sin que a ninguno de los dos parezca molestarles.

Está claro que tienen algo especial. Íntimo.

Único. ¿Estarán juntos? Sacudo la cabeza y procuro volver a concentrarme en mi pantalla.

Cuando nos avisan de que la biblioteca está a punto de cerrar, recogemos y abandonamos la sala. Tres figuras de metro ochenta y pico abren paso, y Lauren y yo cerramos la comitiva. No es que seamos muy bajitas, pero a su lado parecemos libros de bolsillo.

—¿Dónde os apetece ir? —pregunta Tricia—. Qué hambre da estudiar, ¿no?

—¿Lo acabas de descubrir ahora? —la pincha Lauren, que se lleva un empujón por bocazas—. Por cierto, Anna es vegetariana.

Ay, no.

La miro con los ojos muy abiertos, regañándola con la mirada. Odio ser el centro de atención. Ya estoy esperando a que hagan cualquier comentario despectivo tipo: «Ah, pero beicon sí comes, ¿no?» o: ¿El beicon es un animal?». En cambio, Aaron dice:

—Aquí cerca hay un sitio de ensaladas. Lo he visto antes al pasar y tenía buena pinta. —Debe de ver mi expresión de sorpresa, porque enseguida añade—: No porque los vegetarianos comáis solo lechuga, ni nada de eso —comenta apurado, con las palmas de la mano en alto, en son de paz.

—Sí, a nosotros nos va bien con los entrenamientos, en casa solo tenemos hidratos —corrobora el otro chico, Caleb.

Respiro aliviada.

Vegetarianos 1 - Mundo 0.

El restaurante resulta estar bastante bien.

Las ensaladas son gigantes, tamaño Estados Unidos, y hay opciones para que cada uno se monte la suya propia.

Las tardes ya empiezan a ser más cortas, pero a esta hora aún está atardeciendo.

Pedimos todo para llevar y buscamos sitio en Bryant Park.

Nos sentamos a una de las mesas que hay alrededor del césped central del parque y siento cómo la brisa de final del verano me acaricia.

El Empire State Building ya está iluminado y sobresale entre los árboles del parque, desafiante, despuntando con unos tonos plateados que destacan sobre los rojizos del atardecer.

El cielo rosado se parece bastante al que hay dibujado en los techos dentro de la biblioteca.

Me pregunto si lo pintaron en esta época.

Los atardeceres de septiembre siempre son los mejores, rosas y anaranjados. En casa también lo pensaba.

—¿Habías estado antes aquí, Anna? —pregunta Aaron.

Sonrío por la manera en la que pronuncian aquí mi nombre, aunque me gusta cómo lo dice Aaron.

Con una sola «n». Así lo pronuncia también mi padre, que no es catalán y no sabe pronunciar las «n» dobles.

Me llama siempre «Ana», como mi abuela, que es de Castilla-La Mancha.

Aunque aquí la primera «a» la pronuncian más abierta, como si casi fuera una «e».

—Sí —respondo—, cuando vengo me gusta comprar algo de comer en el Whole Foods que hay al otro lado de la plaza y sentarme en una de estas mesas. ¡Ah! —recuerdo de golpe—, y Lauren y yo vinimos el mes pasado al cine al aire libre a ver Titanic .

—¿En serio? —pregunta Tricia con un gesto deliberadamente triste—. ¿Y por qué no me avisasteis?

—Claro que te avisé, pero estarías haciendo abdominales, para variar —se defiende ella, poniendo los ojos en blanco.

Las dos hermanas tienen una dinámica bastante divertida.

Se están siempre chinchando, pero harían cualquier cosa la una por la otra.

Tricia es increíble, aunque la primera vez que la vi me dio un poco de miedo.

No es fácil ser una de las pocas chicas de la academia de bomberos, así que suele guardar bastante las distancias, sobre todo al principio, cansada de tener que defenderse.

Mientras Tricia sigue haciendo pucheritos, yo aprovecho para preguntar:

—¿Cómo lleváis el estudio? Todavía no me ha quedado claro… todo lo que tenéis que hacer.

«No pienses en pesas», me recuerdo, mientras aparto la vista de los bíceps de Aaron, que se marcan bastante debajo de su camisa.

En la biblioteca me ha sido imposible ignorar sus brazos apoyados sobre la mesa, pero ahora se ha puesto la chaqueta del uniforme.

Creo que nunca he estado con un chico al que se le marcasen tanto los músculos.

Normalmente los chicos como él están fuera de mi liga.

Y tengo que reconocer que, a pesar de que Lauren diga que el tatuaje es una horterada, la cadena de llamas que rodea su antebrazo le da un toque muy atractivo.

Es imposible no fijarse en las venas que destacan bajo su piel.

—Ya hemos hecho lo más difícil —explica Caleb—: pasar el examen de promoción interna. Ahora estamos en la fase de entrenamiento, con clases teóricas y preparación física. Los tres veníamos de la academia de cadetes, así que no teníamos que pasar por el examen abierto, como la mayoría de candidatos.

—Ah, ¿o sea que ya erais cadetes antes de estar en la academia?

—Sí, pero de un rango inferior —explica Tricia—. Entramos con un programa de becas del cuerpo de bomberos con puestos más administrativos y de apoyo para jóvenes.

Asiento.

—¿Así os conocisteis? —deduzco.

—Sí —confirma Aaron mientras envuelve con el brazo a sus dos compañeros—. Si no hubiera sido por estos dos, no estaría aquí.

—A ver —empieza Tricia, apuntándole con el tenedor de la ensalada—, aunque sé que sin mí no duraríais ni un segundo —esto es lo que yo llamo «tenérselo creído nivel hermanas Reid»—, hay que reconocer que cada uno tiene su función. A Caleb se le da bien empollar las normas.

—Memoria fotográfica, supongo —contesta él, mientras pincha un trozo de pollo con el tenedor y se da después golpecitos en la sien con el dedo de la otra mano.

—Y a Aaron se le da bien el entrenamiento físico —asegura Tricia, mientras intenta pincharle en el brazo—. Además, sabe usarlo como método de tortura. —La complicidad que hay entre ellos es evidente.

—¿Perdona? Nos he metido en el equipo de básquet, ¿eso es tortura?

—Eso es lo más divertido —reconoce ella—, pero ya sabes a lo que me refiero.

Lauren y yo los seguimos con la mirada mientras vamos picoteando de nuestras cenas, divertidas. Ojalá pudiera embotellar esta sensación en un frasco y bebérmela a sorbitos cuando me sienta sola. Si el día de hoy no se repite, al menos tendré el recuerdo de este momento.

Dicen que el primer año en Nueva York es el más difícil.

Pero me fijo en cómo las ventanas de los edificios se van iluminando poco a poco, la brisa me remueve el flequillo y me permito creer, por un momento, que mi vida puede ser esta.

Las ciudades grandes tienen esta magia particular: puedes estar solo rodeado de gente sin que eso implique nada malo; todo lo contrario.

En una ciudad grande puedes ser quien tú quieras, siempre hay un espacio para ti.

En cada ventana encendida de los cientos de edificios que nos rodean hay un mundo de posibilidades que se abre, y cada mesa de este parque está llena de gente y de vida.

Vidas distintas que se cruzan y se entremezclan cada día en el bullicio de las calles.

Todo parece tan corriente y, a la vez, tan único en Nueva York.

—¿Y cuál es tu función, Tricia? —Quiere saber su hermana—. ¿Tocar las narices no es una ocupación a tiempo completo?

Ella le tira un picatoste y todos nos reímos.

—Solo te toco las narices a ti, como hermana pequeña y grano en el culo que eres. Para nuestro equipo soy una excelente relaciones públicas y organizadora. Me entero de dónde hay que estar y cuándo. Soy la piedra angular de este grupo —sentencia mirándose las uñas con despreocupación fingida.

—¿Dónde has leído eso? —continúa pinchándola su hermana—. ¿En una galletita de la suerte?

—Ahora que estamos en el periodo de entrenamiento —empieza a explicar Aaron, ignorando las burlas que se siguen dedicando las hermanas—, tenemos por delante unas cuantas semanas de clases y seminarios, y no siempre son en la academia.

Hay algunas prácticas y simulacros que hacemos en otros escenarios, aunque la academia tiene montada una ciudad dentro.

—¿Una ciudad dentro? —pregunto.

—Sí, como si fuera el decorado de una película —explica Caleb.

—Eso es —continúa Aaron—. Es una réplica de calles y edificios de Nueva York.

—¡Hasta tiene una réplica del metro de Nueva York! —apunta Tricia con la boca llena.

Aaron prosigue:

—Como cada día es diferente, a mí me va genial que Tricia nos recuerde lo que toca leer. —Parece que lo dice con mucha sinceridad, y ella le devuelve la sonrisa.

—Yo sí sé lo que toca leerse para cada día —se defiende Caleb.

—No te lo crees ni tú —bufa Tricia.

Ahora ya sí que es prácticamente de noche, así que un poco después de acabar de cenar, recogemos nuestras cosas y nuestros caminos se separan.

Me despido de Lauren y Tricia, que se dirigen en la dirección opuesta, y Caleb se marcha con ellas.

Cuando Aaron dice que va para el mismo metro que yo, de repente la ensalada me pesa muchísimo en el estómago.

No puede ser, ahora que había conseguido relajarme un poco... ¿Y si me reconoce? Y, aunque no lo haga, ¿de qué voy a hablar con esta persona? Si no fuera a parecer una absoluta desquiciada, ahora mismo gritaría.

Subimos al metro en la 42 con Times Square, y hasta que no bajamos las escaleras hacia el interior de la estación casi no decimos nada. No tenemos que caminar demasiado lejos, pero el tráfico y el ruido de las conversaciones de la gente que aún sigue en el parque hablan por nosotros.

En este momento, me siento terriblemente tonta por ser tan consciente de mí misma. Pero vamos a ver, ¿qué persona se fija si está moviendo mucho o poco los brazos mientras camina?

Puedo imaginar la cara que pondría Lauren si me viera ahora mismo. ¿Por qué soy así?