Burning Love Orgullo
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Orgullo

Código de conducta del FDNY

Aaron

No va a funcionar. Sé que Tricia lo hace con la mejor intención, pero ir a la biblioteca con su hermana y su amiga, por muy empollonas que sean, no va a hacer que se nos pegue nada a nosotros.

Hoy ha sido un día agotador en la academia. Casi todas las clases han sido teóricas y tengo el cerebro como un colador. Por suerte, a última hora de la mañana hemos podido usar el gimnasio un par de horas, para no sentirme inútil por completo.

Después de comer algo rápido, hemos cambiado la ropa de deporte por el uniforme de cadetes y ahora nos paseamos por Nueva York como si fuésemos a comernos el mundo.

La gente nos mira enfundados en nuestro uniforme azul claro.

Los que se cruzan con nosotros se fijan en el escudo que llevamos bordado en las mangas de la camisa y en nuestras gorras.

En otro tiempo, hubiera sonreído con orgullo.

Me encantaba cuando mi padre venía a buscarme al colegio vestido de bombero.

No podía hacerlo muy a menudo, pero, cuando pasaba, era el niño más feliz del mundo.

A veces los echo tanto de menos que me cuesta encontrar fuerzas para seguir entrenando. Otras, casi siento alivio de que no puedan verme ahora. Una decepción que se ahorran. Si no apruebo la academia, estoy fuera. Tricia lo sabe, por eso insiste en que estudiemos todos juntos.

Al pasar por el arco de seguridad de la entrada de la Biblioteca Pública de Nueva York, el vigilante nos saluda tocándose la gorra en señal de respeto.

Nosotros hacemos lo mismo. Subimos las escaleras que conducen a la sala de estudio y me fijo en las paredes de piedra que envuelven la biblioteca.

No había entrado nunca en este edificio, supongo que tiene delito.

Me gusta, se da un aire a Hogwarts. Me encantaban esas pelis.

Tricia va mirando el móvil, intercambiándose mensajes con su hermana, mientras nos guía hacia nuestro destino.

La Main Reading Room es una sala impresionante flanqueada por varios ventanales.

Mientras andamos hacia la siguiente sala, el Empire State se cuela por las ventanas.

Llama la atención el contraste entre la biblioteca, con su aire antiguo y señorial, y el coloso de hormigón que nos saluda al otro lado de la ventana.

Esta mezcla de elementos es lo que más me gusta de Nueva York.

Lo moderno y lo antiguo, lo viejo y lo nuevo, siempre en constante cambio.

Por fin, Tricia se detiene junto a una mesa en la que dos figuras femeninas permanecen con la vista fija en el portátil de una de ellas, sin inmutarse ante nuestra llegada.

Reconozco a Lauren, la hermana de Tricia.

A su lado, hay una chica con flequillo cuya cara no llego a apreciar bien porque se esconde detrás de la pantalla. Claramente está demasiado cerca.

Tricia se acerca y ellas dan un respingo cuando se dan cuenta de su presencia.

Por fin se apartan del ordenador y nos saludan, no sin que antes Lauren pegue un puñetazo a su hermana por el susto que se ha llevado cuando se ha acercado a saludar.

Después se levanta para darnos un breve abrazo a Caleb y a mí.

La otra chica también se pone de pie, y Lauren nos la presenta:

—Esta es Anna.

Anna saluda primero a Caleb y después se vuelve hacia mí.

Se queda parada un momento, así que extiendo la mano y le dedico mi sonrisa de serie.

Me sale sola. Es la sonrisa básica, la que dedico a las señoras a las que dejo pasar en la cola del supermercado, a los ancianos a los que ayudo a cruzar la calle, a los niños a los que les lanzo de vuelta la pelota cuando se les escapa.

Hace tiempo que no sé sonreír de otra manera.

—Encantado, hemos oído hablar mucho de ti —le digo.

—Espero que no —masculla ella, y nosotros nos reímos.

Me estrecha la mano rápidamente y enseguida la suelta. Me fijo en cómo el flequillo se le abre a ambos lados de la frente y le baila mientras vuelve a sentarse en la silla. Yo la imito y saco los manuales de la academia, seiscientas páginas que es un gustazo pasear por Nueva York cada día.

Me esfuerzo por leer unas cuantas. Me entero de la mitad.

Estos manuales son horribles; no sé quién los escribió, pero está claro que lo hizo con maldad.

Juro que lo intento, pero cuanto más trato de concentrarme, más me bailan las letras.

Suspiro. Miro hacia arriba y veo que los techos están pintados como si fuera una puesta de sol.

Los atardeceres desde el ferri a Staten Island son para enmarcarlos, cuando las nubes rosas se reflejan en el agua de la bahía de Nueva York. Me recuerdan un poco a esos.

Al bajar la vista, me quedo mirando a Anna, que está sentada frente a mí.

Tiene la barbilla apoyada sobre la mano y la mirada perdida.

Observa los edificios a través de uno de los ventanales de la sala.

Analizo sus rasgos. Me detengo en las gafas de pasta transparentes y en la forma de su nariz.

Es guapa. El pelo castaño le cae por los hombros dibujando ondas, y el jersey verde oscuro que lleva le favorece bastante.

Sus ojos se mueven despacio por la sala.

Se muerde el labio y se da golpecitos en la barbilla, pensando en algo.

De pronto, fija la vista en su ordenador y teclea a toda prisa.

Yo regreso a mis manuales. Lo vuelvo a intentar.

Diez minutos. Veinte. He probado el Pomodoro ese y no sé cuántas técnicas más, pero nada es tan efectivo como leer en voz alta, y aquí no puedo.

No quiero que nadie me vea dando pena mientras muevo los labios sin articular palabra.

En ese rato, más de una vez se me vuelve a ir la vista hacia Anna.

Su cara me suena de algo, pero no consigo descifrar de qué.

Con lo grande que es Nueva York, es poco probable que hayamos coincidido.

Sacudo la cabeza para intentar concentrarme por enésima vez.

Ella levanta la suya y me descubre negando como si fuera tonto.

Me paso una mano por la cara. Esto es imposible.

Nuestras miradas se cruzan. Me dedica una pequeña sonrisa, pero noto cómo su mirada se detiene en el tatuaje de mi antebrazo.

Aparta la vista de golpe y vuelve a centrarse en su ordenador.

Qué raro. ¿Le habrá disgustado? Tricia asegura que a las chicas les encantan este tipo de tatuajes, y que a ella le ha servido para ligar más de una vez, aunque no nos lo hicimos por eso.

Observo a Anna con curiosidad. Tengo que reconocer que es bastante guapa.

«Aaron, céntrate». Sacudo la cabeza. Lo último que me faltaba ahora mismo es otra distracción. Como si no estuviera lo suficientemente jodida ya la cosa.