Dedicación
Código de conducta del FDNY
Anna
—¿Qué tal la cena de ayer? —pregunto a Lauren mientras esperamos a que el profesor del Seminario de Edición Avanzada entre en clase.
—Pues muy bien, la verdad, ¡son majísimos!
Tienes que conocerlos. No te vendrían mal unos cuantos amigos —me dice.
Hay veces que no sabe medir sus palabras, de tan despreocupada que es.
¿Echándome la bronca por tener pocos amigos?
¡Como si fuese culpa mía que mis amigas de toda la vida me dieran la espalda!
—A ver, lista, y si tú tienes tantos amigos, ¿dónde están?
—Yo tengo excusa, porque me he mudado muchas veces en mi tristemente corta vida —se defiende ella—. Mi hermana ejercía a la vez de mejor y peor amiga.
El padre de Lauren es profesor, y desde que su mujer murió, sus hijas y él vivieron en varios estados hasta que por fin consiguió una plaza en la Universidad de Columbia y se instalaron en Nueva York definitivamente.
Siempre que pueden vuelven a Wisconsin, el estado en el que nació la madre y en el que vivieron sus primeros años. Es su lugar seguro.
—Te los tengo que presentar —continúa Lauren—. Y no pongas esa cara, que se me ha ocurrido un plan perfecto para que no parezcas rara y hables poco hasta que se te pasen los nervios —suelta, como si no me estuviera insultando en toda la cara—. ¡Están buscando biblioteca! Eso es lo tuyo, ¿no?
Que te gusten las bibliotecas es una personalidad, supongo, y es la mía.
—¿Buscan un sitio donde estudiar?
—¡Exacto! En la academia van teniendo pruebas periódicas, algunas teóricas y otras físicas.
Si completan el entrenamiento con éxito, se convertirán en probies y tendrán por delante otras cuantas semanas antes de graduarse como bomberos.
Tricia tiene muchas ganas de empezar a hacer cosas de bomberos de verdad.
—Pero ¿no me dijiste que el entrenamiento ya era muy duro? Si la cosa se va complicando después, ¿qué pasa? ¿Les toca hacer más pesas todavía? —pregunto horrorizada.
—Sí, tía, algo así. —Se ríe Lauren ante mi cara de espanto.
—Madre mía, me canso solo de pensarlo. Sueño con estar sentada en una oficina editando libros, ejercitando solamente el cerebro.
—Amén a eso. —Suspira Lauren—. Pero bueno, tú piensa qué bibliotecas de las que has probado te convencen más.
Seguro que hasta tienes un ranking con puntuación y todo.
En Excel —escupe, pronunciando la palabra como si le diera grima.
La ofensa es infinita, aunque sea cierta—.
Podemos ir juntos alguna tarde de las que no tengo prácticas.
Y después cenamos y socializamos. —Luego añade, bajito, mirando muy concretamente hacia cierto sector de la clase—: Visto que la mayoría de gente de esta clase no vale la pena.
Lauren tiene razón: los compañeros de clase no merecen la pena.
A muchos los conocimos en el curso de verano, en el que, durante un mes, nos adentrábamos a tope en el mundo de la edición.
Después, algunos seguimos estudiando el máster, otros consiguieron prácticas y empezaron a trabajar y otros, simplemente, cambiaron de idea y se fueron a otro sitio.
La cosa es que, salvo contadas excepciones, no hay nadie simpático o que busque hacer amigos.
Hay mucha competitividad, y la mayoría no tiene tiempo para socializar entre la uni y sus prácticas.
Tanta competencia me saca de quicio. Se dice siempre que el sector editorial puede llegar a ser muy hostil; no me extraña, si la gente va tan a saco como nuestros compañeros de clase.
—Entonces, ¿cuento contigo, Anna?
—Venga, hecho —me animo.
Me parece bien, no soy tan asocial como Lauren se piensa. Además, estoy en Nueva York. Si no conozco gente aquí, ¿dónde va a ser? Se supone que todo es posible en esta ciudad, incluso empezar de nuevo.
—Para causar buena impresión, creo que deberíamos empezar por la mejor biblioteca de Nueva York —propongo a Lauren, dándome golpecitos en la barbilla—: la Biblioteca Pública. Y si hace bueno, nos sentamos en una de las mesas de Bryant Park después.
—¡Ay, sí! Voy a escribir a Tricia para ver cuándo les apetece hacer el plan de empollones. Sin ofender —añade.
Arqueo una ceja. Ya estoy curada de espanto con esta chica.
—Buenos días, clase —dice el señor Schuster irrumpiendo con su sonrisa habitual.
Lleva una americana gris y siempre me sorprende que un señor tan aparentemente corporativo sea el profesor de la asignatura más literaria del máster—.
¿Habéis leído todo lo que os colgué la semana pasada? ¿Qué podéis decir de los textos?
—No había ninguna relación entre ellos —espeta una chica.
Pongo los ojos en blanco. Porque tú lo digas.
—¿No la había? —responde él con una media sonrisa—. Es verdad que son de temática diferente, pero todos tienen algo en común. ¿Alguien sabe decirme?
—Son ejemplos de lo que se conoce como la «Gran Novela Americana» —contesta Lauren, antes de que me dé tiempo siquiera a acabar de pensar una respuesta coherente.
Es increíble cómo Lauren nunca tiene miedo a nada.
Para mí, contestar en clase sin que el profesor me interpele está totalmente fuera de mis expectativas.
Imagina que no he entendido bien la pregunta.
Llevo estudiando inglés desde que era pequeña y he pasado algunos veranos en Inglaterra e Irlanda gracias a que mi madre es profesora de Inglés, pero ¿y si no he oído bien?
Yo qué sé. Y encima con esta panda de tiburones que tenemos por compañeros, quita, quita.
—Excelente, Lauren —responde Simon Schuster con orgullo.
Estoy segura de que si la jefa de Lauren no la hubiese fichado antes, a él le hubiera gustado ofrecerle un puesto en cuanto hubiera tenido la ocasión.
También estoy segura de que considera que Lauren está desperdiciando su talento en un departamento de literatura juvenil, siendo como es de esnob.
El profesor continúa—: Para los que venís de estudiar el Grado en Literatura Inglesa, esto os sonará.
Para los que venís de otros ámbitos, a modo de resumen rápido, el concepto de la «Gran Novela Americana» se aplica a aquellas obras literarias que fueron escritas con la intención de retratar la esencia, el alma y la personalidad única de los Estados Unidos.
Asiento levemente con la cabeza, lo he estudiado en la universidad.
—Por poner un ejemplo, muchos consideran que la primera Gran Novela Americana es Moby Dick.
Pero los autores y los editores han seguido buscando, a través de la literatura, una manera de comprender la realidad de un país tan complejo como el nuestro.
Otros ejemplos podrían ser El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, o La broma infinita , de Foster Wallace, por poner algún ejemplo más moderno, pasando por los textos de Faulkner, Harper Lee, Kerouac o McCarthy, entre muchos otros.
En mi sello, Absalom Press, tenemos un catálogo de grandes obras de fondo, pero intentamos siempre buscar nuevos autores con el potencial de convertirse, con el tiempo, en los nuevos clásicos.
»Algunos estudiosos de la Gran Novela Americana argumentan que en la propia definición de la categoría va implícito que la obra no sea leída como trascendental por sus contemporáneos, sino que sea el tiempo el que decida qué novelas perduran y cuáles caen en el olvido.
Pero cuando eso pase, ¿no querríais haber publicado vosotros ese libro?
—Nos mira, observando nuestras reacciones.
Todos asentimos y él sonríe—. Eso creo yo.