Burning Love Protección
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Protección

El cuerpo de bomberos de Nueva York se esfuerza cada día por mantener a sus ciudadanos razonablemente lejos de cualquier peligro.

Código de conducta del FDNY

Anna

Cuando llego a casa de la universidad, saludo a Molly, que está acariciando a Clotilde detrás de las orejas mientras esta ronronea la mar de a gusto. Están, cómo no, viendo juntas su programa de tartas favorito desde el sofá. Me gusta imaginar que la gata piensa que las tartas rosas saben a salmón.

Al principio creí que se me haría raro compartir piso con una persona que tiene casi tres veces mi edad y a la que no conocía de nada, pero cuando empecé la descomunal tarea de buscar un lugar asequible donde vivir en Nueva York, me di cuenta de varias cosas.

La primera, y la más evidente, que con un presupuesto limitado una no tiene tantas opciones como podría parecer en una ciudad tan grande.

Así que había que rebajar expectativas, empezando por la de un apartamento a lo Nora Ephron en el Upper West Side para mí solita.

La segunda, que soy bastante más prejuiciosa de lo que pensaba.

Y la tercera, que una señora de casi setenta años tiene bastante más marcha que yo.

Aunque parezca mentira, esta última fue la que menos me sorprendió.

—¡Ya estoy en casa! —saludo mientras cierro la puerta de nuestro apartamento. Molly y Clotilde apenas apartan la vista de su programa de tartas.

—Hola, cielo, ¿cómo ha ido la presentación?

—Pues bastante mejor de lo que esperaba.

—Al decir esto, Molly chasquea la lengua, como si fuera obvio que iba a salir bien, y la gata que tiene en su regazo pestañea, sin duda apoyando su gesto.

Las dos son uña y carne—. Aunque hay un grupito en clase que me tiene un poco mosca; siempre burlándose de los demás.

Pensé que la gente en el máster ya no sería tan ridícula, pero me equivoqué.

—Tú no les hagas caso y sigue trabajando duro, pequeña. Estoy segura de que conseguirás todo lo que te propongas.

—De mayor quiero ser como tú —confieso a Molly, sentándome con ella y Clotilde en el sofá—. Con tu piso precioso, tu gata, tus viajes…

La verdad es que Molly ha sido otro regalo caído del cielo.

Cuando leí de rebote su anuncio en un grupo de alquiler de habitaciones de Facebook (¿quién usa Facebook hoy en día?), le escribí sin pensarlo demasiado.

Después del zulo sin ventanas; del piso monísimo en el que cada ocho minutos, aproximadamente, se oía el ruido infernal de varios trenes que hacía temblar todos los cristales de la casa; y del episodio de la casita que parecía encantada (para mal), mis opciones comenzaban a dinamitarse.

—Todo llegará, cielo. Estoy segura de que tienes un futuro brillante por delante.

—Está bien que alguien lo piense, porque yo, desde luego, no lo hago.

Ella continúa—: Y, hablando de viajes, que no se te olvide esa lista de recomendaciones de Barcelona que me prometiste.

Estoy pletórica con este gran viaje por Europa.

—Querrás decir con este otro gran viaje. Todos tus viajes son siempre grandes.

Molly se ríe, y le confirmo que se la enviaré pronto. Ahora que ya ha pasado la presentación de nuestro proyecto editorial puedo volver a pensar en otras cosas aparte de la universidad.

Más tarde, en mi habitación, después de una más que merecida ducha, hago lo que más me gusta: modular la luz, encender una vela y prepararme para estar tranquilita.

Mientras me voy secando el pelo con la toalla, miro la colección de velas que se extiende en mi estantería y me debato sobre cuál encender hoy.

Miro con deseo «Noche en Pemberley», pero al final me decanto por «Gran Comedor».

Las velas literarias son mi perdición. Me encanta imaginar los olores de mis historias favoritas.

La de Pemberley suele ser una de mis apuestas seguras, afrutada y fresca, como una noche de verano en un baile entre el señor Darcy y Elizabeth Bennet, aunque hoy prefiero dejarme envolver por el olor a calabaza y especias de Hogwarts.

Estoy deseando seguir con el libro que abandoné por el estrés de la universidad, pero antes quiero dar señales de vida a mi familia, que ya no me leerá hasta mañana por la diferencia horaria, y preparar la lista de recomendaciones para Molly.

Todo lo que pueda hacer por ella no será suficiente para agradecerle que me escogiera como inquilina.

Molly buscaba a alguien tranquilo y de confianza que pudiera quedarse a cargo de Clotilde y de su querida casita ahora que se ha jubilado y está dando la vuelta al mundo.

Supongo que en la primera videollamada que hicimos, antes de que volase desde España, leyó la palabra «aburrida» en mi cara y por eso me escogió.

A cambio, me ha abierto las puertas de su casa y puedo estar segura de que nadie me sacará órganos mientras duermo —aparte de Clotilde si algún día se enfada, claro—.

Tengo una habitación en un apartamento precioso al lado del Brooklyn Bridge Park.

Y horribles trozos de tarta de vez en cuando, también.

Una ventaja de ser una señora, supongo, es que nos reconocemos entre nosotras.

Me siento en el escritorio, con mi velita encendida al lado, y me pongo al día con mensajes pendientes del grupo que tengo con mis padres y mi hermana.

También respondo a algunos vídeos que han compartido por Instagram mis amigas de la librería de Barcelona en la que trabajaba antes de venir a Nueva York, y me pongo con la lista de recomendaciones para Molly.

Pensar en Barcelona me produce una sensación extraña.

Por un lado, echo de menos a mis padres, hacer ruta de librerías con mis amigas lectoras, ir en busca del mejor té matcha de la ciudad y probar nuevos restaurantes vegetarianos…

pero, por otro, pensar en casa me recuerda por qué tenía ganas de alejarme de todo.

Vivir en Nueva York es un sueño, pero también es un recordatorio de que estoy en una cuenta atrás. A Cenicienta la carroza se le convertía en calabaza a las doce. A mí, si no consigo unas prácticas que me ayuden a pagar el máster, se me romperá la burbuja en cuanto se me acabe el presupuesto.

Para no entrar en una espiral autodestructiva de pensamientos, opto por distraerme y salgo a prepararme la cena.

Otra cosa buena que se ha llevado Molly es una persona con habilidades de cocina, por lo general básicas, que sabe hacer una tortilla de patatas decente.

Normalmente Molly no hace mucho caso a mi comida vegetariana, aunque este plato le ha parecido lo suficientemente exótico como para abandonar la idea de cenar la tarta de arándanos reseca que quedó del fin de semana.

Hay cosas de este país que nunca entenderé.

Y espero, por el bien de mis arterias, que así siga siendo.