Preparación
Los cadetes del cuerpo de bomberos de Nueva York mantendrán un estado de alerta permanente para hacer frente a todas las amenazas y riesgos que puedan encarar. Riesgos habituales o riesgos desconocidos.
Código de conducta del FDNY ( Departamento de Bomberos de Nueva York )
Anna
Si mi vida fuera una novela romántica, estaría llena de correcciones en color rojo.
Hay tantos fallos en la trama que, simplemente, no pasaría el filtro de ningún editor.
Sería un manuscrito abierto y olvidado en la bandeja de entrada.
¿Qué lector querría leer una historia insulsa cuya protagonista es una pringada de manual a la que nunca le salen las cosas bien?
¿Esa bonita casualidad que hace que el tiempo se detenga? Es un decir. ¿Dos personas que se miran y a través de sus ojos sus corazones hablan? Licencia poética. ¿Dos almas destinadas a encontrarse porque están hechas de la misma materia? No sé de qué estás hablando, Emily Brontë.
Esa premisa me deja con dos respuestas: que mi vida no es una novela romántica, cosa que ya sabemos porque el romance no está por ningún sitio; y, dos, que ni siquiera tengo madera de protagonista.
Soy más bien como ese personaje secundario al que coges cariño y…
en algún momento desaparece sin que te des cuenta.
O la mejor amiga de la protagonista. Divertida, leal, amiga de sus amigos.
La empollona que salva a la heroína con el trabajo de última hora que no pudo hacer por estar dándose el lote con el guaperas de la clase…
O, quizás, si yo fuera un personaje, mi breve aparición serviría para propiciar el romance entre los protagonistas, que se conocerían socorriéndola de una muerte casi segura por atropello de bicicleta de camino a la universidad, como me acaba de pasar ahora mismo. Sí, esa sería yo.
Apenas me repongo del susto del ciclista —que encima ha tenido la osadía de gritarme que mire por dónde voy— cuando compruebo la hora en el móvil, aunque sé de sobra que ya llego tarde.
He intentado repasar la presentación que tenemos hoy en el máster y se me ha ido la hora por completo.
Solo llevamos un par de semanas de clase y ya tenemos entregas.
Me parece que este curso va a ser intenso, y no sé si podré seguir el ritmo.
Hoy estoy tan nerviosa que me he saltado mi habitual parada para comprarme un café de siete dólares de camino a la universidad.
Pero no importa. Si pude con la burocracia estadounidense, si conseguí sacarme el visado…
puedo con cualquier cosa. Cuando todo haya acabado, de aquí a cinco horas, pienso dejarme caer en un banco de Washington Square a devorar las samosas vegetarianas del puesto ambulante.
En cinco horas, seré invencible. O estaré completamente derrotada, pero al menos habré sobrevivido a un día más de clase en Nueva York.
En cuanto entro en la sala donde hoy exponemos nuestras presentaciones, Lauren me hace una seña para que me siente a su lado.
Suspiro aliviada. No pensé que fuese a llegar pronto por una vez, así que doy gracias por mi golpe de suerte.
Ya daba por hecho que nos tocaría sentarnos al final de la clase y, aunque me ponga gafas para ver de lejos, desde tan atrás no veo nada.
—¿Todo bien? —me pregunta cuando dejo mi bolsa de tela sobre la mesa con un bufido y compruebo que mi flequillo sigue en su sitio—. Tienes pinta de haber corrido las últimas cinco manzanas perseguida por una horda de zombis.
—¿Zombis? ¿En hora punta? Pero ¿qué pregunta es esa? ¡Pues claro!, ¿no ves que vengo en la línea A? —le respondo con sorna, mientras saco el ordenador lleno de pegatinas literarias—. Pero me temo que no, por desgracia solo me persigue la ansiedad.
—Venga, si esto no es nada. Es una presentación muy básica y nos ha quedado estupenda.
Ya teníamos el informe de lectura hecho desde el curso de verano.
Les gustó nuestro análisis entonces, y ahora lo hemos mejorado.
Será un paseo —dice con su confianza habitual, sin inmutarse ni levantar la vista del móvil.
Ojalá ser un poco más como Lauren. No pido tanto, Señor.
—Sí, sí, debería estar todo perfecto porque lo he revisado unas ochenta veces.
Lo que me pone nerviosa —explico con una exagerada cara de sufrimiento— es el pequeñííísimo detalle de que el inglés no es mi lengua materna y tengo miedo de que se me tropiece el hámster que da vueltas en la ruedecilla de mi cerebro.
—Anna, tu inglés es perfecto —replica ella poniendo los ojos en blanco—. Si alguien no te sigue es porque eres rara y dices cosas raras, como eso del hámster. No porque no te entiendan —sentencia. Ante mi cara de pánico, añade—: Con cariño te lo digo, claro.
Lauren es un encanto, pero no me está ayudando nada. Por suerte, el señor Schuster entra en clase y todos nos recolocamos en las sillas. Dejo caer un «ay, madre» bajito en castellano y me siento como Katniss antes de entrar en la arena en Los juegos del hambre.
Cinco horas más tarde, estoy sentada en un banco al sol con una samosa en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Lo hemos bordado! ¡Te lo dije! —exclama Lauren mientras acerca su samosa para brindar con la mía.
—Solo se me ha trabado la lengua unas cinco veces en tres minutos de exposición, pero sí —respondo.
—Eres incapaz de aceptar un cumplido. ¿Por qué eres siempre dura contigo misma, Anna?
Es evidente, pero no creo que Lauren pueda entenderlo.
—Porque me cuesta mucho que las cosas me salgan bien —le explico, un poco exasperada. A ella le suele salir todo bastante redondo.
—Yo te veo muy bien —me pincha Lauren con cariño—. ¿Cuánto llevas en Nueva York?
—Cuatro meses.
—Uy, pues se me ha hecho largo ser tu amiga tanto tiempo —dice la muy descarada, ahuecándose los rizos oscuros con despreocupación fingida. Le intento dar un empujón, pero se me escapa—. Lo estás haciendo genial —me asegura, posando una mano sobre mi hombro—. Solo confía en ti misma un poco más.
Pongo los ojos en blanco, aunque aprecio su apoyo.
Lauren es mi tabla de salvación en Nueva York.
Ella y Molly, mi casera. No me puedo creer la suerte que he tenido de conocerlas.
Lauren es positiva —a veces incluso demasiado—, simpática, divertida, sociable…
y muy selectiva con la gente de la que se rodea, así que ese es un punto a mi favor.
Y es una crac. Ya está dentro del sector editorial.
Consiguió trabajo como becaria en el equipo de comunicación de una editorial que nos encanta.
Hizo un match instantáneo con una de nuestras ponentes en el curso, que vio todo su potencial y no lo quiso dejar escapar.
Pese a que estoy muy orgullosa de ella, hay veces que me cuesta no compararme.
Mientras Lauren tiene el futuro asegurado y un trabajo de verdad, yo sigo esperando mi oportunidad.
Y más me vale seguir currándomelo, si no, no conseguiré unas prácticas, me tocará volver a España y se confirmará el terrible fraude que soy.
—¿Qué planes tienes para esta noche? —pregunta Lauren, cambiando de tema al ver que me he quedado callada.
—Nada especial, creo. Seguramente cocine algo rico, me dé una buena ducha y lea un rato con una vela de fondo.
—Ah, claro, cómo no, con una de tus velas exquisitas —me pincha, y yo la amenazo con mi samosa medio mordida.
—¿Y tú? —le pregunto.
—Los amigos de mi hermana vienen a casa, no sé muy bien a qué.
Han empezado hace poco la academia de bomberos y están pesadísimos.
«Mira cómo levanto cincuenta kilos con un brazo», o «abuela, hoy he ganado una carrera recogiendo mangueras» —imita a su hermana con sorna—.
Estoy harta de escuchar a mi hermana hablar con mi abuela cada noche.
—¿Son los famosos amigos del cuerpo de élite de cadetes de bomberos?
Lauren se ríe.
—Yo los llamo «cuerpo de élite», pero en realidad son cadetes normales. Diría que son hasta divertidos.
—Suena bien —respondo, mientras me limpio las manos después de haber comido el último trozo de samosa y tiro en una papelera la bandeja del take away —. Ya me contarás qué tal.
—Lo mismo digo —dice ella, haciendo lo mismo y levantándose para volver a clase—. Y cuidado con las velas, que los bomberos estarán en mi casa.
Me río, nos agarramos del brazo y volvemos juntas a por las clases que nos quedan.
A nuestras espaldas, Washington Square rebosa vida con sus ardillas, los músicos callejeros y la cantidad de gente que aprovecha los últimos rayos de sol del verano.
Ahora que ya han pasado las presentaciones, estoy mucho más relajada y creo que incluso podré disfrutar del resto de la tarde.