Burning Love
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Prólogo. Agosto
PRÓLOGO
AGOSTO
Anna
El calor que hace en el ferri es prácticamente insoportable, pero no me quiero perder la vista. Noto la humedad del río Hudson en cada poro, así que me paso la mano por la frente para intentar despegarme el flequillo, apelmazado bajo la gorra de los New York Yankees.
—Que sí, mamá, estoy comiendo bien —repito por decimoquinta vez en los pocos minutos que llevamos hablando por teléfono—. No, dile a la abuela que no se preocupe por la bufanda, todavía hace calor. Ya me la enviaréis por correo cuando la termine.
Doy un sorbo al café frío que no me están dejando disfrutar y, sin poder evitarlo, se me escapa una mueca. Los hielos me lo están aguando.
—No —me armo de paciencia—, hoy tampoco he quedado con nadie, estoy haciendo turismo.
—¿Turismo? ¿Sola en Nueva York? —Oigo que grita mi abuela de fondo.
Mis padres están apurando los últimos días de agosto con ella en su casa de Levante. Siempre me ha gustado ir con mi abuela a pasar los veranos en la playa. Algunos de mis mejores recuerdos juntas los he vivido allí.
—Os tengo que colgar, ¿vale? Ya estoy llegando a Staten Island y necesito cambiar de ferri para volver a Manhattan.
Con una despedida atropellada, mis padres y mi abuela me mandan muchos besos que no llego a sentir a casi 6.000 kilómetros de distancia. No quiero pensar en que, a pesar de llevar ya cerca de tres meses en la ciudad, no he hecho demasiados amigos. Tampoco me apetece que mi familia me lo recuerde.
Intento poner en orden todas las cosas que he dejado en el banco de la embarcación.
Guardo el móvil en la bolsa de tela que me compré en la librería The Strand al poco de llegar, y me topo con el libro que no he podido leer en todo el viaje por culpa de la interrupción de mis padres.
«Lo leeré en el barco de vuelta», me prometo.
Me levanto del asiento, me cuelgo el bolso y me dirijo hacia el interior del barco con lo que me queda de café frío.
La salida es por la cubierta opuesta. He cogido este ferri un par de veces desde que estoy en Nueva York.
Me encanta ver cómo se perfila la silueta de Manhattan mientras se aproxima desde Staten Island.
En el trayecto se divisa, bastante lejos, la estatua de la Libertad.
Todavía no he ido a visitarla. Sobre su pedestal lleva dos siglos dando la bienvenida a los que llegan a Nueva York desde todos los confines del mundo.
¿Cuántas personas habrán mirado la ciudad desde aquí antes que yo y habrán puesto sus esperanzas en ella?
Interrumpo mis pensamientos al darme cuenta de que no sé si he cogido las gafas de sol.
Antes de entrar en la cabina, vuelvo al banco en el que estaba sentada, pero no veo nada allí.
Me palpo inconscientemente el cuerpo con la mano que tengo libre, la que no sostiene el café.
«Uff», me digo cuando me doy cuenta de que las llevo puestas a modo de diadema en la cabeza.
Me giro de nuevo para entrar en el barco, pero antes de que me dé tiempo a reaccionar me llevo un golpe bastante fuerte al chocarme con algo. O, mejor dicho, con alguien.
—Pero qué coj… —empieza a decir el chico que tengo delante.
Tardo varios segundos, o eso me parece en mí, en entender lo que ha pasado.
Empiezo a atar cabos cuando noto que varias gotas de café me resbalan por la mano.
Miro el vaso de plástico y me doy cuenta de que apenas queda nada dentro.
Y entonces me atrevo a mirar hacia delante.
Enfrente de mí hay un chico de más o menos mi edad, bastante alto, vestido con un uniforme de manga corta azul claro y una gorra de una tonalidad más oscura.
Baja la vista y la visera me impide ver su cara.
Con una mano se palpa el pecho, el antebrazo al descubierto me permite observar un tatuaje que parece una pequeña cadena de llamas enroscadas alrededor de su piel, y enseguida descubro con horror una mancha gigante y marrón en su camisa, que gotea café.
Mi café de seis dólares más propina, concretamente.
Me quedo congelada, con la mirada fija en la mancha de su uniforme, tanto que no me da tiempo a reaccionar antes de que el chico me rodee y se aleje en dirección contraria, sin dirigirme ni siquiera una mirada.
—Malditos turistas. —Oigo que masculla a lo lejos, y a su paso queda un rastro sutil de colonia masculina que huele a especias y a madera.
Yo sigo clavada en el sitio. Con la mano en alto, el vaso goteando y el corazón acelerado.
—No soy una turista —murmuro, más para mí que para nadie.
Dicen que Nueva York es la ciudad de los sueños. Pero no siempre lo parece.