43. Justo después de hacer la declaración de la rentay de una endodoncia.
Justo después de hacer la declaración de la rentay de una endodoncia.
Hospital, a la mañana siguiente.
Tenía que hablar con Ryder.
La idea no me daba tregua desde que me había despertado. Daba vueltas en mi cabeza como una canción que no podía apagar, y cada treinta segundos mi mirada se desviaba hacia la puerta, como si pudiera obligarla a abrirse con la mera fuerza de voluntad y conseguir que Ryder apareciera al otro lado.
Pero la puerta seguía cerrada y Ryder no aparecía.
Me giré hacia el otro lado y luego volví a girarme. La vía me tiraba del dorso de la mano y el monitor pitaba indignado cada vez que me movía demasiado deprisa.
Había tantas cosas que tenía que decirle a Ryder...
Por qué le había ocultado el embarazo. Por qué me había dado miedo contárselo.
Por qué, cada vez que había querido abrir la boca, había visto su mirada.
Esa mirada controlada e inaccesible tras la que se escondía mucho más de lo que jamás admitiría, y me había tragado las palabras de nuevo.
Y luego estaba la pregunta que pendía sobre todo lo demás como una espada de Damocles.
¿Qué éramos nosotros? ¿Qué seguíamos siendo después de anoche? ¿Un trato? ¿Un matrimonio? ¿Dos personas que, por casualidad, vivían en el mismo piso? ¿O algo que quizá, si los dos dejábamos por fin de huir el uno del otro, podía llegar a ser real?
No lo sabía. Y no saberlo era peor que cualquier respuesta que pudiera darme.
La puerta se abrió.
No era Ryder, sino una enfermera más o menos de mi edad, con el pelo recogido en una coleta y la sonrisa cansada pero amable de quien acababa de terminar un turno de doce horas.
—Buenos días, señora West. —Consultó su tablilla—. ¿Cómo se encuentra?
—Lo bastante bien para irme a casa —respondí—. ¿Cuándo podré hacerlo?
—En cuanto el médico vuelva a examinarla. —Anotó algo—. Pero aún estamos esperando los últimos resultados de las pruebas y, por desgracia, todavía no han llegado.
—¿Y cuándo llegarán? —pregunté con impaciencia.
—Es difícil saberlo. Podría ser dentro de una hora, pero también podrían tardar otro día. El laboratorio está trabajando, aunque durante las fiestas todo avanza un poco más despacio. —Sonrió a modo de disculpa—. Me temo que tendrá que armarse de paciencia.
Paciencia. Mi virtud favorita, sin duda. Justo después de hacer la declaración de la renta y de una endodoncia.
—Su bebé está bien —añadió, como si me hubiera leído el pensamiento—. Los valores de anoche son estables. El latido, el líquido amniótico... Todo está dentro de la normalidad. Y usted ya no está deshidratada.
—Gracias.
La enfermera asintió y salió de la habitación.
La puerta se cerró y volví a quedarme sola.
Miré fijamente el techo, luego la puerta y después otra vez el techo.
Una hora, quizá un día. No podía esperar tanto.
No con aquella tormenta en la cabeza ni con la imagen del rostro inexpresivo de Ryder grabada a fuego en el interior de los párpados.
Ryder había descubierto anoche que su mujer llevaba meses mintiéndole, y yo estaba allí, esperando los resultados de unas pruebas. No estaba bien.
Me incorporé a modo de prueba y, como no me mareé, tomé una decisión.
Primero me levantaría. Después me pondría los zapatos, me libraría de aquella bata de hospital y de la vía e iría a ver a Ryder. Yo estaba sana y el bebé también. No había ningún motivo para seguir allí. Entonces oí algo.
Un susurro. No, un susurro muy fuerte. De esos que hacían que cualquier persona normal se preguntara si quienes susurraban habían entendido mal el concepto básico de susurrar.
—¡Chist! ¡Más bajo!
—¡El que habla alto eres tú, Tony!
—¡Yo no hablo alto, el que habla alto es Dante!
—¡Yo no he dicho nada!
—¡Exacto! ¡Cuando no dices nada haces más ruido que yo hablando!
—¿Podemos, por favor...?
—¡Silenzio!
La última palabra procedía de una voz que no admitía réplicas, que jamás las había admitido y que jamás las admitiría, y todo el pasillo enmudeció como si alguien hubiera cortado el sonido.
Era Nonna, sin duda.
La puerta se abrió y mi familia se derramó dentro de la habitación como agua a través de un dique roto.
Nonna entró primero. Llevaba su abrigo azul marino de los domingos, aunque era sábado, y su mirada me encontró en la cama antes incluso de que hubiera terminado de entrar.
Detrás de ella venía papá, con preocupación en los ojos y un ramo de flores demasiado grande para el pequeño jarrón de la mesilla.
Después mamá, que ya estaba llorando antes siquiera de mirarme.
Y, por último, mis hermanos, los cuatro, uno detrás de otro.
Su intento de colarse en silencio en la habitación fracasó de manera espectacular porque cuatro hombres adultos con la anchura de hombros de los hermanos Russo no cabían a la vez por la puerta de un hospital sin clavarse mutuamente los codos en las costillas.
—¡Ay!
—Pasa tú primero...
—¡Yo estaba primero!
—Ragazzi —dijo Nonna sin volverse.
Silencio. Inmediato.
Matteo pasó primero, seguido de Luca, Tony y, por último, Dante. Todos estaban en mi habitación del hospital. El cuarto, que antes había estado demasiado vacío, de repente estaba demasiado lleno.
—Nos has dado un buen susto, tesoro —dijo papá.
Su voz sonaba serena, pero sujetaba el ramo con tanta fuerza que los tallos se doblaban ligeramente. Papá había guiado a nuestra familia a través de todas las crisis sin perder nunca la compostura, pero ahora parecía a punto de hacerlo.
—Estoy bien, papá. —La voz se me quebró en la última palabra—. De verdad.
—Estás en una cama de hospital —dijo mamá, secándose los ojos—. Con una vía. Eso no es estar bien, Scarlet.
—Estaba deshidratada. Nada más. A estas alturas, esto ya es básicamente decorativo. —Levanté la mano en la que tenía la vía.
—Deshidratada. —Nonna pronunció la palabra como si fuera una ofensa personal—. En mi cocina siempre hay agua de sobra. Y sopa. Y caldo. No estarías deshidratada si vinieras a comer a mi casa más a menudo.
—Nonna, comemos todos juntos los domingos —respondí—. Y hemos pasado las fiestas juntos.
—Yo solo digo las cosas como son. Si comieras con nosotros todos los días, esto no habría pasado.
Luca acercó una silla a mi cama. Tony se apoyó contra la pared.
Dante encontró en alguna parte un segundo jarrón que probablemente había robado de la habitación de al lado.
Matteo permaneció junto a la ventana, con los brazos cruzados, mirándome con esa expresión de hermano mayor que decía que estaba realmente preocupado.
Respiré hondo. Si no lo decía ahora, no lo diría nunca.
—Tengo que confesaros algo.
Papá se sentó en el borde de la cama y mamá dejó de llorar. Todos me miraron expectantes.
—Estoy embarazada. —Por fin había pronunciado las palabras y me sentía veinte kilos más ligera.
Para mi desconcierto, ninguno pareció sorprendido. Había esperado una ráfaga de preguntas, que estallara el pánico y quizá incluso un desplazamiento moderado del eje terrestre.
Papá sonrió con dulzura y luego me dio unas palmaditas en el hombro.
—Me alegro de que por fin lo hayas compartido con nosotros.
—¿Qué? —Lo miré fijamente—. ¿Ya lo sabíais?
Miré a Nonna, que levantó las manos.
—No, yo no he dicho nada. Los demás se han limitado a llegar a las mismas conclusiones.
Dante asintió y empezó a enumerar con los dedos.
—¿Nada de vino? ¿Nada de café? ¿Nada de tiramisú hasta que Nonna cambie la receta?
Luca sonrió.
—No has sido tú misma estos últimos meses, Scarlet. Esos cambios de humor y tus extraños hábitos alimenticios.
—Y no parabas de correr al baño —añadió Matteo.
—En todas las comidas familiares —agregó Tony—. Varias veces.
Tenía la boca seca y me escocían los ojos.
—¿Por qué no habéis dicho nada?
Papá me cogió de la mano.
—Hemos esperado a que estuvieras preparada —dijo con un gesto comprensivo.
—Eres una Russo. —Nonna se acercó a la cama y me puso una mano en la mejilla.
El gesto era tan tierno, tan opuesto al tono de sargento con el que había puesto orden en el pasillo, que las lágrimas me corrieron por las mejillas antes de que pudiera contenerlas—.
Guardamos nuestros secretos con orgullo y en lo más hondo.
Pero también sabemos cuándo se vuelven demasiado grandes para cargar con ellos a solas.
Asentí porque no podía hablar, aunque tampoco hacía falta decir nada. Todos se acercaron a abrazarme, lo cual era absurdo porque tanta gente en tan poco espacio nunca era una buena combinación.
El abrazo se deshizo poco a poco. Me sequé las lágrimas de las comisuras de los ojos con el dorso de la mano y Tony me pasó un vaso de agua, que me bebí entero.
Y entonces aquel pensamiento volvió. El pensamiento que llevaba horas sin darme tregua y que era demasiado intenso para combatirlo.
Saqué las piernas de la cama y me puse en pie.
—Scarlet. —Mamá me puso una mano en el hombro—. ¿Qué haces?
—Tengo que salir de aquí —dije con voz firme—. Tengo que hablar con Ryder. Ahora. Inmediatamente. Esto no puede esperar.
—El médico todavía no... —empezó Luca.
—Luca, estoy bien. El bebé está bien. Pero si sigo otra hora en esta cama esperando algún resultado de laboratorio... —Me interrumpí y tragué saliva—. Ryder descubrió anoche que llevo meses mintiéndole. Tiene preguntas. Merece respuestas. Y me moriré si no puedo dárselas de una vez.
La voz me tembló en la última frase, y también me temblaban las manos. No por debilidad, sino por miedo. Por el miedo a ver en los ojos de Ryder lo que más temía.
Pero ese miedo era menor que lo que ocurriría si seguía callada.
—¿A quién le importa el médico? —dijo Nonna, levantándose—. Mi nieta tiene que ir con su marido. —Miró a su alrededor—. Matteo, trae el coche. Tony, la chaqueta. Dante, los zapatos. Luca, distrae a la enfermera.
—Nonna, no creo que... —intentó protestar papá.
—Giovanni. —Nonna solo tuvo que mirarlo un instante.
Papá suspiró.
—Matteo, trae el coche.
Matteo asintió y salió corriendo.
Tony me ayudó a ponerme unos pantalones de chándal que habían traído de casa. Dante colocó delante de mí unas zapatillas deportivas, cosa que agradecí. Los tacones de la noche anterior eran terriblemente incómodos.
Justo cuando me preguntaba si sería capaz de obligarme a sacar la aguja de la vía del brazo o si debía abandonar el plan, la puerta volvió a abrirse y entró el médico que también me había atendido la noche anterior.
Tras lanzar una breve mirada escrutadora a los presentes, volvió a centrar la atención en su portapapeles. Probablemente había visto cosas mucho más extrañas; para él, aquello era un lunes cualquiera.
—¿Y bien? —pregunté, aunque ya conocía el resultado.
—Todo está perfecto. —El médico parecía satisfecho, pero aun así me dio un pequeño sermón sobre que no debía volver a olvidarme de comer y beber con regularidad.
Sin embargo, no tenía de qué preocuparse, porque mis cuatro irritantes hermanos no me quitarían ojo de encima hasta el parto y, además, utilizarían una lista de comprobación doble.
Por suerte, la enfermera que había seguido al médico me ayudó a quitarme la vía.
Porque, en cuanto hubiera pensado seriamente en hacerlo yo misma, me habría echado atrás y habría encargado a mi familia que fastidiara a todo el personal del hospital hasta encontrar a un médico dispuesto a darme el alta.
Después nos fuimos. O, mejor dicho, mi familia caminó mientras me sacaba en silla de ruedas, porque no quería desperdiciar energía en discusiones inútiles.
Ryder tenía preguntas. Cientos, probablemente. Ordenadas, numeradas y clasificadas, porque él era así, porque así funcionaba su mente.
Y yo tenía respuestas. Todas. Hasta la última. Quizá sería desagradable y quizá mis respuestas no fueran suficientes para él. Pero estaba dispuesta a correr ese riesgo.