Burning for my Boss (Los multimillonarios de Nueva York nº 17) 42. Todos estamos rotos.
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42. Todos estamos rotos.

Todos estamos rotos.

Medical West Hospital, Nueva York, esa misma noche.

Scarlet estaba embarazada.

Las puertas dobles se cerraron y la mano de Scarlet ya no estaba en la mía.

El zumbido de mi cabeza se intensificó hasta ahogar los sonidos a mi alrededor. Los pitidos de decenas de máquinas, el rumor de los fluorescentes y las conversaciones.

Me quedé paralizado en medio del pasillo. Era como si estuviera pegado al suelo de linóleo barato, ese que chirriaba si caminabas demasiado deprisa.

Scarlet estaba embarazada. De seis meses.

La situación estaba clara, el embarazo era un hecho indiscutible y, aun así, me resultaba del todo incomprensible.

Mi mente no conseguía asimilar lo que aquello significaba en realidad, pese a que, por lo general, funcionaba a la perfección.

Aunque el resto de mí tampoco funcionaba en aquel momento.

Aún tardé unos instantes en recuperar el control de los pies y dejar que me llevaran de vuelta por el pasillo.

Pasé junto a Urgencias, junto a un enfermero que empujaba un soporte de suero, junto a la sala de espera, donde una mujer estaba sentada con un niño en el regazo.

La imagen me golpeó de forma tan inesperada que vacilé un instante antes de seguir caminando.

La puerta automática de cristal se abrió y el aire de diciembre me golpeó como un puño helado. Solo llevaba la camisa porque la chaqueta seguía tirada en algún lugar del Alaric.

No había tenido cabeza para llevármela, ni para pensar en el móvil y la tarjeta de crédito que también estaban dentro.

Joder, había estado demasiado ocupado con mi mujer, que se había desplomado.

Mi mujer embarazada.

Me detuve. El aparcamiento del hospital estaba medio vacío, las farolas proyectaban una luz anaranjada sobre el asfalto y mi aliento formaba nubes blancas que desaparecían al instante. Seguía con las manos cerradas en puños, como si se hubieran olvidado de abrirse.

Las mismas palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza.

Scarlet estaba embarazada. De seis meses.

¿Me lo habría contado si nuestro segundo encuentro hubiera ido de otra manera?

Sin duda habría ido de otra manera si el primero no hubiera terminado conmigo huyendo de la habitación del hotel.

Pero no servía de nada darle vueltas a lo que podría haber sido. Solo podía atenerme a los hechos.

¿Desde cuándo lo sabía Scarlet exactamente?

¿Desde que le había ofrecido el trato? ¿O desde que había aparecido en mi despacho y me había lanzado una tarta? ¿Desde la boda?

Como muy tarde, desde la cena benéfica, cuando Pierce había preguntado por los hijos. Ahora que tenía las piezas que faltaban y las había encajado, todo resultaba evidente.

Scarlet no se había puesto pálida por la comida.

Nunca había sido la comida, al menos no de la forma en que ella lo había planteado.

Nunca había sido nada de lo que Scarlet había dicho. Ni el cansancio, ni el estómago delicado, ni la tensión baja, ni la comida. Todo eran mentiras. Cada vez que le había preguntado si se encontraba bien y ella me había dicho que no era nada, me había mentido.

Y yo la había creído todas y cada una de esas veces.

La ira creció en mi interior y, durante un segundo, se dirigió contra Scarlet. Contra la mujer que había dormido a mi lado durante meses y me había mentido a la cara, que me había sonreído mientras llevaba a un niño en su vientre.

Entonces la ira se desvaneció tan rápido como había aparecido, y lo que quedó fue peor.

Porque Scarlet no había mentido por ser una mentirosa. Scarlet había mentido porque yo le había dado demasiados motivos para hacerlo.

—Dijiste que los niños no eran lo tuyo. Su voz resonaba en mi cabeza.

Quebrada por el llanto, con aquella mirada que buscaba algo en mi rostro.

Había estado buscando algo y yo no le había dado nada.

Me había quedado sentado, con el rostro inexpresivo y la voz vacía, y no le había dado nada porque no sabía cómo hacerlo.

—Con los gemelos de Parsley ni siquiera quisiste coger al bebé...

No había cogido al bebé porque los bebés me parecieran horribles. Todo lo contrario. Ver a aquel ser diminuto entre los brazos de Tyler me había dado miedo. Esas manos minúsculas. ¿Y si lo sujetaba con demasiada fuerza? ¿O no con la suficiente?

El bebé de Scarlet aún no había nacido, pero yo ya me hacía las mismas preguntas. ¿Y qué sucedería después? ¿Y si era como mi padre y aquel ser pequeño y absolutamente perfecto no conseguía satisfacerme porque yo no conocía otra cosa?

¿Y si algún día aquel niño se plantaba ante mí con la misma mirada vacía con la que yo me había plantado ante mi padre? No quería hacerle eso ni al niño ni a Scarlet.

Me pasé ambas manos por la cara como si pudiera borrar aquellos pensamientos, pero no funcionó.

Scarlet estaba embarazada y no me lo había contado porque yo había creado un entorno en el que no podía hacerlo. Había inventado excusas para cada náusea, cada mareo, cada lágrima. Y yo, el hombre que supuestamente se daba cuenta de todo, no lo había visto.

No.

Sí que lo había visto. Había visto todas las señales, cada una de ellas.

Los tambaleos, los vómitos, la falta de comida, la ausencia de alcohol, el cansancio, las lágrimas.

Lo había visto todo y, aun así, no había entendido nada.

Porque no había querido verlo. Porque la verdad habría significado tener que preguntarme por qué Scarlet confiaba tan poco en mí.

Marcus lo había insinuado. Varias veces. Y yo le había dicho que cerrara la puta boca. También varias veces.

Hablando del rey de Roma... Tres filas más allá, en el aparcamiento, había un Audi negro con la ventanilla medio abierta, a través de la cual distinguí el rostro de Marcus.

La puerta del copiloto no tenía echado el seguro.

Marcus estaba al volante, con la corbata aflojada y un cigarrillo entre los dedos.

Solo fumaba cuando estaba nervioso, lo que significaba que estaba preocupado.

Me acerqué al coche, abrí la puerta del copiloto y entré.

Marcus me miró y no dijo nada. Esperó. Eso era lo bueno de él: sabía cuándo el silencio valía más que las palabras. Solo abrió la boca después de leerme el rostro.

—¿Está bien? —preguntó por fin, aunque probablemente ya había deducido la respuesta por mi cara.

—Sí —asentí—. Aún tienen que hacerle unas pruebas, pero todo parece estar bien.

—¿Y tú? —continuó Marcus.

—Nada está bien —gruñí.

Marcus dio una calada al cigarrillo y expulsó el humo por la rendija de la ventanilla. No volvió la cabeza hacia mí ni hizo más preguntas. Se limitó a quedarse sentado, fumar y esperar.

—Scarlet está embarazada —dije.

La mano de Marcus que sostenía el cigarrillo se detuvo durante medio suspiro. Nada más. Después siguió llevándoselo a la boca.

—Así que por fin lo sabes.

Ni un ¿Qué?, ni un ¡Joder!, ni siquiera una mirada de sorpresa. Siguió fumando, con la vista al frente, y dejó que hablara.

—Sí —gruñí.

—Ya era hora de que por fin te enteraras.

—Podrías habérmelo dicho —respondí—. Me habría ahorrado un montón de problemas.

—No —Marcus negó con la cabeza—. Es algo entre vosotros y desde luego no voy a meterme. Siempre estaré a tu lado, Ryder. Pero no soy vuestro puto terapeuta de pareja.

—Te odio por eso, pero tienes razón.

Marcus asintió.

—¿De cuánto está?

—Está de seis meses. —Mi voz sonaba uniforme y controlada, como si funcionara con el piloto automático—. No me lo dijo, Marcus. Me mintió a la cara durante meses y yo la creí todas y cada una de las veces.

—Yo sé por qué no te lo dije. Pero ¿por qué no te lo contó ella? —La pregunta era sencilla y directa, e incidía justo en el punto que más dolía. Aun así, había que formularla.

—Porque no se sentía lo bastante segura, supongo.

—Lo dije en voz alta porque necesitaba oírlo para que se volviera real—.

Porque no he dejado de enviarle señales equivocadas.

De decirle que no quiero hijos. Y, en lugar de contarme la verdad, decidió que no podía hacerlo porque el hombre con el que está casada no es alguien a quien se le pueda confiar algo así.

—Y recuerda la tarta de divorcio con Victoria —dijo Marcus. Creí percibir una pizca de diversión en su voz, pero entonces se aclaró la garganta—. Y que, en realidad, solo estáis juntos por un contrato que pronto terminará.

—Joder —me masajeé las sienes—. Tienes razón.

Scarlet debía de pensar que yo era una persona absolutamente horrible. Y quizá lo fuera.

Marcus apagó el cigarrillo en el cenicero. Se volvió hacia mí. Su mirada era serena, sobria y, gracias a Dios, carente de compasión.

—Te echas la culpa —dijo. No era una pregunta.

—¿A quién si no? —repliqué con aspereza.

—A ella, por ejemplo. La mayoría de los hombres estarían cabreadísimos en la misma situación.

—Yo no soy la mayoría de los hombres.

—No —dijo Marcus—. Tú eres el hombre que se está despedazando en lugar de enfadarse con la persona que le ha mentido.

No dije nada. Se me agarrotaron los dedos.

¿Estaba enfadado? Sí. En algún lugar, debajo de todo lo demás.

También con Scarlet, que me había mentido.

Pero sobre todo conmigo mismo, porque la había empujado a hacerlo.

Y con mi padre, que me había enseñado que los sentimientos eran una debilidad de una forma que había calado tan hondo que, treinta años después, yo seguía sin saber cómo decirle a otra persona lo que sentía.

—¿Sabes qué me enseñó mi padre? —pregunté—. Disciplina. Control. Trabajo. Dar resultados. Ni más ni menos. Esa era toda su idea de educar. No se hablaba de cómo se sentía uno. No se hablaba, punto. Había órdenes y expectativas y, si no las cumplías, había consecuencias.

Apoyé la cabeza en el reposacabezas y me quedé mirando el techo del coche.

—El listón siempre estaba exactamente un centímetro por encima de lo que acababa de conseguir. El mejor expediente, la mejor empresa, la mayor facturación... Nada consiguió cambiar jamás la expresión de su rostro. Ni una sola vez. Nada era lo bastante bueno. Nunca.

Tragué saliva. La palabra nunca sonaba muy definitiva cuando se pronunciaba en voz alta.

—Y ahora estoy aquí sentado, preguntándome si yo también soy así. Si acabaré siéndolo, en caso de que aún no lo sea. Si el hijo de Scarlet se plantará ante mí y encontrará en mi rostro la misma expresión vacía que yo busqué en el de mi padre.

Marcus guardó silencio durante un rato. No cogió otro cigarrillo y volvió a dirigir la mirada hacia el oscuro aparcamiento.

—¿Sabes qué es lo más absurdo? —preguntó. Su voz tenía una gravedad que rara vez le oía—. Mi padre y yo teníamos una buena relación.

Volví la cabeza hacia él.

—Una relación realmente buena —continuó Marcus—.

Estuvo presente en todos mis partidos, en todas las funciones del colegio y en todos los putos proyectos de la feria de ciencias.

Me enseñó a pescar, a escuchar a alguien sin intentar ofrecerle una solución de inmediato.

Era... —Marcus hizo una pausa—. Era todo lo que un padre debía ser.

—¿Qué ocurrió?

Marcus soltó una risa queda, pero no fue una risa alegre.

—La vida. Decisiones equivocadas. Ya sabes lo que ocurrió. Ya no soy el hijo que él había imaginado. O quizá él no siguió siendo el padre que había sido. No tengo ni idea. Sinceramente, no lo sé. Pero dejamos de hablar de las cosas importantes y después dejamos de hablar por completo.

Tamborileó el pulgar contra el volante.

—Ahora nos vemos en actos a los que estamos obligados a asistir. Aniversarios de empresa, funerales, bodas de otras personas. Él asiente y yo asiento. Hablamos del tiempo o del aperitivo y después cada uno vuelve a su rincón. —Me miró—. Hablamos, Ryder. Pero ya no decimos nada.

—No es una situación comparable.

—¿De verdad es tan distinta de la tuya? —Marcus se encogió de hombros—. Hay distintas formas de perder a un padre. Tú nunca tuviste al tuyo. Yo tuve al mío y, aun así, lo perdí. Y todavía no sé qué es peor.

El silencio se instaló entre nosotros. Pesado, pero no incómodo. La clase de silencio que solo existía entre personas que se conocían lo bastante como para soportarlo.

—Todos estamos rotos —dijo Marcus por fin—. Tú, yo, todos y cada uno de nosotros. Tíos rotos con sentimientos rotos. Consideramos las emociones defectos de fábrica y luego nos preguntamos por qué las personas de nuestra vida no confían en nosotros.

Asentí.

—Ojalá no fuera así, pero es totalmente cierto. Entonces, ¿no hay esperanza?

Marcus me miró.

—A lo que voy con todo esto es a que la genética no decide si vas a ser buen o mal padre. Depende de las decisiones que tomes. Hizo una breve pausa para dejarme pensar. —La cuestión es qué vas a hacer ahora.

¿Qué iba a hacer ahora?

—Quiero comprobar si de verdad mis sentimientos están demasiado rotos para mostrarlos —dije.

Marcus me miró. Alzó una ceja un milímetro, lo que en él equivalía a una clara petición de explicaciones.

Me incliné hacia delante e introduje una dirección en el navegador.

Marcus echó un vistazo a la pantalla. Después me miró. Otra vez aquella ceja.

—¿Ahora? —preguntó.

—Ahora.

Marcus arrancó el motor y metió la marcha sin hacer más preguntas.

El navegador calculó la ruta y Marcus se puso en marcha.

No tenía ni idea de si era una decisión sensata, pero sentía que era la correcta.