36. El café de máquina es un crimen contra la humanidad.
El café de máquina es un crimen contra la humanidad.
East River Medical Center, Upper East Side, esa misma noche.
La sala de espera de maternidad olía a desinfectante y a café pasado. No era una buena combinación.
Scarlet estaba sentada a mi lado, con el pingüino de la suerte en el regazo.
Había cogido el cojín del respaldo de una silla y se lo había colocado detrás de la cabeza, pero estaba despierta.
Completamente despierta. Sus dedos tamborileaban sobre el pingüino, como si tocara el piano sobre su barriga, y cada pocos segundos desviaba la mirada hacia el pasillo que conducía a los paritorios.
—¿Cuánto más va a tardar? —preguntó con impaciencia. Llevaba horas al borde de un ataque de nervios.
—Lo que tenga que tardar —respondí por centésima vez, más o menos.
—Eso no es una respuesta, Ryder. —Scarlet resopló por lo bajo.
—Es la única que tengo —repliqué encogiéndome de hombros.
—Pero llevamos horas aquí. ¿Y si algo va mal? Son gemelas. Hay el doble de cosas que pueden torcerse. ¿Y si surgen complicaciones? ¿Y si…?
—Scarlet. —La miré—. Todo está transcurriendo con normalidad. Si algo fuera mal, alguien habría venido a hablar con nosotros. Tyler está con ella. Los médicos están con ella. Todo va como tiene que ir.
—A lo mejor están demasiado ocupados para hablar con nosotros precisamente porque algo va mal —murmuró Scarlet mientras se llevaba una rodilla al pecho.
—Eso no funciona así.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque los hospitales están obligados a informar a los familiares si surgen complicaciones. Ningún médico deja a dos personas sentadas en una sala de espera sin decirles nada mientras algo sale mal ahí al lado. Tyler me habría avisado. Y Parsley habría insistido en que Tyler te avisara.
Scarlet se mordió el labio inferior.
—Vale. Vale, tienes razón. Pero aun así...
—¿Aun así qué?
—Aun así es horrible estar aquí sentada sin poder hacer nada. —Estrechó el pingüino con más fuerza—. Odio esperar. Se me da fatal.
—Ya me había dado cuenta, Cupcake.
Me lanzó una mirada que decía: «No es momento para sarcasmos».
Arqueé una ceja y ella puso los ojos en blanco. Después sonrió durante apenas un instante, solo un segundo, antes de que regresara la preocupación.
—¿Qué crees que estará haciendo Tyler ahora mismo? —preguntó.
—Cogerle la mano a Parsley.
—¿Crees que se la romperá? —Scarlet se miró la suya—. A mí casi me la ha aplastado. Y eso era cuando estaba dilatada de dos centímetros. Ahora seguro que ya va por nueve o diez.
—Sin duda —respondí.
Scarlet soltó una risita. Fue una risa breve y entrecortada, más cargada de nerviosismo que de humor, pero era mejor que el pánico que había visto en sus ojos cinco minutos antes.
Se removió en la silla y se llevó fugazmente una mano al vientre. Al darse cuenta, la apartó y buscó en su lugar el pendiente. Lo hizo girar entre los dedos. Izquierda, derecha, izquierda.
—Voy a por café —dije mientras me levantaba.
—¿De máquina?
—¿Hay alguna otra opción? —pregunté frunciendo el ceño.
—No, pero el café de máquina es un crimen contra la humanidad. —Scarlet resopló—. Para mí, un chocolate.
Fui hasta la máquina situada al fondo del pasillo. El aparato zumbó como si tuviera que armarse de valor y el café que salió era aguado y olía a quemado. El chocolate apenas era un poco mejor. Regresé con dos vasos.
Scarlet dio un sorbo. Hizo una mueca. Dio otro sorbo.
—Dios, es el peor chocolate que he probado en mi vida.
—Sí. —Alcé el café para brindar con ella—. Lo mismo digo del café.
—¿Por qué sigo bebiéndomelo?
—Porque es lo único que podemos controlar ahora mismo.
Me miró con expresión interrogante.
—¿Desde cuándo eres gracioso?
—No era gracioso. Era una observación.
—Eso lo hace aún más gracioso. —Dio otro sorbo y se recostó. El pingüino resbaló de su regazo, pero logró atraparlo antes de que tocara el suelo y sin derramar el chocolate.
—Buenos reflejos —dije, manteniendo el café en alto.
Nos quedamos allí sentados, bebiendo unas bebidas calientes espantosas y esperando.
Scarlet habló. De los baberos que aún quería coser, de recetas de cupcakes para bebés, de a partir de qué edad podían comer azúcar los niños y de si debía hacer caso omiso de ello.
Hablaba porque Scarlet era así. Cuando la tensión se volvía demasiado intensa, hablaba hasta volver a hacerse espacio para respirar.
Yo escuchaba. Porque yo era así.
La puerta situada al fondo del pasillo se abrió y Tyler salió corriendo. Llevaba la bata torcida y tenía los ojos rojos, húmedos y más grandes de lo que se los había visto nunca.
Scarlet y yo nos levantamos al mismo tiempo.
—Dos niñas —dijo Tyler—. La voz se le quebró en la segunda palabra. Dos niñas sanas. Annie y Maggie. Parsley está… Es increíble. Ella es…
No consiguió terminar la frase. En lugar de eso, se acercó a Scarlet y la abrazó, algo que la sorprendió tanto que dejó caer el pingüino de la suerte. Yo lo recogí.
—Dios mío —dijo Scarlet, que ya estaba llorando—. Dios mío, Tyler. ¡Dos niñas!
Tyler la soltó y se volvió hacia mí. Le tendí la mano, pero también me abrazó a mí, con fuerza y brevemente, y lo permití porque había momentos en los que uno permitía cosas que normalmente no permitiría.
—Gracias —dijo contra mi hombro—. Por conducir. Por esperar. Por todo.
—No tienes que darme las gracias —respondí—. Para eso está la familia.
—No tengo que hacerlo. Pero lo hago de todos modos. —Retrocedió y se secó los ojos.
—¿Cómo está Parsley? —preguntó Scarlet—. ¿Está bien?
Tyler asintió.
—Agotada, pero bien. Ha preguntado por ti.
—Bien. —Scarlet asintió con determinación, me agarró del brazo y tiró de mí—. Lo consideraré una invitación.
Tyler nos alcanzó y nos condujo al paritorio. La luz era tenue y, al fondo, se oía el suave zumbido de los monitores. Parsley estaba tumbada en la cama, agotada y radiante al mismo tiempo, con un bultito en cada brazo tan pequeño que apenas le llenaba el hueco del codo.
Scarlet fue directa hacia ella y le apretó la mano.
—Hola, mejor amiga —dijo en voz baja.
—Hola, mejor-amiga-y-madrina. —La voz de Parsley sonaba ronca—. ¿Quieres conocer a tus ahijadas?
Tyler cogió con cuidado uno de los bultitos de los brazos de Parsley y lo depositó en los de Scarlet. Ella acogió al bebé con tanta delicadeza como si fuera lo más frágil que hubiera sostenido jamás. Entonces bajó la mirada y su rostro cambió.
No era la expresión que ponía la gente al ver algo adorable. Era algo más profundo. Algo que sucedía detrás de sus ojos. Un cambio, como si alguien hubiera encendido en su interior algo cuya existencia desconocía.
Sus dedos acariciaron la diminuta mejilla del bebé. Con cuidado. Con más cuidado del que jamás le había visto al tocar nada, y eso que Scarlet trataba sus cupcakes como si fueran pajarillos.
—Esta es Annie —murmuró Tyler.
—Hola, Annie —susurró ella—. Soy tu madrina. Y te proporcionaré cupcakes en cuanto te salgan los dientes.
Annie emitió un sonido parecido a un maullido y Scarlet rio por lo bajo.
—Lo consideraré un sí.
Acunó suavemente a la niña, con los ojos brillantes, mientras tarareaba algo que yo no conocía. Quizá una canción italiana, algo que alguien le había enseñado cuando ella misma era pequeña.
Observé a Scarlet.
Observé cómo sostenía al bebé como si fuera lo más natural del mundo y cómo cambiaba toda su postura, volviéndose más dulce y abierta. Su sonrisa no tenía nada de su ironía habitual, ninguna barrera protectora.
Scarlet sería una buena madre.
El pensamiento apareció antes de que pudiera detenerlo. Claro y sereno, como un hecho que no necesitaba demostración. La forma en que sostenía al bebé. La forma en que le hablaba, en voz baja y con sinceridad. La forma en que lo estrechaba contra sí, instintiva y protectora.
Lo haría bien. A diferencia de…
Interrumpí el pensamiento.
Tyler se acercó y me dio un toque en el hombro. Señaló el pasillo con la cabeza y lo seguí.
Fuera, se apoyó contra la pared y soltó el aire en una exhalación larga y temblorosa. Por primera vez en horas, no parecía alguien al borde del derrumbe. Parecía alguien que acababa de llegar al otro lado.
—¿Sabes en qué he estado pensando durante estas últimas horas? —preguntó.
—En tu mujer y tus hijas.
—Sí. Y en que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. —Se frotó la cara—. He leído siete libros sobre el embarazo, Ryder. Y tres sobre gemelos. Y uno sobre alimentación durante el primer año de vida. Y ahora sostengo a mis hijas y pienso: No sé cómo se hace esto. Increíble, ¿verdad?
—Nadie lo sabe —respondí con calma.
—Tú sí lo sabrías —replicó Tyler.
Fruncí el ceño.
—No.
—Sí. Lo sabrías porque siempre lo sabes todo y, aunque no lo sepas, finges que sí y luego lo buscas en Google.
Estuve a punto de reírme.
—Eso no es lo mismo que saberlo.
Tyler me miró.
—¿Cuándo vas a averiguarlo?
—¿El qué?
—Si eres capaz de hacerlo. De ser padre.
Guardé silencio. Tyler tenía la costumbre de formular preguntas que consideraba casuales, pero que cortaban como escalpelos.
—No respondo preguntas hipotéticas.
—Esa es tu respuesta estándar para todo aquello de lo que no quieres hablar.
—Entonces está claro que funciona —gruñí.
Tyler asintió levemente. Eso era lo bueno de Tyler: sabía cuándo parar.
Nos quedamos allí de pie y, a través de la puerta, oí la voz de Scarlet, suave y cálida. Parsley rio por algo y una de las niñas volvió a emitir aquel sonido parecido a un maullido.
—Lo cambia todo —dijo Tyler—. Pensaba que la gente exageraba cuando lo decía, pero es verdad. Conozco a mis hijas desde hace diez minutos y haría cualquier cosa por ellas. Cualquier cosa.
Asentí.
Mi padre probablemente también se había sentido así.
Durante los primeros minutos. Pero luego había convertido ese sentimiento en un programa.
Un plan de entrenamiento. Un horario. Un código de conducta.
Disciplina a las cinco de la mañana. Corbata desde los seis años.
Nada de lágrimas, nada de excusas y nada de debilidad. Pero, sobre todo, nada de sentimientos.
Todo es por tu bien, Ryder.
Yo sabía lo que era que alguien quisiera hacerlo todo por su hijo y, aun así, lo hiciera todo mal.
Que el amor pareciera control y el control se sintiera como una jaula.
Sabía lo que era crecer en una casa donde todo tenía que ser perfecto.
Las notas, la postura, las respuestas. Una casa donde la perfección no significaba que fueras lo bastante bueno, sino que apenas alcanzabas el mínimo exigido.
No le deseaba eso a ningún niño.
Y no sabía si yo sería diferente. Ese era el problema. No se trataba de si quería serlo, sino de si podía. De si el hijo de Richard West era capaz de ser algo distinto a lo único que conocía.
—¿Sabes, Ty? —comencé, e hice una breve pausa—. No creo que tener hijos sea para mí. No quiero acabar como mi padre.
—Eso cambia, como muy tarde, cuando tienes a tu propio hijo en brazos —respondió Tyler, dándome una palmada en el hombro.
No respondí. Me limité a seguirlo de vuelta a la habitación.
Scarlet aún tenía en brazos a una de sus ahijadas, pero su mirada había cambiado. Cuando me miró, parecía más vulnerable. La sonrisa había desaparecido de sus labios.
Tyler cogió a la segunda niña de los brazos de Parsley y se volvió hacia mí.
—¿Quieres coger a Maggie?
Lo miré estupefacto.
—No.
—¿No? —Tyler, Parsley y Scarlet me miraron con idéntica conmoción. Pero yo tenía mis razones, y Tyler lo sabía.
—Parsley y las gemelas deberían descansar —dije con tono sereno y razonable.
Scarlet se aclaró la garganta.
—Probablemente tengas razón.
Vi lo mucho que le costaba devolverle el bebé a Parsley cuando volvió a depositarlo en sus brazos. También advertí cómo Scarlet intentaba evitar mi mirada. Le apretó una vez más la mano a Parsley y luego pasó de largo junto a mí.
—Vámonos, Ryder. —Su tono era frío y me pareció percibir un temblor.
¿Estaba enfadada? No, la pregunta sobraba y tenía que reformularla.
¿Por qué estaba enfadada conmigo?