37. —¡Porque te quiero,idiota!
—¡Porque te quiero,idiota!
El apartamento de Ryder, Central Park West, esa misma noche.
No había dicho una sola palabra durante todo el trayecto de vuelta.
No porque no tuviera nada que decir. Al contrario: en mi cabeza bramaba un huracán de categoría cinco compuesto de ira, decepción, hormonas y el ardiente deseo de aporrear a Ryder West con el pingüino de la suerte de Parsley hasta que entendiera por qué no se rechazaba a un bebé cuando te lo ofrecían.
No.
No, eso no era justo. Tenía sus motivos. Había oído su conversación con Tyler y me había destrozado por dentro.
Pero «no» seguía siendo la palabra equivocada. Cuando unos padres primerizos confiaban su hijo a otra persona, no se rechazaba. Era una muestra de confianza.
Me entraron náuseas, y esta vez no eran las hormonas.
Ryder conducía en silencio. Mantenía las manos inmóviles sobre el volante, a las diez y dos, preciso, controlado, y tenía la mandíbula tensa, lo que significaba que estaba pensando o irritado. Con Ryder era difícil distinguirlo. Probablemente ambas cosas.
Me quedé mirando por la ventanilla. Manhattan desfilaba ante mis ojos entre luces, sombras y escaparates, mientras yo pensaba en Mini-Russo, que crecía dentro de mí, y en el hombre sentado a mi lado, que apenas media hora antes le había dicho a su mejor amigo que los niños no eran lo suyo.
Los niños no son lo mío.
Tragué saliva. Porque los gemelos de Parsley por fin me habían librado del miedo a contarle a Ryder lo del embarazo. Porque ¿cómo era posible no querer algo tan adorable y maravilloso?
El apartamento estaba a oscuras cuando entramos. Ryder no encendió ninguna luz, salvo la lámpara de pie junto al sofá, y la estancia quedó sumida en una penumbra que normalmente resultaba acogedora, pero que esa noche parecía el escenario antes del tercer acto.
Dejé el bolso, me quité el abrigo y lo colgué en el perchero. Necesité tres intentos porque aún me temblaban demasiado las manos.
Ryder fue a la cocina y oí cómo sacaba un vaso del armario y desenroscaba el tapón de la botella de bourbon. Su ritual nocturno. El sonido del líquido al caer en un vaso.
Me quedé en el recibidor, apreté los puños y pensé: «No digas nada. Vete a la cama. Estás cansada, sensible, embarazada y con las hormonas disparadas, y te arrepentirás de todo lo que digas ahora».
Ryder salió de la cocina con el vaso en la mano y se detuvo frente a la ventana.
—Voy a salir a correr —dijo.
Me volví hacia él.
—Vas a salir a correr.
—Sí. —Asintió.
—Ahora. A las… —Miré el reloj que había sobre la chimenea—. Una y media de la madrugada.
—Sí. —Volvió a asentir.
—Claro que vas a salir a correr. —Crucé los brazos sobre el pecho y me apoyé en la pared—. Es la una y media de la madrugada, acabas de presenciar un parto y tu primer impulso es ponerte las zapatillas de correr.
Ryder bebió un sorbo de bourbon.
—Necesito que me dé el aire.
—También te da el aire si abres una ventana. —Recorrí la estancia con la mirada—. O si sales a uno de tus tres balcones.
—Prefiero correr —respondió Ryder con sequedad.
Durante los últimos días me había mordido la lengua.
Para ser sincera, me alegraba que Ryder ya no me echara en cara haber vomitado cuando salimos a correr juntos.
Y no por el esfuerzo, quede claro. Pero esa noche ya no podía contenerme.
Toda mi energía se me iba en no gritarle a Ryder y confesarle que estaba embarazada.
—Corres todos los días. Por la mañana. Por la noche. Cuando no puedes dormir. Cuando estás enfadado. Cuando no sientes nada. Cuando sientes demasiado. Corres y corres, y no dejo de preguntarme de qué huyes en realidad.
—Ya te lo he dicho. —La mirada de Ryder cambió. La mandíbula se le tensó todavía más—. No huyo de nada. Salgo a correr. Hay una diferencia.
—¿De verdad? —Me aparté de la pared y di un paso hacia él.
Me temblaba la voz y lo odiaba, porque temblar era una muestra de debilidad y yo no quería ser débil en aquel momento—.
Te estás destruyendo, Ryder. Cinco horas de sueño.
Entrenar en plena noche. Correr a temperaturas bajo cero.
Tu cuerpo no es una máquina, por mucho que te gustaría que lo fuera.
—Scarlet.
—Y te bebes tu bourbon y te dices que todo está bajo control porque no estás cansado y todo esto es completamente normal.
—Scarlet. —Su voz era fría. No alta, sino fría—. Esto no es asunto tuyo.
—¡Sí que lo es! —Alcé la voz más de lo que pretendía. Me temblaban las manos, así que apreté aún más los puños, y Mini-Russo dio una patada, como si dijera: «Relájate un poco, mamá, que aquí dentro se me está disparando el pulso»—. ¡Claro que es asunto mío!
—¿Por qué? —preguntó Ryder con calma, aunque yo veía que algo bullía bajo la superficie.
La palabra quedó suspendida en el aire. Suave, precisa y peligrosa.
Una sola palabra que exigía más de lo que yo estaba dispuesta a dar y que, aun así, salió de mí a borbotones, porque las hormonas, el cansancio y el miedo que llevaba horas oprimiéndome el pecho eran más fuertes que cualquier filtro que hubiese tenido en la vida.
—¡Porque te quiero, idiota!
A mi arrebato le siguió el silencio.
Un silencio absoluto, total y ensordecedor, tan atronador que podía oír los latidos de mi corazón. Y los de Ryder. Y también los de Mini-Russo, ya puestos.
Ryder me miró y no dijo nada.
Yo lo miré, incapaz de creer lo que acababa de salir de mi boca e incapaz, al mismo tiempo, de creer que hubiera tardado tanto.
—Te quiero —repetí. Esta vez más bajo y sin ira—. Te quiero, y sé que eso no formaba parte del acuerdo, y también sé que tú no quieres esto.
—No deberías. —La voz de Ryder sonaba áspera y la máscara tras la que ocultaba sus verdaderas emociones se volvió más impenetrable. Como si alguien hubiera apagado sus sentimientos.
—Demasiado tarde. —Me sequé las lágrimas de los ojos.
Aunque últimamente siempre había lágrimas de por medio—.
Es demasiado tarde, Ryder. Lo es desde hace una eternidad.
Quizá desde que empezaste a besarme como me besas.
Tal vez desde que comenzaste a comerte mis cupcakes aunque odies los dulces.
Quizá desde que empezaste a hablar con mi familia como si también fuera la tuya.
No sé cuándo ocurrió. Pero ocurrió y no puedo cambiarlo.
Ryder permanecía inmóvil. El vaso de bourbon no se movía en su mano. Nada en él se movía.
Exhalé y dejé caer los hombros.
—Di algo —susurré, porque no soportaba el silencio.
No dijo nada.
—Ryder, por favor. Di cualquier cosa. Dime que estoy loca. Dime que esto es un contrato y nada más. Dime que no me…
—¿Por qué nunca llamaste?
Parpadeé.
—¿Qué?
—Después de aquella noche. En la boda de Jaxon. —Dejó el vaso sobre la cómoda. Los músculos de la mandíbula se le contrajeron—. ¿Por qué nunca llamaste?
Lo miré fijamente.
—¿Que por qué no llamé? No tenía tu número.
—Sí tenías mi número —respondió Ryder con sequedad.
—No, no lo tenía. —Negué con la cabeza. ¡Porque, en un universo paralelo en el que hubiera tenido el número de Ryder, lo habría llamado antes incluso de que se levantara de la cama en la que habíamos tenido nuestra aventura de una noche!
—Te lo escribí en una servilleta y la dejé junto a tu cama —explicó Ryder.
El mundo se inclinó unos instantes. No fue uno de esos mareos de tres segundos que sufría unas quince veces al día. Esto era peor, monumental. Sentí como si alguien me arrancara el suelo bajo los pies.
—Tú hiciste… ¿qué?
—Una servilleta. Junto a tu mesilla. Mi número y... —Se interrumpió cuando descifró mi expresión. Se le tensó la mandíbula—. No la viste.
—No. —Me pasé ambas manos por el pelo—. No, no la vi porque a la mañana siguiente derramé Coca-Cola sobre la mesilla y cogí la servilleta para limpiarla. Después la tiré sin mirarla porque estaba demasiado ocupada intentando salvar mi móvil del charco de Coca-Cola.
Ryder me miró fijamente.
—Limpiaste la Coca-Cola con mi número —dijo, y no era una pregunta.
—Limpié la Coca-Cola con tu número —confirmé, y sonaba tan absurdo que no sabía si reír o llorar—. Y yo escribí mi número en el espejo del baño. Con aquel pintalabios que tanto te gustaba. Pero ya te habías ido cuando salí del baño…
Los ojos de Ryder cambiaron. Sus iris se oscurecieron y vi algo destellar en ellos, algo que solía mantener bajo control.
—A ver, ¿quién se levanta y sale de su habitación de hotel sin echar siquiera un vistazo rápido a su reflejo?
—Alguien que teme quedarse si espera demasiado.
El pecho se me oprimió, porque aquel hombre acababa de decir lo más vulnerable que le había oído jamás y lo había hecho como si estuviera dando una cotización bursátil.
—Tenías miedo de quedarte —repetí.
Ryder no respondió. Me miró y entonces caminó hacia mí.
Sin previo aviso, sin sopesarlo todo de aquella forma tan controlada, atravesó la estancia, me sujetó el rostro entre las manos y me besó.
Me besó como si llevara meses esperando, prohibiéndose hacerlo, y ahora la prohibición se hubiese levantado y todo lo que ocultaba debajo hubiera irrumpido de golpe.
Gemí contra sus labios, duros y suaves al mismo tiempo sobre los míos, mientras su pulgar me acariciaba la mejilla. Sabía a bourbon y a algo que era puro Ryder.
Mis manos se aferraron a su camisa porque me fallaron las rodillas y necesitaba algo a lo que agarrarme.
Se apartó de mí un segundo. Apoyó la frente en la mía, respirando de forma irregular, y sus ojos estaban tan oscuros que las motas doradas casi habían desaparecido.
—La servilleta —murmuró con voz ronca—. Me pasé semanas pensando en aquella servilleta.
—Yo me pasé semanas pensando en el pintalabios —susurré—. Y en si debería haber dibujado también un corazón. No es que hubiera cambiado nada de tu marcha. Pero decidí no ponerlo porque no quería parecer desesperada.
—Podrías haber parecido desesperada —replicó con una sonrisa.
—Pero no quería.