35. Ser madrina suena a responsabilidad.Cuenta conmigo. #2
—Todo está perfecto. Ven. —Me condujo hasta el pasillo, que lucía aún más adornos navideños que el salón: una guirnalda de luces alrededor del espejo, una ramita de muérdago sobre la puerta del baño que, por lo visto, alguien había olvidado y una corona de ramas de abeto que olía a bosque y a invierno.
Parsley se apoyó contra la pared y se colocó las manos sobre la barriga. Vi que uno de los gemelos se movía porque la tela del vestido palpitaba ligeramente.
—Vale —dijo—. Quería decirte esto en privado. Sin los demás.
—Me estás asustando —murmuré.
—Es algo bueno —respondió Parsley.
—Eso es lo que dice siempre la gente antes de contar algo malo —repliqué con un tono todavía más seco.
—Scarlet. —Parsley me lanzó una mirada de reproche.
—Perdona. ¿Cuáles son las buenas noticias?
Parsley respiró hondo.
—Eres mi mejor amiga. Eso ya lo sabes.
—Sí. —Asentí.
—Y eres mi socia. Eso también lo sabes.
—Sí. —Volví a asentir.
—Y, a partir de hoy, también eres otra cosa. Bueno, suponiendo que quieras. —Parsley me miró expectante.
—¡Suéltalo ya o acabaré explotando de curiosidad! —dije, obligándome a no hablar tan alto que los demás pudieran oírnos.
—Quiero —dijo Parsley con un leve temblor en la voz— que seas la madrina de mis hijos.
El mundo se volvió borroso durante un instante.
No fue por las lágrimas. Sin duda eran lágrimas, pero había algo más. Era la sensación de que alguien me confiaba algo más grande que la amistad, más grande que los negocios y más grande que cualquier cosa que yo creyera merecer.
—Ay, Parsley.
—Eres la única persona que conozco que siempre ha estado a mi lado. Eres mi mejor amiga y la mejor persona que conozco. Mis hijos tendrían suerte si fueran siquiera un uno por ciento como tú.
Entonces me eché a llorar. Nada de sollozos delicados ni elegantes. Nada de una única lágrima dramática deslizándose de forma pintoresca por mi mejilla. Lloré de verdad, con mocos, hipo y todo lo demás.
—Sí —dije con la voz hecha un desastre—. Ser madrina suena a responsabilidad. ¡Claro que cuenta conmigo!
Parsley me estrechó entre sus brazos, lo que, debido a su barriga, significó que permanecimos más bien una al lado de la otra, pero fue el mejor abrazo de mi vida.
La abracé con fuerza y Mini-Russo dio una patada, como si él o ella también quisiera participar.
En lo más profundo de mi ser, me prometí contarle pronto la verdad a Parsley y pedirle lo mismo que ella acababa de pedirme.
No hoy, porque aquel era su día. Pero, cuando nacieran sus gemelos, se calmara el revuelo y las hormonas del embarazo por partida doble dejaran de atormentarla, tendría que confesarle la verdad de una vez.
Bajo los efectos de aquellas hormonas, Parsley guardaba los secretos más o menos igual de bien que un colador.
El problema de Ryder seguía existiendo, y yo era sencillamente incapaz de contárselo.
Quizá Parsley pudiera darme algún consejo. Más adelante.
—Estás llorando más que yo —dijo Parsley mientras se secaba los ojos.
—Tú tienes las hormonas como excusa. Yo solo soy emocionalmente inestable —repliqué con mi estilo habitual.
—Eres perfecta. —Parsley me apretó la mano y después respiró hondo—. Vale, ahora fingiremos que no acabamos de sufrir una crisis emocional.
—¿Una crisis? —Parpadeé entre sollozos—. ¿Qué crisis?
—Esa es la actitud. —Parsley se secó los ojos con las palmas.
Unos cuantos ejercicios de respiración y un paquete de clínex después, regresamos al salón. Parsley volvió a sentarse en el sofá mientras yo me acercaba tranquilamente al bufé.
La fiesta había entrado en esa fase en la que todos estaban llenos y satisfechos y las conversaciones se volvían más tranquilas y cálidas.
Penelope estaba sentada con Juniper en el sofá y ambas se reían de algo que veían en el móvil de Juniper.
Songbird y Parsley estaban sentadas juntas, y Songbird tenía una mano sobre su barriga, esperando una patada.
Tyler estaba sentado a su lado, sosteniendo la mano de Parsley, y trazaba círculos con el pulgar sobre su dorso.
Los hombres del rincón se habían relajado de verdad. Alexander y Jaxon hablaban en voz baja de algo que parecía relacionado con los negocios. Dominic le enseñaba a Ryder algo en el móvil y Ryder asentía, pero vi que su mirada se desviaba hacia mí una y otra vez.
Cuanto más miraba, más calor hacía en la estancia. Tenía la sensación de que la calefacción funcionaba a toda potencia. Por supuesto, solo era cuestión de tiempo que también empezara a sufrir sofocos hormonales.
Mini-Russo se empeñaba en hacerme experimentar hasta el último síntoma del embarazo.
Me ardían las mejillas. Me ardía la nuca. Me ardía todo. Me abaniqué con la mano, pero no sirvió de nada. Así que salí al balcón.
La puerta se abrió con suavidad y el frío de diciembre me golpeó como un regalo. Cerré los ojos e inspiré lenta y profundamente.
Sobre los tejados, el cielo resplandecía con ese azul oscuro que adquiría en las ciudades al anochecer, y las ventanas de los edificios cercanos brillaban en tonos amarillos y anaranjados. Desde el interior me llegaban las notas apagadas de «Have Yourself a Merry Little Christmas».
Apoyé las manos en la barandilla y dejé que el frío se filtrara a través de mis dedos. Mi pulso se calmó y el calor de mis mejillas disminuyó.
La puerta del balcón volvió a abrirse detrás de mí.
No tuve que volverme para saber quién era. Los pasos de Ryder tenían un ritmo que habría reconocido hasta dormida.
Se colocó a mi lado y no dijo nada.
Un segundo. Dos. Tres.
—¿Todo bien? —preguntó entonces.
Asentí.
—Sí. Todo bien.
—Has llorado.
—Sí. —Asentí y fingí que ponerse a llorar sin más era lo más normal del mundo—. Parsley me ha preguntado si quiero ser la madrina de los gemelos.
Silencio. Después emitió un leve sonido que casi parecía una risa, pero no del todo.
—¿Y?
—Y he dicho que sí. Evidentemente. ¿Qué otra cosa iba a responder? «No, gracias, ya estoy en lista de espera para ser madrina de otro ahijado».
La comisura de los labios de Ryder se estremeció.
—Enhorabuena.
—Gracias. —Me sequé los ojos, aunque ya no quedaban lágrimas. Por costumbre.
Ryder se quitó la chaqueta.
—Toma.
—No. —Negué con la cabeza y levanté una mano—. Tengo calor. En serio. He salido precisamente porque tenía demasiado calor.
Se detuvo con la chaqueta suspendida a medias. Su mirada recorrió mi rostro. Mis mejillas enrojecidas. El cuello abierto de mi camisa. El hecho de que estuviera en un balcón en diciembre y no tuviera frío.
Se colocó despacio la chaqueta sobre el brazo.
Volví a mirar hacia la ciudad, me apoyé en la barandilla y bostecé.
El bostezo surgió de la nada, tan profundo y prolongado que me crujió la mandíbula.
—¿Cansada? —preguntó Ryder.
—Sí. —Me froté los ojos—. Estas fiestas parecen una maratón.
—Últimamente estás cansada muy a menudo, Scarlet.
Su tono había cambiado. No demasiado, pero sí lo suficiente para que yo lo notara. Ya no era despreocupado. Ya no era una charla trivial. Había algo debajo. Algo atento y serio.
Mi corazón se aceleró.
—Siempre estoy cansada después de las fiestas. Pregunta a cualquier Russo, es genético. Lo damos todo en Navidad y después necesitamos una semana para recuperarnos. El año pasado dormí trece horas el veintiséis de diciembre. Seguidas.
Ryder me observó. Su mirada era serena, pero no vacía. Algo se movía detrás de sus ojos y pude ver que buscaba las palabras adecuadas.
Recé para que no las encontrara.
Abrió la boca y supe que pretendía decir algo que yo no quería oír.
Entonces se oyó un grito. Parsley.
El grito procedía del salón, agudo, estridente y tan fuerte que Ryder y yo nos sobresaltamos al mismo tiempo. Me puse en movimiento de inmediato, abrí de golpe la puerta del balcón y corrí al interior.
Parsley estaba en medio del salón, con ambas manos sobre la barriga, y bajo sus pies se extendía un charco sobre el suelo de parqué.
—¿Tyler? —preguntó Parsley—. ¿Recuerdas cuando dije que sin duda te enterarías cuando rompiera aguas? ¿Y que medio Manhattan se enteraría de que había roto aguas? Ha ocurrido. —Su voz tembló ligeramente.
Tyler, visiblemente alterado, miró a Parsley.
—La bolsa. ¿Dónde está la bolsa del hospital?
—En el dormitorio —respondió Parsley mientras se balanceaba de un lado a otro—. Junto al armario. El de la derecha.
—¿A la izquierda o a la derecha de la cama?
—¡A la derecha del armario, Tyler! ¡Solo hay un armario!
Tyler desapareció en el dormitorio. Se oyó un estrépito.
Tomé la mano de Parsley e intenté tranquilizarla.
—Inspira hondo y espira despacio.
—¡Estoy respirando! —dijo Parsley—. Llevo nueve meses respirando, sigo respirando ahora y… ¡Ay!
Parsley me apretó la mano. Con mucha fuerza. Me crujieron los dedos, pero no dije nada, porque a una mujer con un embarazo avanzado y en pleno parto no se le decía que te estaba triturando la mano.
Tyler salió corriendo del dormitorio con una bolsa de viaje rosa en una mano y un peluche en la otra.
—¿Por qué llevas un pingüino? —pregunté.
—¡Es el pingüino de la suerte de Parsley! ¡Tiene que venir!
—Tiene razón, debe venir —confirmó Parsley entre dos respiraciones—. Fue el regalo de Navidad que me hizo Tyler.
—Conduzco yo —dijo Tyler mientras cogía las llaves.
—No. —La voz de Ryder sonó serena. Ni alta ni cortante, pero sí tan firme que Tyler se detuvo en mitad del movimiento—. Tú no vas a conducir. Estás demasiado alterado. Conduzco yo.
Tyler abrió la boca, pero Parsley fue más rápida.
—Tiene razón, Ty —dijo, torciendo el gesto cuando llegó la siguiente contracción—. Tú no conduces. No así.
Era evidente que le costaba aceptarlo, pero asintió.
—Mi coche está justo delante de la entrada —dijo Ryder—. Daos prisa.