35. Ser madrina suena a responsabilidad.Cuenta conmigo.
Ser madrina suena a responsabilidad.Cuenta conmigo.
El apartamento de Parsley y Tyler, Upper West Side, poco después de Navidad.
El apartamento de Parsley parecía el resultado de mezclar una sección entera de artículos para bebés en tonos pastel con la decoración navideña de Central Park y volcarlo todo allí dentro.
Por cierto, yo tampoco sabía aún qué sexo tendría Mini-Russo, porque se negaba a colaborar en las revisiones.
Junto a la mesa había un árbol de Navidad.
Estaba decorado con bolas doradas, guirnaldas de luces blancas y una estrella en la punta que se inclinaba ligeramente porque rozaba el techo.
El árbol había empezado a perder algunas agujas, pero seguía siendo precioso y olía de maravilla.
En la repisa de la chimenea aún colgaban los calcetines navideños, cuatro en total: dos grandes y dos diminutos con signos de interrogación bordados, porque todavía no habían decidido los nombres de los gemelos.
Olía a canela, a agujas de pino y a chocolate fundido.
Olía a Navidad y me encantaba.
—Estás mirando fijamente —dijo Parsley, porque yo no apartaba la vista del árbol.
—Lo estoy admirando —la corregí mientras dejaba mis tres cajas de pasteles sobre la isla de la cocina—. No es lo mismo. Mirar fijamente es de mala educación; admirar es un cumplido.
Parsley estaba junto a la nevera intentando sacar una bandeja de sándwiches, algo que, con aquella barriga, constituía toda una proeza logística. Estaba de nueve meses. Embarazada de gemelos. Su barriga era tan enorme que merecía tener código postal propio.
—Deja que lo haga yo —dije, colocándome entre ella y la nevera.
—Puedo sacar una bandeja de la nevera, Scar.
—También puedes hacer esas posturas de yoga tan disparatadas en las que te colocas un pie detrás de la oreja, pero eso no significa que debas hacerlas ahora mismo. —Dejé la bandeja sobre la encimera—. Siéntate. Eres la invitada de honor.
—Es mi fiesta del bebé. En mi apartamento. Soy la anfitriona. No puedo mandar a mis invitados de un lado para otro.
—Eres la anfitriona de un evento dedicado exclusivamente a ti y a tu barriga gigantesca. Eso te convierte automáticamente en la invitada de honor —insistí—. Así que. Sién. Ta. Te.
Parsley puso los ojos en blanco, pero se sentó. Lo hizo con dificultad, dejando escapar un leve gemido que intentó reprimir y sosteniéndose la barriga con ambas manos, como si tuviera que sujetarla.
—¿Qué tal tu Navidad? —preguntó.
Abrí las cajas y empecé a colocar los cupcakes en un expositor de varios pisos.
Cada uno estaba decorado con un motivo infantil: diminutos patucos de fondant, chupetes, sonajeros y estrellitas, todo en verde menta, crema y ese tono concreto de amarillo que decía: «No sabemos qué será, pero estamos entusiasmados».
—Nuestra Navidad fue… —Busqué la palabra adecuada—. Intensa.
—¿Intensa en el buen sentido o intensa al estilo Russo?
—¿Acaso hay alguna diferencia? —Coloqué en el centro del expositor un cupcake con un biberón de fondant—. Intensa al estilo Russo. Pasamos Nochebuena con mi familia, y ya sabes cómo son los Russo durante las fiestas.
—Tengo una ligera idea —respondió Parsley con una sonrisa.
—Pues multiplícala por cuatro hermanos muy emocionales, una nonna que empieza a cocinar a las tres de la tarde y no para hasta medianoche, un padre que trata su asado como si fuera otro de sus hijos y una madre que decidió que este año cantaríamos villancicos todos juntos, aunque ninguno de mis hermanos sea capaz de afinar una sola nota.
Parsley sonrió.
—Suena maravilloso.
—Suena agotador y lo es. Quiero decir que sí, también es maravilloso, pero, sobre todo, agotador.
—Me froté la sien—. La Navidad con los Russo es un deporte de resistencia.
Matteo montó un karaoke y todos cantaron «Last Christmas» tantas veces que ahora sufro estrés postraumático cada vez que oigo a George Michael.
—Lo dije en tono lastimero, aunque tuve que contener una sonrisa.
—¿Y Ryder? —preguntó Parsley con inocencia. Intentó aparentar indiferencia, pero vi que se moría de ganas de saber más acerca de nuestra relación.
—Ryder sobrevivió. Por los pelos. —Torví el gesto—. Teniendo en cuenta que su Navidad consiste en fingir que la Navidad no existe, después de las celebraciones de los Russo debió de quedarse al borde del agotamiento.
Parsley se echó a reír y yo saqué de una de las cajas más galletas decoradas con motivos de bebé hechos con glaseado. Chupetes, biberones y calcetines.
Sonó el timbre y, durante los veinte minutos siguientes, el apartamento se fue llenando de invitados. Todo el grupo de póquer de Ryder se había reunido allí, y todos lucían una expresión más propia del cierre de un trato comercial que de una fiesta del bebé.
Pero nosotras, las mujeres, nos encargábamos del buen humor.
Parsley también había invitado a Juniper y Songbird, lo cual me alegraba, porque quedábamos muchísimo menos de lo que me habría gustado.
Aunque, con estilos de vida tan distintos, he de reconocer que era difícil encontrar una hora que nos viniera bien a todas para tomar un café.
Los hombres se habían retirado instintivamente a un rincón del salón. Sus expresiones oscilaban entre la curiosidad y el pánico absoluto, porque solo era cuestión de tiempo que tuvieran que organizar fiestas como aquella.
¿Y Ryder? Ryder estaba junto a Tyler, hablando en voz baja, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
No llevaba chaqueta, solo una camisa blanca con las mangas remangadas.
Parecía encajar en cualquier sitio menos en una fiesta del bebé.
Entonces levantó la mirada, sus ojos se encontraron con los míos y la comisura de sus labios se estremeció.
Apenas resultó perceptible, pero yo lo vi.
Aparté la mirada antes de que alguien pudiera verme sonreír.
—¡Muy bien! —exclamó Parsley, dando unas palmadas—. ¡Es hora de abrir los regalos!
Parsley se había encajado en un sillón enorme acolchado con cojines, y Tyler le fue llevando los regalos uno por uno.
El primer paquete era de Juniper y Alexander: un juego de dos mantitas de bebé de un blanco delicado y tan suaves que Parsley hundió el rostro en ellas y emitió un sonido a medio camino entre un suspiro y un ronroneo.
—Dios mío —dijo Parsley—. Esto no es tela, es una nube.
—Cachemira con tejido triple —dijo Juniper con los ojos brillantes—. Créeme, encontrarlas fue toda una odisea. La lana procede de un pequeño taller de Mongolia. Es ética, sostenible, hipoalergénica y tan suave que no debes meterla en la lavadora bajo ningún concepto.
—¿Y cómo la lavo?
—¿Con una lavadora especial para cachemira, si es que existe algo así?
—Vale, pues la añadiré a mi lista de deseos. —Parsley se rio y dejó las mantas a un lado, aunque sus dedos volvían a acariciarlas una y otra vez, como si fuera incapaz de soltarlas.
El siguiente paquete era un carrito para gemelos de Penelope y Dominic que parecía menos un cochecito y más un proyecto de ingeniería. Contaba con un mecanismo de suspensión especial que, según Dominic, se había desarrollado en realidad para vehículos todoterreno.
Después llegaron los juguetes de madera tallados a mano de Songbird y Jaxon, y Parsley levantó y admiró cada uno de ellos. Eran animalitos: un oso, un conejo, un zorro, un caballo y un búho.
—Los ha tallado a mano un artista de Vermont y los ha pintado con pinturas naturales y no tóxicas —dijo Songbird—. Cada pieza es única.
—Son perfectos —dijo Parsley con los ojos brillantes—. Todo es perfecto y ahora no voy a llorar.
—Ya estás llorando —señalé.
—¡No! —Parsley se secó la mejilla—. Son las hormonas. Eso no cuenta.
Entonces llegó el turno de mi regalo. Había cosido dos cupcakes de tela, blanditos y mullidos, perfectos para que los niños se acurrucaran con ellos sin peligro: uno verde menta y otro amarillo vainilla.
También había dos baberos con unas palabras escritas en letra cursiva: «Gemelo 1: El Ruidoso» y «Gemelo 2: El Hambriento».
—¿Cómo sabes cuál es cuál? —preguntó Tyler desde el rincón de los hombres.
—Pura estadística —respondí—. En toda pareja de gemelos hay uno ruidoso y otro hambriento. Y no creo que nadie se dé cuenta si alguna vez intercambiáis los baberos.
Parsley sonrió y se apretó uno de los cupcakes de tela contra la mejilla.
—Son muy suaves. ¿Los has hecho tú?
—Sí. —Asentí—. Con la ayuda de Nonna y… —Estuve a punto de decir que Brando Bertani me había dado la tela. Pero entonces Ryder querría saber por qué había vuelto a la boutique—. …y con mucha más paciencia de la que deberían requerir dos pastelitos tan pequeños.
—Scarlet, son perfectos. —Parsley levantó ambos cupcakes—. Mis hijos dormirán con ellos. Todos los días. Hasta que cumplan dieciocho años.
—Entonces habré hecho bien mi trabajo.
Me mordí la lengua porque estuve a punto de soltar que ya tenía ideas para un tercer peluche, uno pequeño, destinado a otra persona, y aquel era un pensamiento que debía existir exclusivamente dentro de mi cabeza y jamás delante de un público.
Parsley me observó un instante más de la cuenta.
Después, al parecer, decidió pasarlo por alto y centró su atención en los regalos siguientes, hasta que todos estuvieron abiertos y fuimos acercándonos al bufé.
Además de las delicias de Celestial Cakes, había sándwiches, quiche, ensalada de pasta y fruta.
Las luces navideñas del árbol proyectaban sombras cálidas sobre el salón, y fuera ya había anochecido.
El ambiente era cálido, ruidoso, caótico y absolutamente maravilloso.
De pie junto al bufé, contemplé la estancia y sentí aquella punzada en el pecho. No la mala. La otra, la que aparecía cuando algo era tan hermoso que casi dolía. Entonces una mano se posó en mi brazo.
—Ven conmigo un momento —dijo Parsley en voz baja.
La miré.
—¿Va todo bien?