Burning for my Boss (Los multimillonarios de Nueva York nº 17) 33. Todo es un cumplido si se tiene la actitud adecuada.
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33. Todo es un cumplido si se tiene la actitud adecuada.

Todo es un cumplido si se tiene la actitud adecuada.

La boutique de Brando Bertani, Little Italy, unos días después.

Tenía tres problemas.

Problema número uno: mi cuerpo estaba cambiando.

No de manera dramática ni evidente, pero sí lo suficiente para que la cremallera de mi vestido favorito se hubiera declarado en huelga aquella mañana como un sindicalista el Primero de Mayo.

No había habido forma de cerrarla, por mucho que hubiera metido barriga y soltado maldiciones entre dientes.

Y sí, había probado a tumbarme. Y a dar saltitos.

Y había tenido una crisis de llanto de intensidad moderada.

No había sido mi momento de mayor orgullo.

Problema número dos: tenía una lista cada vez más larga de síntomas que Ryder catalogaba como un científico tras la pista de una nueva enfermedad. Y el momento estelar de la semana: mi espectacular desplome detrás de un contenedor de basura en Manhattan a las tres de la madrugada.

Desde entonces, Ryder me miraba como si estuviera muriéndome de alguna enfermedad tropical rara. Pero tampoco podía decirle: «Oye, no me estoy muriendo, solo estoy embarazada. ¡Sorpresa!»

No así ni ahora. Antes tenía que llegar el momento perfecto.

Fuera cual fuese ese momento perfecto —no tenía ni idea—, pensaba decírselo después de que Ryder cerrara su acuerdo empresarial.

Porque, si había algo que sabía con absoluta certeza, era que el momento mágico no podía tener lugar a las tres de la madrugada detrás de un contenedor de basura.

Necesitaba una tapadera mejor. Urgentemente. Algo que explicara por qué me estaban pasando todas aquellas cosas tan raras.

¿Quizá intolerancia a la lactosa? No, Ryder me había visto comerme una tarrina entera de helado el día anterior.

¿Intolerancia al gluten? Anteayer me había zampado tres cruasanes.

¿Estrés? Sí. El estrés estaba bien. El estrés era universal.

Podía explicarlo todo, desde las náuseas hasta los arrebatos emocionales al ver cachorritos en los anuncios.

El estrés era mi nuevo mejor amigo. Incluso me inventaría toda una historia de fondo si era necesario.

Estrés por la boda, estrés por la nueva vida, estrés por el hecho de que mi marido me mirase como un médico que acababa de diagnosticarme una enfermedad incurable cuando, en realidad, yo estaba pasando por lo más normal del mundo.

Solo que en secreto.

Pronto, pensé. Se lo diría pronto, cuando llegase el momento adecuado. Cuando sintiera que era el momento. Cuando encontrara unas palabras que no sonaran como si le estuviera arrojando una bomba al regazo.

Pero ese era un problema para la Scarlet del futuro. La Scarlet del presente tenía que resolver el problema número tres.

Y el problema número tres se encontraba justo delante de mí: una bolsa de viaje llena de vestidos de noche y ropa de diario que ya no me quedaba bien o que también empezaría a darme problemas en un futuro cercano.

Por eso me encontraba en la boutique de Brando Bertani, en Little Italy, con una bolsa llena de ropa en una mano y un táper en la otra.

Intentaba parecer encantadora mientras por dentro sentía unas ligeras náuseas, porque la boutique olía a tela recién vaporizada y, por lo visto, mi estómago había decidido que, a partir de aquel momento, ese olor pasaba a engrosar la lista de aromas prohibidos.

Genial. Fantástico. La lista no solo se alargaba, sino que además se volvía cada vez más absurda.

Brando alzó la mirada por encima de sus gafas de lectura mientras estaba inclinado sobre un retal y me observó con ojo crítico.

—Scarlet Russo... Ah, no, ahora eres una West —dijo mientras una sonrisa se extendía por su rostro—. ¿A qué debo el honor?

—Brando —dije, dedicándole mi mejor sonrisa—. Estás fantástico. ¿Te has hecho algo en el pelo? Hoy te brilla con un tono plateado muy especial. Muy al estilo George Clooney.

—Adulación —sentenció Brando—. Así que quieres algo.

—Forma parte de mi encanto —respondí con una sonrisa.

—Algunos llamarían pesadez a esa clase de encanto.

—Y otros se lo tomarían como un cumplido —repliqué.

La expresión de Brando se volvió más seria.

—No era un cumplido.

—Todo es un cumplido si se tiene la actitud adecuada.

Entonces Brando se echó a reír.

—Venga, desembucha. ¿Por qué estás aquí?

Subí la bolsa de viaje llena de ropa a su mesa y extendí las prendas. Cinco vestidos de noche, tres vestidos de cóctel y una selección de mis mejores prendas de diario, que dejarían de servirme en los meses siguientes.

—Quiero que me arregles todo esto —dije.

Brando examinó los vestidos. Después me examinó a mí. Su mirada descendió de mi cara a mis hombros, luego a mi cintura y a mi vientre, para regresar finalmente a mi rostro. Vi cómo ataba cabos, como si las piezas de un puzle encajaran ante sus ojos.

—Arreglarlos —repitió.

—Sí. —Asentí.

—¿Hacerlos más cortos? —Brando arqueó una ceja al ver los escotes, algunos muy pronunciados.

Negué con la cabeza.

—Más grandes.

—¿Por qué? —La mirada de Brando volvió a ir de los vestidos a mí.

—Porque... —Necesitaba una buena respuesta. Una respuesta convincente. Una respuesta que no tuviera nada que ver con el hecho de que en mi interior estaba creciendo una personita que, por lo visto, opinaba que mis órganos debían hacerle sitio.

—Porque la vida de multimillonaria empieza a pasarme factura —dije, agitando una mano con dramatismo—. Todas esas galas, cenas y menús de treinta y cinco platos... Ya sabes. Una engorda, es inevitable. Física. Termodinámica. Superávit calórico. Sabes de qué hablo.

Estaba parloteando, como hacía siempre que me ponía nerviosa. Pero difícilmente podía decirle que necesitaba que agrandara mi ropa para que Ryder no advirtiera que ciertas proporciones estaban cambiando de manera radical.

Brando me miró. Después volvió a observar mi vientre y no dijo nada.

Sin embargo, su mirada lo decía todo. Era la mirada de un hombre que llevaba treinta años tomando las medidas de cuerpos femeninos y sabía perfectamente qué aspecto tenía el aumento de peso provocado por un exceso de pasta y cuál tenía el causado por otra cosa.

Pero Brando Bertani era un caballero y un profesional, y ambas cosas implicaban que jamás decía nada que sus clientas no hubieran dicho primero.

—Entiendo —dijo con tono neutro—. Las cenas.

—Exacto. Las cenas.

—Por supuesto. —Hubo una pausa. La comisura de la boca de Brando se movió apenas.

—Sin embargo —prosiguió mientras acariciaba el primer vestido, un vestido de noche rojo oscuro con un pronunciado escote en la espalda—, ahora mismo estoy muy ocupado.

Tengo tres bodas, un estreno de cine y una mujer que afirma necesitar un vestido nuevo para cada día de la semana y lleva cuatro semanas diciéndolo.

—Brando, por favor.

—Yo hago alta costura, Scarlet. Conoces mi reputación. No soy famoso por... la ropa premamá. —Hizo una pausa—. Quería decir que no hago arreglos para cenas. Todos mis vestidos son diseños iniciales que luego ya no se modifican.

Ignoré el lapsus, o el no lapsus. Lo que fuera. Mi cara de póquer estaba en plena forma aquel día y no pensaba echarla a perder con ninguna reacción.

—Brando, por favor. Eres el único a quien le confiaría algo así. Con cualquier otro sastre, los arreglos se notarían. Sobre todo porque ni siquiera tienen telas tan caras. —Hice un gesto vago que abarcó los rollos de tela de la estancia.

Brando me miró. Yo miré a Brando. Fue un duelo de miradas que duró unos ocho segundos, hasta que jugué mi baza ganadora.

Dejé el táper sobre la mesa.

—¿Qué es eso? —preguntó Brando, aunque su mirada revelaba que ya lo sabía.

—El tiramisú de Nonna —dije—. Recién hecho esta mañana. Especialmente para ti.

La expresión de Brando cambió. Fue algo sutil: un leve enternecimiento alrededor de los ojos, una inspiración apenas perceptible, como si alguien hubiera encendido cerca de él una vela que olía a su infancia.

Brando abrió el recipiente y ambos inhalamos el aroma del cacao. A Mini-Russo le gustaba el cacao tanto como a mí.

—De donde ha salido esto hay mucho más... si sabes a qué me refiero —dije con aire conspirador mientras le acercaba una cucharilla.

Probó un bocado y pareció haber alcanzado la iluminación.

—Tu Nonna —dijo, sacudiendo la cabeza—, es una mujer peligrosa.

—Ella diría lo mismo de ti si te conociera.

—Porque es verdad. —Cerró el recipiente, aunque no sin antes inhalar profundamente una vez más—. De acuerdo. Lo haré. Pero espero recibir una remuneración adecuada.

Asentí.

—Si te encanta el tiramisú de Nonna, adorarás sus cannoli.

—No espero menos —dijo mientras cogía el primer vestido de la mesa. Lo sostuvo en alto y examinó el corte, las costuras y la caída del tejido—. ¿Cuántas cenas quedan?

—La temporada de cenas todavía durará bastante —respondí, mordiéndome el labio—. Tres meses más, quizá cuatro.

Brando asintió.

—Entendido. Los cortaré con holgura.

—Gracias, Brando.

—Dale las gracias a tu Nonna. Normalmente soy insobornable.

—Apartó el vestido y cogió el siguiente.

Después sacó la cinta métrica e hizo un gesto para indicarme que levantara los brazos.

Obedecí y me rodeó primero la cintura con la cinta, luego las caderas y, por último, el pecho.

Sus cejas se alzaron quizá un milímetro.

Después apuntó unas cifras en una hoja sin pronunciarlas en voz alta, algo que le agradecí enormemente.

—Dentro de una semana debería tenerlo todo arreglado —dijo mientras continuaba escribiendo—, y entonces veremos para cuántas cenas aguanta.

Asentí.

—Espero que aguante bastante tiempo.

Estaba a punto de marcharme cuando Brando volvió a carraspear.

—¿Y Scarlet?

—¿Sí?

—Dile a tu Nonna que te prepare más pasta. En esas cenas nadie come lo suficiente. —Mientras hablaba, Brando mantuvo la mirada fija en mi vientre durante un largo y elocuente instante.

El corazón se me encogió porque sabía que aquella era su forma de preocuparse sin traspasar ningún límite.

Confeccionaba vestidos para estrellas de Hollywood y trajes a medida para multimillonarios y, aun así, conseguía mantener los pies en la tierra hasta el punto de que bastaba un buen tiramisú para sobornarlo.

—Lo haré —respondí con firmeza.

Brando asintió una sola vez, brevemente, y después volvió a concentrarse por completo en sus telas.

El alivio me inundó porque los problemas uno y tres prácticamente se habían esfumado.

Ahora solo tenía que averiguar cómo explicarle a Ryder que no me estaba muriendo, sino que simplemente estaba embarazada.