32. Ocho millas no son suficientes.
Ocho millas no son suficientes.
Apartamento de Ryder, Manhattan, en ese mismo instante.
—Voy a salir a correr. Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensar en ellas. Aun así, era un hecho. No una invitación, ni una explicación y mucho menos algo sujeto a debate. Necesitaba aire.
Joder, necesitaba sentir el frío sobre la piel y poner distancia entre la mujer que un minuto antes había estado entre mis brazos y yo, la mujer cuyo sabor aún tenía en los labios.
Había perdido el control, y no precisamente un poco.
«Di que entre nosotros no hay solo un papel». ¿Acaso había perdido la cabeza?
Desde luego, Scarlet me miraba como si la hubiera perdido. Así que no debía de andar muy lejos de la verdad.
—Vas a salir a correr —repitió—. Ahora. A las tres de la mañana. Después de lo que acabamos de... —Hizo un gesto impreciso hacia la isla de la cocina—. Ya sabes.
—Sí —asentí.
—Ryder, ya has corrido ocho millas antes de esto. A oscuras. A tres grados.
—No he completado todo el recorrido —repliqué.
—Porque has vuelto a mitad para... —empezó, pero la interrumpí.
—Scarlet.
—Solo lo digo. —Se cruzó de brazos—. La mayoría de los hombres se quedan dormidos después, ¿pero tú quieres correr una maratón?
—No es una maratón —la corregí, aunque podría haberme ahorrado el comentario. Ya habíamos mantenido esa discusión cien veces. Cien veces había afirmado Scarlet que yo corría una maratón y cien veces la había corregido.
—Sea una maratón o no, no es un comportamiento normal.
Era verdad. Nada de lo que estaba haciendo era normal.
Ni salir a correr, ni la hora ni el hecho de que estuviera huyendo de Scarlet mientras su olor aún se aferraba a mi piel.
Pero no podía acostarme junto a ella. No con aquella sensación en el pecho que se negaba a tener nombre y que se hacía más fuerte con cada minuto que pasaba a su lado.
Le había preguntado si lo que había entre nosotros era real.
Dos veces.
Y Scarlet había respondido que sí lo era. Su confirmación debería haberme tranquilizado, pero, en lugar de eso, había agudizado el pánico incipiente, porque que fuera «real» significaba que dolería cuando terminara.
Y precisamente por eso tenía que largarme de allí. Alejarme de ella y de la sensación de que nos habíamos metido de cabeza en algo de lo que ya no podríamos salir.
Y yo no sabía cómo afrontar un dolor que no me hubiera causado a mí mismo.
Así que corría como un loco.
—Vale —dijo Scarlet.
Yo ya estaba en el recibidor poniéndome la chaqueta de entretiempo.
—¿Vale qué?
—Vale, voy contigo —contestó Scarlet con total sequedad.
Me detuve.
—No.
—Sí.
—Scarlet, no vas a venir conmigo —gruñí.
—¿Por qué no? —preguntó.
Porque eres el maldito motivo por el que salgo a correr.
Scarlet me miró de una forma que dejaba claro que aquella discusión no acabaría a mi favor.
—Siempre dices que corres a un ritmo moderado. Yo también puedo correr a un ritmo moderado.
—Corro a un ritmo moderado para mí. Para ti es...
—¿Qué? ¿Demasiado? ¿Demasiado agotador? ¿Demasiado rápido? Me fulminó con la mirada.
—Todo eso.
—No soy de cristal, Ryder —protestó Scarlet.
—Yo no he dicho eso —respondí con más calma de la que sentía.
—Lo has dado a entender. Se te nota en la cara. —Se cruzó de brazos sobre el pecho—. Dame dos minutos.
—Scarlet.
Pero ya había desaparecido en el dormitorio, y la oí abrir y cerrar cajones mientras yo seguía en el recibidor, con una zapatilla puesta y la otra en la mano, sabiendo que había perdido.
Cuando quería, podía ser absolutamente exasperante.
Volvió dos minutos después. Llevaba unos leggings que, evidentemente, jamás se había puesto para hacer deporte, porque todavía tenían la etiqueta colgando por detrás, una sudadera que probablemente también era mía y unas zapatillas aptas para cualquier cosa salvo para correr.
—Lista —dijo radiante.
Le arranqué la etiqueta de los leggings.
—Nunca te los habías puesto.
—Nunca había surgido la ocasión. Los compré de oferta porque el estampado era bonito. Y ahora corre antes de que cambie de idea, porque mi pereza acaba de empezar a enumerar las razones por las que la cama es una opción mejor.
—La cama es una opción mejor —repliqué con cinismo.
—No. Vamos a correr. En marcha.
Salimos a la calle.
El frío golpeó a Scarlet como una pared. Lo vi en la forma en que se estremeció, se rodeó el cuerpo con los brazos y empezó de inmediato a dar pasos en el sitio.
—Tres grados —masculló—. Has dicho tres grados. Esto no parece que esté a tres grados. Parece Siberia. ¿Por qué Manhattan parece Siberia?
—Porque llevas una sudadera en lugar de una chaqueta para correr —gruñí.
—No tengo ninguna chaqueta para correr porque soy una persona normal que no sale a correr por las calles en pleno invierno.
—Podemos volver.
—No. —Alzó la barbilla. Enderezó los hombros, levantó la cabeza y me dirigió una mirada que decía que preferiría morir congelada antes que reconocer que yo tenía razón—. Corre.
—Bien —refunfuñé mientras me quitaba la chaqueta y se la tendía—. Pero antes ponte esto.
Scarlet cogió la chaqueta y echamos a correr. Yo iba despacio a propósito, mucho más despacio que a mi ritmo habitual, y tenía la sensación de estar avanzando a través de la miel.
Scarlet trotaba a mi lado intentando ocultar que se estaba cansando.
—Dios, Ryder, corres como si estuvieras huyendo de un oso —consiguió decir.
—Si nos persiguiera un oso, podrías ahorrarte el esfuerzo. Nos alcanzaría. Al menos, al más lento de los dos. Una sonrisa tiró de la comisura de mis labios.
—Qué motivador, Ryder —replicó Scarlet.
Reduje aún más el ritmo. Scarlet respiraba más deprisa que yo, pero no se quedaba atrás. Tenía las mejillas rojas y su aliento formaba nubes blancas en el aire. Parecía a punto de soltar una queja en toda regla sobre la existencia del deporte en general.
—¿Cuánto vamos a correr? —preguntó al cabo de tres manzanas.
—Hasta donde puedas —respondí.
—Eso no es una respuesta —replicó, mirándome con aire desafiante.
—Es la única que tengo.
—Te diré hasta dónde puedo llegar: en cuanto vea uno de esos Doughnut Dreams que están apareciendo como setas, me paro. Ese es mi límite. Doughnut Dreams es la meta.
Me tembló la comisura de los labios.
—Son las tres de la mañana. No hay ningún restaurante abierto.
—Entonces supongo que correremos hasta el amanecer o hasta que me muera. Lo que ocurra primero.
Seguimos corriendo.
Scarlet hablaba mientras corría porque estaba nerviosa.
Hablaba del frío, de que ninguna persona normal estaría voluntariamente en la calle a aquellas horas, de por qué las zapatillas para correr tenían que ser tan feas y de Gerald, el bastón con forma de águila bizca que, según ella, era el accesorio perfecto para las escapadas nocturnas a correr.
De verdad que odiaba aquel bastón espantoso.
Pero seguí escuchándola. Siempre lo hacía, aunque fingiera lo contrario.
La voz de Scarlet era como un ruido de fondo que mi cerebro necesitaba para calmarse.
Un murmullo al que me había acostumbrado tanto que necesitaba correr durante horas para librarme de él.
Solo que ahora ya no era posible, porque el ruido de fondo me perseguía.
Miré a Scarlet de reojo y calculé cuántas millas más podría aguantar. Su respiración se había vuelto más corta, pero no de forma alarmante. Había dejado de frotarse los brazos por el frío y se negaba a acortar las zancadas.
¿Conocía su límite? Probablemente sí. ¿Lo sobrepasaría de todos modos? Sin duda.
Scarlet preferiría desplomarse antes que mostrar debilidad, así que tenía que asegurarme de que no se excediera.
Volví a reducir el ritmo.
—Podemos hacer una pausa —propuse unas manzanas más adelante.
—¡No! —Scarlet negó con la cabeza sin mirarme—. Quien hace una pausa se rinde, y quien se rinde es un perdedor. Yo no soy una perdedora.
—Hacer una pausa no es rendirse —respondí.
—Es el primer paso para rendirse. Después viene sentarse, luego llamar a un taxi y, al final, acabo en el sofá comiendo rollos de canela. No. Seguimos corriendo —replicó Scarlet con obstinación.
Scarlet aceleró y se puso a correr a toda velocidad. Entonces, poco antes de llegar a un puesto de perritos calientes, redujo de pronto el ritmo.
Era uno de esos puestos que nunca cerraban en Nueva York y que probablemente llevaba treinta años en el mismo sitio.
El aroma de los perritos calientes llegó hasta mí y, de la nada, Scarlet se detuvo.
En seco. En mitad de una zancada. Frenó tan de repente que avancé tres pasos más antes de darme cuenta de que ya no estaba a mi lado. Me volví.
Scarlet estaba de pie en la acera, con una mano tapándose la boca y la otra sobre el vientre. Había perdido todo el color del rostro. No estaba pálida, sino blanca. Tan blanca que distinguía el pulso en su cuello, rápido y débil.
—¿Scarlet?
Negó una vez con la cabeza. Después sufrió una arcada.
—¡Scarlet!
Me puse a su lado de inmediato. Una mano en su espalda y la otra en su brazo. Se zafó de mí, se volvió y apenas consiguió llegar detrás de una papelera antes de vomitar.
Le sujeté el pelo. No hubo discusión ni le pregunté si quería que lo hiciera. Reuní sus rizos negros en mi puño y los mantuve apartados mientras le rodeaba la cintura con el otro brazo, porque le temblaban las rodillas y no estaba seguro de que pudiera mantenerse en pie.
Volvió a vomitar. Después, una tercera vez.
Luego se apoyó contra mí, temblando, con la frente empapada de sudor y fría.
—Joder —dije. Mi voz sonó más áspera de lo que quería—. Esto ha sido demasiado.
—No pasa nada —respondió Scarlet en voz baja.
—No está bien. No debería haberte dejado venir. Ha sido demasiado para ti.
Yo era demasiado para ella...
La culpa recorrió mis venas, caliente y corrosiva, y se extendió por mi estómago, por mi pecho y por todas partes.
Había permitido que Scarlet viniera pese a saber que sería demasiado. ¿Y por qué? Porque nunca podía decirle «no» a Scarlet. Y ahora estaba allí, a las tres de la mañana, vomitando detrás de una papelera porque yo la había llevado al límite.
—Estoy bien —murmuró Scarlet. Tenía la voz débil y quebradiza, y no sonaba bien en absoluto.
—No estás bien.
—Me encuentro bien. Solo ha sido... el olor. —Hizo un gesto impreciso hacia el puesto de perritos calientes—. El olor de los perritos ha sido demasiado.
Volvió a sufrir una arcada, pero esa vez no salió nada. Se dejó caer con más peso contra mí, yo la sujeté con más fuerza y algo se contrajo tanto en mi pecho que dolió.
—Nos vamos a casa —dije.
—Puedo andar —protestó Scarlet débilmente.
—No —gruñí.
—Ryder, puedo... —empezó, pero entonces la levanté en brazos.
Scarlet protestó. Dijo que podía andar, que aquello era ridículo y que la gente nos miraría. No respondí. No había nadie, eran las tres de la mañana y, aunque hubiera habido alguien, no me habría importado.
Pesaba poco. Demasiado poco para alguien que, aunque comía de forma irregular desde hacía semanas, subsistía principalmente a base de rollos de canela y galletas rellenas de turrón. Añadí aquella observación al resto de datos que había recopilado.
Nada de alcohol. Nada de café. Y nada con un sabor fuerte, como el pescado.
Mareos. Cansancio. Y ahora esto. Vomitar detrás de una papelera a causa del esfuerzo. Cuando apenas habíamos corrido dos millas. Por correr dos millas no vomita nadie.
¿Qué demonios le pasaba a Scarlet? ¿Me ocultaba alguna enfermedad? Scarlet era joven; no podía estar cogiendo gripes o teniendo malestar estomacal cada dos por tres. Pero cada vez que sacaba el tema, se cerraba en banda y yo lo dejaba pasar. Así que esa noche ni siquiera lo mencioné.
En algún momento, Scarlet dejó de protestar y apoyó la cabeza en mi hombro. Su respiración volvió a ser superficial y regular, y yo no sabía si estaba agotada o si confiaba en mí, y ambas posibilidades me destrozaban.
Paré un taxi libre y fuimos en él el resto del camino a casa. No protestó cuando volví a llevarla en brazos y la dejé con cuidado delante de la puerta del apartamento.
Mantuve las manos en su cintura hasta asegurarme de que podía permanecer en pie.
Scarlet me miró. Seguía pálida, pero me pareció que había recuperado algo de color.
—Nunca volverás a salir a correr conmigo —dije—. ¿Entendida?
Scarlet guardó silencio un instante. Después asintió despacio.
—Vale —dijo en voz baja—. Pero tú tampoco.
No respondí.
Me miró con una expresión firme e inflexible, y comprendí lo que quería decir. No: «No hagas deporte». Sino: «Deja de huir de ti mismo».
Y lo que en realidad quería decirme era: «Deja de huir de mí».
No respondí. Me limité a abrir la puerta en silencio.