Burning for my Boss (Los multimillonarios de Nueva York nº 17) 30. Es una maldición familiar.
66%

30. Es una maldición familiar.

Es una maldición familiar.

Restaurante La Luna, Brooklyn, unas semanas después, Día de Acción de Gracias.

Habían pasado cuatro semanas desde la subasta y mi teléfono no había dejado de sonar.

No era ese timbre agradable y esporádico al que estaba acostumbrada en Celestial Cakes, donde cada pocos días alguien encargaba una tarta de cumpleaños e Ivy y yo escuchábamos nuestros pódcast favoritos entre pedido y pedido.

No. Este teléfono empezaba a sonar a las seis de la mañana y no paraba hasta medianoche, y, entre llamada y llamada, recibía correos electrónicos de personas cuyos apellidos conocía por la revista Forbes.

—Señora West, la vimos en la subasta benéfica.

—Mi hija se casa en marzo...

—Scarlet, querida, Harrison Pierce me ha dado su número. Necesito una tarta de seis pisos...

—Hola, soy la asistente de...

Seis pisos. ¡Seis pisos! Dos meses atrás apenas sabía cómo iba a llegar a fin de mes y ahora alguien quería una tarta de seis pisos para una fiesta de compromiso en los Hamptons que probablemente costaba más de lo que valía mi vida.

Ivy había empezado a llevar un registro de las solicitudes en una pizarra blanca. Había creado varias categorías: «Realistas», «Ambiciosas» y «¿Se han vuelto locos?». La última era la más larga.

Desde la subasta, desde que Ryder había pagado cien mil dólares por mi tarta y la prensa lo había publicado en todas las columnas de cotilleos desde Manhattan hasta Montauk, Celestial Cakes había dejado de ser la pequeña tienda de Brooklyn con cupcakes de colores y un letrero torcido sobre la puerta.

De repente, Celestial Cakes era el lugar de moda.

La pastelería cuyas tartas compraban los multimillonarios.

Y yo era la pastelera que se había casado con Ryder West.

Odiaba que las cosas funcionaran así. Odiaba que no fuera mi arte lo que convencía a la gente, sino una etiqueta con cinco ceros y el apellido de mi marido.

Aun así, aceptaba todos los encargos que podía porque tal vez la gente viniera por el nombre de Ryder, pero se quedaría por mis tartas.

Y así era.

La tarta de boda para la hija de alguien que jugaba al golf con alguien me había procurado otros tres encargos.

La tarta de cumpleaños de una influencer había conseguido más de dos millones de visualizaciones en Instagram.

Ivy se había autoproclamado responsable de redes sociales y publicaba fotos de todas las tartas que salían de la tienda, acompañadas de hashtags que yo no entendía ni sabía por qué funcionaban.

Celestial Cakes, mi proyecto más querido, prosperaba.

Y La Luna también prosperaba porque Ryder había pagado los doscientos mil dólares sin pestañear, como si fueran calderilla; bueno, para él sí lo eran.

Papá había saldado las deudas y reformado la cocina, y Nonna se había operado de la cadera y ahora recorría el restaurante como si tuviera piernas nuevas, cosa que, en cierto modo, era verdad.

Todo iba bien. Demasiado bien.

Y eso era precisamente lo que me ponía nerviosa. La última vez que todo me había parecido perfecto, había tenido un test de embarazo en la mano.

Aparté aquel pensamiento y me concentré en el aquí y el ahora.

La Luna parecía otro restaurante.

La cocina relucía, las paredes estaban recién pintadas y habían reparado el suelo. Nonna casi bailaba por el local con su nueva cadera, como si se hubiera quitado cuarenta años de encima.

La mesa de la sala principal estaba preparada para toda la familia, y era Acción de Gracias, y en casa de los Russo Acción de Gracias significaba pavo, caos y guarniciones suficientes para alimentar a medio Brooklyn.

El pavo ocupaba el centro de la mesa, dorado, brillante y tan grande que merecía tener su propio código postal. A su lado había boniatos con nubes de azúcar, salsa de arándanos, judías verdes con almendras laminadas, maíz y panecillos de maíz.

Y pasta.

Una fuente de rigatoni alla Nonna tan grande que se podía nadar en ella, porque ninguna celebración de los Russo estaba completa sin pasta. Nonna perseguía con una cuchara de madera a cualquiera que afirmase lo contrario.

Unos años atrás, papá se había atrevido a sugerir una alternativa, y Nonna lo había mirado como si hubiese propuesto vender a los niños.

Matteo y Dante sacaban la mesa de comedor familiar del almacén porque las normales no eran lo bastante grandes.

Luca lo grababa todo con el móvil porque Luca lo grababa todo, incluido el momento en que Dante se dio un golpe en el dedo del pie y soltó una maldición que hizo que Nonna se santiguara tres veces.

Tony estaba apoyado en la barra, debatiendo a gritos sobre las implicaciones económicas de Acción de Gracias, como hacía todos los años mientras los demás trabajaban.

—¿Sabéis una cosa? —dijo Tony—. En el fondo, Acción de Gracias es una fiesta de la cosecha reconvertida por el capitalismo e instrumentalizada por la industria alimentaria para maximizar el consumo de pavo.

—Tony —dijo Dante sin levantar la vista—, cierra el pico y ayúdame con la mesa.

—Ya aporto mi granito de arena. Me encargo del debate intelectual —respondió.

—Tú no aportas nada. Estás ahí plantado, hablando —replicó Matteo.

—Hablar es una aportación. La comunicación es la base de toda sociedad funcional —se justificó Tony.

—O echas una mano ahora o friegas los platos después —dijo papá desde la cocina, con ese tono sereno pero absolutamente definitivo que no admitía discusión. Tony suspiró de forma teatral, dejó la cerveza y ayudó.

—¿Dónde está Ryder? —preguntó Nonna mientras miraba alrededor, como si esperase encontrarlo detrás de un mantel.

—Trabajando —respondí—. Vendrá más tarde.

—¿Más tarde? —Nonna golpeó la encimera con la cuchara de madera—. ¡El Día de Acción de Gracias! ¿Quién trabaja el Día de Acción de Gracias?

—La gente que dirige empresas, Nonna —repliqué.

—Tu padre dirige un restaurante y está aquí.

—Técnicamente, estamos en el restaurante donde trabaja, y hoy no está trabajando porque el Día de Acción de Gracias ya tenemos bastante trabajo con la comida familiar —la corregí.

Nonna me miró como si hubiese cometido una blasfemia. Ahí terminó la discusión.

Me senté a la mesa entre mamá y la silla vacía que había reservado para Ryder.

Me dolía la espalda, pero de esa forma agradable que indicaba que llevaba demasiado tiempo de pie, y mi barriga —mi barriga plana, casi invisible y obstinadamente oculta— gruñó en voz baja.

No sabía si era hambre o Mini-Russo, que se volvía hacia el aroma del pavo como un girasol hacia la luz.

Calma, Mini-Russo. Vamos a comer enseguida.

Papá trinchó el pavo con solemnidad y fue comentando cada corte.

—¿Veis esto? La carne se desprende del hueso. Las catorce horas han merecido la pena.

Me serví rigatoni en el plato.

—Scarlet. —Mamá estaba sentada a mi lado, observándome—. Pareces cansada, tesoro.

—No lo estoy —mentí.

Me dirigió esa mirada que solo dominan las madres. La que decía que había detectado la mentira, que la aceptaba y, al mismo tiempo, la archivaba para utilizarla contra mí en algún momento.

—¿Estás comiendo bien? —preguntó.

—Ahora mismo estoy comiendo pavo, rigatoni y boniatos a la vez. Estoy comiendo de maravilla.

Mamá sonrió, pero sus ojos continuaron examinándome.

—Me recuerdas a mí, ¿sabes? Cuando tenía tu edad.

Mi corazón dio un pequeño brinco.

—¿Qué quieres decir? —pregunté con cautela, como si estuviera asomándome a una esquina tras la cual podía acechar un tigre.

—Tienes las mismas ojeras y la misma mirada cansada y, al mismo tiempo, tan...

llena de vida. —Mamá se recostó y sonrió con nostalgia—.

Cuando estaba embarazada de tus hermanos, en el segundo mes ya tenía una barriga como si me hubiese tragado una sandía.

Con los cuatro. Matteo, Luca, Tony y Dante.

Unas barrigas enormes desde muy pronto y unas ojeras casi igual de grandes.

Pero no tuve ningún otro síntoma. Ni náuseas ni mareos, nada.

Mastiqué mi rigatoni muy, muy despacio.

—Pero contigo... —Mamá negó con la cabeza—.

Contigo estuve casi completamente delgada hasta el octavo mes.

Tu padre no me creyó cuando le dije que estaba embarazada porque no se me notaba nada.

Pero, a cambio, tuve unas náuseas interminables.

Mareos, cansancio, de todo. Durante meses. En realidad, hasta el parto.

Se me secó la boca. Cogí mi vaso de agua y bebí.

—Interesante —murmuré, y mi voz no sonó ni de lejos tan despreocupada como pretendía.

—A mí me pasó lo mismo —intervino Nonna desde el otro lado de la mesa.

Nonna tenía oído de murciélago, lo que constituía un superpoder muy injusto para una mujer que afirmaba oír mal cuando le pedías que bajara el volumen del televisor—.

Con mis hijos, una barriga enorme. ¿Con mis hijas?

Nada. Plana como una tabla hasta poco antes del parto.

Pero, a cambio, me pasaba todo el día inclinada sobre el váter.

—Una maldición familiar —dijo mamá con una sonrisa.

—No, una bendición familiar —la corrigió Nonna—. Si puedes ocultar la barriga, puedes trabajar hasta el último mes sin que todo el mundo opine al respecto.

Mi mano se desplazó hasta mi vientre.

No lo hice de forma intencionada ni consciente. Sencillamente, acabó allí, sobre la apenas visible curva bajo mi jersey, y permaneció así hasta que la aparté de golpe y alargué la mano hacia la salsa de arándanos antes de que alguien se fijara.

¿También habremos heredado la maldición familiar, Mini-Russo?

En cada ecografía, Mini-Russo se había girado de forma que el médico no pudiera distinguir el sexo. Tal vez pudieran verlo dentro de unas semanas. Tal vez no. Mini-Russo ya era testarudo, y yo sabía perfectamente de quién lo había heredado.

De los dos.

Dante se inclinó sobre la mesa para pescar otra loncha de pavo.

—Bueno, ¿hacemos apuestas sobre cuándo aparecerá el marido de Scarlet?

—¡Dante! —protesté, a punto de justificar que Ryder estaba muy ocupado.

—Veinte dólares a que ni siquiera aparece —replicó Luca.