Burning for my Boss (Los multimillonarios de Nueva York nº 17) 29. Amigo invisible de trastos paramultimillonarios. #2
65%

29. Amigo invisible de trastos paramultimillonarios. #2

Su rodilla rozó la mía bajo la mesa. No sabía si lo había hecho a propósito, pero mi cuerpo reaccionó como si fuera una invitación.

—¿Qué has patrocinado tú? —preguntó Scarlet.

—Una hora de asesoramiento gratuito.

—¿Hablas en serio? —Scarlet enarcó las cejas.

—Sí. —Asentí—. Tengo la agenda muy apretada y mis exigencias son altas. Hay millonarios que me cederían todas sus posesiones por una hora de consultoría. —No era una exageración.

—Desde luego, no escondes tu ego —murmuró Scarlet con una sonrisa. Después volvió la mirada hacia el escenario.

—Lote siete —anunció el subastador—. Un bastón del siglo XIX tallado a mano, con un pomo de plata grabado e incrustado. Puja inicial: mil dólares.

El bastón era lo más feo que había visto en mi vida.

El pomo tenía forma de cabeza de águila, pero de un águila que parecía haber atravesado una crisis y perdido su dignidad durante el proceso.

Los ojos eran de cristal verde y estaban ligeramente torcidos, y el pico era tan grande que el ave entera parecía estar sufriendo una reacción alérgica.

Scarlet se irguió en su asiento y sus ojos empezaron a brillar.

—No —dije con sequedad al intuir lo que pretendía.

—No he dicho nada —replicó con voz aguda.

—Pero lo has pensado.

—¡Mil! —gritó Scarlet, levantando la mano antes de que pudiera impedírselo.

Cerré los ojos.

—Scarlet.

—Es perfecto. —Se inclinó hacia delante y contempló el bastón con el entusiasmo de una mujer que acababa de descubrir la octava maravilla del mundo—. ¿Has visto sus ojos? Es bizca. El águila es bizca, Ryder. Eso es arte.

—Es un bastón —repliqué con sequedad.

—Es un águila bizca encima de un bastón. Algo así no se encuentra todos los días.

—Por buenos motivos. —Me masajeé el puente de la nariz con los dedos.

—Mil doscientos —dijo alguien detrás de nosotros.

—¡Mil quinientos! —La mano de Scarlet salió disparada hacia arriba, y su rostro estaba tan vivo, tan absurdamente entusiasmado, que tuve que mirarla. Ella me devolvió la mirada con una sonrisa amplia y descarada y una chispa en los ojos, y olvidé que el bastón me parecía feo.

—Mil quinientos dólares de la señora West. —El subastador sonrió—. ¿Alguna oferta más?

El silencio se extendió por la sala y Scarlet se removió en la silla.

—Adjudicado.

Scarlet se volvió hacia mí con una sonrisa tan amplia que pude verle las muelas.

—Tengo un bastón con un águila bizca.

—Te has gastado mil quinientos dólares en un bastón con un águila bizca.

—Y no me arrepiento de nada —replicó.

—Cuesta creer que uses mi tarjeta de crédito para algo así —murmuré. Scarlet no se había gastado ni un solo centavo desde que se había mudado conmigo.

—Dijiste que no había límite. —Se encogió de hombros y sus ojos centellearon. No pude evitar que se me alzara una comisura.

—¿Dónde piensas ponerlo?

—En el recibidor, junto a la cómoda. —Lo dijo como si fuera lo más natural del mundo. Como si mi apartamento, mi recibidor, fueran nuestros. No sabía si se había dado cuenta, pero yo sí, y algo dentro de mi pecho reaccionó.

Scarlet ladeó la cabeza, pensativa, cuando uno de los ayudantes nos llevó el bastón y esperó a cambio un cheque conformado.

—Lo llamaré Gerald.

—Vas a ponerle nombre a ese bastón.

—Gerald. Tiene cara de Gerald, ¿no te parece? —Lo sostuvo junto a mi cara y nos comparó. No sabía si aquella comparación pretendía halagarme a mí o al águila—. Tienes la misma frente.

—No tengo la misma frente que un águila bizca.

—Sí. Esa frente de «soy-demasiado-importante-para-este-evento» ligeramente irritada. Idéntica.

Sonrió y noté que se me alzaba una comisura aunque no quisiera.

Pero Scarlet tenía esa peculiaridad que hacía que todo resultara más fácil.

Cogía una sala llena de multimillonarios y lotes caros y la convertía en una escena cuyo momento estelar era un bastón espantoso.

Y lo hacía con una facilidad que me dejaba atónito, porque nada en mi vida había sido fácil jamás.

La observé mientras anunciaban los siguientes lotes.

Un cuadro que parecía el resultado de que alguien hubiera arrojado tres cubos de pintura contra una pared.

Una cena con un chef televisivo. Una semana en un yate por el Caribe.

Scarlet comentaba cada lote en voz baja, solo para mí, y sus observaciones eran tan mordaces y certeras que tenía que contenerme para no reír.

La rodilla de Scarlet presionó con más fuerza la mía. A propósito, esta vez. Ella no apartó los ojos y yo tampoco. La tensión entre nosotros se volvió tan densa que habría podido tocarla, y ninguno hizo nada por remediarlo.

—Me estás mirando —dijo en voz baja.

—Un hombre puede mirar a su esposa —respondí. Mi voz se había vuelto más grave sin que yo lo pretendiera.

Scarlet tragó saliva. Se le veía el pulso en el cuello, rápido y fuerte, y tuve que obligarme a volver la mirada hacia el escenario, porque la alternativa era arrancarle la ropa ante cientos de invitados.

El subastador pasó al siguiente objeto.

—Lote trece. Una tarta red velvet de tres pisos, elaborada artesanalmente por Scarlet West, propietaria de Celestial Cakes en Brooklyn y esposa recién casada de Ryder West. —Un murmullo recorrió la sala y el subastador tuvo que esperar a que se apagara—.

Cuarenta y ocho rosas de fondant hechas a mano, hojas de oro comestible y decoración de glaseado. Puja inicial: quinientos dólares.

Scarlet se quedó callada a mi lado.

—¡Mil! —gritó alguien desde la cuarta fila.

—¡Mil quinientos!

—Dos mil.

Los ojos de Scarlet se agrandaron con cada puja. A los tres mil, me agarró del brazo y apretó; a los cuatro mil, susurró:

—Cuatro mil dólares. Por una tarta, Ryder.

—Cinco mil —dije.

Scarlet se volvió hacia mí.

—¿Qué estás haciendo?

—Comprar mi tarta.

—No, pretendes comprar mi tarta. ¿Por qué?

—Cinco mil dólares del señor West —dijo el subastador.

—¡Seis mil! —La mujer de la tercera fila levantó la mano.

Levanté la mía.

—Siete.

—¡Ryder! —El susurro de Scarlet era ahora mitad pánico, mitad otra cosa a la que no quería poner nombre—. No puedes limitarte a...

—Puedo hacer lo que me dé la gana —respondí con sequedad.

Scarlet soltó una exclamación ahogada.

—Eso es arrogante.

—Es un hecho —repliqué con calma.

—Ocho mil de la señora de la tercera fila.

—Diez. —Levanté la mano sin mirar a Scarlet, porque sabía que su expresión me habría hecho reír.

Las pujas siguieron subiendo cuando un tipo situado en un rincón también se sumó.

—Cien mil dólares —dije tras perder la paciencia.

Uno tras otro, todos los demás postores negaron con la cabeza.

—Cien mil dólares por el lote trece. A la una. A las dos. Adjudicado al señor West.

Aplausos. Scarlet estaba sentada a mi lado, con la boca abierta, los ojos húmedos y una mano que aún se aferraba a mi brazo.

—Cien mil dólares —susurró—. Por una tarta.

—Por mi tarta.

—Es una locura. —Tenía la voz quebrada y parpadeó. Vi el momento en que intentó tragarse la emoción y el momento en que fracasó. Se secó la mejilla con rapidez, casi furiosa, como si llorar fuera una debilidad que no podía permitirse.

—El dinero va destinado a una buena causa —señalé.

—Has comprado mi tarta para que nadie más se la quede. —Me miró; su mirada era clara, húmeda y tan directa que me golpeó como un puñetazo—. Admítelo.

Apreté la mandíbula. Tenía la verdad en la punta de la lengua, y sabía a red velvet y a algo que jamás pronunciaría en voz alta.

—Sí —dije—. Eso he hecho. Y tampoco he intentado ocultarlo.

Scarlet se mordió el labio inferior. Entonces se rio, en voz baja, sin aliento y abrumada. Fue el sonido más hermoso que había oído en todo el día. Detesté pensarlo y, aun así, lo pensé.

Presentaron decenas de objetos más antes de que terminara la subasta. Yo había ordenado al subastador que diera un trozo de tarta a todos los presentes. Era mi tarta, pero quería que los demás supieran lo que se estaban perdiendo.

Cuando nos levantamos, Scarlet alzó su bastón y parecía tan orgullosa como si hubiera adquirido la Mona Lisa.

—Gerald y yo seremos muy felices juntos —dijo.

—Entonces os deseo una vida feliz juntos. Pero Gerald no se muda a mi casa —respondí.

—Ya hemos acordado que Gerald vivirá junto a la cómoda del recibidor —canturreó sin inmutarse, y al final cedí.

Joder.

Marcus había tenido razón. Había pasado el punto en que el plan aún funcionaba.

Y lo peor era que no me importaba.