Burning for my Boss (Los multimillonarios de Nueva York nº 17) 29. Amigo invisible de trastos paramultimillonarios.
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29. Amigo invisible de trastos paramultimillonarios.

Amigo invisible de trastos paramultimillonarios.

Subasta benéfica, Upper East Side, la noche siguiente.

Scarlet iba de rojo.

No de ese rojo discreto y comedido que llevaban las mujeres que querían pasar inadvertidas vestidas de rojo.

No. Scarlet llevaba un rojo que ardía. Un vestido largo hasta el suelo, con una abertura hasta el muslo izquierdo y un escote en la espalda tan profundo que me picaban los dedos por cubrirlo con algo.

Mi mano. Mi chaqueta. Cualquier cosa que dijera: Mía.

Scarlet odiaba el rojo y no es que lo hubiera mantenido precisamente en secreto, pero no se había quejado cuando yo había elegido vestidos rojos sin excepción.

Se había puesto todos y cada uno de los vestidos rojos que le había comprado sin protestar.

Además de aquel vestido, en el que Scarlet había insistido.

Probablemente porque durante unos segundos no había logrado disimular mi reacción al ver lo revelador que era.

Era tan propio de Scarlet que me volvía loco y me impresionaba al mismo tiempo. Scarlet Russo no libraba batallas que consideraba insignificantes. Reservaba sus energías para las importantes.

Me encontraba en la barra observándola mientras hablaba con la organizadora al otro lado del salón, con una copa de agua en la mano que hacía pasar por champán. Se rio por algo, sus rizos negros le cayeron sobre los hombros y la luz se reflejó en sus pendientes.

Bebí mi bourbon y la contemplé moverse por la sala mientras intentaba recordar que aquello era un negocio.

La subasta benéfica se celebraba en una galería reformada que normalmente exponía arte contemporáneo, pero que aquella noche estaba llena de mesas redondas y luz de velas. Cien invitados, dinero viejo y nuevo, y en medio de la sala, sobre una tarima elevada, estaba la tarta de Scarlet.

La había visto por primera vez una hora antes, cuando Scarlet e Ivy la habían sacado de la furgoneta, y había tenido que detenerme.

Tres pisos. Una base de ganache blanca sobre la que caía una cascada de rosas de fondant, decenas de ellas, en tonalidades que iban desde el rojo oscuro, pasando por el burdeos, hasta el rojo negruzco, y que se derramaban por un lateral de la tarta como una catarata.

Entre las rosas había hojas de oro comestible y diminutas ramas negras de glaseado que conferían a la tarta un aire otoñal, algo sombrío y elegante a la vez.

Algunas rosas estaban abiertas y otras aún permanecían cerradas, y aquel juego de luz y oscuridad, de florecimiento y decadencia, parecía sacado de un cuento de hadas que no se hubiera escrito para niños.

No era una tarta. Era toda una declaración de intenciones.

Y era red velvet.

Lo había sabido antes de que Scarlet me lo dijera. Lo había visto en su mirada. Probablemente jamás se le habría ocurrido preparar una tarta red velvet si yo no se lo hubiera prohibido.

No debería importarme que me hubiera llevado una tarta red velvet al despacho para aceptar el trato. Scarlet me había mirado como si quisiera abofetearme y besarme al mismo tiempo.

No debería importarme una mierda.

—Estás mirando fijamente la tarta.

Scarlet estaba a mi lado. No la había oído acercarse, algo poco habitual, porque Scarlet solía hacer ruido incluso cuando intentaba ser silenciosa.

—No la estoy mirando fijamente —respondí.

—Sí que la estás mirando. Tienes esa expresión que siempre pones cuando analizas algo y no sabes si te gusta o lo odias —insistió Scarlet.

—Yo no pongo esa expresión.

—La estás poniendo ahora mismo. Justo ahora.

En este preciso instante. —Bebió un sorbo de agua y me miró por encima del borde de la copa.

Sus ojos color avellana centelleaban, y detestaba lo bien que sabía leerme, porque nadie debería ser capaz de hacerlo.

Incluso con Marcus y durante las noches de los jueves me costaba soportar que me analizaran.

—La tarta está bien —dije.

—Bien. —Scarlet enarcó una ceja—. Dieciséis horas de trabajo, cuarenta y ocho rosas de fondant, tres pisos, y tú dices que está bien. —Scarlet resopló—. Al menos, bien es mejor que aceptable. ¿No?

—¿Qué quieres que diga? —pregunté, encogiéndome de hombros.

—Podrías decir que es espectacular. O impresionante. O que jamás has visto nada tan hermoso.

—Nunca digo más de lo necesario —gruñí.

—Ese es tu problema, Ryder. —Puso los ojos en blanco, pero la comisura de sus labios se estremeció y vi que se mordía el inferior para no sonreír. Mi mirada se detuvo un segundo de más en su boca. Ella se dio cuenta y sus mejillas se oscurecieron un tono.

—Es red velvet —dije con tono neutro.

El aire entre nosotros cambió. Scarlet apretó la copa y sus dedos buscaron el pendiente de la oreja izquierda para hacerlo girar. Supe que estaba nerviosa.

—Es una tarta, Ryder. No todo tiene un significado más profundo. —Su voz sonó un punto demasiado aguda.

—La red velvet sí tiene un significado —repliqué.

—¿Porque te llevé una al despacho? —Scarlet tomó aire—. También te lancé a la cara una tarta de crema de mantequilla y frambuesa. ¿Tampoco debo volver a preparar una?

—Fallaste. La lanzaste a un lado —la corregí.

—No fallé. Tú la esquivaste.

—Reaccioné. Tú apuntaste mal —repliqué.

—Apunté perfectamente. Fue tu cara la que se negó a colaborar.

—Bebió un sorbo de agua y alzó la barbilla.

Ahí estaba de nuevo: aquella actitud tan Russo, con los hombros rectos, la cabeza erguida y una sonrisa que demostraba que Scarlet no le tenía miedo a nadie.

Salvo quizá a las cosas que no quería admitir ante sí misma.

Di un paso hacia ella. Lo bastante cerca para que mi brazo rozara el suyo y yo sintiera el calor de su piel a través de la fina tela del vestido. Su respiración se entrecortó, y supe que también lo había notado: aquello que había entre nosotros, que no tenía nombre y se negaba a desaparecer.

—La red velvet es nuestra —dije en voz baja. Solo para ella—. No pertenece a una subasta. Ni a cientos de personas que no conocen la diferencia entre el fondant y el mazapán.

Scarlet abrió los ojos de par en par. Entreabrió la boca y vi que buscaba una respuesta sin encontrarla. Solo por eso ya había merecido la pena, porque Scarlet Russo siempre tenía una respuesta. Siempre. Excepto cuando yo decía algo que se acercaba demasiado a la verdad.

—Es una tarta —repitió, aunque su voz era más baja que antes y no apartó los ojos de los míos.

—Es nuestra tarta.

—No eres el dueño de ninguna tarta, Ryder.

—Pero sí de la mujer que prepara tartas red velvet cuando siente algo que no puede expresar. —Las palabras salieron antes de que pudiera filtrarlas y no me arrepentí, lo cual me inquietó más que las propias palabras.

Scarlet tragó saliva. Se llevó una mano al vientre, solo un instante, y enseguida corrigió el gesto sujetando la copa con ambas manos. Me fijé en ello, como me fijaba en todo. Solo que, con Scarlet, era incapaz de encontrarle sentido a nada. Era un enigma para mí.

—Eso es... absurdo —logró decir Scarlet.

—Es un hecho.

—Tú y tus hechos. —Resopló, pero sus mejillas se habían oscurecido y se apartó nerviosa un mechón.

Mi mirada siguió sus dedos y luego descendió por su cuello, por su clavícula, por el escote de aquel vestido que mostraba lo suficiente para volverme loco y ocultaba lo suficiente para volverme aún más loco.

Se dio cuenta de que la miraba. Por supuesto que se dio cuenta. Scarlet percibía todo lo relacionado con el lenguaje corporal del mismo modo que yo percibía todo lo relacionado con la lógica, y juntos éramos un desastre.

—Ryder.

—Scarlet.

—Me miras como si quisieras quitarme el vestido.

—Quiero quitarte el vestido.

—¿Ah, sí? —Su voz se había vuelto más grave, más ronca, y tenía los ojos clavados en mi boca. Estábamos demasiado cerca y demasiado expuestos, el aire ardía entre nosotros y yo veía cómo le latía el pulso en el cuello, rápido y fuerte.

Me incliné hacia ella. Mi boca quedó junto a su oído. Tan cerca que mis labios rozaron su piel y ella se estremeció. Se le erizó el vello de la nuca y tuve que obligarme a mantener las manos a los costados.

—El vestido se queda puesto —murmuré—. Hasta que lleguemos a casa.

La respiración de Scarlet se entrecortó. Lo oí, lo sentí: aquella diminuta pausa entre la inspiración y la espiración que revelaba que mis palabras habían aterrizado justo donde yo quería.

—¿Y después? —susurró.

—Después te lo quitaré.

Silencio.

Scarlet dio un paso atrás. Tenía los ojos oscuros, muy abiertos y algo atónitos. Levantó la copa y bebió como si necesitara algo a lo que aferrarse.

—Eres imposible —dijo.

—Eso lo dices a menudo —repliqué con indiferencia.

—Porque suele ser verdad —insistió, indignada.

El subastador, un hombre con pajarita y voz de locutor de radio, subió al escenario y anunció que la subasta estaba a punto de empezar.

Todos ocupamos nuestros asientos y entonces inició la primera puja.

Los primeros lotes fueron los de siempre.

Un fin de semana en los Hamptons, con una puja inicial de cinco mil.

Un balón de fútbol americano firmado por alguien a quien no conocía.

Una botella de vino de 1962 que se vendió por ocho mil dólares y que probablemente sabía a vinagre.

—Así que cada uno de los invitados presentes ha patrocinado algo para subastarlo, ¿verdad? —preguntó Scarlet en voz baja.

—Sí. —Asentí.

Scarlet se inclinó hacia mi oído.

—Entonces ¿esto es un amigo invisible de trastos para multimillonarios?

—Es una subasta benéfica —respondí.

—Vale. Es un amigo invisible de trastos para multimillonarios. —Señaló con la cabeza el siguiente lote, que el subastador acababa de revelar. Un reloj de pie antiguo. Victoriano. Las agujas marcaban las dos y media y no se movían—. Ryder. Alguien está subastando un reloj roto.

—Es una antigüedad.

—Es un reloj roto que alguien ha encontrado en el desván y ahora quiere quitarse de encima cobrando una fortuna.

—Dos mil —dijo alguien en la segunda fila.

—¿Lo ves? —susurró Scarlet—. Dos mil dólares por un reloj roto. Esto es, sin duda, un amigo invisible de trastos.