28. Este bebé viene pisando fuerte.
Este bebé viene pisando fuerte.
Celestial Cakes, Brooklyn, dos días después, Halloween.
—¿Y bien? —Ivy estaba sentada en una mesa auxiliar junto al mostrador, con las piernas colgando y un chai latte en la mano, y me miraba como si yo llevara en el bolsillo los números ganadores de la lotería—.
¿Niño o niña?Hice rodar el fondant rojo entre las palmas, intentando darle una forma que recordara vagamente a una rosa y no a un trozo de plastilina aplastada.
—Ni lo uno ni lo otro —respondí sin levantar la vista.Ivy parpadeó.
—¿Cómo que ni lo uno ni lo otro? ¿Es un alienígena?
—El médico no pudo determinar el sexo. —Presioné con cuidado los pétalos de fondant contra el borde de la rosa y corregí una parte que había quedado demasiado gruesa—.
Mini-Russo cruzó las piernas y se dio la vuelta.
Por lo visto, el bebé es un poco tímido.
—Tímido. —Ivy dio un sorbo a su chai y levantó ambas cejas hasta casi perderlas en el nacimiento del pelo—.
Tu bebé es tímido.—Lo sé. Una locura, ¿verdad?
—Sonreí. Porque a veces podía ser extrovertida por dos—.
Médicamente, todo está bien. El latido es perfecto, el tamaño es perfecto y todo está donde tiene que estar.
—Dejé la rosa de fondant terminada en la bandeja que tenía al lado, donde ya había otras diecisiete en distintos tonos de rojo, desde rojo oscuro hasta frambuesa, y empecé la siguiente—.
Sencillamente, no quiso colaborar.Ivy dejó el chai y se cruzó de brazos.
—Scar. Tu hijo, que aún no ha nacido, se niega a colaborar con un médico que está haciéndole una ecografía.
Ese no es un bebé tímido. Es un bebé con carácter.
—Me gusta esa teoría. Es un bebé que protege su intimidad.
—Es un bebé que ya se parece a su padre —replicó Ivy con sequedad—.
Solo enseña lo que quiere enseñar, y el resto hay que ganárselo.Le lancé una mirada, pero no pude contener la sonrisa que fue asomando a mi rostro, porque no le faltaba razón.
La genética podía ser muy cruel.—¿Y le has dicho al médico que el padre es un hombre que redacta contratos para los sentimientos?
—preguntó Ivy.—No le he contado nada del padre.
No me lo ha preguntado. —Me encogí de hombros.
—Los médicos suelen preguntar esas cosas —respondió Ivy.
—Este no. Me ha dicho que el bebé está sano, que tome ácido fólico y que evite el estrés.
Sinceramente, me ha alegrado que no habláramos del tema del padre.
Tal vez tenga un sexto sentido para detectar a las madres que no quieren hablar de los padres.
—Presioné con firmeza un pétalo que amenazaba con desprenderse.
—Lo del ácido fólico puedo hacerlo, pero ¿evitar el estrés? Como si eso fuera posible cuando estás casada con Ryder West y te despiertas cada mañana preguntándote si hoy será el día en que descubra que va a ser padre.—También podrías decírselo y punto —sugirió Ivy con pragmatismo.
—Ivy.—¿Qué? Podrías. —Se encogió de hombros—.
Podrías sentarte con él y decirle: «Ryder, estoy embarazada, el bebé es tuyo y sé que disfrutas de que seamos dos, pero, sorpresa, ahora seremos tres».
—Suena fatal —murmuré.—Suena sincero —replicó Ivy.Moldeé el siguiente pétalo y lo apreté más de la cuenta, haciendo que el fondant se me pegara a los dedos.
Ivy tenía razón. Casi siempre la tenía en lo referente a mi vida privada, lo cual era injusto porque tenía veintitrés años y su vida amorosa consistía exclusivamente en citas fallidas de Tinder y una obsesión malsana con un barista que siempre escribía mal su nombre en el vaso.
—Se lo diré —afirmé—. Pero ahora no. No antes de que cierre el trato.
No antes de saber cómo reaccionará cuando yo…
Ivy me interrumpió.—Nunca sabrás cómo va a reaccionar.
Esa es la cuestión. No puedes planearlo.
—No lo estoy planeando —respondí muy seria.
—¡Llevas semanas planeándolo! Estás planeando la situación perfecta, el momento perfecto y las palabras perfectas, pero ¿sabes qué?
El momento perfecto no existe. Se lo dirás, él reaccionará, todo será un caos y tú te volverás loca, sin duda, y después, de algún modo, todo acabará saliendo bien.
O quizá no. Pero tienes que decírselo, Scar.Se hizo el silencio porque necesitaba unos instantes para pensar en sus palabras.
—¿Desde cuándo das esta clase de discursos?
—pregunté en voz baja.—Desde que dejaste de dártelos tú misma.
—Ivy bajó de un salto de la mesa y cogió un delantal del gancho—.
Y ahora deja que te ayude con la tarta. En este estado no estás en tus cabales.
No vaya a ser que vuelvas a meter la pata como en el aniversario de la señora Henderson.
Querrás causar buena impresión a esos multimillonarios. —¡Eso solo pasó una vez! —me defendí.
—Confundiste el extracto de vainilla con la salsa de soja —señaló Ivy con sequedad.
—Sí, porque alguien —señalé a Ivy con ambos índices— puso una botella de salsa de soja junto a mi extracto de vainilla porque alguien atravesaba una terrible fase-de-tengo-que-echar-salsa-de-soja-a-toda-la-comida. Ese accidente no se debió a ninguna crisis existencial, sino a un sabotaje.
Ivy soltó una risita y yo tampoco pude evitar sonreír. Después de aquel incidente, Ivy compró una etiquetadora y lo etiquetamos todo. Latas, cajas, las tablas de madera, que ahora se llamaban «Tabla Pitt». Todo.
—Sí. Y desde que pusimos etiquetas a prueba de Scarlet, no ha vuelto a producirse ningún incidente —replicó Ivy.
Puse los ojos en blanco, sonriente.—Antes tampoco se había producido ninguno.
Después volví a concentrarme en las rosas de fondant.
—¿Cuántas rosas más necesitamos? —Ivy abrió la nevera y empezó a sacar mantequilla y huevos para los bizcochos.
—Al menos cuarenta en total. La tarta tiene tres pisos, toda la superficie debe estar cubierta de rosas, además de la cascada del lateral.
—Dejé otra rosa en la bandeja—. Y mañana tiene que estar todo listo.
—Ningún problema. Tú te encargas de las rosas y yo, de los bizcochos.
Y no confundas el agua de fregar con almíbar, ¿vale?
—Muy bien, jefa —respondí con sequedad, lanzándole un trozo de fondant.
Ivy lo atrapó hábilmente con la boca. Después se echó a reír y yo también.
A través de la ventana vi a una pequeña horda de niños en la acera de enfrente, vestidos con unos disfraces de Halloween para comérselos.
Un vampiro diminuto que caminaba de la mano de su madre y agitaba un cubo de plástico con forma de calabaza más grande que su cabeza.
Una niña con un vestido de mariposa que tenía tanta purpurina que relucía bajo el sol de la tarde.
Dos niños disfrazados de esqueletos que se perseguían.
Y un niño disfrazado de dinosaurio que se caía cada pocos pasos porque el traje le quedaba demasiado grande y que se levantaba y seguía corriendo cada vez, como si caerse fuera la mitad de la diversión.El grupo se dirigía directamente a Celestial Cakes.
Por fin. Llevaba toda la mañana esperando a que unos cuantos niños disfrazados asaltaran la tienda.Sonó la campanilla de la puerta y los pequeños monstruos gritaron: —¡Truco o trato!
El diminuto vampiro agitó su calabaza de plástico con tanto entusiasmo que estuvo a punto de golpear el expositor de rollos de canela.
—¡Dios mío, cuántos monstruos terroríficos!
—dijo Ivy, aunque ya estaba sonriendo y alargaba la mano hacia la caja de galletas de Halloween que habíamos preparado expresamente.
Murciélagos, calabazas y fantasmas con ojos de glaseado.
—¡Dulces! —El pequeño dinosaurio extendió las manos hacia mí, y su disfraz era tan enorme que solo le asomaban las puntas de los dedos por las mangas.
Tenía el rostro medio oculto por una capucha de dinosaurio que se le deslizaba sobre los ojos.
Se la subió y me miró con sus grandes ojos castaños, y mi corazón hizo algo que no pude controlar.
—Toma. —Le puse dos galletas en las manos, una calabaza y un murciélago, y sonrió tanto que pude ver que le faltaba un incisivo.
—¡Da las gracias, Leo! —Su madre estaba en la puerta y sonreía a modo de disculpa.
—¡Gracias! —Leo, el dinosaurio, se metió la galleta de calabaza en la boca y masticó con la boca abierta.
Las migas cayeron sobre su disfraz, y fue lo más bonito que había visto en todo el día.Ivy repartió galletas entre los esqueletos, la mariposa y el vampiro.
Después los niños volvieron a salir en tropel entre risas y caos para continuar con su búsqueda de dulces.
Me llevé una mano al vientre.El año que viene por estas fechas Mini-Russo aún sería demasiado pequeño, pero dentro de unos años ya no.
Dentro de unos años recorrería esa calle llevando de la mano a una personita que llevaría una calabaza de plástico y no sabría si disfrazarse de vampiro o de dinosaurio.
Y los mellizos de Parsley caminarían a nuestro lado, disfrazados de algo a juego, y Parsley vendría detrás riñéndoles porque estaban recogiendo demasiados dulces, y yo me reiría y diría que nunca había demasiados dulces.
Los niños tendrían chocolate en la cara, serían felices y no sabrían nada de todo el drama adulto que los aguardaba en el futuro, como las declaraciones de la renta y los matrimonios falsos.La imagen era tan nítida en mi mente que me ardieron los ojos.Y justo detrás de ella llegó el remordimiento.Parsley.
Mi mejor amiga, que también estaba embarazada y me comprendería.
La que había sido mi dama de honor en la boda y aun así nunca me había preguntado por qué había apretado con tanta fuerza el ramo de novia contra mi vientre.
Parsley no sabía nada de Mini-Russo ni de las visitas al médico.
Nada de la ecografía que llevaba en el bolso, doblada entre un recibo y el envoltorio de un chicle para que Ryder no la descubriera por accidente.No se lo había contado.
Y el motivo era tan sencillo como doloroso: Parsley era la mujer de Tyler.
Tyler era el mejor amigo de Ryder. Si Parsley lo sabía, Tyler también.
Y si Tyler lo sabía, Ryder también lo sabría.
Y Ryder no podía enterarse por nadie que no fuera yo.Así que guardé silencio.
Ante mi familia, ante Parsley, ante todos salvo Ivy, que me había sorprendido con la prueba de embarazo en la mano y desde entonces era mi cómplice, quisiera o no.El silencio se hacía más difícil de soportar con cada día que pasaba.
Y la lista de personas a las que debía una respuesta no dejaba de crecer.
—Estás mirando al infinito. —La voz de Ivy sonó más baja que antes.
Estaba a mi lado, con harina en las manos, siguiendo mi mirada a través de la ventana.
El pequeño dinosaurio tropezó una última vez frente al escaparate antes de que los niños desaparecieran.
—El dinosaurio es mi favorito —dijo—. En serio, ¿se puede saber cómo podía ser tan adorable ese disfraz?
—También es el mío. —Tenía la voz ronca.Ivy me puso una mano en el brazo.
No añadió nada porque a veces sabía reconocer cuándo las palabras estaban de más.
Era una de sus mejores cualidades, justo después de su capacidad para organizar mi agenda de forma que no olvidara tartas constantemente.Me volví hacia la encimera, me sequé los ojos con el dorso de la mano y mis dedos encontraron el siguiente pegote de fondant.
—¿Ivy? —pregunté.—¿Mmm? —Me miró expectante. —Gracias.Ivy arqueó una ceja.—¿Por qué?
—Por todo. Por la agenda. Por las etiquetas.
Por esto. —Hice un gesto vago entre nosotras—.
Por ser mi cómplice.Ivy sonrió y dio una palmada que levantó nubes de harina.
—Ni se te ocurra hacerme llorar ahora, que acabo de ponerme la máscara de pestañas.
—Se volvió hacia la cocina—. ¿Bizcocho de vainilla o de chocolate para el piso de abajo?
—De vainilla. Y el de en medio, de red velvet.Ivy se volvió.
—¿Red velvet? ¿No dijiste que Ryder considera que tus tartas red velvet son suyas?
Abrí la boca y volví a cerrarla. El maldito Ryder y su maldito afán posesivo.
—Precisamente por eso —respondí con obstinación.
Ivy sonrió con expresión cómplice y no dijo nada, lo cual fue peor que si hubiera dicho algo.
—¿Scar? —Ivy se secó las manos en el delantal y se apoyó en la encimera a mi lado.
—¿Sí? —Volví a concentrarme en las rosas de fondant porque su mirada se había vuelto demasiado seria para sostenerla.
—Tienes que decírselo a Ryder. Tarde o temprano.
—Habló en voz baja, sin presionarme, pero aun así la frase dio en el blanco.Moldeé el último pétalo de la rosa y la dejé en la bandeja junto a las demás. —Entonces, mejor tarde.