27. Hay cosas que no se puedenplanear.
Hay cosas que no se puedenplanear.
Astor Club, Manhattan, esa misma noche.
Entré en el vestíbulo del Astor Club y me ajusté la chaqueta mientras el portero me saludaba con una inclinación de cabeza, como hacía todos los jueves desde que cumplí veintiún años.
La sala de póquer se encontraba en una zona apartada del club propiamente dicho.
Era, en esencia, una trastienda sin letrero, con una puerta de roble que solo se abría para quienes tenían el privilegio de pertenecer a Sigma Dominus.
Tyler, Alexander, Jaxon y Dominic me esperaban allí, y normalmente subía las escaleras sin detenerme.
Hoy me detuve.
Marcus estaba sentado en la barra. Solo.
Tenía delante un bourbon que no tocaba y la mirada fija en el pianista, que tocaba alguna pieza clásica que no le interesaba.
Marcus se sentaba a menudo en la barra del Astor Club, pese a que odiaba aquel sitio.
Odiaba todo lo elitista, todo lo que oliera a dinero de cuna.
En Harvard había rechazado la invitación de Sigma Dominus, el único de nuestra promoción y, probablemente, el único que lo había hecho jamás.
Ni siquiera algunos presidentes habían recibido una invitación.
Aun así, Marcus venía aquí de vez en cuando. Era un lugar donde se podía pensar sin que nadie te molestara. Con todo, resultaba extraño verlo solo, sin Brutus. El perro lo seguía prácticamente a todas partes.
Me senté junto a Marcus y el camarero me puso delante un bourbon sin que tuviera que pedirlo.
Marcus me miró de reojo y alzó su vaso.
—Los chicos te esperan.
—Los chicos pueden esperar.
Me observó por encima del borde del vaso. Sereno e impasible, con esa mirada levemente condescendiente que decía: «Sé que estás diciendo gilipolleces, pero esperaré a que te des cuenta tú solo».
Bebí un sorbo. El bourbon ardió en mi garganta con un calor familiar y agradable.
—Tú no sueles sentarte aquí —dijo Marcus—. ¿Qué pasa?
—Nada. —Me encogí de hombros—. Estabas aquí.
—Ryder. —Marcus arqueó una ceja—. Tus partidas de póquer son una especie de santo grial para ti. Así que ¿por qué estás aquí?
A decir verdad, ni yo mismo sabía por qué no había ido a la sala de póquer. Normalmente podía hablar de cualquier cosa en aquella sala, con aquellas personas. Pero no me apetecía hablar. No de verdad.
—¿Qué tal va tu matrimonio? —preguntó Marcus cuando vio que no añadía nada más.
—Iría mejor si ella no me evitara constantemente. —Las palabras salieron antes de que pudiera retractarme.
—Te está evitando —repitió Marcus, como para cerciorarse de haber oído bien—. La mujer con la que te casaste por tres millones de dólares te está evitando.
—Desde la cena benéfica. Desaparece cuando entro en una habitación. Duerme mientras entreno. Hornea cuando vuelvo del trabajo. Ha desarrollado todo un maldito sistema para no verme en mi propio apartamento.
—¿Y eso te molesta? —preguntó Marcus como si aquel comportamiento fuese deseable.
—Joder, claro que me molesta. —Hice girar la moneda entre los dedos. El dólar de plata, el metal frío, el peso familiar—. No es eficiente.
—¿Eficiente? —Marcus alzó su vaso.
Asentí.
—Tenemos que parecer una pareja de cara a los demás. Pierce nos vigila. Si me evita, no funciona.
Marcus me miró. Esa mirada. Esa maldita mirada decía más de lo que me habría gustado.
—Eficiencia —repitió una vez más. Su tono era tan seco que habría servido para tender la colada.
—¿Qué? —pregunté, medio irritado.
—Dices eficiencia, pero te refieres a algo completamente distinto. —Marcus se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en la barra—. Quieres decir que te está volviendo loco. Que llegas a casa y ella no está, aunque sí está, y eso te consume por dentro y no sabes por qué.
Apreté la mandíbula.
—Sé por qué —respondí con sequedad.
—Pues dilo.
—Control. —La palabra salió deprisa. Demasiado deprisa—. Cuando me evita, no sé qué piensa, qué planea ni qué quiere. Y, si no lo sé, no puedo controlarlo.
—Ya deberías saber que no puedes controlar a las personas, Ryder.
—Nunca he controlado a nadie —me defendí.
—No. Has redactado contratos y esperado que la gente los cumpla. Es lo mismo, pero con mejor papel. —Marcus tomó su primer sorbo de bourbon de la noche sin inmutarse—. ¿Qué te ha traído exactamente aquí en lugar de subir las escaleras para perder dinero contra Tyler?
—Nunca pierdo contra Tyler.
—Pierdes constantemente contra Tyler. Cuenta las cartas.
—Tyler no cuenta las cartas —repliqué.
—Tyler tiene un MBA en estadística. Cuenta las cartas. —Marcus dejó el vaso—. Se acabaron las evasivas. Habla.
Clavé la mirada al frente.
—Hace tartas —dije, consciente de que la frase no tenía ningún sentido, ni para Marcus ni en aquel contexto, pero salió de todos modos.
—Es lo que hacen los pasteleros.
Asentí y Marcus esperó. Se le daba bien esperar. La mayoría de la gente llenaba los silencios con palabras. Marcus los dejaba ahí y contemplaba cómo los demás se ahogaban en ellos.
—Cuando está nerviosa, hornea. Cuando está enfadada, hornea.
Cuando está triste... —Hice girar el vaso sobre la barra—.
Lo peor es que sus tartas y sus cupcakes no saben como deberían.
Saben a algo hecho por alguien a quien le importa.
Como si cada maldita miga fuese la prueba de algo.
Me encantan sus cupcakes. Y eso que odio los dulces.
Marcus se me quedó mirando. Después se recostó y se pasó una mano por la cara y, de no conocerlo mejor, habría dicho que intentaba reprimir una carcajada.
—Estás hablando de migas —dijo con sequedad.
—Cierra la puta boca.
—Ryder West, el hombre que pone de rodillas a Harrison Pierce y controla la mitad del mercado inmobiliario de Manhattan, está sentado en un bar hablando de migas de tarta.
—He dicho que cierres la puta boca.
Marcus alzó el vaso con gesto burlón.
—Te gusta.
—Es mi socia contractual.
—Te gusta y eso te vuelve loco porque puedes controlarlo todo salvo eso.
—Bebió y dejó el vaso como si acabara de cerrar una negociación—.
Puedes comprar y vender empresas y convencer a Harrison Pierce de que eres el marido más estable desde que se inventó la monogamia.
Pero no puedes controlar el hecho de que sientas algo por la mujer con la que te has casado.
La temperatura de la sala descendió diez grados de golpe.
Yo bebí. Marcus bebió. El camarero se fue al otro extremo de la barra.
—¿Sabes cuál es tu problema? —La mirada de Marcus ya no era burlona, sino seria, y Marcus rara vez se ponía serio—.
Tu padre te enseñó que los sentimientos son una debilidad.
Y tú te lo has creído durante treinta años.
Y ahora hay una mujer en tu cocina haciendo tartas y tú sientes algo que no puedes meter en un contrato y, en vez de permitirte sentirlo, lo analizas hasta matarlo.
—Yo no analizo nada —gruñí.
—Ahora mismo estás analizando mi análisis —replicó Marcus.
Gruñí y agaché la cabeza para que no viera la sonrisa que estaba a punto de formarse en mis labios.
—Son seis meses, Marcus. Medio año. Para entonces, con un poco de suerte, Pierce habrá firmado el maldito contrato y el trato estará cerrado. Después Scarlet volverá a su vida y yo a la mía.
—¿Y eso es lo que quieres? —Me miró con expresión interrogante.
—Ese es el plan.
Marcus asintió despacio. Miró dentro de su vaso y quizá la respuesta estuviera allí, porque Marcus tenía sus mejores revelaciones entre el segundo y el tercer bourbon.
—Los planes están bien —dijo—. Tú lo planeas todo.
TÚ planeas las reuniones, las adquisiciones y el traje que te pones los lunes.
—Levantó la vista—. Pero hay cosas que no se pueden planear.
Y, cuando una mujer consigue que te pongas a hablar de migas de tarta en un bar, ya has rebasado el punto en el que el plan todavía funciona.
Me terminé el bourbon y dejé el vaso. El camarero me preguntó con la mirada si quería otro y negué con la cabeza.
—¿Desde cuándo eres un experto en sentimientos? —pregunté. Sin acritud, pero tampoco con neutralidad. Volví a deslizar la moneda entre los dedos.
—Nunca lo he sido y nunca lo seré. —Marcus hizo girar el bourbon en su vaso casi vacío—. Si mi padre cree que algún día cederé y le daré herederos a la dinastía Crawford, lo lleva claro.
—Nunca digas nunca —repliqué, medio cínico, medio en serio.
—Créeme, ni mis hermanos ni yo queremos unos malditos herederos Crawford. Y Maddie... —Marcus se interrumpió. No hablaba a menudo de su hermana. Y con «no a menudo» quería decir nunca—. Volvamos a ti. Hay algo más que te preocupa.
Asentí y acepté el cambio de tema. No porque realmente quisiera hablar de aquello, sino porque sabía que pensar en su hermana nunca le sentaba bien a Marcus.
—A Scarlet le pasa algo. Oculta algo —dije en voz baja.
—¿Algo como otro tío? —Marcus me miró.
—No. —Negué con la cabeza.
—Apenas come. Se marea y asegura que es por tener la tensión demasiado baja, una especie de maldición familiar.
Se lleva la mano al vientre cuando cree que no estoy mirando.
—Dejé la moneda en la barra. Cara. Y me miente cuando le pregunto.
No tengo ni idea de cuál es la verdad, pero lleva las mentiras escritas en la cara. No está bien, pero lo ignora.
Marcus guardó silencio durante largo rato. Después se levantó. Dejó un billete sobre la barra, más que suficiente para pagar ambas bebidas, y se abrochó la chaqueta. Me miró desde lo alto, sereno y directo, sin rastro de burla.
—Ryder.
—¿Sí?
—Sabes qué le pasa. —Me dio una palmada en el hombro, breve y contundente, el tipo de gesto que entre hombres pasaba por un abrazo—. Lo sabes y no quieres saberlo. Pero lo sabes.
—Si lo supiera, no estaría aquí sentado intentando resolver el problema con alcohol —gruñí—. ¿Qué te resulta tan obvio como para creer que yo también debería saberlo?
—Ya te darás cuenta.
—¿Y si no? —pregunté con sequedad.
—Entonces te lo dirá ella. Siempre y cuando dejes de tratarla como si fuese un plan que ha salido mal y le demuestres que en realidad te importa. —Me dio otra palmada en el hombro y se marchó, dejándome desconcertado.
Gracias por nada, Marcus.
Recogí la moneda y me la guardé antes de levantarme y dirigirme a la sala de póquer.
Había cosas que no se podían planear.
No había planeado volver a ver a Scarlet.
Y tampoco había planeado casarme con ella.
Joder, desde luego no había planeado que tuviera ese efecto en mí.
Con Scarlet cerca, era imposible hacer planes.
Odiaba todos y cada uno de los planes que había saboteado.
Y, aun así, me aferraba a ellos desesperadamente.
Seis meses. Ese era el plan. Seis meses y nuestros caminos se separarían.
Nada podía alterar aquel plan.