Burning for my Boss (Los multimillonarios de Nueva York nº 17) 26. Es instinto de supervivencia.
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26. Es instinto de supervivencia.

Es instinto de supervivencia.

Apartamento de Ryder, Manhattan, unos días después, por la noche.

Había evitado a Ryder tanto como se podía evitar a un hombre con el que se vivía.

No es que lo esquivara de forma deliberada.

Era más bien que, de pronto, había descubierto cuántas habitaciones tenía su apartamento y qué pocas tenían que estar ocupadas a la vez.

Si él estaba en la cocina, yo estaba en el dormitorio.

Si leía sus correos en el salón, recordaba que necesitaba ducharme con urgencia.

Si entrenaba por la noche, yo dormía. Cuando él dormía, yo permanecía despierta.

Miraba fijamente el techo y vigilaba la frontera de almohadas que nos separaba como un perro guardián.

Seguía sin tener claro cómo informar a Ryder de que, dentro de seis meses, aparecería una tercera persona en la ecuación de nuestra vida en pareja.

Mi estómago no había mejorado. Las mañanas eran lo peor, porque Mini-Russo parecía tener una vendetta personal contra todo lo que sucediera antes de las diez.

Había descubierto que las galletas saladas me ayudaban, que el té de jengibre era más o menos tolerable y que el olor de la loción para después del afeitado de Ryder, por absurdo que sonara, me calmaba las náuseas.

Lo cual significaba que, por las mañanas, cogía de la silla la camisa que él se había puesto y hundía la cara en ella hasta sentirme lo bastante bien para ir a trabajar.

Me negaba a considerarlo algo romántico.

Era puro y simple instinto de supervivencia, lo que me permitía sobrellevar el día.

Por suerte, durante el día mi trabajo en Celestial Cakes me distraía lo suficiente para no pensar demasiado en Ryder.

Y la prohibición de la menta conseguía que Mini-Russo no protestara tan a menudo.

Solo persistía aquel estúpido mareo de tres segundos.

En ese momento estaba preparando una masa en la cocina de Ryder —ni siquiera después de varias semanas había conseguido llamarla nuestra cocina—: unos cupcakes de limón y lavanda, una receta nueva que quería probar para la carta de Celestial Cakes, cuando se abrió la puerta del apartamento.

Los pasos de Ryder. A esas alturas ya los reconocía por el sonido. Regulares y pesados, porque Ryder nunca paseaba sin prisa ni corría. Siempre se desplazaba exactamente a la velocidad que exigía el momento.

Entró en la cocina y, por supuesto, llevaba la corbata aflojada y los dos primeros botones de la camisa desabrochados, lo cual hizo enloquecer de inmediato a mis hormonas.

Tenía el pelo un poco revuelto, como si se hubiera pasado los dedos por él de camino a casa, y su mirada encontró la mía antes de que tuviera ocasión de fingir que no lo había visto.

—Hola —dije, concentrándome en la masa—. Has vuelto pronto.

El sol ya se había puesto, pero Ryder solía trabajar hasta bien entrada la noche.

—Hola. —Se apoyó en la isla de la cocina y me observó—. Es jueves.

Sentí su mirada sobre mis manos, mi rostro y por todas partes, y fue como si alguien me cubriera con una manta cálida que, al mismo tiempo, pesaba demasiado.

—Ah, es verdad. —Asentí. Claro, los jueves Ryder siempre terminaba de trabajar a su hora porque después jugaba al póquer. Parsley ya me había advertido de las veladas de los jueves, y había resultado tener razón. Se podía poner en hora un reloj atómico con aquellas reuniones en el Astor Club.

Ryder sacó una moneda del bolsillo del pantalón y empezó a hacerla pasar entre sus dedos.

A veces la lanzaba al aire y la atrapaba con el dorso de la mano, pero se la guardaba antes de mirar el resultado.

No tenía ni idea de por qué, pero nunca comprobaba de qué lado había caído. Entonces, ¿a qué venía aquel gesto?

Ryder era un hombre rodeado de misterio, y cuanto más tiempo llevaba conociéndolo, menos sabía de él.

—¿Está todo preparado para el sábado? —preguntó.

—¿Qué pasa el sábado? —Vertí la masa en los moldes para magdalenas.

—La subasta benéfica. Querías preparar una tarta para que la subastaran.

Mi cuchara se quedó suspendida en el aire.

—¿El sábado? ¿Este sábado?

—Sí. El sábado. —Asintió.

—¡Ryder, solo faltan tres días! —Me volví hacia él y agité la cuchara cubierta de masa más o menos en su dirección.

—Tiempo más que suficiente para preparar una tarta, ¿no?

—Tres días es poquísimo tiempo. Para una tarta necesito planificar. Hacer la compra. Prepararla con antelación. Pensar en el diseño. Hacer pruebas. ¡No se puede improvisar una tarta para una subasta benéfica en solo tres días!

—Te envié un correo hace casi dos semanas. —Ryder lo dijo con tanta calma como si aquello fuera una explicación del todo satisfactoria, y sacó el móvil del bolsillo interior de la chaqueta. Tecleó, deslizó el dedo por la pantalla y me la mostró.

Ahí estaba. Un correo electrónico. Enviado hacía casi catorce días.

#Ryder:

Asunto: Subasta benéfica

Todos los invitados aportarán algo para la subasta. Podrías llevar una tarta.

Incluso le había contestado.

#Scarlet:

Asunto: Subasta benéfica

Me parece bien, recuérdamelo.

—Te pedí que volvieras a recordármelo —murmuré—. Hasta está por escrito.

Ryder volvió a pulsar la pantalla del móvil y entonces me enseñó, en efecto, un recordatorio. Uno que yo ni siquiera había abierto todavía. Mierda.

—He cumplido con mi deber —respondió con sequedad.

—Da igual, todavía quedan preguntas por resolver.

¿Qué tamaño debe tener la tarta? ¿Para cuántas personas?

¿Cuál es la temática? ¿Hay alergias? ¿Debe ser una tarta de exposición o una para comer?

¿Qué presupuesto tengo? Y, sobre todo, ¿quién manda correos para organizar estas cosas en vez de hablar con la gente?

—Cualquiera que sea organizado.

—Yo soy organizada, al menos casi siempre.

¡Mis planes para hornear están organizados y hasta tengo ordenadas mis recetas!

—Era cierto. Mi archivador de recetas era el único sistema de mi vida que funcionaba—.

Pero los correos de mi marido de mentira sobre tartas benéficas no forman parte de mi sistema de archivo.

La comisura de los labios de Ryder se contrajo. Solo una, apenas perceptiblemente, y él reprimió el gesto enseguida, pero yo lo había visto.

—Te parece gracioso —señalé con sequedad.

—Me parece previsible. —Se guardó el móvil y cruzó los brazos—. No lees tus correos.

—Sí que los leo. Los importantes. Los de los clientes. Los de mi familia. Los de mi banco, cuando vuelve a amenazarme con un tercer aviso de impago. —Regresé a la masa y la removí con una agresividad que no se merecía.

—Probablemente también habrías leído mis correos si no hubieras estado tan ocupada evitándome.

Me quedé mirándolo. Él me sostuvo la mirada. Su rostro estaba completamente impasible, pero sus ojos castaños tenían aquel destello dorado que solo aparecía cuando algo le divertía y no quería demostrarlo.

—No te estoy evitando —me defendí sin mucha convicción. Pero Ryder me había pillado, y negarlo no cambiaba nada.

—¿No? —Ryder volvió a deslizar la moneda entre los dedos, y aquello me puso nerviosa.

—No, en absoluto —respondí con una voz demasiado aguda.

—Entonces habré malinterpretado tu ausencia permanente —replicó Ryder con sequedad.

—Eres insoportable —dije.

—Y tú llevas tres días de retraso. —Volvió a lanzar la moneda, la atrapó y se la guardó. Asunto zanjado. Siguiente punto.

—¿Sabes qué es lo que me vuelve loca? —Dejé el cuenco sobre la encimera porque temía acabar tirándoselo a la cabeza—. No es el correo ni son los tres días, sino que digas todo esto con tanta maldita calma, como si aquí la del problema fuera yo.

—No he dicho que tú seas el problema. —También pronunció aquella respuesta con tanta calma que me dieron ganas de saltarle al cuello.

—Lo has dado a entender. No paras de insinuar cosas, Ryder. Dices seis palabras e insinúas seiscientas, y luego yo tengo que adivinar a cuáles te refieres.

Inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado.

Era un gesto minúsculo, a medio camino entre el interés y la diversión, y me enfurecía y me dejaba sin aliento al mismo tiempo porque, incluso en plena discusión, parecía tenerlo todo bajo control.

Yo, en cambio, tenía la sensación de que el suelo estaba a punto de desaparecer bajo mis pies.

—Se te da bien leer entre líneas —dijo—. Eso impresionó a Pierce.

—No cambies de tema —murmuré.

—No estoy cambiando de tema. Te estoy haciendo un cumplido.

—¡No se hacen cumplidos en mitad de una pelea!

—No estamos peleándonos. —Ryder lo dijo con tanta objetividad como si estuviera leyendo el parte meteorológico—. Estamos debatiendo sobre vías de comunicación.

—Porque me enviaste un correo en vez de hablar conmigo.

Vivimos juntos, Ryder, en el mismo apartamento.

Un apartamento enorme en el que cabría media Nueva York.

Aun así, podrías habérmelo dicho durante el desayuno, o durante la cena, o...

—Me interrumpí porque yo misma me di cuenta de que mi argumento hacía aguas.

Sobre todo porque él ya había señalado que lo había estado evitando constantemente para impedir que se diera cuenta de mis náuseas y mis mareos.

Ryder me miró. El humor había desaparecido de sus ojos, y lo que quedaba era algo más sereno, más profundo, que no supe interpretar.

—Estos últimos días has estado muy ocupada estando ocupada, y lo he respetado —dijo.

Neutral. Objetivo.

Y, pese a todo, fue terriblemente doloroso.

Ocupada. Así era como lo llamaba cuando alguien lo evitaba y él era consciente de ello.

La frase me golpeó y sentí que se me oprimía el pecho porque tenía razón, porque lo sabía y porque, aun así, yo no podía decirle el motivo.

—Sí —dije en voz baja—. Lo estaba. Pero ya no, ¿de acuerdo? Ya no estoy ocupada. —Tendría que buscar otra solución para las náuseas matutinas y los mareos. Pero ahora que sabía cómo reaccionaba Ryder, no podía seguir evitándolo.

Durante un instante, se extendió el silencio. Entonces Ryder asintió.

—Bien. Me gustas más cuando no estás ocupada.

Como no sabía qué responder, mi cerebro activó el modo de supervivencia.

—¿Qué te parece una tarta red velvet? Tres pisos, unas cien porciones. Debería bastar para una subasta benéfica, ¿no?

—Puedes hacer lo que quieras, Scarlet. —Ryder me miró y se acercó un poco más—. Pero nada de tarta red velvet.

—Te estás contradiciendo —respondí con sequedad.

—No. —Ryder estaba ya tan cerca que su aliento me puso la piel de gallina en la mejilla—. Puedes preparar todas las tartas que quieras. Pero nada de tarta red velvet.

Alcé las cejas.

—¿Por qué?

—Porque esa es mi tarta. —Me pareció oír un gruñido.

—No creo que puedas tener esa patente —murmuré.

—Tus tartas red velvet me pertenecen. —Su mirada se ensombreció. Tanto que apenas podía contenerme.

Todo mi cuerpo se inclinó hacia él y esperé a que me besara. Pero entonces, en el último instante, retrocedió, y yo me dije que era mejor así.

Éramos demasiado distintos. Él hacía planes con catorce días de antelación, enviaba correos escuetos y esperaba que el mundo se ajustara a sus planes. Yo horneaba cuando me apetecía y leía el correo cuando me acordaba.

Su orden. Mi caos. Su silencio. Mis palabras. Su contrato. Mi secreto.

No encajábamos.

Éramos demasiado diferentes.

Y no, los polos opuestos no se atraían. Nunca.