25. Quiero entenderte,Scarlet.
Quiero entenderte,Scarlet.
El apartamento de Ryder, Manhattan, esa misma noche.
Ryder esperó a que la puerta del apartamento se cerrara a nuestra espalda para aflojarse la corbata.
Fue un gesto insignificante. Dos dedos que se deslizaron bajo el nudo y tiraron de él un centímetro hacia abajo. Pero la forma en que lo hizo, tan lenta y controlada, como si llevara toda la noche esperando ese momento, me dijo todo lo que necesitaba saber.
Me quité los tacones de una patada y suspiré tan fuerte como si acabara de vivir una experiencia religiosa.
—Dio mio, mis pies.
Ryder no dijo nada. Se dirigió al salón, se acercó al carrito de las bebidas, se sirvió un bourbon y no se llevó el vaso a los labios.
Permaneció de espaldas a mí, mirando por la ventana, hacia el perfil de la ciudad.
El silencio entre nosotros no era agradable; era el silencio que precede a una tormenta.
A una tormenta gigantesca, de proporciones huracanadas.
—Ryder, di algo —supliqué, porque su silencio parecía un castigo.
—Esta noche no te encontrabas bien. —No se volvió. Su voz sonaba serena, pero bajo ella había algo que casi parecía ira.
—Estoy bien. —Me apoyé contra la isla de la cocina y crucé los brazos sobre el pecho. Una postura defensiva automática, como Ryder bien sabía.
—Te has mareado. —Ahora sí se volvió. Sostenía en la mano el vaso de bourbon lleno. Sus ojos castaños parecían oscuros en la penumbra del apartamento y mantenía la mirada fija en mi rostro. Examinándome, como si estuviera tachando síntomas de una lista—. Has tenido náuseas y apenas has comido.
—Ya te he dicho que no me han gustado las setas —respondí.
Dejó el vaso. El movimiento fue controlado, pero sus dedos permanecieron un segundo de más sobre el cristal.
—Scarlet. No estoy ciego.
Algo explotó en mi interior. No de manera ruidosa ni dramática, sino silenciosa y ardiente, como un fusible que se funde después de haber soportado la corriente durante demasiado tiempo.
—Odio que me interroguen.
Mi voz sonó más cortante de lo que pretendía. Reprimí el impulso de agarrar cualquier cosa y cerré el puño.
Ryder me miró.
—No te estoy interrogando —replicó sin emoción.
—Sí, lo estás haciendo. Y llevas toda la noche vigilándome.
—No te vigilo. —Había bajado la voz. No sonaba más suave, sino más densa, como si hubiera reducido el volumen para aumentar la intensidad—. Te observo.
—¡Es lo mismo! —protesté.
—No. —Dio un paso hacia mí. El perfil de la ciudad a su espalda lo convertía en una silueta, y su mirada era oscura, concentrada y absolutamente inescrutable—.
Vigilar significa controlar. Observar significa…
—Vaciló. Apretó la mandíbula, y vi cómo buscaba la palabra adecuada.
Solo eso ya era extraño, porque Ryder nunca tenía que buscar las palabras—. Quiero entenderte, Scarlet.
Sus palabras me golpearon.
No porque fueran duras, sino porque eran tiernas, y Ryder no era tierno. Ryder era control, bourbon y cinco horas de sueño. Ryder no decía que quisiera entender a alguien. Ryder observaba, sacaba sus conclusiones y se las guardaba hasta que podía utilizarlas en tu contra.
«Quiero entenderte, Scarlet».
Deseaba de verdad que me entendiera. Pero no podía darle lo que quería, porque la verdad era un bebé que crecía en mi vientre y él era un hombre que quería disfrutar de nuestra vida en pareja hasta que se disolviera el contrato.
Se me secó la boca, el corazón me martilleó en el pecho y no pude hablar, porque todo lo que quería decir estaba mal y todo lo que debía decir resultaba imposible.
—Estoy bien, Ryder. Solo ha sido una noche muy larga.
La distancia entre nosotros se había reducido sin que yo me diera cuenta.
Dos pasos. Tal vez tres. Lo bastante cerca para que percibiera el aroma de su loción para después del afeitado, a madera de cedro y a aquella nota más oscura que nunca era capaz de identificar; y también lo bastante cerca para que el calor que había crepitado entre nosotros durante toda la noche se condensara en algo que ya no podíamos ignorar.
—Me estás mintiendo. —No era una pregunta ni una acusación. Era una afirmación, serena y rotunda. No apartó sus ojos de los míos mientras yo asimilaba sus palabras.
—Y tú haces demasiadas preguntas. —Mi voz sonó más entrecortada de lo que debería.
Algo cambió en su mirada. La expresión inquisitiva dio paso a otra cosa. Algo más oscuro. Algo que conocía de nuestra noche de bodas, de la pista de baile, de todas y cada una de las caricias que me había prodigado y que decían: «Me perteneces».
—Quítate el vestido.
Se me cortó la respiración. No porque la frase me sorprendiera, sino porque mi cuerpo respondió de inmediato con una oleada de calor, antes de que mi cabeza le diera permiso.
Sentí un tirón en mi interior. Me flaquearon las rodillas, y odié la facilidad con la que podía provocarme aquello.
Bastaba una sola frase para convertirme en cera entre sus manos.
—¿Perdona? —Mi voz sonó más débil de lo que pretendía.
—Me has oído.
Ryder estaba de pie frente a mí, mirando fijamente el vestido rojo, como si no reparara en las chispas que saltaban entre nosotros.
Alargué la mano hacia atrás hasta encontrar la cremallera. Entonces la bajé despacio, y la tela resbaló por mis hombros y mis caderas antes de caer al suelo de mármol.
La mirada de Ryder se convirtió en un incendio cuando me vio en ropa interior.
—Arrodíllate.
Mi cuerpo obedeció antes de que mi mente le diera permiso. Caí de rodillas sobre el frío mármol mientras él permanecía de pie frente a mí. Su mirada era tan oscura y ardiente que noté cómo me vibraba el cuerpo entero.
Ryder desapareció en el dormitorio. Probablemente solo fueron unos segundos, pero me parecieron una eternidad. Cuando regresó, llevaba en la mano algo pequeño y negro que reconocí al instante, porque tenía un modelo parecido en el cajón de mi mesilla de noche.
—Ryder…
—No quieres hablar, así que no hables. —Se arrodilló ante mí. Su rostro quedó a la altura del mío y estaba tan cerca que su aliento me rozaba la cara—. No hablarás hasta que yo te dé permiso.
Deslizó una mano entre mis piernas. Sus dedos apartaron a un lado la tela de mis bragas y entonces colocó el vibrador directamente sobre mi punto más sensible y lo encendió.
Mi cuerpo se estremeció. Un zumbido tenue y constante; no lo bastante intenso para arrojarme al abismo, pero sí para que mi respiración se acelerara de inmediato y mis dedos se clavaran en mis muslos.
—Ryder. —El nombre salió entre jadeos.
—¿Qué he dicho? —Su voz sonó serena. Casi como si no se diera cuenta de que estaba poniendo mi mundo patas arriba. Se incorporó y quedó de pie sobre mí. Desde aquella perspectiva, Ryder parecía aún más alto y sus hombros, todavía más anchos.
El zumbido del vibrador me atravesaba el cuerpo, oleada tras oleada, implacable.
—Has dicho que no hable. —Mi voz fue un susurro.
—Bien. —Me miró desde arriba—. No te correrás. No hasta que yo lo diga. ¿Entendido?
Asentí. Me clavé los dientes en el labio inferior y mis caderas se movieron en busca de más fricción, mientras el calor en el centro de mi cuerpo se volvía cada vez más intenso.
Debieron de pasar horas, tal vez incluso días, durante las que Ryder se limitó a mirarme mientras yo luchaba contra las oleadas de calor que arrasaban mi cuerpo.
Por fin, se aclaró la garganta.
—Ahora puedes hablar. —La voz de Ryder resonó sobre mí, grave y ronca—. Dime por qué me has mentido.
—Yo no te he… —El vibrador aumentó de intensidad. Y después aún más. Ryder debía de tener un mando a distancia. Mi espalda se arqueó y de mi boca escapó un gemido que no pude contener.
—Inténtalo otra vez, Cupcake.
Me ardían los ojos. No por las lágrimas, sino por la intensidad, y todo mi cuerpo era un único nervio tenso y vibrante. No podía pensar, al menos no con claridad, no con aquel calor entre las piernas y la mirada de Ryder sobre mí, observándolo todo.
—No quería estropear la noche —respondí con voz quebrada—. No quería que te preocuparas. Tenía náuseas, ¿vale? Unas náuseas horribles. Después fui al baño, calmé los nervios con agua fría y volví a encontrarme bien. Siento si ha parecido… demasiado dramático.
No era toda la verdad. Pero sí una parte de ella, y era más de lo que le había dado durante toda la noche.
Ryder tensó la mandíbula. Algo en sus ojos se suavizó, solo durante un instante, antes de que regresara la oscuridad.
Las piernas empezaron a temblarme y mi respiración se volvió irregular.
—¿Y por qué tenías náuseas?
Porque estoy embarazada. De ti. Y no puedo decírtelo.
—A veces soy sensible a los olores —susurré—. Probablemente tenía el estómago revuelto.
Me contempló durante un rato que se me hizo angustiosamente largo. Después asintió una sola vez y el vibrador volvió a la potencia más baja. Mi cuerpo se desplomó, tembloroso, aún al borde del abismo, aunque la intensidad había disminuido.
—¿Lo ves, Cupcake? —Su voz sonó queda—. Decirme la verdad no era tan difícil.
Su mirada era casi engreída y, allí de pie frente a mí, con la corbata floja y la camisa medio desabrochada, volvía a estar condenadamente guapo. Lo deseaba. Con desesperación.
No porque estuviera volviéndome loca con un vibrador.
Sino porque era Ryder.
Porque me había esperado ante la puerta del baño de señoras.
Y porque quería entenderme.
No podía contarle la verdad, pero sí demostrarle que lo respetaba.
Levanté las manos y encontré su cinturón. Se estremeció de manera casi imperceptible y su mano salió disparada hacia abajo para agarrarme de la muñeca.
—¿Qué haces?
—Lo que quiero. —Mi voz sonó ronca y áspera.
Ryder intensificó la presión sobre mi muñeca. Sus ojos castaños parecían casi negros, su respiración ya no estaba tan controlada como pretendía aparentar y tenía la mandíbula tan tensa que distinguí los tendones de su cuello.
Entonces me soltó.
Un gruñido brotó de su garganta. Profundo, nacido en su pecho, un sonido más animal que humano que me erizó la piel de todo el cuerpo.
Mis dedos le desabrocharon el cinturón y después el botón y la cremallera. Bajé la tela y él estaba duro, tan duro que se me secó la boca y tuve que tomar aire.
Pasé la lengua por la erección de Ryder antes de introducírmela en la boca.
Ryder expulsó el aire. Una única exhalación áspera que sonó como si le hubieran arrancado el control de las manos. Me sujetó por la nuca, hundió los dedos entre mis rizos y me sostuvo con fuerza.
Sus manos guiaron mis movimientos para que lo tomara más hondo.
La erección de Ryder me llenó la boca y noté cómo se estremecía cuando mi lengua recorrió toda su longitud. Sus dedos tiraron con más fuerza de mi pelo y su respiración se volvió más ronca.
—Scarlet. —Mi nombre sonó como si se lo hubieran arrancado del cuerpo. Áspero, ronco y casi desesperado.
Alcé la mirada hacia él. De rodillas, con su miembro en la boca, nuestras miradas se encontraron. Ya no quedaba ni rastro de control en sus ojos.
No era el jefe, ni el multimillonario, ni el hombre que levantaba muros. Solo Ryder. Crudo, abierto y vulnerable de un modo que jamás admitiría, pero que en aquel momento no podía negar.
Casi como si me hubiera leído el pensamiento, Ryder me empujó más contra su erección. Con cada embestida se introducía un poco más profundamente en mí.
La combinación de su sabor sobre mi lengua y la vibración en el centro de mi cuerpo me estaba volviendo loca. Gemí contra su miembro, y la vibración de mi garganta le arrancó una maldición.
—Joder, qué bien te siento. —Movió las caderas y embistió hacia delante, y dejé que me la metiera más hondo y con más fuerza.
Ryder tenía ya los dedos clavados en mi pelo, casi como si quisiera impedir que me detuviera.
No iba a detenerme.
Dios, no. No cuando ambos estábamos tan cerca.
Acompasé mis movimientos a los suyos mientras me follaba la boca. Con fuerza, hasta el fondo y sin contenerse.
Su respiración se aceleró y se volvió más ronca, y sus abdominales se tensaron bajo mis dedos. Noté cómo se tensaba todo su cuerpo, cada músculo, cada tendón, y la mano en mi pelo se cerró en un puño.
—Scarlet… Estoy a punto de correrme.
No me detuve. Al contrario, puse todo mi empeño en que se corriera. Moví la boca más deprisa y presioné la lengua contra su erección hasta que dejó escapar un gruñido quedo.
Entonces se corrió y dio una última embestida mientras bombeaba su esencia dorada dentro de mí.
Apartó la mano de mi pelo y me acarició la mejilla.
—Córrete para mí, Cupcake. —Aún respiraba con dificultad mientras me miraba desde arriba, con la mirada suave. Tan suave que casi me daban miedo, porque rara vez veía aquella expresión.
Ryder se arrodilló ante mí y apretó el vibrador con más fuerza contra mi cuerpo.
Me besó mientras yo gemía contra su boca.
—Déjate llevar —murmuró de nuevo.
Mi cuerpo obedeció. La oleada que había estado conteniendo todo aquel tiempo se abatió sobre mí, ardiente y arrolladora.
Tenía las piernas flácidas y me temblaban con tanta violencia que, incluso de rodillas, apenas podía mantener el equilibrio.
Ryder me atrajo hacia él y hundí el rostro en su cuello.
—Ven aquí. —Me levantó y terminó tomándome en brazos para llevarme al dormitorio.
—Scarlet. —La voz de Ryder sonó inusitadamente seria.
—¿Mmm? —pregunté con los ojos cerrados.
—Espero que a partir de ahora seas sincera conmigo. No es una petición —dijo en voz baja, con un tono más ronco de lo normal y, al mismo tiempo, más dulce—. Si dices que te encuentras mal, nos vamos. Me da igual quién esté allí. El consejo de administración, Pierce o el puto presidente. Nos vamos.
Mi corazón hizo algo que no supe identificar.
No dije nada. Apreté el rostro contra su pecho, cerré los ojos y escuché los latidos de su corazón, que aún eran demasiado rápidos.
Tal vez aquel habría sido un buen momento para decirle a Ryder que iba a ser padre.
Pero no dije nada.
El momento era demasiado hermoso y mi miedo a la verdad, demasiado grande.
Así que guardé silencio y disfruté de lo bien que sentaba estar entre los brazos de Ryder, aunque todo aquello estuviera mal.