Burning for my Boss (Los multimillonarios de Nueva York nº 17) 24. Mini-Russo era, sin duda,mihijo. #2
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24. Mini-Russo era, sin duda,mihijo. #2

—No puedes montar este drama cada vez que alguien sirva champiñones —susurré—. Esto es Manhattan. Aquí hay trufa en todas las cartas. Tenemos que superarlo, Mini-Russo. Juntos.

Mini-Russo respondió con otra oleada de náuseas que me obligó a inclinarme sobre el inodoro. No duró mucho. Después me aparté, me limpié la boca y volví a respirar.

—Vale, vale. Se acabaron las trufas. Pero la lista de cosas que te gustan empieza a ser desesperantemente corta.

Me levanté, fui hasta el lavabo y contemplé mi rostro en el espejo.

Estaba pálida, pero no ofrecía un aspecto catastrófico.

Me lavé las manos, me enjuagué la boca con agua y me apliqué agua fría a toquecitos en las sienes y las muñecas.

Después saqué el pintalabios del bolso de mano y me lo apliqué.

Me alisé el vestido, respiré hondo y abrí la puerta.

Ryder estaba en el pasillo.

El corazón me dio un vuelco porque no esperaba encontrarlo allí. No allí. No delante del baño de señoras de un restaurante con tres estrellas Michelin, apoyado de espaldas contra la pared de enfrente y con las manos en los bolsillos del pantalón, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.

Parecía estar esperando a un socio comercial. No a su esposa, que acababa de vomitar en un baño de mármol.

—Estás delante del baño de señoras —dije, fingiendo que no me sorprendía lo más mínimo.

—Sí. Ryder asintió.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque llevabas diez minutos fuera —su mirada escrutó mi rostro. Lo registró todo: el pintalabios recién aplicado, las mejillas enrojecidas y la humedad de las sienes que no me había secado—. Y porque apenas has comido.

Se me encogió el estómago, y no tenía nada que ver con las náuseas. Por supuesto que se había dado cuenta. Al fin y al cabo, Ryder lo advertía todo, algo tremendamente frustrante cuando una cargaba con un secreto.

—He comido —dije—. Salmón. Espárragos. Dos bocados de pan. Es una cena normal.

—Has apartado los champiñones al borde del plato y no has tocado la sopa.

—No me gustan los champiñones. Ni la crema de aguacate.

—La semana pasada pediste champiñones en la pizza —replicó Ryder con sequedad.

Mis pensamientos se aceleraron. ¿Ryder recordaba lo que había pedido en mi pizza? ¿Quién hacía algo así? ¿Quién memorizaba el pedido de una pizza? Sobre todo porque me la había zampado a solas en la cama mientras Ryder volvía a encerrarse en su gimnasio.

—Eran otra clase de champiñones —dije, y fue la peor mentira de mi vida, como ambos sabíamos.

Ryder me miró. Su mirada era oscura y serena, y algo en ella decía: «No te creo. Pero no voy a preguntar. Todavía no».

—También vuelves a estar mareada —dijo. No era una pregunta, sino una afirmación.

—No estoy... —empecé, pero Ryder me interrumpió.

—Te estás agarrando al marco de la puerta.

Bajé la vista. Mis dedos aferraban de verdad el marco, aunque ni siquiera me había dado cuenta. Lo solté.

Ryder no añadió nada más. Se quedó allí, con las manos metidas en los bolsillos y la mirada fija en mi rostro. En sus ojos castaños había algo que no era escepticismo, ni enfado ni indiferencia.

No, era algo más cálido. Algo que me ponía más nerviosa de lo que debería.

Entonces se apartó de la pared.

Ryder estaba ahora justo delante de mí. Tan cerca que su loción de afeitar me envolvía. Levantó una mano y me acarició la mejilla. Fue un roce tan leve que apenas lo noté y que, al mismo tiempo, hizo vibrar todo mi cuerpo.

—Si quieres irte —dijo en voz baja—, nos vamos.

No puso condiciones ni señaló que su posible socio comercial estaba esperando. Ryder se encontraba exactamente donde quería estar desde el punto de vista profesional y, aun así, me ofrecía marcharnos antes del postre.

Se me cerró la garganta. No porque las náuseas hubieran regresado, sino porque el deseo de decirle a Ryder que estaba embarazada, allí mismo y en aquel preciso instante, se volvió tan intenso que apenas pude resistirme.

Lo único que me frenaba eran sus palabras sobre disfrutar de nuestra vida en pareja.

Para ser sincera, eso me rompía un poco el corazón y no sabía qué hacer al respecto.

Pero no dije nada. Mantuve los labios sellados.

Él seguía mirándome y su pulgar continuaba acariciándome la mejilla. No sabía qué hacer con aquel hombre que era a la vez una muralla y una puerta abierta.

—Estoy bien —dije—. Volvamos.

Ryder me miró y me concedió una última oportunidad para cambiar de opinión. Después me ofreció el brazo y regresamos juntos al salón, uno al lado del otro.

Sonreí y varias copas se alzaron cuando volvimos a sentarnos. Nadie sabía que cinco minutos antes había estado con la cabeza inclinada sobre la taza de un váter.

Nadie salvo Ryder. Él lo sabía aunque yo no se lo hubiera dicho. Lo veía aunque yo lo ocultara.

Y eso era precisamente lo que más miedo me daba.

Nos sentamos. Ryder retiró mi silla. Volvió a apoyar la mano en el respaldo y uno de sus dedos me rozó la espalda.

El camarero trajo el postre. Crème brûlée. El aroma a vainilla y azúcar caramelizado me llegó a la nariz, y mi estómago, que un instante antes se había rebelado, suspiró aliviado. Eso sí podía comerlo. A Mini-Russo le gustaba el azúcar. Mini-Russo era, sin duda, mi hijo.

Cogí la cuchara, golpeé la capa caramelizada y escuché el satisfactorio crujido. El primer bocado fue perfecto, y cerré los ojos durante un instante porque una crème brûlée era justo lo que necesitaba después de una velada como aquella.

Cuando abrí los ojos, Ryder estaba mirándome.

No a Pierce. No al salón. No a las cincuenta personas más influyentes de Nueva York.

A mí.

Intenté convencerme de que me miraba con tanta intensidad porque aquello era una especie de juego preliminar. Pero sabía que no era así. Me observaba porque sabía que algo iba mal. Algo que cada vez me costaba más ocultar y para lo que empezaban a agotárseme las excusas.

Los ojos de Ryder casi me atravesaron, y la mano que tenía apoyada en el respaldo de mi silla ejerció un poco más de presión contra mi espalda.

No lo dijo en voz alta, pero su expresión revelaba que todavía esperaba una explicación.

Y lo hacía con una mirada que dejaba claro que, sin duda, aún le debía una.