Burning for my Boss (Los multimillonarios de Nueva York nº 17) 23. Es un gasto de empresa.
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23. Es un gasto de empresa.

Es un gasto de empresa.

El apartamento de Ryder, Manhattan, unos días después.

Había dos cosas que sabía hacer, estuviera donde estuviese. Daba igual lo desconocida que me resultara la cocina o que la encimera fuera de mármol de Carrara y probablemente hubiese costado más que todas mis posesiones hasta la fecha, órganos incluidos.

Primera: respirar.

Segunda: hornear.

Y como aquella mañana la primera apenas me funcionaba, me había volcado en la segunda.

La cocina de Ryder era ridícula. No ridícula en el sentido de que fuera mala, sino ridícula en el sentido de: ¿quién necesitaba dos hornos si nunca cocinaba?

Dos. Yo había tenido medio horno en mi antiguo apartamento, y esa mitad solo había funcionado si mantenía la puerta cerrada con la rodilla mientras rezaba un padrenuestro.

Allí había electrodomésticos Miele, Sub-Zero y una nevera más grande que mi antiguo dormitorio.

Había llenado los enormes armarios con todo lo necesario para hornear.

Además, había una isla de cocina en la que se podría haber tendido cómodamente un cadáver.

No había tendido ningún cadáver. Solo había hecho muffins de arándanos.

Treinta y seis. En tres horas. Desde las cinco de la mañana. Porque me había despertado en una cama vacía. Ver dormir a Ryder era casi tan insólito como ver un unicornio. Y eso que me gustaba contemplarlo mientras dormía.

Dormido, Ryder parecía distinto.

Más joven. Más dulce. La línea de la mandíbula se le relajaba, el surco entre las cejas desaparecía y su boca, que durante el día parecía estar en una discusión permanente con el resto del mundo, se veía casi apacible mientras dormía.

Casi. Porque incluso dormido había algo en Ryder que decía: No te acerques demasiado. No me toques. Ni siquiera lo intentes.

Aun así, lo había intentado. Había recorrido sus pómulos con los dedos, con la ligereza de una pluma, y él se había inclinado hacia mi caricia mientras dormía, de forma inconsciente, y mi corazón había hecho algo que debería estar prohibido.

Así que volvamos a los muffins.

Treinta y seis muffins, porque la receta era para doce y la había repetido tres veces, ya que mis manos necesitaban hacer algo que no fuese acariciar el rostro de Ryder.

Estaba justo glaseándolos cuando se abrió la puerta del apartamento.

Unos pasos pesados y rítmicos resonaron sobre el suelo de mármol y, a continuación, se oyó el sonido de unas llaves al caer sobre la cómoda del recibidor. Después hubo silencio y de nuevo pasos, cada vez más cerca, hasta que Ryder apareció ante mí.

Y mi cerebro se reinició por completo.

Llevaba unos pantalones de chándal negros, bajos sobre las caderas, y una camiseta gris oscuro que se le pegaba a los hombros y al pecho porque estaba empapada en sudor.

Tenía el pelo mojado y peinado hacia atrás, aunque algunos mechones oscuros le caían sobre la frente.

Su rostro estaba arrebolado, no demasiado, solo lo suficiente para que sus pómulos parecieran más marcados y sus ojos castaños, más oscuros.

Le brillaban el cuello y los antebrazos y, en realidad, le brillaba todo.

Me quedé allí de pie, con una manga pastelera llena de glaseado de arándanos, y olvidé cómo funcionaban las palabras.

No era justo.

Era absolutamente, profundamente y esencialmente injusto que un ser humano pudiera tener aquel aspecto después de haberse machacado físicamente.

La gente normal, la gente como yo, después de hacer deporte parecía algo que había arrastrado el gato hasta casa.

Ryder parecía una portada de Men's Health.

La camiseta estaba tan mojada que se le pegaba al torso y yo podía ver todos y cada uno de los músculos que había debajo.

Los hombros anchos perfilados bajo la tela.

El pecho, que subía y bajaba con cada respiración.

El abdomen, que, Dio mio, incluso debajo de una camiseta de algodón mojada parecía esculpido en piedra.

Y sus brazos. Sus brazos. Las venas se le marcaban en los antebrazos porque aún tenía el pulso acelerado, los bíceps tensaban las mangas y sus manos, aquellas manos que tres noches antes...

No. Basta. Concéntrate, Scarlet. Concéntrate en los muffins.

—Buenas —dije, con voz de niña de trece años que hablaba por primera vez con el chico de la clase de al lado. Me aclaré la garganta—. Quería decir: buenos días.

La mirada de Ryder pasó de mí a los muffins.

Estaban dispuestos en filas ordenadas, como un pequeño ejército de bollitos de arándanos.

Después volvió a mirarme. A mi cara, probablemente manchada de harina.

A la camiseta enorme que llevaba, que era suya, porque a las cinco de la mañana no había querido rebuscar en la maleta que todavía no había deshecho.

Me parecía mal deshacer la maleta; aquel no era mi hogar.

—Llevas mi camiseta —señaló con sequedad.

Ni «Buenos días». Ni «¿Cómo has dormido?». Solo una constatación, expresada con aquella voz grave y serena que sonaba como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—No he encontrado otra cosa. —Me encogí de hombros e intenté aparentar indiferencia, algo complicado porque la camiseta me llegaba hasta la mitad de los muslos y debajo solo llevaba ropa interior.

Él miraba justo el punto en el que terminaba la camiseta y empezaban mis piernas, y sentí su mirada como un contacto físico.

—Hum. —Entró en la cocina, abrió la nevera y sacó una botella de agua, de la que bebió la mitad de inmediato.

Echó la cabeza hacia atrás y yo contemplé su cuello, la nuez que se movía al tragar y la gota de sudor que descendía desde su mandíbula por su cuello, recorría la clavícula y desaparecía bajo el cuello de la camiseta.

Por el amor de Dios, yo era una mujer adulta. Había entregado encargos de tartas a tiempo en las circunstancias más adversas. Había sobrevivido a cuatro hermanos mayores. Hermanos italianos, nada menos. ¡No podía permitir que unas cuantas gotas de sudor me hicieran perder la compostura!

La gota de sudor me hizo perder la compostura.

—Has estado fuera mucho tiempo —dije, concentrándome con muchísima intensidad en el glaseado.

Ryder dejó la botella y se secó la cara con el bajo de la camiseta.

Al hacerlo, dejó a la vista su abdomen, una franja de piel bronceada y músculos definidos, y mi manga pastelera emitió un ruido porque la apreté con demasiada fuerza.

Un buen pegote de glaseado acabó en la isla de cocina en lugar de sobre el muffin.

—Ha sido mi recorrido habitual —respondió con sequedad.

—Tu recorrido habitual, Ryder. Después de haber estado ya en el gimnasio.

—Lo señalé con la manga pastelera como si fuese una prueba de un delito—.

Eso no es sano. Es una obsesión. —Mis palabras no eran una exageración.

Todas las mañanas, sin excepción, Ryder se encerraba primero en el gimnasio y después salía a correr y regresaba así.

—Lo necesito. —Tres palabras que no dejaban margen para la discusión.

—¿Por qué?

Se limitó a mirarme durante unos segundos. La mandíbula se le tensó, y había algo en sus ojos más profundo que la obstinación, más oscuro que la costumbre. Como si no estuviera huyendo de la nada, sino de algo a lo que no quería ponerle nombre.

—Porque funciona —respondió, sin especificar qué era exactamente lo que funcionaba.

Abrí la boca para insistir, pero algo en su postura me dijo que aquel no era el momento. Todavía me quedaban seis meses para esperar una ocasión mejor.

Así que volví a cerrar la boca, cogí uno de los muffins de la isla y se lo tendí a Ryder sin decir nada, como una pipa de la paz hecha de migas.

Él miró el muffin y luego me miró a mí, como si intentara averiguar qué pretendía.

Entonces lo cogió y le dio un mordisco. Algo cambió brevemente en su rostro, apenas perceptible, pero yo lo vi. Un leve arqueo de cejas. Una pequeña pausa.

—¿Está bueno? —pregunté.

—Hum. —Tragó y miró el muffin como si lo hubiese ofendido personalmente—. Es aceptable.

—Aceptable. —Me crucé de brazos—. Te estás comiendo el mejor muffin de arándanos de tu vida, Ryder West, ¿y lo único que se te ocurre decir es que resulta aceptable?

—Nunca digo más de lo necesario. —Le dio otro mordisco y las comisuras de los labios le temblaron. Supe que el muffin era más que aceptable porque se lo terminó en menos de treinta segundos y sus dedos buscaron otro antes de que yo pudiera decir nada.

—Para alguien que considera que mis muffins son solo aceptables, comes bastantes.

—Prepárate. —Se apartó de la encimera y se limpió las migas de los dedos—. Nos vamos enseguida.

Parpadeé.

—¿Enseguida? ¿Adónde?

—De compras.

Lo miré como si me hubiese dado una bofetada.

—De compras —repetí, como si las palabras pertenecieran a un idioma extranjero—. Tú. Quieres. Ir de compras.

—Mi mujer también necesita ropa de gala para los actos formales. —Lo dijo con tanta despreocupación como si acabara de comentar el tiempo en lugar de poner en tela de juicio todo mi vestuario.

—¡Tengo un vestido!

—Uno. —Arqueó una ceja. Solo una. Era impresionante cuánto escepticismo podía expresar un hombre con una sola ceja—. Quiero mostrarle al mundo de muchas formas distintas todo lo que mi mujer tiene que ofrecer. Para eso necesitas más de un vestido.

Abrí la boca y me quedé así.

«Todo lo que mi mujer tiene que ofrecer».

Era una frase posesiva y halagadora a la vez, y mi cerebro no sabía si indignarse o ruborizarse, así que mi rostro optó por ambas cosas.

—Dentro de una semana hay una cena benéfica.

—Lo dijo con calma y objetividad, como si estuviera presentándome un contrato comercial—.

Es un acto organizado por Harrison Pierce, y asistirán cincuenta de las personas más influyentes de Nueva York.

Mi mujer no aparecerá con un vestido que ya haya llevado en público.

Y huelga decir que unos vaqueros y unas zapatillas no constituyen un atuendo apropiado.

La frase me golpeó. No por las palabras, sino por lo que había detrás.

El acuerdo entre nosotros. El motivo por el que estábamos allí y por el que yo llevaba su anillo.

Aquello era un matrimonio temporal a cambio de tres millones de dólares.

Por tanto, debería darme igual por qué Ryder se destrozaba haciendo ejercicio o por qué tenía un aspecto tan increíblemente bueno mientras lo hacía.

—Pero no tengo dinero para... —empecé.

Ryder se dio la vuelta, salió al recibidor y abrió un cajón de la cómoda que había junto al perchero. Regresó con una pequeña tarjeta de crédito negra.

Pero no era una tarjeta de crédito negra cualquiera. Era tan negra que parecía tragarse la luz, y tenía un nombre escrito en letras plateadas.

Mi nombre.

Scarlet West.

—No —dije de inmediato.

—Sí.

—Ryder, no. No voy a aceptar tu dinero. Lo de los tres millones es distinto, formaba parte del acuerdo, pero esto... Esto es... —Me incomodaba tanto que apenas era capaz de pronunciarlo.

—Esto forma parte del acuerdo. —Volvió a apoyarse en la encimera, cruzó los brazos sobre el pecho y me dirigió esa mirada que decía: «Puedes discutir, pero vas a perder».

—. Eres mi mujer. Oficialmente. Pierce comprobará si pareces una persona que encaja en mi vida.

No es un regalo, Scarlet. Es un gasto de empresa.

Vaya.

Yo era un gasto de empresa. Ryder sabía muy bien cómo hacer cumplidos.

Algo se contrajo en mi interior, breve y desagradable, como un corte de papel que solo se nota cuando le cae encima zumo de limón. Pero me lo tragué porque tenía razón. Aquello era un negocio, y los gastos de empresa no tenían nada que ver con los sentimientos.

—¿Hay algún límite? —pregunté con una voz más firme de lo que me sentía.

—No te preocupes por eso.

—Lo que equivale más o menos a decir que no hay límite. —Lo miré—. Le estás dando una tarjeta sin límite a una mujer que hornea muffins de forma descontrolada cuando se pone nerviosa.

—Le estoy dando una tarjeta de crédito a mi mujer.

—Lo recalcó con tanta suavidad y despreocupación que a la mayoría se le habría escapado.

Pero yo lo oí, y las palabras me golpearon como una gota de cera sobre la piel desnuda: primero ardiente, luego cálida, y después filtrándose bajo mis capas hasta un lugar donde no pintaba nada—. Y espero que la use.

Cogí la tarjeta. Pesaba más de lo que debería pesar una tarjeta de crédito.

—Entonces, ¿se supone que tengo que comprar vestidos caros con esto?

—Nosotros compraremos vestidos nuevos con ella —me corrigió Ryder—. Te acompañaré.

—Así que quieres vigilarme para asegurarte de que compro cosas lo bastante caras.

—Sí. —Ryder no ocultó que no confiaba en que fuera a comprar ropa adecuada, y quizá tuviera razón. Solo tenía un vestido, elegido por Parsley para que estuviera presentable en las bodas.

—Está bien, como quieras, iremos de compras —dije con obstinación.

—Bien.

—Genial, solo me separan de Uruguay dos o tres modelitos rojos más —murmuré en italiano—. Pero al menos ya no necesito billete, porque puedo comprarme el avión entero.

La mirada de Ryder se posó en mi boca.

—¿Qué has dicho?

—Nada. —Hice un gesto desdeñoso con la mano—. Solo es un viejo refrán italiano.

—Un refrán, ¿eh? —Me observó, y vi cómo guardaba la información del mismo modo que guardaba todo: en silencio, con precisión, para más adelante. No hizo ningún otro comentario.

—Vístete, Cupcake. —Cogió un tercer muffin, se dio la vuelta y se dirigió hacia el cuarto de baño.

Me quedé mirando su espalda, sus anchos hombros, la forma en que la camiseta se le pegaba a los omóplatos y los pantalones de chándal bajos sobre las caderas.

Me descubrí mirándolo y supe que estaba en apuros. En serios apuros.

Una parte de mí intentaba convencerse de que todo se debía a las hormonas del embarazo. Dentro de unas semanas, mi cuerpo se habría acostumbrado a los cambios hormonales y Ryder ya no ejercería aquel efecto sobre mí. Con suerte.

—Ryder —lo llamé mientras colocaba los cupcakes en una bandeja.

Él se detuvo y volvió la cabeza. A contraluz en el pasillo parecía una silueta, alto y de hombros anchos, con el muffin a medio comer en la mano y su mirada oscura y serena clavada en mí.

—Los muffins no son aceptables —dije—. Son excelentes.

Un instante. Dos. Una comisura de sus labios se elevó. No llegó a ser una sonrisa. Pero se acercó bastante.

—Vístete, Cupcake.

Y entonces se marchó.

Me quedé en su cocina, preguntándome qué era aquello que había entre Ryder y yo.

Qué eran en realidad aquel acuerdo y aquel matrimonio.

Pero la pregunta más importante seguía siendo la misma: ¿para Ryder yo solo era un gasto de empresa?