22. ¿Esa es tu definicióndel romanticismo? #2
—No hables, Scarlet. —Deposité un beso bajo su oreja. En la nuca. En el punto donde le latía el pulso, deprisa y con fuerza. Dejé allí los labios un instante, sintiendo su corazón bajo mi boca—. Quiero que te limites a sentir.
La conduje hasta la cama. Tropezó ligeramente porque no veía nada, pero mis manos la sujetaron por las caderas con firmeza y seguridad. Hice que se sentara en el borde de la cama y la tumbé sobre las sábanas; su pelo se extendió como tinta oscura sobre la seda.
Permanecí allí un momento contemplándola. A la luz de las velas, sobre mi cama, con los ojos vendados, los labios entreabiertos y la piel dorada. Joder, era lo más hermoso que había visto en mi vida, y ese pensamiento resultaba peligroso porque la belleza no formaba parte del trato.
Pero aquello tampoco formaba parte del trato y, aun así, lo estábamos haciendo.
Me quité la camisa. Botón a botón. Los zapatos. El cinturón.
Scarlet oía cada sonido. Lo veía en la forma en que reaccionaba su cuerpo. Un respingo con cada chasquido del cinturón, una respiración más rápida con el roce de la camisa, un leve estremecimiento cuando el cinturón cayó sobre la silla.
Cogí una de las velas de la mesilla. Una pequeña vela blanca de cera de soja y bajo punto de fusión. No lo bastante caliente para quemar, pero sí para sentirla.
Me senté a su lado en la cama. Apoyé la mano libre sobre su vientre y Scarlet se sobresaltó, no de dolor, sino de sorpresa, porque no me había visto acercarme.
—Ryder, ¿qué…?
—Shh.
Incliné la vela.
La primera gota de cera cayó sobre su clavícula.
Scarlet jadeó. Su espalda se arqueó sobre la cama y sus manos se aferraron a las sábanas. El sonido que emitió no fue un grito ni un gemido, sino algo intermedio, algo primario que brotó directamente de su cuerpo antes de que su mente pudiera procesarlo.
—¿Demasiado caliente? —pregunté.
—No. —Su voz se quebró—. No, es… sigue.
Dejé caer la siguiente gota. Debajo de la clavícula. Sobre la curva de un pecho. Scarlet se mordió el labio inferior y sus dedos se clavaron más en la tela. Observé cómo la cera se solidificaba sobre su piel, blanco sobre dorado, y cada gota dibujaba un rastro que solo me pertenecía a mí.
Dejé que la cera recorriera sus pechos. Sus costillas. Su vientre. Despacio, de forma deliberada, alternando la cera con mis labios: una gota y después mi boca justo al lado. El contraste la hizo gemir.
—Ryder. —Su voz apenas era ya un susurro.
Abrió la boca y volvió a cerrarla. Sus caderas se movieron, buscando, y apoyé la mano sobre su vientre para obligarla a recostarse de nuevo. Sin brusquedad, pero con firmeza.
—Dime qué quieres. —Mi voz sonó más grave de lo habitual. Más áspera.
—Quiero… —Una gota de cera cayó sobre su cadera, ella gimió y la frase se desvaneció.
—Inténtalo de nuevo. —Me incliné sobre ella. Mi boca junto a su oído, mi aliento sobre su piel—. Te escucho.
—A ti —susurró—. Te quiero a ti.
Esas palabras me golpearon con más fuerza de la que deberían. No sexo. No caricias. A ti. Como si fuera algo más que cuerpos, piel y el calor entre nosotros. Como si fuese algo que yo no merecía.
Dejé la vela a un lado.
Mis manos tomaron el relevo. Pasé los dedos por los lugares donde la cera se había solidificado y la retiré poco a poco. Debajo, su piel estaba enrojecida, cálida y sensible, y besé cada punto.
Scarlet yacía debajo de mí, con los ojos vendados, ciega a todo salvo a mis manos, mi boca y mi voz. Sentí cómo se abría, no solo físicamente, sino de una forma peligrosa.
Para ella.
Para mí.
Y para lo que podía llegar a existir entre nosotros si no teníamos cuidado.
Seguí bajando con los besos. Por las costillas. Por el vientre. Por las caderas.
Sus manos soltaron las sábanas y se aferraron a mi pelo. Se lo permití porque sentir sus dedos entre mi cabello provocaba algo que no podía controlar, un tirón que no era solo físico.
—Las manos por encima de la cabeza —murmuré contra su piel.
—No. —Su voz sonó desafiante, jadeante y tan descaradamente propia de Scarlet que se me curvó una comisura, aunque ella no podía verlo.
Levanté la cabeza. La agarré de las muñecas, se las apreté contra las almohadas, por encima de la cabeza, y las sujeté allí con una mano. Scarlet jadeó y arqueó la espalda hacia mí. Podía sentir el latido de su corazón bajo mis dedos, allí donde le palpitaban las venas.
—Las manos por encima de la cabeza —repetí—. Y déjalas ahí.
—¿O qué? —preguntó provocadora.
—O paro.
Se quedó callada.
Sus manos permanecieron donde estaban.
Le solté las muñecas y no se movió. Sus dedos se clavaron en la almohada por encima de su cabeza y mantuvo los labios entreabiertos.
Su pecho subía y bajaba con respiraciones rápidas y superficiales, y era lo más hermoso que había visto en mi vida.
Era la segunda vez en diez minutos que lo pensaba, y eso provocaba en mí algo que no quería analizar.
Mi boca descendió. Por su vientre. Por sus caderas. Mis dedos apartaron la última barrera y, cuando acaricié su punto más sensible, emitió un sonido capaz de apagar todas las velas del dormitorio.
Me tomé mi tiempo. No tenía prisa y ella tampoco la tendría, porque era yo quien decidía cuándo sería suficiente.
Mi boca y mis dedos trabajaron al unísono mientras Scarlet se retorcía debajo de mí.
Sus manos seguían por encima de su cabeza, temblorosas y crispadas, pero permanecían allí porque sabía obedecer cuando importaba, y eso me enloquecía más que cualquier otra cosa.
—Ryder. —Su voz era tenue. Quebrada—. Ryder, por favor, ¡no puedo más!
—Sí que puedes. —Me aparté. Solo lo suficiente para que la oleada remitiese—. Puedes.
Gimió frustrada y desesperada, y sus caderas me buscaron, pero la mantuve inmóvil con una mano sobre la cadera y esperé hasta que su respiración se calmó, aunque solo fuera un poco.
—¿Qué quieres, Scarlet? —pregunté.
—A ti, Ryder. Todo.
Me separé de ella y terminé de desnudarme. Después me coloqué encima y, aunque no podía verme, abrió las piernas para mí.
Entré en ella despacio, manteniendo el control, centímetro a centímetro, y Scarlet se mordió el labio inferior. Sentí cómo su cuerpo se cerraba a mi alrededor y, durante un instante, un único y jodido instante, perdí todo el control.
Mi respiración era áspera. Apoyé la frente contra la suya.
Como Scarlet no podía ver, su percepción tenía que estar más agudizada; tenía que sentirme por todo el cuerpo.
Empecé a moverme. Primero despacio, luego con más fuerza y profundidad, hasta que arqueó la espalda.
Mi mano encontró su cuello. No apreté, pero sentí su pulso con el pulgar.
El corazón le golpeaba contra las yemas de mis dedos, deprisa, cada vez más deprisa, y sus manos se aferraron a la almohada hasta que estuvo a punto de gritar.
—Dilo. —Tenía la voz tan ronca que apenas la reconocí—. Di que eres mía.
—Soy tuya. —Sin pausa. Sin vacilar. Dos palabras que pronunció de inmediato, como si hubiera estado esperando a que se lo pidiera. Y la forma en que las dijo, jadeante, sincera y tan descarnada, hizo que algo se contrajera en mi pecho.
Dejé que llegara al orgasmo.
Todo su cuerpo se tensó, sus dedos se clavaron en la almohada y gritó mi nombre con tanta fuerza que las velas que nos rodeaban titilaron.
La seguí, hundiéndome con fuerza y profundidad.
Durante un momento disfruté de cómo el cuerpo de Scarlet se amoldaba al mío y después me tumbé a su lado en la cama.
Respiraba con dificultad y el corazón me golpeaba con fuerza. Y me parecía mal, jodidamente mal. Mi corazón no solía latir con fuerza. Mi pulso estaba siempre controlado. Siempre. Salvo ahora. Salvo con Scarlet.
Levanté la mano y le desaté la corbata que le cubría los ojos. Parpadeó y luego me miró. Le devolví la mirada y, durante un momento, mi mirada quedó al descubierto.
Lo sabía porque podía sentirlo. El muro que había construido entre mí y todo lo demás tenía una grieta.
Le aparté de la cara un rizo húmedo de sudor porque, sencillamente, no pude evitarlo. Aquel impulso indomable de retirarle el pelo de la cara era demasiado intenso para combatirlo.
Me sonrió. No fue una sonrisa amplia ni una destinada a las cámaras. Fue cansada y sincera, y me alcanzó en un lugar que llevaba años manteniendo cerrado.
Apoyó una mano sobre mi pecho, justo encima del corazón, que aún no había dejado de latir con violencia.
—Esto no ha sido cosa de una sola vez, ¿verdad? —preguntó en un susurro.
Miré al techo. La respiración de Scarlet se volvió más lenta y regular, y su cuerpo adquirió más peso contra el mío. Porque se estaba quedando dormida. Porque confiaba en mí y se sentía segura, y quizá eso fuera lo más peligroso de todo.
No respondí.
Pero la atraje más hacia mí con el brazo.