22. ¿Esa es tu definicióndel romanticismo?
¿Esa es tu definicióndel romanticismo?
Apartamento de Ryder, Manhattan, esa misma noche.
Scarlet hablaba.
Llevaba hablando desde que habíamos salido del hotel, desde que el chófer había cerrado la puerta tras ella, desde que las luces de Manhattan habían empezado a desfilar al otro lado de las lunas tintadas de la limusina, y no había tomado aire ni una sola vez.
Hablaba de la tarta de bodas. De los zapatos de Parsley, que, según ella, eran inhumanos. De su padre, que había llorado tres veces, y de cualquier cosa que se le ocurriera con tal de impedir que el silencio se instalase entre nosotros.
Hablaba porque estaba nerviosa.
También había percibido el nerviosismo de Scarlet en la pista de baile, con la mano apoyada en su espalda. El corazón le había latido con tanta fuerza que lo había notado bajo la palma.
Yo escuchaba. No porque me interesaran de verdad sus palabras.
Sino porque su voz adquiría un tono determinado cuando estaba nerviosa.
Un ligero temblor al final de las frases, como si las palabras salieran de ella más deprisa de lo que era capaz de ordenarlas.
Y ese temblor se intensificaba cuanto más nos acercábamos al apartamento.
Sabía lo que iba a pasar.
Yo también.
En el ascensor reinaba el silencio. Treinta y tres plantas, y Scarlet callaba por primera vez desde que habíamos salido del Royal Renaissance Hotel.
Estaba de pie a mi lado, con los dedos aferrados a la tela del vestido de novia, y contemplaba los números sobre la puerta, que ascendían como la cuenta atrás hacia algo que ninguno de los dos quería nombrar.
La miré. La luz del ascensor era fría, blanca y no favorecía a nadie, pero Scarlet parecía algo que debería exponerse tras una vitrina en un museo.
Sus rizos negros se habían ido soltando del recogido a lo largo de la noche y ahora le caían sobre los hombros.
Llevaba un pintalabios discreto que favorecía sus carnosos labios, aunque no tanto como el que había usado la primera vez que nos vimos y que aún seguía en el cuello de mi camisa.
Veintiocho. Veintinueve. Treinta.
—Me estás mirando fijamente —susurró sin apartar la vista de los números.
—Sí. —No lo negué porque era evidente que no podía dejar de mirarla.
Volvió la cabeza. Sus ojos se encontraron con los míos y algo centelleó en ellos. Miedo, deseo y una pregunta que no formuló.
—Deja de hacerlo —murmuró sin demasiado convencimiento.
—No. —Otra constatación.
Las puertas se abrieron.
Salí, me volví hacia ella y le tendí la mano. Scarlet miró mi mano, después a mí y luego de nuevo mi mano, como si fuera una trampa.
No lo era.
Me cogió la mano.
Tenía los dedos fríos. Cerré los míos a su alrededor y tiré de ella para sacarla del ascensor y la conduje por el pasillo hasta la puerta de mi apartamento. De nuestro apartamento. La idea era nueva. Incómoda. Aún no encajaba, pero estaba ahí.
Abrí la puerta, metí la llave en el bolsillo y entonces hice algo que no había planeado.
Cogí a Scarlet en brazos.
Scarlet emitió un sonido a medio camino entre un chillido y una protesta, y se aferró a mis hombros como si temiera que fuese a dejarla caer.
Su vestido se hinchó entre nosotros como una nube blanca.
Olía al perfume que se había puesto, un aroma avainillado y suave que se mezclaba con su fragancia a frambuesa.
—Esto es ridículo —dijo, pero sus dedos se hundieron en mi nuca y su voz volvió a temblar.
—Es tradición —respondí.
—Tú no eres un hombre de tradiciones —replicó Scarlet. No se equivocaba. Aun así, no la bajé.
—Hoy sí.
La llevé en brazos al otro lado del umbral y recorrí el pasillo hasta entrar en el apartamento. Los ventanales del ático proyectaban el perfil de Manhattan sobre el suelo. Era tarde.
Bajé despacio a Scarlet. Dejé que se deslizara por mi cuerpo centímetro a centímetro hasta que los pies le tocaron el suelo, pero no la solté. Mis manos descansaban en su cintura, su cuerpo estaba pegado al mío y sus ojos parecían enormes, oscuros e inquisitivos.
—Ryder. —Su voz era tenue—. ¿Y ahora qué?
La miré. Unas sombras suaves le surcaban los pómulos porque ninguno de los dos había encendido la luz. Bajo mis manos, su corazón latía con fuerza y rapidez, y lo sentía a través de la tela del vestido como si me perteneciera.
—Ahora —dije con una voz más grave de lo que pretendía— eres mía.
Sus labios se entreabrieron para tomar aire, pero no pronunció palabra.
La cogí de la mano y la conduje por el pasillo. Dejamos atrás el salón y la cocina.
La puerta del dormitorio estaba entornada. Una luz anaranjada, cálida y trémula se derramaba por el pasillo, y, cuando empujé la puerta, Scarlet se detuvo.
Velas. Por todas partes. En el alféizar de la ventana, en las mesillas de noche, sobre la cómoda, en el suelo.
Docenas de ellas. Las llamas proyectaban sombras en las paredes y el dormitorio olía a sándalo y cera caliente.
La luz era tenue y dorada, y confería a todo un aire irreal, como si aquello no fuera un dormitorio, sino un lugar ajeno al paso del tiempo.
Le había pedido al personal de la casa que las colocara. La cama estaba recién hecha, con sábanas de seda blanca. Normalmente prefería la ropa de cama oscura, pero esa noche no.
Las velas no habían sido un impulso romántico. Habían sido una decisión.
—Oh —dijo Scarlet.
Una sola palabra. Pero la forma en que la pronunció, con la boca entreabierta, los ojos muy abiertos y aquel temblor en la voz, que ya no era un temblor sino algo más primario y profundo, provocó en mi pecho algo a lo que no quería poner nombre.
Se volvió hacia mí. La luz de las velas danzaba sobre sus facciones, sobre las pecas de su nariz que había ocultado con maquillaje pero que ahora se transparentaban, sobre el rizo pegado a su mejilla, sobre sus labios, que acababa de humedecerse con la lengua sin ser consciente de ello, aunque mi cuerpo reaccionó como si fuese una invitación.
—¿Esta es tu idea de una noche de bodas romántica? —preguntó en voz baja.
Di un paso hacia ella. Y luego otro. Hasta quedar justo delante, obligándola a levantar la cabeza para mirarme, con el cuello echado hacia atrás y tan poco espacio entre nosotros que podía sentir el calor de su piel.
—No soy romántico, Scarlet.
—Entonces, ¿cuál es tu definición del romanticismo? —Tragó saliva—. Porque las cien velas que hay en tu dormitorio dicen lo contrario.
—Las velas no son románticas. —Levanté una mano y la apoyé en su mejilla.
Su respiración se detuvo. Deslicé despacio el pulgar por su mandíbula y noté cómo se inclinaba hacia mi caricia, de forma casi imperceptible, pero suficiente—.
Las velas están aquí para que pueda verte.
Cada parte. Cada centímetro. Cuando te quite el vestido.
Sus pupilas se dilataron.
—Oh —repitió, y esta vez no fue una exclamación de asombro, sino un sonido que brotó directamente de su garganta, grave y jadeante, y se me metió bajo la piel como una brasa.
La besé.
No como en la boda, con control y contención, para guardar las apariencias.
Mi boca se estrelló contra la suya y Scarlet se abrió para mí de inmediato, sin vacilar.
El calor que existía entre nosotros desde la primera vez que la había visto, desde la noche de la boda de Jaxon, desde que me había lanzado una tarta a la cara y había fallado, explotó.
Sus manos se aferraron a mi camisa. Las mías se hundieron en su pelo, retiraron las horquillas que aún quedaban y los rizos cayeron sobre mis dedos como algo vivo.
La besé con más profundidad y más despacio, y ella gimió contra mi boca, un sonido tenue y desesperado que puso a prueba mi autocontrol.
Me separé de ella. Solo lo suficiente para poder mirarla.
—Date la vuelta.
Obedeció. Sus hombros subían y bajaban con cada respiración, y vi que se le había puesto la piel de gallina en la nuca, allí donde terminaba el encaje del vestido y empezaba su piel.
Le bajé despacio la cremallera. Diente a diente. Mi aliento le rozó la nuca y Scarlet se estremeció. Me tomé mi tiempo porque no quería apresurarme.
Quería que sintiera cada segundo.
Cada centímetro de tela que se desprendía de su piel.
Cada roce de mis dedos en su espalda, allí donde la tela se separaba.
El vestido resbaló por sus hombros, luego por sus caderas y acabó cayendo al suelo como un charco de seda blanca. Scarlet estaba delante de mí sin nada más que la ropa interior y la luz de las velas, y por un instante contuve el aliento.
No era una obra de arte. Era mejor. Las obras de arte eran frías, lisas y perfectas.
Pero Scarlet era cálida y real, y tenía una pequeña cicatriz en la clavícula y pecas en los hombros.
Su piel resplandecía dorada a la luz de las velas, y me miraba por encima del hombro con aquellos ojos color avellana que preguntaban, desafiaban y temían al mismo tiempo.
—No te vuelvas —murmuré.
—¿Por qué no?
—Porque quiero mirarte.
Me aflojé la corbata y me la saqué del cuello. La tela se deslizó entre mis dedos con un leve siseo. Scarlet siguió mis manos con la mirada por encima del hombro y entreabrió los labios.
—¿Qué piensas hacer con eso? —preguntó. Tenía la voz ronca. Su pecho subía y bajaba cada vez más deprisa.
Me coloqué detrás de ella. Mi pecho contra su espalda, mi boca junto a su oído. Le cubrí los ojos por detrás con la corbata y ella se sobresaltó apenas un instante, un único temblor que le recorrió todo el cuerpo.
—¿Confías en mí? —Mi voz fue un susurro contra su piel.
Una pausa. Su respiración. El crepitar de las velas.
—Sí.
Anudé la corbata. Lo bastante fuerte para que Scarlet no pudiera ver, pero lo bastante floja para que pudiese quitársela en cualquier momento.
Sin embargo, no lo haría. No porque no pudiera, sino porque no quería.
Lo percibía en la forma en que se apoyaba contra mí, en cómo dejaba caer la cabeza hacia atrás y me ofrecía el cuello como un regalo que no podía expresar con palabras.
—Ryder. —Su voz no fue más que un soplo.