20. Sigue cojeando cuando hace frío. #2
—Lo que sí puedo decirte, Scarlet, es que Ryder nunca es el que más habla en la mesa y, aun así, es el único al que todos escuchan.
Y bebe bourbon como si se tratara de un ritual religioso.
Y… —Vaciló y se mordió el labio inferior—.
No sonrió ni una sola vez con Victoria. Ni una.
Hoy ha sonreído. Tres veces. Cuando te miraba. Las he contado.
Algo se contrajo dentro de mi pecho. No de un modo doloroso, sino cálido. Demasiado cálido.
Asentí e intenté ordenar aquella información de una forma que tuviera sentido. Ryder había sonreído hoy. Tres veces. Por mí.
No por ti, me corregí. Por la representación. Porque trescientas personas estaban mirando. Porque Pierce estaba mirando.
Pero mi corazón tenía su propia opinión, y sonaba con más fuerza que mi razón.
Era menos de lo que había esperado y, al mismo tiempo, en cierto modo, todo cuanto necesitaba.
—Scarlet.
La voz llegó desde mi derecha. Nítida, firme y con una precisión que hacía pensar que cada sílaba había pasado por un ensayo general.
Me volví y, a mi lado, Parsley hizo un movimiento que parecía una retirada estratégica ante una crisis diplomática.
Los ojos se le abrieron una fracción, cogió el móvil y murmuró algo sobre «comprobar la entrega de las tartas» antes de desaparecer a una velocidad impresionante para una mujer que llevaba gemelos en el vientre.
La madre de Ryder estaba ante mí.
Era una de esas mujeres de las que no se podía decir si tenían veinticinco o setenta años, porque el dinero, los buenos genes y, probablemente, un dermatólogo excelente habían difuminado la frontera entre las décadas.
Llevaba el cabello rubio plateado recogido hacia atrás en un moño perfecto; ni un solo pelo se atrevía a salirse de su sitio.
Llevaba un vestido azul marino, de un diseño tan sencillo que probablemente habría costado una fortuna y con un corte que le sentaba tan impecablemente bien como si lo hubieran cosido directamente sobre su cuerpo.
Sus joyas eran discretas. Pendientes de perlas y un único collar con un diamante pequeño.
Menos era más y, tratándose de aquella mujer, seguramente menos seguía costando cinco cifras.
Tenía el rostro estrecho, cuidado y absolutamente neutro. Ni cálido ni frío. Una hoja de papel antes de que alguien hubiera decidido qué escribir en ella.
Me tragué el último bocado de cupcake y recé para que no me quedara cobertura en la barbilla.
—Señora West —dije, intentando que mi voz no sonara ni demasiado cordial ni demasiado nerviosa.
No funcionó, porque mi voz siempre acababa revelando todo cuanto sentía, lo quisiera o no.
—No eres como esperaba.
Lo dijo sin calidez ni frialdad. Era una simple observación, no un juicio. Como alguien que participara en una cata de vinos y aún no supiera cómo clasificar el primer sorbo.
—¿Eso es bueno o malo? —pregunté.
Mantuve la espalda erguida y la barbilla alta. La postura de los Russo. La que papá nos había enseñado a adoptar cuando estábamos ante alguien que pretendía intimidarnos, fuera o no de manera deliberada.
Las comisuras de sus labios se crisparon. No llegó a ser una sonrisa, pero tampoco fue nada. Un atisbo de sonrisa.
—Eso aún no lo sé.
—Mi hijo —dijo la señora West mientras recorría con la mirada el salón de baile, a los invitados que bailaban, reían y bebían champán como si aquel fuera el acontecimiento social del año— no suele hablar de las personas que le importan. No mencionó a Victoria ni una sola vez.
Volvió la cabeza hacia mí. Sus ojos grises eran fríos e inteligentes y me observaban como si pudieran leer todas y cada una de mis capas.
—Pero sí ha hablado de ti. Eso, por sí solo, es… digno de mención.
Mi corazón dio un traspié.
—¿Y qué dijo?
—No lo suficiente.
Sostuvo mi mirada. Tres segundos. Cuatro. Me obligué a no apartar los ojos.
—Nunca dice lo suficiente. Eso es algo que aún tendrás que aprender.
No sabía si se trataba de una advertencia, de un consejo o de ambas cosas. Mi cabeza iba a toda velocidad: Habla de mí. Habla de mí con su madre. De la mujer con la que se ha casado por un trato. ¿Por qué habla de mí? Y, sobre todo, ¿qué dice?
—Soy perseverante —respondí.
No sabía de dónde había sacado el valor, pero mi voz sonó más firme de lo que esperaba. Enderecé los hombros. Alcé la barbilla otro centímetro.
—Me he criado con cuatro hermanos mayores. Estoy acostumbrada a sacarles las palabras a hombres que no quieren hablar.
La señora West me examinó. Su mirada recorrió mi rostro, mi postura y mis manos, y tuve la sensación de que me estaban haciendo una radiografía. Después asintió una vez, con brevedad, y el gesto me hizo sentir como si hubiera aprobado un examen cuyo resultado aún no se había decidido.
—Cuatro hermanos —repitió.
Un atisbo de algo que casi podía ser respeto cruzó sus facciones.
—Entonces mi hijo ha escogido a alguien que sabe hacerse valer.
Antes de que pudiera responder, sentí una mano sobre la espalda. Cálida, grande y firme. Mi piel reaccionó de inmediato, con un hormigueo que se extendió desde el lugar donde descansaban sus dedos y me recorrió la columna como una llama por una mecha.
Supe a quién pertenecía antes de volverme. Mi cuerpo lo supo antes que mi cabeza.
—Mamá.
La voz de Ryder era educada y contenida, con la comedida distancia de un hombre que había aprendido a envolver el respeto y la frialdad en el mismo tono.
Saludó a su madre con una inclinación de cabeza y ella le devolvió el gesto con idéntica y comedida distancia, como si fueran diplomáticos en una conferencia en lugar de madre e hijo en una boda.
Algo dentro de mí me dolió al verlo.
—Ryder —dijo ella.
Su mirada se desvió un instante hacia la mano que él tenía apoyada sobre mi espalda y algo cambió en su rostro, un parpadeo diminuto, apenas perceptible.
—Tu novia es encantadora.
—Lo es —respondió Ryder.