20. Sigue cojeando cuando hace frío.
Sigue cojeando cuando hace frío.
Royal Renaissance Hotel, salón de baile, al mismo tiempo.
Parsley estaba, sin lugar a dudas, en su elemento.
Embarazadísima y subida a unos tacones de aguja, era capaz de coordinar una boda para trescientos invitados y hacer que pareciera pan comido.
Blandía su copa de espumoso sin alcohol sin alcohol como si fuera un cetro para dirigir a los camareros que había alrededor, mientras se balanceaba al ritmo de la música.
Yo, en cambio, estaba junto a la mesa de los postres, enfundada en un vestido de novia que en realidad había estado destinado a otra mujer, intentando meterme un cupcake en la boca con disimulo antes de que alguien me fotografiara comiendo.
Era de chocolate. Con cobertura de queso crema.
Recién salido del obrador de Celestial Cakes.
Ya había preparado cientos, quizá incluso miles de cupcakes, siempre con la misma receta.
Pero hoy sabía distinto. ¿Podía el estado civil afectar a las papilas gustativas?
—Por cierto, no hace falta que te escondas para comerte una magdalena —dijo Parsley cuando descubrió mi escondite detrás del bufé.
Mastiqué más deprisa y me limpié una miga de la barbilla.
—No estoy comiendo a escondidas. Estoy comiendo estratégicamente. Los fotógrafos de la boda acechan por todas partes, esperando una oportunidad para sacar fotos poco favorecedoras.
Parsley me miró y se echó a reír. Fue una risa cálida y queda que le hizo subir los hombros. Su barriga resultaba impresionante para estar de seis meses, pero los gemelos lo duplicaban todo, incluido el tamaño de la barriga.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —preguntó Parsley, apoyándose de espaldas contra la mesa. Cruzó los brazos sobre el vientre, un gesto que en ella parecía un abrazo en vez de una postura defensiva.
—Depende.
Me lamí del pulgar el último resto de cobertura y al mismo tiempo sentí una oleada de náuseas que no tenía nada que ver con el cupcake. Tenía el estómago revuelto desde que había terminado la ceremonia oficial y apoyé una mano sobre mi vientre con disimulo.
—¿Cómo demonios has acabado tú con Ryder West?
Los ojos de Parsley chispearon al preguntarlo. No con malicia ni desconfianza, sino con la sincera curiosidad de una mujer que había organizado aquella boda para otra completamente distinta. Y, por muy simple y arrogante que fuera Victoria, tenía buen gusto.
—¿Mmm?
Fingí que aún tenía que quitarme unas migas de alrededor de la boca, con la esperanza de ganar algo de tiempo.
—Vale, por lo visto mi pregunta ha sido demasiado imprecisa, así que volveré a intentarlo: ¿cómo diablos es posible que hoy estés tú aquí, donde ayer había una mujer insoportable con la que Ryder no tenía absolutamente ninguna química?
Ninguna. Cero. Nada. Niente. Cero patatero.
Durante toda la planificación, Victoria se comportó como si Ryder fuera una tarea fastidiosa de su lista de pendientes, y Ryder como si Victoria fuera un mueble que había encargado pero que en realidad nunca había querido.
Y ahora estás tú aquí. ¡Podrías haberme avisado!
No era de extrañar que Parsley tuviera preguntas. A decir verdad, admiraba su paciencia, porque no había dicho nada durante toda la ceremonia. Incluso había disimulado lo desconcertada que estaba al descubrir que no solo era la organizadora de la boda, sino también una de las damas de honor.
—Yo tampoco lo sabía hasta ayer —repliqué, encogiéndome de hombros—. ¿Quieres la versión corta?
Cogí un segundo cupcake para seguir calmándome el estómago. La cobertura siempre me ayudaba cuando lo tenía revuelto; quizá también ayudara a mi bebé.
Scarlet asintió.
—La versión corta.
Me aparté un rizo detrás de la oreja.
—Nos conocimos en la boda de Jaxon y Raven y tuvimos una aventura de una noche totalmente inesperada, pero muy ardiente.
Unas semanas después apareció de repente en Celestial Cakes, encargó para Victoria una tarta con una peineta que yo le llevé y luego preparé otra para Ryder con intención de estampársela en la cara.
Fallé, por desgracia, y entonces me propuso un trato para que ocupara el lugar de Victoria.
Parsley parpadeó. Una vez. Dos.
—¿Esa es la versión corta?
—La versión corta muy corta.
Le di un mordisco al cupcake y me encogí de hombros como si fuera la historia más normal del mundo.
Chica conoce a multimillonario.
Multimillonario ofrece tres millones de dólares a chica por un matrimonio falso.
Chica acepta.
Chica se queda embarazada. Del multimillonario. Antes del matrimonio falso. De lo más normal.
—¿Y tú dijiste que «sí»?
Parsley arqueó una ceja y recorrió brevemente mi rostro con la mirada, escudriñándolo como si quisiera asegurarse de que estaba haciendo aquello por voluntad propia.
—Dije que «no» tres veces —la corregí, notando que las comisuras de mis labios se movían en algo a medio camino entre una sonrisa y una mueca—.
Y después dije que sí. Fue una decisión…
económica. Y no, no tiene nada que ver con que vayas a tomarte las cosas con más calma.
Así que, por favor, no te culpes, ¿vale?
Habría aceptado la oferta aunque hubiera tenido que prepararte cien tartas de boda al día.
Parsley asintió despacio. Apretó los labios, no con gesto crítico, sino más bien pensativo, y se apoyó una mano sobre el vientre.
Era un gesto inconsciente que probablemente hacía cien veces al día, aquellas suaves caricias circulares sobre la tela tirante, como si quisiera decirles a los gemelos que todo iba bien.
Pero algo en aquel gesto me asestó un golpe en la boca del estómago.
Mi propia mano seguía apoyada sobre mi vientre. Debajo del encaje había una versión diminuta de Ryder y de mí, con dedos minúsculos en las manos y los pies y un corazón que latía. Oculta bajo todas las capas de tela del vestido de novia y bajo las que yo había interpuesto entre la verdad y yo.
Podría habérselo contado. Justo ahora. Allí mismo. Parsley estaba embarazada. Lo entendería y no me juzgaría. Podría haber dicho: Estoy embarazada también, Parsley. De él. Y él no lo sabe. Y yo no tengo ni idea de qué estoy haciendo aquí.
Las palabras se formaron en mi cabeza, ascendieron hasta mi garganta y descansaron sobre mi lengua.
Pero entonces vi las ojeras que Parsley se había cubierto con corrector.
No lo bastante bien para engañarme. Vi cómo trasladaba el peso de un pie al otro porque tenía los tobillos hinchados y cómo se apoyaba con una mano en la mesa como si hubiera olvidado que lo estaba haciendo.
Parsley llevaba en pie desde las seis de la mañana.
Había distribuido a trescientos invitados en sus mesas, comprobado las flores, dado instrucciones a la banda, supervisado el catering y seguramente, al mismo tiempo, impedido que Tyler avergonzara al novio contando anécdotas sobre partidas de póquer.
Y seguro que los gemelos que llevaba en el vientre también le estaban pateando la vejiga.
No aprendas eso de ellos, mini-Russo, ¿vale?
Parsley ya tenía suficientes problemas propios. No necesitaba cargar también con los míos.
Me tragué las palabras. Tenían un sabor amargo, así que cogí un vaso de agua de la mesa y bebí un sorbo para apagar el ardor de mi garganta.
—¿Y bien? —pregunté en su lugar, obligándome a que mi voz sonara ligera.
Despreocupada. Como si no hubiera estado a punto de revelar mi mayor secreto—.
Tú conoces a Ryder mejor que yo. ¿Cómo es?
Me refiero a más allá de las reuniones, los trajes y esa expresión que pone como si acabara de leer un balance que no le gusta.
Parsley se rio. Fue un breve resoplido que ocultó detrás de su copa. Sin embargo, después se encogió de hombros y una expresión de auténtico pesar cruzó su rostro.
—¿Sinceramente? Apenas lo conozco.
La miré fijamente.
—Has organizado su boda.
—Técnicamente, eso es cierto. Pero, en realidad, él se ha limitado a pagarla; yo solo trataba con Victoria.
Por si todavía no te has dado cuenta… —Parsley paseó la mirada por el salón—, la mayoría de los multimillonarios son unos gruñones y rara vez cuentan intimidades.
Y, cuando lo hacen, desde luego no es en una boda.
Parsley dejó la copa y se puso a girar el anillo de casada en torno al dedo. Izquierda, derecha, izquierda. Una costumbre.
—Ryder forma parte del mundo de Tyler, no del mío.
Los chicos juegan al póquer todos los jueves.
Todos. Los. Jueves. Sin excepción. —Fue enumerando con los dedos—.
Navidad, Nochevieja, el cumpleaños de Tyler, con temporal…
Da igual. Si es jueves, están sentados en algún reservado del Astor Club, fingiendo que aparecen en una película de Scorsese.
Ninguna mujer ha puesto jamás un pie en esa sala.
—¿Todos los jueves? —repetí antes de darle otro mordisco al cupcake.
—Todos y cada uno de ellos —respondió Parsley con una sonrisa—. Si nuestro aniversario cae alguna vez en jueves, supongo que tendré que ingeniármelas.
Casi me atraganté con el cupcake.
—Hombres.
—Hombres.
Parsley suspiró profundamente, se frotó la zona lumbar e hizo una mueca, como si los gemelos acabaran de decidir jugar al fútbol a la vez.
—Pero, si Tyler lleva tanto tiempo siendo amigo de alguien, debe de ser un buen tipo. Tyler no conserva amistades por compromiso. O quiere a alguien o se olvida de que esa persona existe. No hay término medio.
—Eso es… tranquilizador e inquietante a la vez —dije, limpiándome de los dedos las migas del cupcake con una servilleta.
—Bienvenida a mi mundo.
Parsley sonrió, pero después su mirada se suavizó. Se inclinó hacia mí y bajó la voz como si quisiera impedir que alguien nos oyera.