18. Trece veces. #2
Ryder fue el primero. Sacó una hoja doblada del bolsillo interior y la desplegó. No le temblaban las manos. Por supuesto que no. Aquel hombre probablemente habría podido pronunciar un discurso ante el Senado sin derramar una gota de sudor.
—Scarlet. —Su voz atravesó todo el salón, grave y uniforme, y mi nombre sonó distinto a lo habitual en sus labios. Más cargado de significado.
—La primera vez que pensé en este día, pensé en el deber. En la responsabilidad. En lo que se espera cuando dos personas se presentan ante los demás y hacen promesas.
Hizo una pausa. Tenía la mirada fija en la hoja, pero me dio la impresión de que se sabía las palabras de memoria.
—Pero entonces te conocí. Y me enseñaste que las promesas no valen nada si nacen del deber. Que las únicas promesas que cuentan son las que uno hace aun teniendo miedo de romperlas.
Se me cortó la respiración.
—No te prometo que vaya a ser perfecto. Ryder apartó la mirada de la hoja y la clavó directamente en mis ojos. Su voz se volvió un poco más baja, un poco más ronca. —Pero te prometo que lo intentaré. Todos los días. También esos días en los que consigues sacarme de quicio. Sobre todo esos.
Por el salón se extendieron unas risas discretas. Nonna se secó los ojos.
—Prometo estar a tu lado cuando me necesites y también cuando creas que no me necesitas.
Prometo no limitarme a tolerar tu temperamento en mi vida tranquila, sino...
—volvió a hacer una pausa. Dobló la hoja, se la guardó y, cuando prosiguió, había algo en su voz que nunca había oído antes—. Sino necesitarlo.
Silencio.
Parpadeé con las pestañas húmedas y apreté tanto el ramo que quebré los primeros tallos. Los votos eran tan perfectos que una parte de mí quería creer que eran sinceros.
—Esa es mi promesa, Scarlet. No porque sea lo que se espera. Sino porque es lo que quiero.
Papá, que ahora estaba sentado junto a mis hermanos y mamá, se secó una lágrima del rabillo del ojo. Matteo le puso una mano en el hombro.
Entonces me tocó a mí.
Saqué la hoja arrugada de entre las peonías. Las manos me temblaban y esperé que nadie lo notara, pero Ryder sí, porque Ryder lo notaba todo. Su pulgar acarició mis dedos una sola vez, breve y casi imperceptiblemente, pero el corazón me dio un vuelco.
Desdoblé la hoja. Leí las primeras líneas. Era la letra de Parsley, no la mía. Letras limpias y claras que me indicaban qué decir. Palabras que Ryder había encargado para que la ceremonia pareciera lo más creíble posible.
Miré la hoja. Había dos docenas de líneas. Líneas perfectas. Líneas apropiadas que habrían servido de algún modo para cualquier novia porque, en realidad, no se habían escrito para ninguna en concreto.
—Ryder. Mi voz resonó por el salón y me resultó más extraña de lo que esperaba.
Bajé la mirada hacia la hoja. Hacia aquellas palabras hermosas y elegantes.
Palabras escritas en otro tiempo para otra mujer, que ahora salían de mi boca y me sentaban como un vestido que no terminaba de encajar.
Demasiado pulidas. Demasiado genéricas. Demasiado poco... yo.
Me detuve y la ceja de Ryder se movió apenas.
Doblé la hoja y volví a meterla en el ramo.
—La primera vez que estuve frente a ti, supe que mi vida iba a cambiar. No sabía cómo ni por qué, pero sabía que nada volvería a ser como antes.
Ryder alzó entonces las dos cejas. No cabía duda de que sabía que me estaba apartando del guion.
—Lo que intento decir... Lo miré a los ojos; el corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que los micrófonos lo captarían.
—Lo que de verdad quiero decir es que eres la clase de persona que cree tenerlo todo bajo control.
Controlas tu tiempo, tu dinero, tu café, del que sin duda tendremos que hablar, porque el café solo es tirar por la borda el buen gusto.
El salón estalló en risas. Nonna asintió con aire entendido y Dante sonrió de oreja a oreja.
—Y yo, por lo visto, soy la clase de persona a la que le encanta desbaratarlo.
Ryder me miró y en sus ojos había algo que solo yo podía interpretar, porque solo yo sabía lo que había ocurrido la noche anterior sobre un banco de pesas.
—Y lo más disparatado —continué, con una voz más baja y sincera— es que me gusta. Llevarte hasta el punto en que dejas de hacer planes y empiezas a sentir. Seguramente no sea una promesa de matrimonio corriente, pero... —Me encogí de hombros—. Tampoco te has casado con una mujer corriente.
Aplausos.
Ryder no dijo nada. Pero estrechó mis dedos con más fuerza, no apartó los ojos de los míos y tragó saliva. Vi moverse su nuez, y aquello decía más que cualquier palabra que hubiera podido pronunciar.
Los anillos. Su dedo estaba caliente cuando le deslicé la alianza. El mío tembló cuando él hizo lo mismo. El anillo encajaba a la perfección, como si lo hubieran hecho para mí, y resultaba doloroso saber que nunca sería mío de verdad.
—Sí, quiero —dije.
—Sí, quiero —dijo Ryder. Y sonó como si hablara en serio.
En aquel momento comprendí lo peligroso que era en realidad el trato con Ryder.
Porque una parte de mí deseaba de verdad que Ryder también lo quisiera.
—Ya puede besar a la novia.
Ryder me puso una mano en la mandíbula. Con suavidad, pero con firmeza. Me inclinó la cabeza hacia arriba, sus labios encontraron los míos y el beso, que ante trescientos invitados debería haber sido breve y correcto, se convirtió en algo distinto.
Sus labios permanecieron sobre los míos más de lo necesario.
Su pulgar me acarició la mejilla, su otra mano se apoyó en mi espalda y me besó como si no estuviéramos en un salón lleno de gente, sino solos.
El estómago me dio una voltereta, me flaquearon las rodillas y durante tres segundos enteros olvidé cómo se respiraba.
Cuando se apartó, tenía los ojos oscuros y en sus labios asomaba el atisbo de una sonrisa que solo me pertenecía a mí.
Los aplausos arreciaron. Papá lloraba abiertamente junto a mamá. Ivy sollozaba ante su móvil. Parsley aplaudía al tiempo que se apretaba una mano contra el vientre porque, por lo visto, uno de los gemelos también se había sumado a la celebración.
Ryder mantenía la mano en mi espalda mientras nos volvíamos hacia los invitados, con los dedos presionando ligeramente la tela. Yo sonreí ante aquel mar de rostros y flashes y, bajo el ramo que mantenía apretado contra el vientre, crecía un secreto que pesaba más que el anillo de mi dedo.
Ahora era Scarlet West. Durante medio año.
Y no tenía ni la menor idea de si aquella había sido la mejor decisión de mi vida o la más estúpida.