Burning for my Boss (Los multimillonarios de Nueva York nº 17) 15. ¿Cuándo despega el próximovuelo a Uruguay?
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15. ¿Cuándo despega el próximovuelo a Uruguay?

¿Cuándo despega el próximovuelo a Uruguay?

Restaurante La Luna, Brooklyn, esa misma noche.

Había llevado pasteles. Muchos pasteles.

Tres cajas de petits fours, dos docenas de cannoli, una tarta de chocolate y una cesta de magdalenas de limón. Todo porque uno no se presentaba en casa de los Russo con las manos vacías, y mucho menos cuando llevaba a su prometido de mentira a una cena familiar.

Los Russo eran temperamentales. Y los Russo hambrientos eran peores que una manada de hienas.

Ryder estaba a mi lado en la acera, contemplando las cajas amontonadas entre mis brazos.

—Son muchos pasteles.

—Mi familia es numerosa —respondí—. Y hambrienta. Y crítica. Pero, sobre todo, hambrienta.

—¿Tu familia va a juzgarme a mí o a los pasteles?

—A ambos. Al mismo tiempo. Con un rigor que no encontrarás en ninguna reunión de consejo del mundo.

Ryder miró las cajas y luego a mí.

—Así que estás sobornando a tu familia.

—Soborno, la vaga esperanza de provocarles un delirio de azúcar... Llámalo como quieras —respondí, encogiéndome de hombros.

Ryder me quitó las cajas antes de que pudiera protestar. Seguramente quería empezar a ganar puntos ya desde la acera por no permitir que su prometida cargara con nada pesado.

Y seguramente sería lo primero que le gustaría a mi familia de él. Porque, en la nuestra, todos arrimábamos el hombro.Entramos en La Luna y enseguida me llegó el aroma de la boloñesa de papá, que llevaba cociéndose a fuego lento desde aquella mañana.

Habíamos llegado con mucha antelación, pero toda mi familia ya estaba allí.

Mamá ponía la mesa y recolocaba las copas, aunque ya estaban perfectamente alineadas.

Papá salió de la cocina todavía con el delantal puesto y se secó las manos con un paño.

Nonna estaba sentada en su butaca, observándolo todo con esa mirada a la que nada se le escapaba.

Y mis hermanos estaban alineados junto a la barra, con los brazos cruzados, examinando a Ryder como si fuera un sospechoso en una rueda de reconocimiento.

—Relájate —me susurró Ryder. Como si fuera yo quien estaba a punto de someterse a un interrogatorio de los Russo. El tío tenía agallas.

Papá fue el primero en acercarse. Le quitó las cajas a Ryder y las dejó sobre la barra. Después lo miró. No con hostilidad, pero sí con atención. Papá tenía la costumbre de mirar a la gente a los ojos hasta encontrar lo que buscaba.

—Así que tú eres Ryder —dijo papá.

—Sí —respondió Ryder, tendiéndole la mano. Vi que mi padre asentía de forma casi imperceptible. Un buen comienzo.

—Siéntate. Hablaremos después de cenar.Mamá se acercó antes de que nos sentáramos. Tomó las manos de Ryder entre las suyas, lo miró a los ojos y se limitó a decir:

—Maria. Soy la madre de Scarlet. ¿Tienes hambre?Ryder asintió.

—Mucha.—Bien —dijo mamá, apretándole las manos una vez antes de soltarlo—. Entonces aquí serás feliz.Así era mi madre. Nada de grandes discursos ni interrogatorios. Solo comida, calidez y la callada convicción de que todo saldría bien mientras tuvieras a tu familia a tu alrededor.

Nos sentamos. Mamá sirvió espaguetis a la boloñesa en unas fuentes enormes, acompañados de pan recién hecho y una ensalada que nadie tocaría, porque en nuestra familia la ensalada existía como guarnición, pero nunca se consideraba comida de verdad.

Ryder se sentó a mi lado y frente a Dante, lo que sin duda había sido una decisión estratégica de mi hermano.

Papá empezó a hablar de cocina y noté que Ryder lo escuchaba.

No con esa atención fingida y esos asentimientos educados propios de una reunión que no te interesaba.

Ryder se inclinó hacia delante e hizo preguntas mientras papá filosofaba sobre la carbonara perfecta, la elección del guanciale adecuado y el dilema de si el ajo debía machacarse o cortarse.

—Yo machacaría el ajo —dijo Ryder—. Cortado se quema demasiado deprisa.

Papá enarcó las cejas. Me miró a mí, después a Ryder, y asintió con aprobación.

—El chico sabe de lo que habla.

Me relajé un milímetro. Solo uno.

Entonces mis hermanos comenzaron su interrogatorio nada sutil.

Matteo se inclinó hacia delante, apoyó los codos en la mesa y preguntó con fingida indiferencia:

—¿Los Yankees o los Mets?

—Odio el fútbol americano —respondió Ryder. Me pregunté si lo decía solo porque yo le había susurrado la respuesta o si de verdad odiaba el fútbol americano. O qué deporte le gustaba en su lugar. En realidad, no sabía nada de él. Solo que besaba bien y que hasta dormido era capaz de parecer serio.

Matteo esbozó una amplia sonrisa.

—Respuesta correcta. ¿Y en el deporte de verdad?

Ay, mierda. No le había dado detalles a Ryder.

—El Arsenal —contestó él con calma. Mis hermanos no parecían intimidarlo en absoluto.

—Aceptable —decidió Matteo, recostándose en la silla. Vi que una comisura de los labios de Ryder se estremecía.

Luca fue el siguiente. Empezó a disparar una sucesión de preguntas sobre óperas y compositores.

Ryder siguió relajado y respondió sin grandes pausas.

Joder, se le daba realmente bien. No había sido un farol.

Luca me miró como si hubiera encontrado a un unicornio con forma de hombre. Me encogí de hombros e intenté no sonreír.

Tony hizo una pregunta sobre política fiscal tan enrevesada que dejé de escuchar tras la tercera subordinada.

Ryder dio una respuesta lo bastante larga para parecer respetuosa y con suficientes matices para que Tony no encontrase ninguna objeción, aunque Tony siempre encontraba algo que objetar a todo.

Y entonces llegó el turno de Dante.

Dante dejó los cubiertos. Se recostó, cruzó los brazos y miró a Ryder. La temperatura alrededor de la mesa pareció descender diez grados.

—¿Qué intenciones tienes con mi hermana? —preguntó Dante.

La mesa quedó en silencio. Hasta mamá dejó de cortar el pan. El pulso me retumbaba en los oídos con un estrépito insoportable.

Ryder también dejó los cubiertos y miró a Dante directamente a los ojos. Después volvió la mirada hacia mí y, durante un instante, un único y fugaz instante, su expresión no fue fría ni controlada. Fue sincera y auténtica.

—Quiero casarme con ella —respondió Ryder con calma.

Dante le sostuvo la mirada. Cinco segundos que parecieron cinco minutos. Después asintió una vez y volvió a coger el tenedor.

Bajo la mesa, Ryder me puso una mano en la rodilla. Fue un contacto breve y firme, y luego la retiró. No sabía si lo había hecho para guardar las apariencias o por sí mismo, pero aun así el corazón se me aceleró.

Mientras mis hermanos discutían sobre la elección del Arsenal de Ryder, Luca se inclinó hacia mí y preguntó en voz baja y en italiano:

—Entonces, ¿cómo demonios lo has conseguido, sorellina? ¿Cómo te enamoraste de este hombre? No es en absoluto lo que se consideraría tu tipo.

Miré a Ryder, que en ese momento bebía un sorbo de vino tinto, y respondí también en italiano para que no se enterase:

—Aparte de que no puedes considerar mi único romance universitario como «mi tipo»: está tremendamente bueno. Y en algún lugar, muy, muy por debajo de esa coraza dura, arrogante e insoportable, tiene un corazón tierno —hice una pausa—. Eso espero.

Luca se echó a reír porque creyó que aquel «eso espero» era una broma.Después me dio un suave golpe con el hombro y añadió, todavía en italiano:

—En cualquier caso, sorellina, te mira como si fueras la única mujer de la habitación.

—Técnicamente, lo soy, Luca —repliqué con sequedad—. Si excluimos a las mujeres que ya están casadas.

Miré a Ryder. Me observaba mientras Matteo hablaba a su lado, y sí, Luca tenía razón.

Ryder me miraba. No con frialdad ni como si estuviera tratando un asunto de negocios.

Solo... con atención. Entonces esbozó una leve sonrisa, como si se hubiera dado cuenta de que yo le devolvía la mirada.Aparté los ojos antes de que mis mejillas me delataran.

Nonna trajo una bandeja con cafés y espressos y los repartió por la mesa.

Al llegar a mí, se detuvo y sonrió.

—¿Ya tiene algún apelativo cariñoso para ti? —preguntó en italiano.

La miré muy seria.

—Nonna, si empieza a llamarme con apelativos cariñosos, te juro que huyo a Uruguay.

Nonna sonrió.

—¿Qué tienes contra ellos, cara mia?

—Todo. Son lo peor. Tesoro, amore, principessa... Todo suena como si una tuviera tres años o fuera un caniche.

Nonna regresó a la barra y mi mirada se deslizó hacia Ryder. Sonreía ligeramente, de forma casi imperceptible, y algo en aquella sonrisa me hizo vacilar. Pero, antes de que pudiera pensar en ello, Nonna me distrajo trayendo el tiramisú.

El tiramisú de Nonna era, sin ninguna duda, el mejor del mundo, y yo no podía comerlo porque contenía alcohol, huevo crudo y café. Dios, mi lista de cosas que quería comer a toneladas durante el posparto era cada vez más larga. ¡Y eso que la lista solo existía desde hacía un día!

—¿Tiramisú, cara? —preguntó Nonna, dejando una porción delante de mí.

—No, gracias. Estoy... llena —respondí.

La mesa quedó en silencio. Pero esta vez fue otro tipo de silencio. El que se producía cuando había ocurrido algo inconcebible.

—¿Llena? —preguntó Matteo, incrédulo—. ¿Estás llena antes del tiramisú?

Tony se sumó al ataque.

—Normalmente te zampas tres porciones de tiramisú seguidas y después preguntas como quien no quiere la cosa si queda una cuarta.

—Sí, por favor. Contadle a mi prometido lo tragona que soy —repliqué, poniendo los ojos en blanco—. Acabo de comer mucha boloñesa, ¿vale?

—Has comido una ración normal —dijo Dante, mirándome con los ojos entornados—. Tú sueles comerte dos platos.

—Quizá esté intentando llevar una dieta más saludable —volví a defenderme—. Ya sabéis, uno de esos retos absurdos de Instagram en los que renuncias al azúcar y a la grasa.

Toda mi familia me miró como si acabara de anunciar que iba a ingresar en la NASA y que al día siguiente volaría a la Luna.

—¿Más saludable? —repitió Luca con voz inexpresiva.

—¿Desde cuándo? —preguntó Matteo.

—Desde... hoy —dije, cogiendo mi copa de vino para beber un sorbo antes de recordar que no era una buena idea.

Volví a dejar la copa sin haber bebido.

A mi lado, Ryder se quedó callado. Sentí su mirada sobre mí, atenta y escrutadora, y se me encogió el estómago.

Antes de que nadie pudiera hacer más preguntas, me levanté. Demasiado deprisa para mi circulación. Me mareé tanto que la habitación se inclinó un instante y tuve que agarrarme a la mesa.

La mano de Ryder se cerró de inmediato alrededor de mi codo. Firme y cálida, ya estaba allí antes siquiera de que me diera cuenta de que me tambaleaba.

—Uy —dije con una risa débil—. Parece que el vino se me ha subido a la cabeza.

Ryder miró mi copa, llena hasta el borde, y después a mí. Su mirada decía que sabía que aquello era mentira.

El mareo desapareció con la misma rapidez con la que había llegado y pude soltar la mesa.

Por suerte, me libré de una conversación más larga con Ryder porque papá rodeó la mesa para acercarse a nosotros.

Papá miró a Ryder durante un buen rato, muy serio, y después le tendió la mano.

—Bienvenido a la familia, Ryder —dijo papá.

Ryder le estrechó la mano. Con firmeza y respeto. Vi algo brillar en los ojos de Ryder que no había esperado. No era alivio ni triunfo, sino algo más cálido. Algo parecido a la gratitud.Entonces papá volvió a sentarse y miró a todos.

—Bien. Ahora hablemos del elefante en la habitación. ¿Cuándo es la boda?

Vale. Así que habíamos llegado a la parte sobre la que me había estado devanando los sesos sin éxito todo el tiempo.

—La boda es mañana —dije, quitándome la tirita de un tirón.

—Mañana —repitió Tony, cruzándose de brazos—.

¿Mañana, o sea, dentro de menos de veinticuatro horas?

—Sí —respondí, asintiendo.—Eso es... una locura, Scar —dijo Matteo, negando con la cabeza—.

No tenemos regalos. No tenemos trajes. Luca ni siquiera tiene una camisa planchada.

—¡Eh! —protestó Luca.—No hacen falta regalos —dije enseguida, antes de que la discusión fuera a más—.

Y tampoco tienen que ser trajes caros. Solo quiero que estéis allí.

Eso es lo único que quiero. —Miré los rostros de mi familia y comprendí que lo decía en serio—.

Me da igual que sea caótico y que no tengamos seis meses para organizarlo todo.

Será tan movida como la noche en que Ryder y yo nos conocimos.Miré a Ryder y él me sostuvo la mirada.

Entre nosotros destelló algo que solo los dos entendíamos.

La noche en el bar y la mañana siguiente.

«Turbulento» no era la palabra adecuada, pero no se me ocurría ninguna que se aproximara más.

—¿Movida, eh? —preguntó Dante con un tono que revelaba que sospechaba más de lo que yo había supuesto.

—Románticamente turbulento —me apresuré a corregir—.

Nos conocimos en la boda, saltaron chispas y, desde entonces...

ha sido como un tornado; todo ha ido a una velocidad vertiginosa.Hasta era verdad.

Solo que el tornado incluía un matrimonio falso, un embarazo y una tarta estampada contra alguien, pero los detalles estaban sobrevalorados.Papá miró a mamá.

Mamá miró a Nonna.

Y Nonna me miró a mí con esa mirada que lo veía todo y no revelaba nada.

—Mañana cerraremos el restaurante —dijo papá al fin—.

Durante un día. Por mi hija.—Giovanni...

—empezó mamá.—Maria, nuestra hija se casa.

La Luna puede esperar un día.Mamá sonrió y Nonna asintió.

Mis hermanos sonrieron uno tras otro. Aquellos chicos se apuntaban a cualquier caos, aunque para ello tuvieran que ponerse un esmoquin prestado.

Nonna se levantó y abrazó a Ryder, algo que nunca hacía con desconocidos. Después me estrechó a mí y me dijo en italiano:

—Tiene buenos ojos, cara. Ojos tristes, pero buenos.

Entonces dio una palmada y se dirigió a todos.

—Mañana será un día precioso.Mamá nos preparó recipientes con las sobras y nadie protestó, porque era más fácil volver a casa con unos cuantos táperes.

Papá me besó en la mejilla, como siempre, y mis hermanos me abrazaron uno tras otro. Por el rabillo del ojo, vi que Dante lanzaba una mirada seria hacia Ryder.

Cuando salimos, Ryder me abrió la puerta.

Pasé por delante de él. Me rodeó la cintura con una mano y salió detrás de mí.

—Tu familia es agradable —dijo. No había burla ni cinismo en su voz; parecía decirlo de verdad.

—Sí —asentí—. Son caóticos, ruidosos y absolutamente adorables.

Me atrajo hacia él y se inclinó hasta rozarme el lóbulo de la oreja con los labios.

—Tú también, Pastelito.

Me detuve en seco.

—¿Qué acabas de decir?

—Pastelito. —Su rostro no mostraba expresión alguna, pero sus ojos centelleaban—. Eres mi prometida. Un apelativo cariñoso es lo apropiado, ¿no?

Abrí la boca de par en par.

¿Cuándo salía el próximo vuelo a Uruguay?

Ryder me soltó y abrió la puerta del acompañante.

—Sube, Pastelito.

Podría haberlo matado. En lugar de eso, subí al coche y reprimí todas y cada una de las maldiciones que tenía en la punta de la lengua.