Burning for my Boss (Los multimillonarios de Nueva York nº 17) 16. No vuelvas a decir eso, medesconcierta.
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16. No vuelvas a decir eso, medesconcierta.

No vuelvas a decir eso, medesconcierta.

Frente al apartamento de Ryder, Manhattan, esa misma noche.

Aparqué delante de mi edificio y apagué el motor. En resumen, podía decirse que la cena familiar había sido un campo de batalla pacífico.

El agotamiento se reflejaba en el rostro de Scarlet, aunque intentaba ocultarlo mirando por la ventanilla.

Se había pasado toda la noche sonriendo, hablando, gesticulando, tomando el pelo a sus hermanos y elogiando cada plato como si fuera el mejor que hubiera probado en su vida.

Pero algo no encajaba. Lo del tiramisú. La copa de vino intacta.

El mareo al levantarse. La forma en que se había llevado una mano al vientre cuando creía que nadie la miraba.

Yo lo había visto.

No se había encontrado bien y lo había negado. La cena debía de haberla estresado más de lo que quería admitir.

—Buenas noches —dijo Scarlet mientras agarraba la manilla de la puerta—. Gracias por lo de hoy. Has sido... sorprendentemente humano.

—Eso suena a despedida. ¿Adónde vas? —pregunté.

Scarlet me miró como si acabara de hacer la pregunta más estúpida del mundo.

—Al metro. Y luego a casa, a Brooklyn, que es donde vivo.

—Es casi medianoche —señalé con calma.

—El metro también funciona a medianoche, Ryder. Bienvenido a Nueva York. —Extendió los brazos como si quisiera mostrarme la ciudad que nos rodeaba.

Saqué la moneda del bolsillo de mis pantalones. La lancé una vez al aire. Esperé un segundo y volví a guardarla sin mirar qué cara había salido.

—Duermes aquí —dije con firmeza.

Scarlet soltó una risa breve e incrédula.

—No.

—La boda es mañana por la mañana. Ahora tardarías una hora en llegar a Brooklyn, dormirías tres y luego tardarías otra hora en volver. Es ineficiente.

—Ineficiente —repitió Scarlet, y su voz adquirió ese matiz que ya identificaba como nivel de alerta amarillo—. ¿Estás diciendo que mi sueño es ineficiente?

—Estoy diciendo que tu trayecto es ineficiente. Cómo duermas es asunto tuyo —respondí.

—Bien. Pues ahora me iré a casa de la forma más ineficiente posible. —Abrió la puerta del coche.

Me bajé, rodeé el vehículo y, antes de que Scarlet pudiera poner un pie en la acera, me incliné, le pasé un brazo alrededor de los muslos y la levanté.

Scarlet soltó un chillido de sorpresa.

—¿Pero qué...? ¡Ryder! ¡Bájame! —Me golpeó la espalda con los puños mientras me la echaba al hombro y caminaba hacia la entrada. Sus rizos colgaban boca abajo y me rozaban la espalda—. ¡Esto es un secuestro! ¡Esto es... esto es, técnicamente, un delito!

—Técnicamente, mañana serás mi esposa. Te llevaré a casa a tiempo y me aseguraré de que ningún individuo sospechoso te asalte en plena noche.

—¡Esta no es mi casa! —siguió protestando.

—A partir de mañana sí.

El portero del vestíbulo, Henry, un hombre mayor que me conocía desde hacía cinco años y al que nunca había visto mostrar emoción alguna, arqueó una ceja cuando pasé ante él con una mujer pataleando sobre mi hombro. Nunca había llevado a una mujer a casa.

—Buenas noches, señor West —dijo sin inmutarse.

—Buenas noches, Henry —respondí con el mismo tono de todas las noches.

—¡Henry! —gritó Scarlet cabeza abajo—. ¡Henry, este hombre me está secuestrando! ¡Ayúdeme!

Henry me miró a mí, luego a Scarlet y de nuevo a mí, sin mostrar la menor intención de hacer nada al respecto.

—¿Puedo ayudarlo en algo más, señor West?

—No, gracias, Henry. Que pase buena noche.

—¡Esto es un escándalo! —gritó Scarlet mientras entraba en el ascensor—. ¡Esto es una conspiración! ¡Henry, es usted cómplice!

Las puertas del ascensor se cerraron y Scarlet dejó de golpearme la espalda.

—Estás completamente loco —dijo. Pero su voz ya no sonaba enfadada. Sonaba entrecortada.

—Eso ya me lo habían dicho. —Me encogí de hombros, impasible.

—¿Vas a bajarme pronto? —preguntó casi con timidez.

—Cuando lleguemos arriba.

Scarlet guardó silencio un segundo. Notaba sus dedos en mi espalda; ya no la golpeaban, simplemente estaban ahí. Cálidos a través de la tela de la camisa.

—Tienes la espalda dura —dijo.

—Gracias.

—Eso no era un... Olvídalo.

La puerta del ascensor se abrió. El aroma de Scarlet me envolvía en aquel espacio reducido, frambuesa y algo que no sabía identificar, y su cuerpo contra el mío estaba cálido y resultaba muy, muy perturbador.

—Tu corazón late muy deprisa —murmuró Scarlet, con la oreja apoyada en mi espalda.

—Llevo a una mujer adulta al hombro. Es un entrenamiento.

—Me llevas como si no pesara nada —replicó, casi desafiante.

—Es que casi no pesas nada.—Eso ha sido...

Vale, eso casi ha sonado amable. —Parecía sorprendida—.

No vuelvas a decir eso, me desconcierta.La llevé hasta mi apartamento y no la puse en pie hasta llegar al salón.

Cuando dejé que se deslizara lentamente por mi cuerpo, su vestido rozó mi camisa y sus manos se aferraron un instante a mis hombros para mantener el equilibrio.

Scarlet tardó un momento en recuperar la estabilidad y, durante un instante, nos quedamos allí sin más.

Demasiado cerca, con su rostro justo delante del mío, sus labios a la altura de mi barbilla y mi reflejo en sus ojos color avellana.

No me gustó la forma en que la miraba.Scarlet apartó las manos de mis hombros y retrocedió un paso. Tenía las mejillas encendidas.

Se apartó los rizos de la cara y miró a su alrededor. Su mirada recorrió la cocina abierta al salón, la cristalera con vistas a Manhattan, los muebles oscuros y las estanterías minimalistas. Todo estaba ordenado, todo estaba bajo control, todo parecía sacado de una revista de arquitectura.

—Aquí no vive nadie —dijo Scarlet, pasando un dedo por la superficie inmaculada de la isla de la cocina—.

Esto es un apartamento de catálogo.—Yo vivo aquí —respondí.

—A eso me refiero. —Abrió un armario de la cocina.

Vacío. Luego el siguiente. También vacío.

Al menos había unas cuantas botellas de agua en la nevera—.

Ryder. En tu cocina no hay absolutamente nada.

Ni harina, ni azúcar, ni siquiera sal. ¿Cómo sobrevives?

—Pido comida o salgo a comer.—¿Pides comida o sales a comer?

—repitió, con ese tono a medio camino entre la incredulidad y la compasión—.

¿Todos los días?—Todos los días. —Asentí.

Scarlet negó con la cabeza y siguió recorriendo el apartamento como una arqueóloga que estudiara una civilización abandonada.

Se detuvo ante la cristalera y las vistas del Manhattan nocturno se reflejaron en sus ojos.

—No hay fotos —dijo sin volverse—. Ni libros en la mesa de centro.

Ni un solo objeto que parezca estar ahí porque alguien lo puso por algún motivo especial.

Parece una exposición en la que los muebles esperan a que alguien se mude aquí.

Me aflojé la corbata y me apoyé en la isla de la cocina.

—Es funcional.

—Es triste, Ryder. —Scarlet se volvió hacia mí.

Su tono no era malicioso ni provocador. Lo dijo en voz baja, casi con dulzura—.

Es muy triste, Ryder.Su mirada se cruzó con la mía con algo que se acercaba demasiado a la compasión, y tensé la mandíbula porque eso era lo último que quería de aquella mujer.

—La funcionalidad es importante para hombres como yo —repliqué—.

No tengo tiempo que perder con el caos.—Funcional no es más que otra forma de decir vacío.Me acerqué a ella.

Un paso. Dos. Scarlet no retrocedió, pero su respiración se volvió más superficial a medida que disminuía la distancia entre nosotros.

Las luces de Manhattan proyectaban sombras sobre su rostro.

—Mañana —dije en voz baja—, en este apartamento vivirá una mujer que llenará mis armarios de harina, pondrá libros sobre mi mesa de centro y probablemente, en menos de una semana, arruinará todo lo que aquí es «funcional».

—¿Estás intentando hacerme un cumplido? —Scarlet arqueó las cejas, inquisitiva.Negué con la cabeza.

—Estoy haciendo una predicción.—Una predicción bastante acertada. —Scarlet sonrió, y lo noté en el pecho: aquel peligroso tirón que se intensificaba cada vez que sonreía y que debía controlar antes de que me controlara a mí.Retrocedí. Necesitaba distancia o perdería el control.

Miré a mi alrededor. Las superficies ordenadas.

Los armarios vacíos. El apartamento en el que vivía desde hacía cinco años y que parecía no haber estado habitado jamás.

Porque nadie había vivido allí. No de verdad.

Yo existía allí, entre reuniones, noches de insomnio y un bourbon que no servía de nada, pero aquello no era vivir.

Era como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa hacía años y yo nunca hubiera vuelto a desactivarlo.

Tenía razón.

—Puedes dormir en el dormitorio —dije, con una voz más controlada de lo que me sentía—.

Yo dormiré en el sofá.—¿No tienes habitación de invitados?

—preguntó Scarlet, incrédula—. ¿En un apartamento de este tamaño?

—En lo que iba a ser la habitación de invitados está mi banco de pesas.Scarlet me miró fijamente.

—Has convertido la habitación de invitados en un gimnasio.

Porque nunca tienes invitados.—Nunca he tenido motivos para recibirlos.

—Me encogí de hombros.—Eso es... —empezó, pero la interrumpí.

—Si vuelves a decir «triste», dormiré en el gimnasio.

—Iba a decir «eficiente». —Scarlet cruzó los brazos—.

Y no pienso dormir en tu cama.—Es la única cama del apartamento.Scarlet miró pensativa al suelo.