11. La puerta no está insonorizada.
La puerta no está insonorizada.
Sala contigua a la sala de conferencias, West Holdings, Manhattan, en ese mismo momento.
Scarlet me miró como si acabara de proponerle que saltara por la ventana.
Tres millones de dólares se interponían entre nosotros. No era una suma que se pusiera sobre la mesa así como así, pero, aun con todo, ella vacilaba. Estaba a menos de un metro de mí, con esa mirada a la vez furiosa y vulnerable, y podía ver cómo las palabras se le agolpaban en la cabeza.
Su mirada titubeó. Solo durante una fracción de segundo, pero lo vi. Descendió hasta mi torso desnudo y se demoró allí un segundo de más antes de volver a mis ojos. Scarlet tragó saliva.
Scarlet tenía muchas cualidades. Pero mentir no se le daba bien.
El aire entre nosotros estaba tan cargado que casi creí oírlo crepitar.
Joder. Quería besarla.
El pensamiento me asaltó de una forma tan clara y directa que me pilló desprevenido.
No despacio ni con cuidado, no como una propuesta de negocios.
Quería empujarla contra la pared, hundir las manos en su pelo negro y besarla hasta que dejara de llamarme gilipollas y gimiera mi nombre en su lugar, como lo había pronunciado aquella noche.
Pero no lo hice. Porque controlaba mis impulsos.
Siempre. Era lo único realmente útil que me había enseñado mi padre: control.
Sobre la sala, sobre la conversación, sobre mí mismo.
Sobre todo, sobre mí mismo.Sin embargo, mi padre nunca había mencionado qué hacer cuando el control parecía una jaula y la mujer que tenía delante era la llave.
Scarlet alzó la barbilla. Sus ojos aún ardían, pero ahora había algo más en ellos.
Algo calculador. Conocía aquella mirada.
Era la mirada de quienes repasaban cifras.
De quienes hacían cálculos. De quienes sopesaban cuánto costaría algo y si el precio merecía la pena.Tres millones de dólares podían cambiar muchas cosas.
Muchísimas. Aquel dinero podría darle la vuelta a toda su vida.
Aun así, vacilaba.No sabía cuál era exactamente el problema de Scarlet.
Pero sabía que tenía uno. El tarro de donativos de su tienda me lo había revelado, junto con la forma en que había aceptado quince mil dólares para un refugio, aunque cada mirada que me había lanzado mientras lo hacía decía: «Te odio por ponerme en esta situación».
Vi el momento en que hizo cuentas. Y vi el momento en que decidió pasarlas por alto.
—Que te jodan, Ryder —dijo. En voz baja, pero con una intensidad que llenó la pequeña estancia como humo—. Los sentimientos no se pueden comprar.
—No quiero putos sentimientos —respondí con un gruñido.
Y era verdad. No quería sentimientos. Quería a Harrison Pierce y su puñetero contrato. Quería llevar durante seis meses a eventos a una mujer lo bastante convincente como para engañar a la alta sociedad y que, después, desapareciera de mi vida sin dramas.
Lo que no quería era lo que estaba ocurriendo en mi pecho en aquel momento.
Aquel tirón que no tenía nada que ver con el acuerdo y que tenía todo que ver con la forma en que Scarlet me miraba, como si yo fuera al mismo tiempo lo mejor y lo peor que le había pasado en la vida.Conocía a aquella mujer desde hacía una noche.
Una puta noche, tres meses atrás. Y, aun así, había pensado más en ella que en cualquier otra mujer con la que me hubiera cruzado.
En su risa y en la forma en que había dicho «por favor».
En el hecho de que no se hubiera puesto en contacto conmigo.
En mi frustración porque no me hubiera llamado.Y luego, esa mañana, cuando había entrado en su pastelería y ella me había mirado como si fuese un fantasma, había hecho algo que nunca hacía: me había desquitado con ella.
La había tratado como si fuera invisible porque era más fácil que admitir que volver a ver a aquella mujer tras tres meses de silencio me había descolocado más de lo que quería reconocer.
Scarlet apretó los labios. Tenía los ojos húmedos, pero no derramó ninguna lágrima. Era demasiado orgullosa para eso. Por supuesto que sí.
Resultaba irónico que hubiera gente que se hubiese peleado por acuerdos peores y por menos dinero. Cualquier persona normal habría aceptado de inmediato semejante cantidad. Pero Scarlet, pese a su situación económica, había rechazado la oferta.
Retrocedió un paso y abrió la puerta de golpe.
—Piénsatelo —dije. Tranquilo. Dueño de mí mismo. Como si en ese preciso instante el pulso no me martilleara las costillas—. La oferta se mantiene hasta mañana.
Scarlet se volvió desde el umbral. Su mirada se encontró con la mía y, durante un segundo, menos de un segundo, vi algo en sus ojos que me sacudió.
No era ira ni desprecio, sino algo crudo, sincero, que no había conseguido ocultar a tiempo.
—No pienso pensármelo —dijo—. Adiós, Ryder.
Salió hecha una furia por la puerta, cruzó la sala de conferencias y pasó de largo junto a mi padre, que seguía sentado a la cabecera de la mesa con cara de que acabaran de comunicarle que la Bolsa había cerrado para siempre.
También pasó como una exhalación junto a Marcus, que hacía girar su rectángulo entre los dedos, y junto a Brutus, que la siguió con mirada crítica porque, aparte de Marcus, no soportaba absolutamente a nadie.
La puerta de la sala de conferencias se cerró de golpe y el cristal vibró.
Me quedé en la estancia contigua, con el torso desnudo, crema de mantequilla en los pantalones y el sabor del glaseado de frambuesa en los labios, preguntándome si acababa de hacer la mejor jugada de mi vida o la más estúpida.
Después regresé a la sala de conferencias.
Marcus me miró. Su mirada descendió de mi rostro a mi pecho desnudo y volvió a subir. Se reclinó en la silla. Entonces dijo con una voz tan seca que habría podido usarse para mezclar hormigón:
—Ha ido de puta madre.
—Volverá —respondí mientras me sentaba.
Marcus enarcó una ceja. La misma que enarcaba cuando yo iba de farol en una partida de póquer y él lo sabía.
—¿Y en qué se basa exactamente esa valoración?
—En el hecho de que ha atravesado Manhattan para tirarme una tarta a la cara —repliqué, echando un vistazo al móvil para comprobar si mi asistente estaba por fin de camino con una camisa nueva—.
Las personas a las que les eres indiferente no preparan tartas de cabreo.
Y, sobre todo, no las entregan en persona.
Podría haber enviado a su empleada, pero ha venido ella misma.
—Un análisis razonable —dijo Marcus.
Mi padre había contemplado toda la escena con una incredulidad que no le había visto jamás en treinta años.
Había soportado cracs bursátiles, adquisiciones hostiles y tres comparecencias ante el Congreso con la misma expresión estoica.
Pero, al parecer, una mujer que le tiraba una tarta a la cara a su hijo y luego salía de la sala de conferencias profiriendo maldiciones en italiano superaba su capacidad de asimilación.
Se inclinó hacia delante. Tenía las manos apoyadas sobre la mesa y su mirada era una mezcla de incredulidad y algo que se parecía sospechosamente a una admiración a regañadientes.
—¿Quién demonios era esa? —preguntó papá al fin. El temblor de su voz apenas resultaba audible, pero hervía de rabia.
—Mi futura esposa —repliqué.
—¿Y ella también lo sabe? —preguntó Marcus, divertido.
—Mi oferta es demasiado buena para rechazarla.
Marcus guardó silencio un momento e hizo girar entre los dedos su rectángulo de papel, lo que en él equivalía a cinco minutos de intensa reflexión para una persona normal. Después asintió una vez.
—Pero, si no vuelve, necesitarás un plan B.
La boda es pasado mañana, Ryder. Las invitaciones ya están enviadas y van a asistir medio Senado y dos tercios de Wall Street.
—Sé cuándo es la boda y quién figura en la lista de invitados.
—Y ahora mismo no tienes novia.—Soy consciente de que no tengo novia, Marcus.
—Bien, entonces todos estamos al corriente de la situación.
Marcus se reclinó y cruzó los brazos. Brutus bostezó bajo su silla, como si quisiera hacer algún comentario sobre el dramatismo de la situación.
Me recosté, hice rodar una vez la moneda sobre mis nudillos y volví a guardármela.
Marcus gruñó por lo bajo. Papá me miraba fijamente y, por primera vez en años, lo vi buscar las palabras.
No las encontró. Lo cual ya era un milagro, porque siempre encontraba algo que decir.
En reuniones de la junta, en negociaciones, en comidas familiares en las que llevaba las riendas.
Pero Scarlet era un escenario que, evidentemente, no figuraba en su manual.
Tampoco en el mío, a decir verdad.—Así que ¿quién es tu futura esposa? —preguntó papá con sarcasmo.
—Scarlet Russo —dije, porque se merecía saber su nombre—. Pastelera de Brooklyn. Sí, me ha tirado una tarta. Y sí, acabo de pedirle que se case conmigo. Todavía está indecisa. Pero volverá.
—Ha dicho: «Que te jodan» —señaló papá con sequedad—. La puerta no está insonorizada.La comisura de los labios de Marcus se crispó.
Llamaron a la puerta y mi asistente entró con una muda limpia. Me puse la camisa y me quedé mirando la prenda manchada de crema de mantequilla que colgaba del respaldo de la silla en la estancia contigua.
El recuerdo de su mirada desde el umbral volvió a golpearme sin previo aviso.
Aquello tan crudo y sincero que había habido en sus ojos y que no había logrado ocultar a tiempo.
Aquella no era una mujer a la que yo le fuera indiferente.
Era una mujer furiosa porque yo no le era indiferente.
Y había una diferencia abismal.Volvería.
No hoy, probablemente ni siquiera mañana por la mañana.
Pero, en algún momento a lo largo del día, el peso de lo que tres millones de dólares podían suponer para su vida acabaría imponiéndose a su orgullo.Y entonces ambos fingiríamos que solo era un negocio.Aunque los dos sabíamos que no lo era.