9. Los negocios son los negocios.
Los negocios son los negocios.
Sala de juntas, West Holdings, Manhattan, poco después.
Harrison Pierce quería vender. Y yo quería comprar.
Pierce Industries era un imperio que Harrison había levantado a lo largo de cuarenta años y encajaba a la perfección en la cartera de West Holdings.
El problema no era el dinero; de eso tenía más que suficiente.
El problema era el propio Harrison Pierce.
La versión sencilla era: él vendía, yo compraba y todos contentos.
La versión complicada incluía, hasta ese momento, tres meses de negociaciones, tres ofertas fallidas, un hombre que dirigía sus negocios conforme a unos principios más antiguos que la mayoría de los edificios de Manhattan y a mi padre, sentado frente a mí y mirándome como si yo fuera el culpable directo de que las negociaciones se hubieran prolongado tanto.
La sala de juntas de West Holdings estaba en la trigésima sexta planta, con una fachada acristalada y vistas al perfil urbano.
Una larga mesa de roble y doce sillones de cuero, de los cuales solo tres estaban ocupados en ese momento.
Mi padre se sentaba en la cabecera porque siempre se sentaba en la cabecera, incluso cuando la mesa era redonda.
Marcus estaba a mi derecha y hojeaba los borradores del contrato con una mano mientras doblaba una servilleta hasta formar un rectángulo perfecto con la otra.
Debajo de su silla estaba tumbado Brutus, su boyero de Berna, que pesaba como un poni pequeño, tenía la energía de una tortuga dormida y roncaba suavemente.
Brutus era el único de los presentes que estaba relajado.
—Pierce es de la vieja escuela, conservador —dijo mi padre, recostándose mientras contemplaba el acuse de recibo. Victoria había recibido los documentos para rescindir nuestro acuerdo.
Pese a estar ya mediada la sesentena, seguía teniendo los hombros anchos y una abundante cabellera gris que lucía como una corona.
El traje le sentaba impecable y su mirada poseía esa peculiar mezcla de autoridad y decepción permanente que solo perfeccionaban los padres que amaban a sus hijos al mismo tiempo que los consideraban un único gran error.
—Para Harrison Pierce, un compromiso roto no es solo un compromiso roto.
Es un indicio de inestabilidad. De falta de fiabilidad.
Pierce no hace negocios con hombres en quienes no confía, y no confía en un hombre que ni siquiera es capaz de mantener un compromiso.
—Soy consciente de ello, papá —dije, haciendo rodar la moneda sobre los nudillos de la mano derecha—. Cara. Cruz. Cara. Al fin y al cabo, fuiste tú quien me dio la idea del compromiso.
Mi padre se enderezó. Se le tensó la mandíbula, como cada vez que yo decía algo demasiado cercano a la verdad. —Te dije que te comprometieras. Que te comprometieras de verdad. Con una mujer a la que amases. ¡No que cerraras un acuerdo comercial con una mujer a la que no soportas!
—Tú me educaste así —respondí con calma. Con demasiada calma. Sabía que ese tono provocaba a mi padre más que cualquier grito. —Los sentimientos son una pérdida de tiempo, Ryder. Los negocios son los negocios. ¿Te suena?
—¡Te eduqué para que triunfaras! —replicó papá. Su voz resonó por la sala de juntas y, bajo la mesa, Brutus levantó la cabeza, miró a su alrededor y volvió a apoyarla sobre las patas con desinterés. —¡No para que estuvieras solo!
—¿Dices eso para tranquilizar tu conciencia?
—Guardé la moneda en el bolsillo y miré directamente a mi padre.
—He estado solo toda mi puñetera vida, papá.
Porque siempre estaba demasiado ocupado intentando triunfar lo bastante como para conseguir tu aprobación.
Así que no me cargues ahora con esto porque tu grandioso plan educativo no haya dado el resultado que esperabas.
Silencio.
Esa clase de silencio que surgía entre padres e hijos cuando había demasiada verdad a la vez en la habitación y ninguno de los dos sabía cómo volver a recogerla.
Mi padre apretó los labios y, durante un fugaz instante, vi algo en sus ojos.
Culpa, quizá. O arrepentimiento. Desapareció antes de que pudiera analizarlo mejor, y su rostro volvió a convertirse en la máscara que conocía desde hacía treinta años.
La máscara del hombre que tomaba las decisiones correctas.
Siempre y sin excepción. Aunque las consecuencias de esas decisiones hubieran convertido a su único hijo en un hombre incapaz de distinguir el amor de una transacción comercial.
Marcus se aclaró la garganta a mi lado. —¿Quizá deberíamos volver a centrarnos en Harrison?
Marcus era mi socio en el asunto Harrison y alguien con quien siempre podía contar. Y había sido el primer estudiante en la historia de Sigma Dominus que había rechazado una invitación. De lo contrario, ahora llevaría el mismo anillo de sello que yo. De plata, con un fénix rodeado de estrellas.
Era la única persona ajena a mi familia y a la sala de póquer de Sigma Dominus en quien confiaba, y por una sencilla razón: Marcus me decía la verdad. Siempre. Incluso cuando yo no quería oírla. No, sobre todo entonces.
Su expresión de perpetuo fastidio con la humanidad entera engañaba.
Al menos, la mayoría de las veces. Marcus era brillante, leal y era tan accesible emocionalmente como un muro de hormigón, algo ventajoso en nuestros negocios y probablemente menos en todo lo demás.
En ese momento apartó su rectángulo de papel terminado y ya estaba doblando el siguiente, lo cual significaba que se contenía para no decir algo que al menos uno de los presentes no quería oír.
—Marcus tiene razón —dije, apartando la mirada de mi padre porque sabía que hoy no terminaríamos aquella discusión. Nunca la terminábamos porque ambos éramos demasiado tercos. —Pierce. ¿Qué necesitamos para que firme?
—Un compromiso estable que desemboque en matrimonio.
A ser posible, el matrimonio que debía contraerse pasado mañana.
Sería una señal para Pierce de que eres un socio comercial de confianza —dijo mi padre, como si la discusión de treinta segundos antes nunca hubiera ocurrido.
Era su especialidad: provocar una devastación emocional y, acto seguido, retomar los asuntos del día sin la menor transición.
—Mi compromiso con Victoria está definitivamente roto —dije—. Eso no se discute.
—Entonces necesitas una prometida nueva —dijo Marcus con sequedad, colocando su segundo rectángulo perfecto junto al primero—. O dejas escapar a Pierce. Pero ambos sabemos que eso no es una opción.
—Exacto —confirmé—. No es una opción.
—Pues encuentra una —dijo mi padre, inclinándose hacia delante. Su voz había recuperado ese tono que conocía desde niño. El tono que decía: Soy el presidente y tú haces lo que yo diga.
—Que encuentre otra —repetí sin inflexión. Mi padre era el empresario más inteligente que conocía, pero era evidente que no tenía ni idea del mundo que existía más allá de los balances.
En teoría, era posible, porque había invitado a Pierce y a prácticamente todos los demás empresarios importantes a mi boda sin revelar demasiados detalles innecesarios, como el nombre de la novia.
A nadie le interesaba el nombre de la novia cuando el mío figuraba en el papel.
Y todos y cada uno de los invitados habían confirmado su asistencia porque nadie rechazaba una invitación de un West. Daba igual si el nombre que figuraba en el papel era Ryder o Richard, el de mi padre.
Estaba a punto de elaborar un nuevo plan, pero no tuve ocasión.La puerta de la sala de juntas se abrió de golpe.
No se abrió sin más ni la empujaron con cuidado: la abrieron de golpe de verdad.
Con tanta fuerza que el cristal vibró en el marco y Brutus se sobresaltó bajo la mesa hasta soltar un gruñido.
Scarlet Russo estaba en la puerta.
Al principio, mi cerebro no comprendió lo que veían mis ojos.
Scarlet no pertenecía a aquel lugar. Scarlet pertenecía al recuerdo de una noche que llevaba tres meses intentando olvidar sin éxito.
No había planeado volver a verla esa mañana.
Parsley me había dado la dirección de su pastelería.
No estaba preparado en absoluto para encontrarme a Scarlet detrás del mostrador.
Pero allí estaba. Con un vestido amarillo, las mejillas encendidas y los ojos ardiendo con tanta furia que podrían haber dejado un filete bien hecho en cuestión de segundos. Y llevaba una caja para tartas entre las manos.
Todo dentro de mí se quedó en silencio y empezó a hacer ruido al mismo tiempo.
Tres meses. Tres puñeteros meses durante los cuales aquella mujer había vivido en mi cabeza como una inquilina que se negaba a marcharse.
Había intentado olvidarla. Me había volcado en el trabajo, en las reuniones, en las negociaciones con Pierce.
Pero luego, por la noche, cuando el bourbon no ayudaba y el silencio se volvía demasiado estruendoso, allí estaba de nuevo.
Su voz. Su risa. La forma en que había dicho «Por favor».
Y la puñetera pregunta de por qué no se había puesto en contacto conmigo. ¿Había sido demasiado dominante? ¿No lo bastante? ¿Demasiado… yo?
Esa mañana había entrado en su pastelería y se me habían fundido los plomos.
Su mera presencia había bastado para que mi frustración volviera a desbordarse.
La frustración porque era la primera mujer a la que quería volver a ver después de una aventura de una noche.
Pero, sobre todo, la frustración porque era la primera mujer después de una aventura de una noche que no se había puesto en contacto conmigo.Y ahora estaba en mi sala de juntas, con aspecto de querer matarme.Debería haberme preocupado.
En lugar de eso, una parte traicionera e irracional de mí se alegraba sencillamente de volver a verla.
Scarlet pasó con paso decidido junto a mi padre como si no existiera, lo cual ya era toda una proeza porque él no era la clase de hombre junto al que uno pasaba sin más.
Plantó la caja de golpe sobre la mesa de juntas, justo al lado de los borradores del contrato para el cuarto intento de cerrar el acuerdo con Pierce, y la tapa se deslizó a un lado.
Debajo apareció un dedo corazón de fondant, enmarcado por una inscripción ondulada hecha con glaseado rosa: «Eres un gilipollas de campeonato».
Marcus parpadeó y miró la tarta, luego a mí, y la comisura de su boca se estremeció.
—¡Lo digo en serio! ¡Eres un gilipollas! —resopló—. Me has utilizado a mí para romper tu compromiso. ¿Se puede saber qué te pasa?
Entonces agarró la tarta y la lanzó.
Contra mí.
Reaccioné por puro instinto, me agaché hacia un lado e intercepté la mayor parte de la tarta con la mano derecha. La crema de mantequilla rosa salpicó mi manga, un trozo de fondant se estampó contra la mesa de roble y el resto quedó esparcido por todo mi traje.
Mi padre seguía sentado en la cabecera, como si un meteorito acabara de impactar contra la sala de reuniones.
Marcus había dejado de doblar papeles y alternaba la mirada entre Scarlet y yo con una ceja levemente alzada, lo que en Marcus equivalía a una pataleta a gritos en cualquier otra persona.
Brutus había salido de debajo de la mesa y se apretaba contra la pierna de Marcus.
Cuando Scarlet vio al perro, se aclaró brevemente la garganta y se dirigió a Marcus: —El bizcocho es de chocolate. Es tóxico para los perros.
Marcus asintió y ordenó a Brutus que se tumbara. Este obedeció de mala gana mientras contemplaba con deseo los restos de tarta que goteaban hasta el suelo.
Impasible, levanté la mano y me lamí el glaseado del dedo.
—Frambuesa —dije—. Está buena.
Scarlet volvió la cabeza hacia mí de golpe y sus ojos resplandecieron de frustración. Había esperado que la tarta me diera en la cara, no en la mano, y la decepción estaba escrita con tanta claridad en su rostro que casi me eché a reír.
—¡Tenía que darte en la cara! —me espetó, señalándome con gesto acusador.
—Entonces tendrías que haber apuntado mejor —repliqué, lamiéndome otro pegote de glaseado del pulgar.
—Eres… Eres… —Scarlet buscó las palabras y, al parecer, no encontró ninguna a la altura de su furia. Cerró los puños.
Estaba adorable cuando se enfadaba así.
—¿Imposible? —la ayudé.
—¡Sí! —gritó—. ¡Eso mismo! ¡Imposible! ¡Absolutamente, completamente y cien por cien imposible!
Me levanté. Me limpié la mano con una servilleta del montón que había junto al servicio de café y rodeé la mesa, directo hacia Scarlet.
Scarlet no retrocedió. Por supuesto que no.
Aquella mujer no retrocedía ante nada ni nadie, y eso era precisamente lo que la hacía tan peligrosa.
Para mi plan, para mis plazos, para mi autocontrol.
La agarré por la muñeca.
Su piel estaba caliente bajo mis dedos. Sentí su pulso, rápido y fuerte, y el recuerdo de aquella noche tres meses atrás me golpeó de forma tan inesperada que contuve el aliento durante un segundo.
La misma muñeca. La misma piel. Solo que entonces había inmovilizado sus muñecas contra la almohada por encima de su cabeza.
Joder. No era el momento adecuado para aquel recuerdo.
—Suéltame —siseó Scarlet.
—Ven conmigo —dije y, antes de que pudiera protestar, tiré de ella para sacarla de la sala de juntas y llevarla a la estancia contigua. Intentó resistirse, pero sin demasiado empeño, como si una parte de ella supiera que quería acompañarme aunque otra le dijera que era una idea espantosa.
La hice pasar por la puerta, entré y cerré detrás de nosotros.
La estancia era pequeña. Una mesa de reuniones, cuatro sillas, una fotocopiadora, ninguna ventana. Y, de pronto, Scarlet estaba tan cerca que podía olerla. Crema de mantequilla de frambuesa y algo floral, y debajo algo que era solo ella y que no había olvidado en tres meses.
Sus ojos se clavaron en los míos. Furiosos, dolidos y desafiantes.
Y bajo todo aquello, bajo la furia, la rebeldía y el orgullo, había algo más. Algo vulnerable que intentaba ocultar y que yo veía de todas formas porque ya había aprendido a leerla aquella noche.
Maldita sea, ella era todo lo que no encajaba en mi plan. Y, al mismo tiempo, podía ser la solución a todos mis problemas.