8. Eso es terrorismo emocional. #2
Ivy me observó por encima del borde de su vaso de café.
—¿Qué haces? Ese no es el pedido de los Henderson.
—No —dije mientras cascaba los huevos en el bol con más fuerza de la necesaria—.
Este es un encargo muy personal para Ryder.Ivy dejó el café.
—¿Para Ryder? ¿El Ryder del dedo corazón?
¿Ryder, el padre de tu bebé? ¿El mismo al que no querías volver a ver nunca?
—Ese mismo. —Encendí la batidora y la crema de mantequilla empezó a girar—.
Voy a hacerle una tarta. Con un dedo corazón enorme.
Y con la inscripción Eres un gilipollas integral.
Después iré a su empresa y se la estamparé en la cara.
Y luego no volveré a verlo jamás. Pero no puedo dejar las cosas así.Ivy abrió la boca, seguramente para quitarme la idea de la cabeza, pero volvió a cerrarla.
Observó con ojo crítico cómo trabajaba la masa con más fuerza de la necesaria.
—Probablemente debería decirte que es una mala idea —dijo despacio.
—¿Pero...? —pregunté, arqueando una ceja.
—Pero ahora mismo parece que vas a explotar si no lo haces.
Y, sinceramente... quizá sea justo lo que necesitas.
Poner punto final. —Ivy se encogió de hombros—.
Además, ese hombre se lo merece. Te ignoró, te hizo ghosting y luego, para colmo, te encasquetó una tarta con un dedo corazón para su prometida.
Un poco de crema de mantequilla en la cara no es para tanto.
—¿Lo ves? —respondí mientras removía la masa con una determinación que no había sentido desde esa mañana—.
Alguien tiene que decirle que no puede tratar así a los demás.Horneé.
Como una posesa. Tres capas de bizcocho de chocolate, crema de mantequilla de frambuesa, una superficie de fondant impecable.
Y encima modelé el dedo corazón de fondant más grande y detallado que se había visto jamás en Celestial Cakes, enmarcado por unas letras ornamentadas: Eres un gilipollas integral.Ivy y yo contemplamos el resultado.
—Es absolutamente perfecta —dijo Ivy.—Absolutamente —confirmé.Justo cuando iba a cerrar la caja, sonó mi móvil.
Nonna.
El corazón me dio un vuelco. Nonna llamaba muy pocas veces.
Lo normal era que apareciera sin avisar en la puerta, aunque siempre con un táper de cannoli y la expectativa de que te sentaras a comer de inmediato.
¿Pero llamar? Solo lo hacía cuando sucedía algo importante.
Cuando no le daba tiempo a venir ella misma.
Me limpié las manos en el delantal y contesté.
—¿Nonna? ¿Qué pasa?
—Scarlet. —Su voz sonaba serena, pero no con la calidez habitual cuando me llamaba Scarlet. Faltaba el cara mia que solía añadir. Faltaba la sonrisa en su voz.
—¿Va todo bien? —pregunté, notando cómo algo se me encogía en el pecho.
—Esta noche habrá una cena familiar —dijo—. En el restaurante. Tu padre tiene que hablar de algo.
—¿De qué?
Hubo una pausa, lo cual resultaba sospechoso. Nonna rara vez hacía pausas. Hablaba como una catarata, en un torrente de italiano, inglés y gestos que casi podían percibirse incluso por teléfono. Cuando Nonna hacía una pausa, algo iba mal.
—Limítate a venir, cara, es importante —dijo en voz baja—. Esta noche. Estaremos todos.
Colgó antes de que pudiera hacer más preguntas.
Me quedé de pie en la cocina de Celestial Cakes, con el móvil en la mano, el test de embarazo positivo en el bolsillo del pantalón y una sensación en el estómago que no tenía nada que ver con las náuseas.
Cenábamos juntos a menudo; teníamos tradiciones familiares muy arraigadas.
Si Nonna decía que teníamos que estar todos y sonaba como si hubiera pasado el día entero pensando en cómo expresarlo, entonces la situación era realmente grave.
Y algo en mis entrañas me decía que tenía que ver con La Luna.
Con el restaurante que llevaba más de treinta años siendo el corazón de nuestra familia.
El lugar donde había crecido entre nubes de harina y el olor de la boloñesa de papá, donde había dado forma a mis primeros cannoli y donde Nonna me había enseñado que el amor y la buena comida eran, en esencia, lo mismo.Lo había visto en el rostro de papá durante las últimas semanas.
Cuando pensaba que nadie lo miraba. El cansancio en sus ojos.
La arruga de preocupación entre sus cejas, que antes solo aparecía cuando perdían los Yankees y que ahora nunca desaparecía.
La forma en la que hablaba de La Luna, todavía con amor, pero también con algo nuevo.
Con miedo.Había intentado no pensar en ello.
Me había convencido de que solo era una mala racha, de que los restaurantes de Nueva York tenían sus altibajos y de que las cosas acabarían mejorando.
Pero la voz de Nonna al teléfono había sonado como si la mala racha hubiera dejado de ser una simple mala racha.
Ivy me miró cuando guardé el móvil. —¿Todo bien?
—Mi abuela ha convocado una cena familiar —dije.
Ivy no conocía demasiado bien a mi familia, pero me conocía lo suficiente como para saber que mi expresión no auguraba nada bueno.
—Vete antes si quieres —dijo—. Tony y yo nos ocuparemos de la tienda.
Tony asintió sin apartar la mirada de sus rosas de mazapán. —Claro. Dale recuerdos a tu nonna de mi parte. Y dile que sus cannoli siguen siendo los mejores que he probado en mi vida. Ah, y haz una foto cuando le estampes la tarta a ese multimillonario del dedo corazón.
Tragué saliva. —Tony, sabes que no debes escuchar conversaciones ajenas.
—Y vosotras dos —nos miró con severidad a Ivy y a mí— sabéis perfectamente que es imposible no enterarse cuando mantenéis vuestras conversaciones de chicas a ese volumen.
—Vale, vale —respondí, alzando las manos en son de paz. Sonreí, pero la sonrisa no llegó a mis ojos.
Esa mañana me había levantado siendo una simple pastelera de Brooklyn que de vez en cuando tenía problemas para decir que no.
Ahora era una pastelera embarazada de Brooklyn cuyo padre del bebé había dejado a su prometida mediante una tarta con un dedo corazón, cuyo restaurante familiar probablemente estaba al borde de la ruina y que, en unas pocas horas, tendría que sentarse frente a una mesa llena de Russos sin poder contarles nada de aquello.
Con un poco de suerte, esta sería la última vez que el narrador de mis pensamientos dijera: Y entonces todo empeoró aún más.
Porque, sencillamente, no podría soportar otro y entonces todo empeoró aún más.