7. Once minutos.
Once minutos.
Quinta Avenida, Manhattan, un momento después.
Conseguí recorrer exactamente tres manzanas antes de que regresaran las náuseas.
No esa clase de náuseas que se controlaban con un caramelo de menta y respirando hondo.
La otra clase. La brutal, implacable, la de ahora-mismo-tu-cuerpo-no-te-pertenece, que me obligó a detenerme en una calle lateral de la Quinta Avenida y aferrarme a una farola hasta que el mundo dejó de dar vueltas.
La culpa era del olor. Había un puesto de perritos calientes a la vuelta de la esquina y el vapor caliente y grasiento llegaba directamente hasta mí.
Esperé a que se me calmara el estómago. Después entré a toda prisa en la primera farmacia que encontré por el camino. Necesito algo para las náuseas. Era lo único en lo que podía pensar.
Mi plan era sencillo: comprar algo para las náuseas y luego volver a Celestial Cakes, en Brooklyn. Al fin y al cabo, las tartas restantes no iban a hornearse solas.
Cuando salí de la farmacia, llevaba conmigo un remedio natural contra las náuseas y una prueba de embarazo.
No sabía muy bien por qué. O sí, sí que lo sabía, pero me negaba a llevar aquel pensamiento hasta sus últimas consecuencias.
Había sido la farmacéutica quien me había dado la idea sin pronunciar una sola palabra.
Yo había dejado el remedio contra las náuseas sobre el mostrador.
La mujer que había detrás de la caja, una señora mayor con gafas de lectura, tenía esa mirada de quien ya lo había visto todo a lo largo de su carrera profesional.
Primero me había mirado brevemente a mí; después, al remedio para el estómago y, por último, casi por instinto, a las pruebas de embarazo del estante que tenía detrás.
Solo había sido una mirada rápida y sutil. Pero había bastado.
Yo había asentido sin decir nada. Ella había metido la prueba en una bolsa, también sin decir nada. Nos habíamos entendido de esa manera silenciosa que solo funcionaba entre mujeres.
Y ahora estaba en la Quinta Avenida con una bolsa de papel en la mano que contenía una prueba de embarazo, intentando pensar racionalmente mientras todas las alarmas de mi cerebro sonaban a pleno volumen.
Era imposible que estuviera embarazada. Absolutamente imposible. No tenía ninguna vida amorosa. Bueno, salvo por aquella noche de hacía tres meses.
Pero solo había sido una noche. ¡Una única noche! Y nosotros habíamos... Pensé. ¿Habíamos usado protección? Teníamos que haberla usado. Ryder era la clase de hombre que lo controlaba todo, no iba a...
No conseguía acordarme.
Mio Dio.
No recordaba si habíamos usado protección porque aquella noche había pensado en todo menos en eso.
Porque Ryder me había besado y mi cerebro se había apagado como un ordenador al que alguien hubiera desenchufado.
Porque él había dicho «Dilo, por favor» y yo había dicho «Por favor» y, a partir de ahí, pensar había dejado de ser una opción.
Tres meses.
Si estaba embarazada, estaría de tres meses. En el tercer mes tenías náuseas. Y mareos. Y sensibilidad a los olores. Y de repente podía darte asco el olor del café, aunque llevaras toda la vida bebiéndolo como otras personas bebían agua.
No. No, no, no.
Era una indigestión. Una gripe. El tiempo. El estrés. Todo aquel asunto de Ryder, la tarta y Victoria me había alterado, y mi cuerpo no hacía más que reaccionar al estrés. Era así de sencillo.
Me repetí que solo necesitaba la prueba para descartar aquella posibilidad completamente improbable. Para demostrarme que estaba exagerando. Que la farmacéutica se equivocaba. Que el comentario de Parsley sobre la menta y el embarazo solo había sido una casualidad.
El trayecto de vuelta a Brooklyn fue un infierno.
Primero perdí el metro por cuestión de segundos porque las puertas se cerraron delante de mis narices.
Después me quedé en el andén junto a un grupo de turistas que ocupaba la mitad del espacio con sus maletas con ruedas, esperando el siguiente tren, que por supuesto llevaba once minutos de retraso.
Era como si el universo hubiera decidido que no debía hacerme aquella prueba demasiado pronto bajo ningún concepto.
En once minutos podían hacerse un montón de cosas.
En once minutos se podía decorar una tarta.
En once minutos se podía ver la mitad de un episodio de una comedia.
Y en once minutos podías desmontar tu vida entera en tu cabeza, volver a montarla y desmontarla de nuevo.
Eso fue exactamente lo que hice mientras esperaba en el andén, apretando la bolsa de papel con tanta fuerza que me dolían los dedos.
¿Y si la prueba daba positivo?
¿Qué le decía al padre de la criatura? ¡El hombre que había dejado a su prometida con una tarta, y además una tarta hecha por un lío de una noche sin importancia!
¿Y si algún día mi bebé me preguntaba quién era su papá?
Hola, bebé Russo. Tu papá solo pasó una noche con mamá, a la mañana siguiente se largó sin decir una palabra y volvió tres meses después para que mamá horneara una tarta para romper con su prometida.
Por cierto, para ti también mandó hacer una tarta en la que decía que esperaba que tuviéramos una vida maravillosa en algún lugar muy, muy lejos de él.
Vale, teniendo en cuenta lo que sabía hasta el momento de Ryder West, era una posibilidad absolutamente realista. Triste, pero realista.
¿Y qué diría mi familia cuando se enterara del embarazo?
Papá era, más o menos, el hombre más orgulloso, tradicional y emotivo que conocía.
Hablaba de su carbonara como si fuera poesía y lloraba al menos dos veces en cada celebración familiar, incluso en las alegres.
No me juzgaría ni me repudiaría. De eso estaba segura.
Pero haría preguntas. «¿Quién es el padre?
¿Dónde está? ¿Cuándo voy a conocerlo?» Y yo no podría responder a ninguna sin mentir o romperle el corazón a mi padre.
Mi madre se quedaría callada. Nunca levantaba la voz cuando estaba preocupada. Se volvía silenciosa. Me cogería de la mano, no diría nada y se limitaría a mirarme, y eso sería peor que cualquier reproche.
Nonna, que decía todo lo que los demás no se atrevían a pronunciar en voz alta, planificaría sin duda la vida de Mini-Russo hasta su jubilación y fingiría que jamás había existido un padre.
¿Y mis hermanos? Matteo, Luca, Tony y Dante eran cuatro italoamericanos sobreprotectores que perderían la cabeza colectivamente al oír las palabras «rollo de una noche» y probablemente arrojarían a Ryder al East River si se enteraban.
El metro llegó antes de que pudiera imaginar a Ryder bañándose en el East River con un traje de diseñador.
Me apretujé dentro, me encajé la bolsa de papel bajo el brazo y me agarré a la barra.
Irónicamente, a mi lado había una mujer embarazada de unos siete meses.
Se frotaba la zona lumbar y parecía cansada.
Su barriga era enorme y redonda, y llevaba una camiseta en la que ponía: Cargando bebé.
Pero, pese al cansancio, irradiaba felicidad.
Aparté la mirada. De inmediato. Después volví a mirarla. Y aparté la vista otra vez. Mis ojos fueron de la mujer a la ventana y de la ventana a la bolsa de papel que llevaba bajo el brazo hasta que probablemente pensó que tenía un tic nervioso.
El trayecto hasta Brooklyn duró treinta y cinco minutos interminables durante los cuales miré obstinadamente por la ventana, aferrada a la bolsa, y me aseguré a mí misma que todo iba bien.
Que la prueba daría negativo y que estaba exagerando.
Que mi cuerpo solo reaccionaba al estrés porque aquel era el día más horrible de mi vida y que sin duda existía una explicación médica perfectamente racional para mis náuseas que no tenía nada, absolutamente nada, que ver con un rollo de una noche.
¡Era... «una locura absurda» que estuviera embarazada de un hombre que enviaba a la gente tartas con peinetas!
Cuando llegué a Celestial Cakes, Ivy no estaba por ninguna parte.
En su lugar, Tony se encontraba detrás del mostrador.
Era mi empleado más leal y el mejor modelador de figuras de mazapán de todo Brooklyn, y me saludó con un gesto de cabeza.
Ivy había dejado una nota sobre el mostrador: «He salido un momento a por sándwiches.
Vuelvo en diez minutos». Debajo, con su letra garabateada: «P.
D.: Si sigues afirmando que es por la menta, me debes una explicación Y un almuerzo».
Pasé de largo junto a la nota, fui al baño, cerré la puerta con pestillo y me apoyé en ella.
La bolsa que llevaba en la mano no pesaba nada. Unos pocos gramos de plástico y papel. Pero en aquel momento sostenía todo mi futuro entre las manos.
Abrí el envoltorio y leí las instrucciones, aunque sabía cómo funcionaba una prueba de embarazo. Todas las mujeres lo sabían. No era necesario haber estudiado Medicina.
Me hice la prueba. Y después esperé.
Tres minutos, decía la caja. Eso significaba que tenía que volver a esperar y torturarme con los mismos pensamientos que durante los once minutos antes de que llegara el metro y los treinta y cinco que había pasado dentro.
Era como si alguien hubiera metido mi estómago en una batidora y la hubiera puesto a máxima potencia.
Sentada sobre la tapa cerrada del inodoro, con la prueba de embarazo en el borde del lavabo, me quedé mirando la superficie de plástico blanco y las dos pequeñas ventanas en las que se estaba decidiendo mi destino.
Un minuto.
No paraba de mover la pierna y mis dedos tamborileaban sobre la rodilla.
Dos minutos.
Pensé en Ryder. En lo fríos que habían sido sus ojos cuando había entrado en mi tienda aquella mañana. En el comentario sobre el pintalabios. En la noche en que me había apartado el pelo de la cara antes de que nos quedáramos dormidos.
Tres minutos.
Cogí la prueba y le di la vuelta.
Dos rayas.
Positivo.
Me quedé mirando las dos rayas. Después volví a dejar la prueba en el borde del lavabo y clavé los ojos en la pared.
Estaba embarazada. De Ryder. El hombre que, después de tres meses sin dar señales de vida, se había presentado sin más en mi tienda como si no hubiera pasado nada.
Mi cerebro tardó un rato en procesarlo. Era como un ordenador que tuviera demasiados programas abiertos a la vez y empezara a bloquearse poco a poco. Primero pánico. Después conmoción. Luego miedo. Y, muy despacio, algo distinto.
Me llevé una mano al vientre, que aún estaba completamente plano. No había ninguna señal, solo mi mano sobre mi cuerpo y la certeza de que allí dentro había algo. Alguien.
Iba a tener aquel bebé. No tenía que pensarlo; no era una pregunta ni una decisión que hubiera que tomar.
Simplemente era así. Yo era una Russo y, para los Russo, la familia lo era todo.
Era lo único sobre lo que jamás discutíamos.
Aquel bebé ya formaba parte de los Russo y eso no admitía discusión. ¡La familia es la familia, basta!
Pero todo lo demás seguía en el aire. Cómo iba a contárselo a mi familia.
Cómo iba a criar sola a un niño con una pastelería que, sin los encargos de Parsley, apenas daba lo suficiente para llegar a fin de mes.
Cómo iba a asimilar que el padre de mi criatura era un hombre que acababa de demostrar lo poco que significaban para él las mujeres de su vida.
Dios, Ryder jamás puede enterarse de este embarazo. Algo que probablemente no resultaría difícil, porque tampoco es que se interesara por mí. Como mucho, le interesaba mi pintalabios y me necesitaba para entregarle a su prometida los papeles del divorcio.
El pensamiento surgió con tanta claridad y firmeza que parecía grabado en piedra.
Ryder no podía saberlo. Ni ahora ni nunca.
Si se deshacía con tanta frialdad de su prometida, una mujer con quien había planeado compartir su vida, ¿qué haría con un bebé?
Solo pensar que mi hijo pudiera sufrir su rechazo casi me rompía el corazón.
No iba a permitirlo.
Mi bebé crecería sin su padre. Tendría a mi familia, a mis hermanos, a mis padres y a Nonna. Crecería en Brooklyn, con más cupcakes de los que jamás podría comerse, con la carbonara de papá y más amor del que un niño pudiera necesitar.
Y nunca sabría que su papá era un hombre que comunicaba sus sentimientos con una peineta de fondant.
Volví a coger la prueba. La primera prueba tangible de que mi bebé existía.
Llamaron a la puerta y, del susto, se me cayó la prueba.
—¿Scar? —llamó Ivy—. ¿Estás ahí dentro? He traído sándwiches.
Silencio. Fui incapaz de articular palabra.
—¿Scarlet?
De nuevo, ninguna respuesta.
—¿Has decidido hacer un retiro de silencio con Josh el Consciente? —preguntó Ivy, medio en broma, medio preocupada.
Miré la prueba que tenía en la mano. Después, la puerta.
—Yo, eh... —murmuré—. Tenemos que hablar.