6. O me falla mi intuición sobre la gente o me falla la memoria.
O me falla mi intuición sobre la gente o me falla la memoria.
The Langham, Quinta Avenida, Manhattan, un poco más tarde.
El Langham era la clase de hotel de lujo que, antes incluso de entrar, ya te hacía preguntarte si de verdad tenías derecho a respirar el mismo aire que sus huéspedes.
El vestíbulo era enorme, con relucientes suelos de mármol, caros muebles de caoba y un pianista que tocaba suavemente un Steinway.
El techo estaba tan alto que probablemente allí arriba podría haberse creado un microclima propio, y por todas partes había cuidados arreglos florales.
Olía a lirios de verdad. Y, por desgracia, mi estómago también los olía.
No sabía qué me pasaba ese día, pero prácticamente cualquier olor me revolvía el estómago.
Contuve las náuseas, me aferré a la caja de la tarta y me acerqué a un mostrador libre de recepción.
La recepcionista, que tendría más o menos la edad de mi madre y un rostro que parecía tener el desprecio cortés por expresión predeterminada, me miró a medias con desdén y a medias con expectación.
En la placa prendida de la solapa ponía: «Margret».
Margaret me recorrió con la mirada. Primero mi vestido amarillo vintage. Después, los zapatos. Luego, el moño. Su ceja derecha se alzó exactamente dos milímetros. En personas como Margaret, dos milímetros equivalían a una novela entera.
—Tengo una entrega para Victoria McMahon —dije mientras depositaba con cuidado la caja de la tarta sobre el mostrador. Mi voz sonó más segura de lo que me sentía.
Margaret tecleó algo en el ordenador sin apartar la mirada de mí, toda una proeza de desprecio multitarea.
—¿Y usted es?
—Scarlet Russo, de Celestial Cakes, en Brooklyn. Nos encargaron una tarta.
Dije «Brooklyn» y vi cómo la otra ceja de Margaret se unía a la primera.
Al parecer, en el mundo de la Quinta Avenida, Brooklyn era algo así como otro planeta.
Un planeta un poco más áspero y ligeramente caótico, con demasiadas cafeterías y sin mármol, lámparas de araña ni vestíbulos con zonas climáticas propias.
Margaret cogió el teléfono, sostuvo el auricular con elegancia entre la oreja y el hombro y habló en voz baja. Solo entendí «entrega», «tarta» y «una joven de Brooklyn», aunque pronunció «Brooklyn» como si se tratara de una enfermedad contagiosa.
Hubo una pausa. El rostro de Margaret permaneció inexpresivo, pero sus dedos tamborilearon una vez y luego otra sobre el escritorio.
—¿De parte de quién es la tarta? —preguntó Margret, transmitiéndome, evidentemente, la pregunta de Victoria.
La pregunta me golpeó como un puñetazo en la cara.
—Eh... —empecé a balbucear—. Ya le he dicho que soy de Celestial Cakes. Scarlet Russo. Es una tarta de crema de mantequilla y frambuesa. Con pan de oro.
Hablaba demasiado alto y con una voz demasiado aguda, y ya me imaginaba a Ryder rompiendo el cheque para el refugio porque yo había sido incapaz de cumplir un encargo sencillo.
Justo cuando estaba pensando en cómo colarme en la planta de Victoria, fuera cual fuese, algo cambió en el rostro de Margret.
—¿La tarta es de parte de su prometido?
Tragué saliva y asentí.
—Sí.
—Bien. Puede subir —dijo mientras colgaba el auricular—. Suite 2512. Planta veinticinco.
Me entregó una tarjeta de visitante y, cuando nuestros dedos se rozaron fugazmente, noté que tenía la mano fría. Tan fría que me pregunté si Margaret tendría siquiera temperatura corporal o si el hotel la sacaba cada mañana de una nevera y la colocaba detrás de recepción.
—Gracias —dije.
Margaret hizo un gesto seco con la cabeza y volvió a concentrarse en el ordenador.
Cogí la tarta y me dirigí al ascensor, pasando junto a modelos con vestidos caros y hombres con trajes todavía más caros. Me sentía como una gata que se hubiera metido por accidente en una exposición canina.
El trayecto hasta la planta veinticinco duró una eternidad.
O quizá solo duró veinte segundos y me pareció una eternidad porque mi estómago daba volteretas y mi cerebro aún intentaba encontrar una explicación plausible de por qué estaba haciendo aquello.
Las paredes del ascensor estaban cubiertas de espejos, así que contemplé mi reflejo e intenté verme a través de los ojos de Victoria McMahon.
Rizos rebeldes que casi ocultaban los pendientes.
Nada de maquillaje elaborado, solo un poco de máscara de pestañas, colorete y un pintalabios discreto.
Nada de vestidos de diseño, sino un vestido amarillo vintage comprado en una tienda de segunda mano del Ejército de Salvación.
Ni rastro de sofisticación propia de la Quinta Avenida.
Quince mil dólares. Para adorables cachorritos y gatitos. Una decisión lógica.
El ascensor se abrió. Ante mí había un pasillo con una moqueta tan gruesa que no podía oír mis propios pasos. De las paredes colgaban óleos con marcos dorados, y olía a flores frescas y perfume caro.
Me detuve ante la puerta de la suite 2512, sujeté con cuidado la tarta entre el hombro y la puerta y traté de alisarme el pelo, lo cual no sirvió de nada porque enseguida volvió a apuntar en todas direcciones.
Después me alisé el vestido, algo igualmente inútil, porque no iba a parecer más lujoso por mucho que tirase de él.
Entonces llamé a la puerta y volví a coger la caja con ambas manos.
Unos pasos amortiguados sonaron al otro lado. El pequeño círculo de la mirilla se iluminó durante un instante, después se oscureció y volvió a iluminarse. A continuación, la cerradura chasqueó y la puerta se abrió.
Victoria McMahon apareció ante mí, y era exactamente la clase de mujer que yo habría deseado que no tuviera el aspecto que tenía.
Alta. Me sacaba al menos una cabeza, y eso sin tacones.
Delgada de un modo que sugería entrenador personal, cien horas semanales de pilates y batidos verdes.
Su cabello era tan rubio y liso que le caía sobre el hombro como oro líquido.
Vestía una bata de seda y tenía un rostro impecable.
Pómulos altos, labios carnosos y nariz recta.
Pero sus ojos.
Sus ojos eran fríos. No como la frialdad de Ryder, que parecía un muro tras el cual quizá aguardase algo tierno. La frialdad de Victoria era distinta. Calculada. Evaluadora. Y, cuando me miró, tuve la sensación de que en dos segundos me había catalogado, valorado y declarado del todo irrelevante.
Y entonces saltaron las alarmas. No, no fue un simple tintineo: fueron auténticas sirenas.
Conocía a Victoria. Parsley la había llevado a rastras a mi tienda unas semanas antes para probar tartas. Todas y cada una de las que tenía en el expositor. Y, aunque le habían encantado, ninguna había sido lo bastante buena para su exclusiva boda de ensueño.
Su mirada se detuvo un segundo de más en mis zapatos.
Después ascendió por mi vestido hasta llegar por fin a mi cara.
Victoria no movió un músculo, pero la forma en que me observaba lo decía todo.
Ni siquiera le resultaba molesta. Para ella no era absolutamente nada.
La última vez también me había mirado de ese modo, solo que entonces yo estaba en mi entorno natural y no me había importado.
—La tarta —dije, levantando la caja.
Mi voz sonó serena y profesional, y me sentí orgullosa de ello, aunque tenía las rodillas blandas como un flan.
—Crema de mantequilla y frambuesa, con pan de oro, ¿verdad? ¿De parte de mi prometido?
—Sí.
Asentí.
—Ya era hora de que se diera cuenta de lo que tiene en mí —arrulló Victoria, y yo me mordí los labios.
—Necesitaría que firmara el justificante de entrega, por favor —dije con timidez.
Le tendí el papel y un bolígrafo. Victoria miró el justificante, después me miró a mí y firmó con un único movimiento fluido. Su letra era grande y segura, tan impecable como todo lo demás en ella. Devolvió el bolígrafo al papel sin mirarme. Como si aquel trámite no mereciera toda su atención.
Le entregué la caja y la carta sellada.
Victoria no hizo ademán de cogerlas, sino que se limitó a señalar una mesa situada en la entrada de la suite.
Claro. Naturalmente, mi trabajo allí aún no había terminado. Habría sido demasiado fácil que se limitara a cerrarme la puerta en las narices y todo aquel drama de la tarta dejara de ser problema mío.
Entré en la enorme suite y dejé la tarta sobre la mesa. Mientras lo hacía, procuré no poner cara de no haber visto en mi vida una habitación de hotel más grande que el restaurante de mis padres.
Victoria abrió la caja. Sus largos dedos levantaron la tapa y, durante un instante, no ocurrió nada. Se quedó allí, contemplando la tarta.
El dedo corazón, con sus adornos de glaseado rosa y el pan de oro.
Después rasgó el sobre sellado. Sus ojos recorrieron las líneas y pude ver cómo se le tensaba la mandíbula. Músculo a músculo. Sus dedos arrugaron el borde del papel y, cuando terminó, dejó la carta sobre la mesa con tal lentitud y control que pude percibir cuánto esfuerzo le costaba no gritar.
Dios mío. Acababa de comprender que Ryder me había enviado de verdad a romper el compromiso con su prometida.
Quería marcharme. Cada fibra de mi cuerpo gritaba: «Date la vuelta, corre hasta el ascensor, sal de este hotel y no vuelvas a pensar jamás en Victoria McMahon, en Ryder ni en tartas con forma de dedo corazón».
Pero Victoria empezó a hablar. Si me marchaba sin más, no sería mejor que Ryder. Eso estaba claro. Así que me quedé a escucharla, porque era lo único decente que podía hacer.
—Típico de Ryder. Ha jugado conmigo —dijo.
Su voz era serena, controlada y tan cortante que estuve a punto de estremecerme. No me miraba a mí, sino a la tarta. Como si estuviera hablando con el fondant en lugar de conmigo.
—Es muy propio de él. Frío y calculador hasta el final.
Por desgracia, no podía sino darle la razón. Romper un compromiso de aquel modo era espantoso. Incluso tratándose de una mujer como Victoria.
Una parte de mí se preguntaba cómo habían acabado juntos. Vale, entendía lo de Victoria: era una de esas chicas pick-me obsesionadas con el lujo. Pero ¿Ryder? Había parecido tan complejo, tan encantador... Podría haber tenido a cualquier mujer.
… Me había tenido a mí. Aunque solo hubiera sido una noche.
Victoria se dio la vuelta y se acercó a la ventana. Su silueta contra Central Park resultaba impresionante, y probablemente ella también lo sabía. Victoria parecía la clase de mujer que siempre sabía qué aspecto tenía. En cualquier habitación, bajo cualquier luz y en todo momento.
—Ryder es imprevisible —prosiguió, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en el parque—. Un obseso del control. Un sabelotodo. Posesivo. Incluso tuvo el descaro de revisar mis correos. Me hacía reproches. Me insultaba si no estaba de acuerdo con él.
Se volvió hacia mí, y sus ojos ya no solo estaban fríos, sino también vidriosos. Probablemente no de tristeza, sino de rabia.
—Y, en cuanto las cosas se complican un poco, en cuanto alguien contradice a ese cabezota o se interpone en sus objetivos porque se distancia durante unos días, se acabó.
Permanecí junto a la puerta sin decir nada.
Mis dedos se cerraron con fuerza en torno al justificante de entrega que sostenía.
¿Aquel era el verdadero Ryder?¿Había ocultado su auténtico carácter durante nuestra aventura de una noche?
Probablemente una prometida veía más de su personalidad que un ligue de una noche, así que podía ahorrarme la pregunta.
—Ryder es así —dijo Victoria mientras se colocaba un mechón perfecto detrás de la oreja.
Era un gesto elegante que probablemente hacía por pura inercia.
—Consigue lo que quiere y, cuando alguien deja de resultarle útil, se deshace de él. Debería haberlo sabido. Y él debería haber sabido lo que se pierde conmigo. Si cree que encontrará a otra... a alguien mejor que yo, se equivoca.
Soltó una breve carcajada sin humor.
—Alégrese de ser solo la repartidora.
El corazón me latía con tanta fuerza que dolía.
No porque simpatizara con Victoria, sino porque una parte de mí se preguntaba si tendría razón.
Ryder me había abandonado después de una noche.
Sin decir una palabra y sin dar explicaciones.
¡Y ahora rompía con su prometida con un dedo corazón de fondant y me convertía a mí en cómplice!
Probablemente debería alegrarme de que no hubiera pedido al servicio de habitaciones que me enviara un suflé de «Lárgate de mi habitación de hotel» .
Probablemente Ryder era exactamente el hombre que Victoria describía: frío, controlador e incapaz de sentir. Porque no me había mostrado otra cosa cuando volvimos a encontrarnos.
Pero también estaba el recuerdo de aquella noche que no conseguía quitarme de la cabeza. La forma en que se había reído, breve y sorprendido, como si ni él mismo lo hubiera esperado. Había parecido sincero.
Así que o me fallaba mi intuición sobre la gente o me fallaba la memoria de aquella noche.
De pronto, Victoria me miró directamente. De manera penetrante. Evaluadora. Como si solo entonces se hubiera dado cuenta de que yo seguía junto a la puerta.
—¿Qué sigues haciendo tú aquí? —preguntó, y aquel repentino tuteo fue como una bofetada.
La distancia cortés que había mantenido hasta entonces había desaparecido. Me examinó de arriba abajo y su mirada se quedó prendida en mí.
—Yo... —empecé.
—Gracias por la entrega —me interrumpió Victoria.
Su voz era ahora tersa y terminante, como una puerta al cerrarse.
—Ya puedes irte. Tengo que cambiarme para salir a correr por Central Park y desahogarme. Ahora ya no hay razón para quedarme aquí.
Me miró de arriba abajo y una sonrisa diminuta y gélida le rozó los labios.
Agitó las manos como si yo fuera una mosca molesta y prácticamente me echó de su habitación. Mientras lo hacía, me dirigió una última mirada, como si fuera algo que tuviera que raspar de la suela de un zapato.
Después cerró la puerta. En mis narices. Sin un «adiós», sin un «gracias de nuevo». Simplemente la cerró. Fin.
¿Qué les pasaba a los ricos con los modales?