4. Y entonces todo empeoró.
Y entonces todo empeoró.
Celestial Cakes, Brooklyn, a la mañana siguiente, principios de octubre.
El olor a menta casi acabó conmigo.
Estaba en la cocina de Celestial Cakes, con una manga pastelera en la mano y un muffin de Halloween delante de mí, al que aún le faltaba una capa de crema de mantequilla con menta. Y mi estómago decidió que aquel era un día fantástico para rebelarse contra mí.
Tragué saliva, respiré por la boca y volví a tragar. La pequeña calabaza de glaseado del muffin me sonreía como si supiera exactamente lo que me estaba haciendo.
—¿Estás bien? —preguntó Parsley, que estaba junto al mostrador hojeando su agenda. La barriga le había crecido tanto en los últimos tres meses que apoyaba la agenda sobre ella como si fuera un atril. Embarazada de seis meses de gemelos, parecía haberse tragado un balón medicinal gigantesco.
—Estupendamente —mentí mientras depositaba un pegote de crema de mantequilla sobre el muffin, que se emborronó de inmediato porque no conseguía mantener quietas las manos.
Parsley me miró. Con esa mirada que decía: «No me creo ni una palabra, pero ahora mismo no tengo energía para discutirlo».
—Hoy no soporto el olor a menta —repliqué. Lo cual, en cierto modo, era verdad.
—Qué curioso, durante los tres primeros meses la menta fue mi principal enemiga, y eso que me encanta la infusión de menta. Tiene gracia ver lo que les gusta a los pequeños y lo que no. —Parsley se acarició la barriga con una sonrisa.
Me reí e hice un gesto desdeñoso con la mano.
—Las probabilidades de que esté embarazada sin tener vida sexual son nulas. Y, como los embarazos no suelen ser contagiosos, la cuenta es muy sencilla.
Después de pronunciar esas palabras, me quedé pensativa por un instante. Técnicamente, sí había habido una noche, pero yo no hablaba de ella. Tampoco pensaba en ella. No si podía evitarlo.
Parsley me sonrió. Después se puso más seria.
—Tengo que hablar contigo —dijo mientras cerraba la agenda—. Sobre el negocio.
Dejé la manga pastelera, agradecida por cualquier excusa que me alejara de la menta.
—Vale.
Parsley suspiró, y fue esa clase de suspiro que delataba que llevaba días dándole vueltas a lo que iba a decir. Yo también sabía qué quería decirme.
Palabras que no quería oír, pero que estaban bien.
—Scar, por ahora no puedo aceptar más encargos.
Aún podré con las bodas que estoy organizando, pero después tendré que parar una temporada.
El embarazo me está dejando agotada. Estoy cansada, tengo náuseas constantemente y ayer me quedé dormida durante una degustación del catering.
Encima de la mesa. Mientras la gente seguía hablando.
—¿Te quedaste dormida encima de la mesa? —Arqueé una ceja.
—Justo al lado de la terrina de verduras. Cuando desperté, tenía perejil en el pelo.
Contuve una carcajada porque no tenía gracia. Bueno, tenía un poco de gracia.
—No pasa absolutamente nada —dije, y lo decía en serio—. Tienes que cuidar de ti y de los bebés. Puedo apañármelas sola durante unos meses. Celestial Cakes también funciona sin bodas; tenemos suficientes encargos de tartas y petits fours.
Parsley se mordió el labio.
—¿Estás segura? Porque las tartas de boda son las que más ingresos te generan y, sin ellas…
—Me las arreglaré —me apresuré a decir. Tal vez demasiado.
Parsley no tenía por qué saber que, además del drama financiero de Celestial Cakes, la situación económica de mi familia merecía ahora mismo un capítulo propio. Un capítulo sombrío. Con música dramática de fondo y un narrador que dijera con voz grave: «Y entonces todo empeoró».
Y acababa de empeorar.
Pero yo era una Russo, y los Russo no nos dejábamos vencer. Jamás.
—Eres la mejor, Scar. —Parsley me abrazó, lo cual, con aquella barriga, equivalía a una proeza logística.
—Avísame si necesitas ayuda, ¿vale? —Miré a Parsley expectante—. Y también si tienes una emergencia por antojo. Te prepararé cualquier cosa que quieras.
—Ahora mismo sigo en la fase de pepinillos y hamburguesas con extra de queso, pero lo tendré en cuenta —replicó sonriendo.
Parsley se marchó poco después porque Tyler la esperaba fuera, en el coche. Observé cómo subía a su SUV, cómo él le abrochaba el cinturón porque ella ya no alcanzaba la hebilla y cómo le susurraba algo al oído que la hizo reír.
Se me encogió el corazón. No por envidia, no exactamente. Más bien por una sensación a la que no quería poner nombre y que tenía algo que ver con que, tres meses atrás, había pasado una noche con un hombre que a la mañana siguiente ni siquiera se había despedido de mí.
Ryder.
Me permití pensar en él durante tres segundos exactos.
En su boca. En sus manos. En cómo había murmurado «Dilo por favor» y cómo todo mi cuerpo había decidido que aquella era la orden más excitante que un hombre me había dado jamás.
En cómo me había mirado cuando después estaba tumbada a su lado, como si quisiera memorizar cada detalle de mi rostro.
Los tres segundos habían terminado.
Me volví hacia la encimera, donde Tony, mi jefe de pastelería, estaba terminando las últimas figuras de mazapán para una tarta de cumpleaños y ahuyentando a dos ayudantes de cocina que se interponían en su camino.
El día a día de Celestial Cakes seguía adelante, sin importar lo que sucediera dentro de mi cabeza.
Cogí la manga pastelera. El olor a menta volvió a golpearme como una bofetada y tuve que aferrarme al mostrador hasta que se me pasaron las náuseas.
Sonó la campanilla de la puerta.
Me limpié las manos en el delantal y fui a la parte delantera.
—Parsley, ¿te has olvidado de algo?
Pero quien estaba allí no era Parsley.
Era Ryder.
Estaba en la entrada de mi pequeña pastelería, enfundado en un traje impecable y con un aspecto insultantemente atractivo. Pelo, perfecto. Corbata, perfecta. Toda su maldita presencia, perfecta.
Salvo por aquella mirada.
Fría. Distante. Controlada. Sus ojos recorrieron mi figura, el delantal con manchas de frambuesa que nunca terminaban de salir del todo, mis rizos recogidos en un moño desordenado y mi tienda con sus coloridos expositores de cupcakes y los adornos otoñales del escaparate.
A mi espalda oí que Tony se detenía un instante antes de retomar su tarea en silencio.
Me habría encantado mandarlo al fondo de la cocina, pero estaba ayudándome en la parte delantera hasta que Ivy empezara su turno, y aún faltaba media hora para que llegara.
Ryder lo examinó todo con la misma eficiencia glacial con la que uno inspeccionaría un negocio que quisiera comprar.
No como un lugar donde se encontraba una mujer con la que había dormido tres meses atrás.
No me reconocía.
O, peor aún, me reconocía, pero le daba igual.
La idea me golpeó con fuerza. Tres meses. Llevaba tres meses pensando en aquella noche. Me había dicho que debía olvidarla y había fracasado. Después lo había intentado de nuevo y había vuelto a fracasar.
Y ahora Ryder estaba delante de mí, mirándome como si fuera una desconocida. Como si fuera una pastelera cualquiera en una pastelería cualquiera de Brooklyn.
Tal vez eso era precisamente lo que yo era. Quizá aquella noche solo había sido para él lo que era sobre el papel: un lío de una noche. Una mujer cuyo rostro se olvidaba en cuanto salía el sol.
Le había dejado mi número. Escrito con pintalabios en el espejo del baño, algo que en aquel momento me había parecido romántico y que, en realidad, nada más salir del baño y encontrarme en la habitación vacía del hotel, ya había catalogado como absolutamente humillante.
Aquella noche me había costado mi pintalabios favorito, que no había vuelto a usar desde entonces. Y encima había derramado aquella estúpida Coca-Cola por toda la mesilla de noche; lo único que tenía a mano era una servilleta demasiado fina que se había empapado por completo al instante.
Una pequeña parte de mí había esperado que él regresara a la habitación del hotel.
Pero nunca me había llamado. Nunca me había escrito. Y ahora estaba allí, mirando a través de mí.
Nada en aquel hombre recordaba al Ryder que tres meses atrás me había apartado el pelo de la cara antes de que nos quedáramos dormidos.
Aquel Ryder tenía una mirada dulce. Aquel Ryder se había reído, breve y sorprendido, cuando le explicaba perfiles de personalidad basándome en las tartas.
Aquel Ryder había dicho «Me gusta tu pintalabios» mientras acariciaba mi labio inferior.
El hombre que ahora estaba ante mí tenía unos ojos tan fríos que me pareció que la temperatura de la tienda había bajado varios grados.
El corazón me latía con tanta fuerza que estaba segura de que podía oírlo. Mi cerebro intentaba desencadenar treinta reacciones diferentes a la vez: ira, emoción, confusión, náuseas y la necesidad imperiosa de desaparecer bajo el mostrador.
—Necesito una tarta personalizada para mi prometida —dijo.
Para. Su. Prometida.
Las palabras tardaron un momento en viajar desde mis oídos hasta mi cerebro y, cuando llegaron allí, explotaron como una tarta de cumpleaños mal sujeta.
Eso no figuraba en absoluto en mi cartón de bingo para aquel año.
El estómago estuvo a punto de revolvérseme, y esta vez no tuvo nada que ver con la menta.
Ryder estaba prometido. El hombre con el que había dormido tres meses atrás, el hombre que me había pedido que gritara su nombre, el hombre que a la mañana siguiente había desaparecido sin decir palabra, estaba jodidamente prometido.
De verdad no debía de haberle causado impresión alguna si en tres meses había pasado de «esto es una auténtica locura» a «necesito una tarta para mi prometida».
¿Lo había olvidado todo? ¿Los besos que habíamos compartido? ¿Con qué ansia me había arrastrado al interior de su suite?
Reprimí todos los impulsos que se apoderaron de mí.
El impulso de juguetear con mi pendiente.
El impulso de lanzarme a su garganta y gritar: «¿Por qué no me llamaste?»
Y el impulso de romper a llorar sin más porque mis emociones se habían vuelto completamente locas.
En vez de eso, me aclaré la garganta.