45. Con final feliz
Con final feliz
L a parte temeraria de mi cerebro que creía que estaba en una comedia romántica quería ir directa al aeropuerto. La parte racional sabía que necesitaba cosas como, no sé, un teléfono, por ejemplo. Y un documento de identidad .
De modo que, en cuanto conseguí escapar de la multitud del auditorio, volví corriendo a nuestro centro de operaciones . Había mucho que hacer. Tenía que cambiar los billetes para poder volver antes a Dallas. Tenía que pillar a Hudson en su piso. Tenía que convencerlo de que lo quería .
Socorro. ¿Cómo iba a hacer eso?
¿Se lo decía directamente?
«Hola, estoy enamorada de ti».
No.
¿Y si le hacía yo un vídeo a él?
Ni de coña. No era fotogénica. Además, los de Marketing seguramente estaban hartos de que les sobornasen para hacer horas extras.
¿Tal vez un informe de laboratorio? Podía explicar con detalle que mi experimento sobre el sexo se había convertido en una prueba de amor .
Pero… Hudson no era un experimento. Nuestra relación no era una prueba. No me hacía falta analizar lo que sentía por él ni lo que había ocurrido entre nosotros.
Simplemente , era así. Hudson me había enamorado más allá de los límites de la ciencia conocida y la lógica.
Era algo que desafiaba todo lo que yo sabía sobre el universo , lo cual, de algún modo, lo hacía incluso más real que si pudiera meterlo en un recipiente y estudiarlo.
Sin embargo, no tuve tiempo a decidirme por nada.
La decisión se tomó por mí.
Cuando volví a nuestro centro de operaciones vacío, resultó que no estaba tan vacío como pensaba . Hudson estaba allí sentado bebiéndose una copa del champán de celebración que habíamos guardado allí para después del gran lanzamiento de la Fantasía.
Todas mis neuronas vibraron con una intensidad que ni la escala Richter podía medir.
No se había ido.
—Pensaba que tenías que coger un avión —le dije sin aliento.
—Resulta que tengo muy mala coordinación ojo-mano . No habría podido cogerlo aunque quisiera.
—Muy gracioso.
—A las chicas les gustan los graciosos.
Ni escala Richter ni nada . En aquel momento, yo no era un terremoto. No era nada yo sola. Cuando se fusionan dos agujeros negros, se considera que su fuerza gravitacional es la fuerza más intensa del universo conocido.
Nosotros éramos dos agujeros negros.
Destinados a unirnos.
Destinados a hacer temblar todo el cosmos con nuestra energía.
—Pensaba que tendría, no sé, un vuelo entero de vuelta a Dallas para pensar en mi gesto heroico. Y en el discurso —dije.
Él levantó la copa de champán . La diversión bailaba en los límites de su expresión por lo demás plácida.
—¿Sí? ¿Qué tenías en mente?
—Pfff, pues lanzallamas y bailarines de claqué y cosas así. Tal vez llamar a mis amigos de la NASA y pedirles un espectáculo aéreo.
Soltó un silbido de admiración.
—Parece caro.
Cuánto lo quería. Incluso en aquel momento dramático e importante conseguía hacerme sonreír.
—Pues sí, pero… ¿te importa si, en lugar de eso, te hablo de corazón?
El champán terminó sobre una mesa cercana y Hudson se inclinó hacia delante apoyando los codos en las rodillas y dedicándome toda su atención.
—Llevo esperando a que digas eso desde el día que nos conocimos.
Ahora que ya no podía prepararme el discurso, desenterré la verdad del fondo de mi corazón y se la puse delante.
—No se me dan bien estas cosas, pero voy a intentarlo.
«Respira hondo, Scout. Tú puedes.
» Te mereces luchar por ti. Hudson se merece que luches por él. Este amor merece que lo intentes».
—A lo largo de toda mi vida, he estropeado las cosas.
O he creído que las estropeaba. Y he sido muy dura conmigo misma por ello.
En el trabajo, si un experimento de uno de mis proyectos fallaba, sabía qué hacer.
Podía descartarlo, abordarlo desde un ángulo distinto y refinarlo hasta conseguir el resultado correcto, pero no sabía cómo hacer eso conmigo misma.
Mis padres me enseñaron que solo merecía que me quisieran cuando lo hacía todo bien, de modo que aprendí a esconderme cuando algo no iba como esperaba.
Me convencí a mí misma de que eso era lo mejor.
De que estaba rota y nunca me podría arreglar.
Cada palabra que pronunciaba dejaba de ser teórica, era real y se grababa en mi ADN . Sabía que nunca volvería a ser la de antes.
—Pero no es verdad. No estoy rota. No hay nada en mí imposible de querer. Y puedo conseguir las cosas que quiero. Puedo tenerlas contigo.
Respiró hondo. Yo me acerqué a Hudson hasta quedarme plantada justo delante, desnudándome ante él.
Emocionalmente.
— Siento haberte hecho pensar que no podías ser sincero conmigo sobre lo que sentías.
Addie y Leelah me han dicho que por eso has tardado tanto en decírmelo.
Yo esperaba que me dijeras «te quiero» mientras tú intentabas respetar mis deseos y hacer lo que yo quería.
Y luego lo empeoré todo diciéndote que eras un cobarde incapaz de expresarse.
Me equivoqué, Hudson. Lo siento. Y siento haberte apartado de mí.
Tú nunca has sido el problema. No has sido una distracción.
Y me has hecho creer por primera vez en la vida que yo tampoco soy el problema. Has hecho…
Parpadeó y las lágrimas brillantes que le asomaban al borde de los ojos en un instante desaparecieron al siguiente.
—Me has enamorado. Estoy enamorada de ti, Hudson. Sin temor. Sin reservas. Sin la necesidad de analizarlo. Te quiero y ya está.
»Estoy cansada de ponerme límites. Quiero lanzarme de cabeza.
Quiero vivir y no solo ir tirando. Me inspiras.
Me he enfrentado a mis padres. Y a Lloyd.
Me haces ser mejor. Más fuerte. Y quiero quererte a cada momento que pueda, demostrarte que te mereces que te quieran tal como eres, a tu yo de verdad.
El que no aguanta el picante, al que le encanta usar el arnés y que prepara un ramen increíble.
Y quiero ser la mujer que te quiera así, todos los días, mientras tú quieras.
No hubo respuesta. Intentar leer su expresión era imposible. Me apresuré a llenar el silencio:
—Supongo que he aprendido que por algo mezclamos siempre el amor y el sexo, los dos tratan de dar y recibir. En la cama damos y recibimos y, del mismo modo, tenemos que querer y dejar que nos quieran.
Las últimas palabras las sofocó con la boca. Se levantó de pronto y llevó sus labios a los míos en un beso que primero fue solo un roce y pronto fue más, un beso devorador que sabía a «para siempre».
Podría acostumbrarme a besos como aquel.
Cuando por fin nos separamos, apenas era capaz de abrir los ojos. No quería que aquel momento acabara.
— Ha sido…
Su sonrisita estaba tan torcida como siempre, pero, de algún modo, más perfecta todavía. No solo le llegaba a los ojos, sino a todo el cuerpo, iluminándolo de un modo que había echado de menos durante días.
— Has usado una metáfora sexual para explicar que acabas de reconocer que estás locamente enamorada de mí. ¿Qué iba a hacer? ¿No besarte?
A partir de entonces, las lágrimas fueron inevitables. No me las sequé. Las lágrimas de tristeza son lo peor, pero las de alegría… ¿Hay algo mejor que la subversión de un símbolo de angustia convertido en puro regocijo?
Me agarró la cara con las manos. Yo me dejé tocar.
—Quiero esto, Scout. Siempre lo he querido. Solo me faltaba que tú estuvieras lista.
—Estoy lista. Te quiero.
Otro beso. Aquella vez, vertí en él todas mis promesas de futuro. «Siempre te querré. Siempre estaré a tu lado. No volveré a salir corriendo. Construiré la vida que siempre he querido, y tú estarás conmigo en todas las etapas de esa vida».
Sin embargo, cuando nos separamos, supe que no iba a ser capaz de acabar aquel pacto con solo un beso, así que entrelacé los dedos con los suyos y lo guie hacia la puerta de un cuartito de mantenimiento que había cerca.
—¿Adónde me llevas? —preguntó.
Le guiñé un ojo.
—Te vas de VibraCorp, ¿no? Te toca hacer la entrevista de salida. No te preocupes, será una entrevista muuuy a fondo.
Problema: hace varios días que no lo hago con Hudson.
Propuesta de solución: un revolcón en el armario de la limpieza para sellar nuestra nueva historia. La de verdad. Una que durará para siempre.